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   Colaboración

Lógica del artificio analítico
  Por Edgardo Feinsilber
   
 
“La situación analítica no es compatible con la presencia de terceros”

A la relación entre los participantes del artificio analítico la llamamos transferencia, sosteniéndose por lo que durante un tiempo Lacan llamó “deseo del analista”. Pero si “el concepto de transferencia dirige la manera de tratar a los pacientes, y a la inversa, la manera de tratarlos gobierna el concepto”, del “concepto-fundamento” (Grundbegriff), entonces la transferencia en tanto deseo del analista es lo que éste quiere hacer de su analizante y lo que quiere que éste haga de él, como lo sostiene Lacan en el llamado Seminario XI.

Tenemos que dar cuenta de una lógica del artificio analítico. De una lógica extendida como una aspiración a ser “ciencia de lo Real”, de dar cuenta de las articulaciones posibles que hagan florecer un sentido, desde una formalización, que va desde el mathema al pathema, desde lo consabido del saber a lo insabible, es decir de las paradojas de lo inconsciente. Una lógica que dé cuenta de las razones: “Que se diga queda olvidado detrás de lo que se dice en lo que se escucha”, pues es desde una lógica que podemos afirmar que lo inconsciente se ordena en discurso en el análisis. Es desde una lógica que podemos lograr que “el discurso analítico toca a lo Real al reencontrarlo como imposible” (J. Lacan, L’étourdit). Así si el psicoanálisis es una praxis de lo Real, en la práctica lo Real se mide, se valora y se establece con y como lo imposible de decir por el dicho.

En Lacan encontramos una serie de lógicas posibles, al menos la lógica del significante, la lógica del fantasma y la lógica del sinthoma: es decir desde la lógica fálica a la lógica del más allá de los Nombres-del Padre. Desde ellas hacemos posible dar cuenta de la dimensión de la transmisión como así también de la enseñanza en psicoanálisis. La transmisión por la vía del mathema, amparada en un ideal de cientificidad, en lograr lo integral de la misma, es, sustituida para algunos, acompañada para otros, por aquella de lo intransmisible del psicoanálisis, asentada en la noción de pathema, que hace a la praxis del analista a inventar cada vez con cada caso.

En cuanto al artificio, preferimos con Lacan esta denominación sostenida desde el comienzo de su enseñanza, en vez de la del dispositivo, que si bien responde a una idea freudiana, es necesario precisar y diferenciar sus sentidos. La noción de dispositivo no se encuentra como fundamento en la obra de Lacan, y su uso actual lo asimila al del modelo, a la forma de lo estructurado, que se repite en diversas experiencias. En Freud encontramos un texto, “El block maravilloso”, en donde podemos ubicar sus diferencias. Allí aclara que hay aparatos auxiliares que mejoran las funciones sensoriales, como las lentes, las cámaras fotográficas o los audífonos, frente a los cuales los dispositivos auxiliares de nuestra memoria parecen deficientes, por lo que nuestro aparato psíquico opera lo que ellos no pueden. En cambio hay un artificio como el de “El block maravilloso”, cuyo funcionamiento concuerda en su forma de construcción con la de nuestro aparato perceptual.
Es por lo que decimos que el dispositivo es auxiliar, en tanto por ejemplo agranda la imagen para que se vea mejor lo que ya era, por lo que puede ser inscripto en el marco del discurso del amo. Mientras que el “arti-ficio”, del hacer con arte, no repite sino que más allá de la creación llamada divina, inventa lo que no era ni estaba, por lo que puede ser ubicado en el marco del discurso analítico, pues “no es en todo discurso que un decir viene a ex-sistir” (L’étourdit).

Respecto a lo analítico, tenemos que precisar quienes son sus participantes, y allí aparece también una ambigüedad de criterios y posiciones. Del lado del que toma a su cuidado la consistencia de la “parole”, de la palabra hablada, se lo llama paciente, analizado, analizante, persona, alma, individuo, sujeto, amable “eromenos”. Pero ¿qué de él es transferido?, ya que su multiplicidad va desde la particularidad de lo unario a la singularidad de lo uniano. En cuanto al otro, es llamado psicoanalista, médico, psicólogo, terapeuta, amador “erastés”. Pero ¿qué del “uno mismo” está en ello implicado, ya que “el analista sólo se autoriza...”?, y aquí otra amplitud de criterios: a sí mismo, por sí mismo, de sí mismo, todas lecturas de ese “mi persona” (meiner person) al decir de Freud, lo cual fue traducido al francés como “la persona de su médico”, y al inglés como “one relating to myself”’, los que intentaron resolver el problema agravándolo.

