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¡Que te han hecho, probre criatura!
  Por Isabel Monzón
   
 
En su carta a Fliess del 22 de diciembre de 1897, Freud cita un verso del poema de Goethe “Mignon”: “¡Qué te han hecho pobre criatura!”. Lo hace a continuación de contarle a su amigo que una paciente, a sus dos años de edad, había sido sexualmente abusada por el padre de manera brutal. Así como en la correspondencia con Fliess se pueden seguir paso a paso las reflexiones que, derivadas de su clínica, Freud día a día iba haciendo, así también lo vemos construir sus teorías. En este caso la de la seducción, cómo opera el trauma, las elaboraciones sobre las neurosis. Su lucha, en fin, para encontrar las claves de los dolores en el alma de sus “histéricas”.

Mucho se ha dicho y escrito sobre el abandono de Freud de la teoría de la seducción. No es mi intención en este breve ensayo dar cuenta de los avatares de este hecho. Lo que quiero remarcar es que la clínica habla, y que ella nos dice que los niños son víctimas de violencia en todas sus formas, una de ellas es el abuso sexual.

Un poco de historia: “La historia de la infancia es una pesadilla de la que hemos empezado a despertar hace muy poco. Cuanto más se retrocede en el pasado (...) más expuestos están los niños a la muerte violenta, al abandono, los golpes, el terror y los abusos sexuales”, dice Lloyd deMause. Su libro Historia de la Infancia es un trabajo de investigación en psicoanálisis aplicado, en el que el autor relata las aberrantes violencias que los adultos han cometido contra los niños a lo largo de los tiempos.
Coincido con de Mause cuando habla de la pesadilla de la que hemos empezado a despertar, agregando que toda la comunidad, incluida la psicoanalítica, tiende a oscilar entre el reconocimiento del abuso y esa especie de adormecimiento por el cual se descree de su existencia o se le resta gravedad. Es que, de manera paradojal, para salir de esa pesadilla primero tenemos que adentrarnos en ella, conociendo todo su horror.
En la Antigüedad se consideraba natural tomar a los niños como objetos sexuales. En la Roma Imperial primero se castraba a los pequeños varones “en la cuna” y luego se los llevaba a lupanares para que los hombres abusaran de ellos sodomizándolos. Hoy, la pornografía y la prostitución infantil hasta navegan impunemente por Internet. Son un gran negocio.
En la Edad Media, se creía que los niños ignoraban toda noción de placer y dolor, creencia que aún perdura. Según Lloyd deMause la idea de que los niños son, desde su inocencia, inmunes a la corrupción, es un argumento defensivo utilizado con frecuencia por quienes abusan de ellos para no reconocer que con sus actos les hacen daño.

Entre las muchas formas de maltrato en la infancia se incluye el abuso sexual. Y entre las diversas variantes del mismo están la violación, la prostitución de niños, la pornografía infantil, la masturbación delante de ellos, el exhibicionismo, el voyerismo, etc. El abuso sexual contra la infancia consiste en que un adulto, en clara situación de desigualdad, utiliza, mediante la coerción, a un menor para su propio goce.
Mientras que en el Renacimiento comenzó a reprobarse la manipulación infantil con fines sexuales, en el siglo XVIII empezó a castigarse a los niños que se masturbaban. Los más severos castigos consistían en la circuncisión, la infibulación y la clitoridectomía. Actualmente también esas prácticas persisten, disfrazadas de rituales sociales y religiosos o aduciendo razones de higiene. Desangradas o infectadas por la clitoridectomía, mueren miles de niñas en los países islámicos. Las que sobreviven, quedan mutiladas en sus posibilidades de alcanzar el placer sexual.
Tanto por considerarla asexuada como por estar pecaminosamente presa de su sexo, la criatura es castigada arbitrariamente por el adulto. Con su peligroso imaginario, él invade violentamente el cuerpo y el alma del niño, sin reconocerle ni privacidad ni identidad propia y diferente.

Haciendo un breve recorrido histórico en torno del abuso sexual también podemos comprobar cómo las ideas que en otros tiempos se consideraban naturales y no se cuestionaban, aún siguen presentes en la mentalidad de los abusadores y de los que, al minimizar la gravedad de esa terrible invasión al cuerpo y al alma del niño, se transforman en cómplices. Pero, mientras que los castigos corporales todavía son justificados por muchos padres y educadores como necesarios para la educación infantil –es muy común la frase “un buen sopapo dado a tiempo...”– cuando el abusador sexual violenta al niño lo hace en secreto y a sabiendas de que se trata de un acto delictivo. Pero el abuso no siempre se comete a escondidas. A veces se hace públicamente en un programa de TV.

Un programa ¿infantil?: Agrandadytos. En estos días ha sido objeto de debate un programa emitido en el Canal 13 en el cual el conductor, Dady Brieva, se comporta con los niños que participan en Agrandadytos de manera muy similar a la de un abusador de menores. Y este abuso, que si no se concreta como un directo ataque sexual, de todos modos merece sin lugar a dudas ser considerado como un abuso de poder, un abuso moral.
Programas radiales, televisivos y hasta algunos diarios han cuestionado la conducta de Brieva. El 23 de marzo Julián Gorodisher del diario Clarín, le hizo un reportaje a Silvia Schujer, escritora para niños y autora de “La cámara oculta”. El periodista relata que el domingo anterior, en el primer programa del año, “Dady Brieva ‘cachondea’ con la nena de tres años, le pide que le muestre la bombacha a cambio de una tirita de su calzoncillo. ‘¿Y ya le diste un piquito a tu novio?’, insiste, como lo hará después con ‘la mesa de los machitos’, un poco ‘obse’ con eso de saber si ‘se la besaron o no se la besaron’ (sic), levemente excedido cuando reclama a los de cuatro: ‘¡Quiero más anécdotas de mujeres!’.”
Schujer afirma: “Me molesta el tema de la bombachita y el calzoncillo: no me causa gracia. Es una invasión a la intimidad que la nena no está en condiciones de afrontar. Me pregunto por qué siempre intentan traer a los chicos al mundo de los grandes, y no sumergirse en el de ellos que es mucho más rico.” Y más adelante informa que, cuando investigó para su novela, le dijeron que lo que se espera de los niños es que ellos tengan “la capacidad de perder sus atributos infantiles lo más rápido posible”.

La escritora lo confirma, se trata de convertir a niños en adultos, es decir de robarles la niñez. Y en este camino están tanto los conductores de algunos programas como los representantes de esos pequeños Agrandadytos y aquellos padres que llevan a sus hijos a los castings que convoca la TV. Padres que, en el mejor de los casos, intentan mostrar las gracias que pueden hacer sus hijos, o los que consideran sus prodigios. Lo peor es cuando viven a costa de ellos. De una u otra manera, todo confluye en un mismo camino: el asesinato del alma infantil.

A raíz de lo sucedido en Agrandadytos –nótese que en el título del programa televisivo se encuentra el sobrenombre de su conductor y que el mismo remite a una pretendida paternidad– varios psicoanalistas, psicólogos, abogados, docentes, escritores y otras personas sensibles al flagelo del abuso de menores, hicimos llegar varias cartas a Canal 13 y a la productora de Agrandadytos. Pedimos que se le diera la baja al programa por entender que incita al abuso de menores. Hubo una sola respuesta por parte de la productora, minimizando el problema.
El abuso de menores y la violencia doméstica en general tendran que llegar a ser, en nuestro país, un problema tomado por las personas y organizaciones que se dedican a Derechos Humanos, como sucede en otros países. Esto ya está comenzando a suceder.
Asimismo, es inadmisible que en una muy conocida cátedra de la carrera de Psicología de la UBA se les enseñe a los alumnos que, en la mayoría de los casos clínicos en los que se sospecha que una criatura está siendo abusada, tal abuso no existe. Esos docentes, que se presentan como psicoanalistas, afirman que esa nena presuntamente abusada es en realidad “una pequeña histérica hablada por su madre.” (sic.)
En este punto, viene a nuestra memoria Daniel Paul Schreber, que en su delirio denunciaba el “asesinato del alma” Es frecuente que los sobrevivientes de maltrato y abuso utilicen esta expresión. Se trata de un proceso del que Strindberg ya había hablado en 1887, refiriéndose a “una política de destrucción del ser humano a quien –con el fin de dominarlo mejor– se le quita su principal razón de vivir”. (Maud Mannoni: De un imposible al otro). En 1832 el juez alemán Anselm von Feuerbach, acusó a los padres adoptivos de Kaspar Hauser de asesinato del alma. El niño había sido criado en la oscuridad total y privado de casi todo contacto humano durante 17 años.
Tal asesinato se asocia con robar la niñez, crímenes ambos que hoy podríamos calificar de lesa humanidad. Con otras palabras, estos delitos enuncian aquello mencionado por Schujer cuando dice que, al investigar para su novela, supo que lo que se espera de los niños que son llevados a los castings por sus padres, es que tengan “la capacidad de perder sus atributos infantiles lo más rápido posible”.

Confusión de lenguas entre el adulto y el niño: En 1932, el talentoso y creativo psicoanalista Sándor Ferenczi abrió el XII Congreso Internacional de Psicoanálisis leyendo “Confusión de lenguas entre los adultos y el niño. El lenguaje de la ternura y el de la pasión.” Dice: “Nunca se insistirá bastante sobre la importancia del traumatismo y en particular del traumatismo sexual como factor patógeno. Incluso los niños de familias honorables de tradición puritana son víctimas de violencias y violaciones mucho más a menudo de lo que se cree. Bien son los padres que buscan un sustituto a sus insatisfacciones de forma patológica, o bien son personas de confianza de la familia (tíos, abuelos), o bien los preceptores o el personal doméstico quienes abusan de la ignorancia y la inocencia de los niños”.
Más adelante, Ferenczi afirma que esos adultos con predisposiciones patológicas confunden los juegos y conductas de los niños con los deseos de una persona sexualmente adulta, confusión que los lleva a abusar sexualmente de las criaturas. El niño puede intentar protestar, pero a la larga es vencido por la fuerza y la autoridad aplastante del adulto. Llevado por el temor y la indefensión, la criatura se doblega a la voluntad del agresor y lo introyecta, para poder seguir sosteniendo con él un vínculo de ternura. A este mecanismo de defensa mental lo llamará “identificación con el agresor”.
Entonces, créale otra vez a su Neurótica, doctor Freud, que, como dicen Ruth y Henry Kempe, “los niños no inventan historias relativas a actividades sexuales a no ser que hayan sido testigos oculares de las mismas. Por supuesto, han sido testigos de los abusos sexuales cometidos contra ellos”.
Por otra parte, el mismo creador del psicoanálisis decía, a raíz del caso Juanito: “El niño no miente sin razón, y en general, se inclina más que los adultos hacia el amor por la verdad. (...) Liberado de su opresión, comunica a borbotones lo que es su verdad interior”.
Todos, psicoanalistas, abogados, pediatras, educadores, jueces, la comunidad toda, tendríamos que animarnos a creerles a quienes, siendo adultos o niños, relatan episodios de abuso. Así tal vez habría menos criaturas abusadas y más sobrevivientes que se animarían a dejar el refugio-cárcel de su neurosis o psicosis.
 
 
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