Es que en el análisis se trata de saber quién habla y a quién. Lacan intentó resolver esto al principio por medio de la concepción de la intersubjetividad, en la que el que habla se encuentra situado en su discurso por lo que dice, pero también por el lugar que le otorga el que lo escucha. Así como aquello que del saber se logra es intersubjetivo, y en tanto no pertenece a ningún sujeto, es con el saber como siendo del Otro con lo que se le da existencia.
En este cogito hegeliano, la dimensión del engaño se establece por la creencia en el saber la relación entre el sujeto y el Otro, con lo que se da la posibilidad de la suposición de un saber absoluto. A esta dialéctica hegeliana, Lacan le contrapone un cogito cartesiano, por medio de cuya duda se suspende al menos en el sujeto la idea de un saber absoluto, con lo que se alcanza la in-existencia del Otro, sustituyéndose la necesidad de pensar una intersubjetividad. Así el analista ubicado por la transferencia en el lugar del sujeto supuesto saber, debe lograr la evacuación de ese lugar, sin dejar de tomar en cuenta su contratransferencia. Luego de cumplir la función de semblantear el objeto a causa del deseo, el analista debe soportar su caída del lugar del semblante. Ello para alcanzar, no de manera última ni definitiva sino alternante, la dimensión de analista-sinthoma por su implementación de los forzajes a lo lenguado, por ir más allá de los Nombres-del-Padre sirviéndose de ellos, sin ninguna idea mesiánica de superación ni de ser el último grito de la moda analítica, solitaria y final.
Así el analista es también delimitado en una multiplicidad de imágenes:

1) el analista como ocupando el lugar del Otro, dando lugar a la existencia de la otra escena de lo inconsciente, al interpretarla por su valor de S2 .
2) el analista como función “deseo del analista”, que posibilita la lectura de la demanda del Otro. El mismo no es un deseo puro sino el que intenta mantener la distancia entre el Ideal y el objeto causa del deseo, lo que es sostenido desde una posición acorde a la castración.
3) el analista como representante, pues forma parte del concepto de lo inconsciente en tanto constituye “l’adress”. Así se distancia de lo interpersonal, pues como representante del Otro su lugar es también extra-territorial.
4) el analista como posición subjetiva, pues en la llamada por Lacan como metáfora del amor, debe pasar del lugar del amador-erastés al de amado-eromenos, para posibilitar el cruce de lugares también en su analizante, logrando mantener la posición de sujeto dividido.
5) el analista como posición objetora, pues si el psicoanálisis abreva en las fuentes de la magia, la religión y la ciencia, el analista debe diferenciarse del chaman, del sacerdote y del profesor por saber reconocer en sus dichos interpretativos algo de esas marcas de significación.
6) por último, el analista como sinthoma, el sinthoma-analista, pues el psicoanálisis no es un sinthoma por ser él mismo una práctica del decir, sino el analista-sinthoma que logre el desapego a la demanda del Otro, rigiéndose por el deseo de la muerte, y no ya por el deseo de ser deseado, ni por el deseo del analista legalizado por la ética del deseo. Ahora en cambio se rige por la ética de la Pulsión de Muerte, sosteniendo el “Todo, pero no eso”, socrático, joyceano y lacaniano (tal como lo desarrolla R. Harari en su texto Fetichismo de la torpeza, por lo que sostiene que no hay psicoanalizado, sino un habiendo sido psicoanalizante, por asumir la posición de “sujeto advertido”, pues ningún pensar puede anticipar ni prever lo que acontece con su acción).

Intentamos junto a su presentación , la mostración de algunos de los problemas que siguen actuales para el psicoanálisis: desde la ambigüedad presentado por Freud en cuanto a la transferencia, “fenómeno relacionado con la naturaleza misma del estar enfermo en lo más íntimo que tiene” (en su Conferencia 27ª), debido al paciente mismo, o a la situación analítica (tal como lo plantea Guy Le Gaufey en su texto Anatomía de la tercera persona).
Es así que ya no proclamamos como ideal el “leer al pie de la letra”, que en verdad dio como resultado una lectura desde los prejuicios contratransferenciales del analista, sólo que abreviados y demorados en su respuesta. Propiciamos otra forma de lectura, la que posibilita un más allá de la interpretación traductora, pues propone otra lectura polisémica de los significantes que así son lanzados a ocupar una dimensión de novación, llamándolos “significantes nuevos”, por la polifonía heteronímica y no solo homofónica, de los sonidos que precisan de la letra en su escritura.
No abnegamos así ni por una superación de lo heredado del Padre, ya que no se trata de batir ningún récord; ni de su prolongación, pues se conforma así un “más de lo mismo”, sino de un ir más lejos que no excluya ni deprecie lo fundante míticamente originario, y éste es el caso de proponer otras lecturas con las que se posibilite otro hacer, con una retórica ampliada de lo inconsciente no limitado al lecho procustiano de reducir la estructura del lenguaje a los ejes metafórico y metonímico de la significación.
 
 
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