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El sueño de la elección del sexo
  Por Martín. H Smud
   
 
El día que me convertí en mujer fue un día como cualquiera. Estaba en una reunión de equipo donde se realizaban las derivaciones de los pacientes después que se hubieran hecho las admisiones, y la admisora estaba derivando pacientes cuando comenzó a contar un caso de un adolescente que quería atenderse con una profesional mujer, y yo dije, quizás sin pensarlo, que era el apropiado.
Luego que las cosas pasan, uno se pone a pensar si no hubieron antecedentes, indicios de esta sorpresiva transformación, y claro, ya sabiendo que es lo que uno busca, esos indicios aparecen, y aparece tanta cantidad, y diversidad, que es increíble el no haberlos observado antes.

Me acuerdo de María que eran tan chica y tenía tantos problemas con los hombres, que cuando le acontecía alguna desilusión amorosa se intentaba matar, con tanto éxito que sólo lograba aterrar a sus padres, y dejarse una mínima cicatriz que al mes sólo quedaba en el olvido; y así seguía, ella y yo sabiendo que en cualquier momento, otra desilusión y un nuevo intento, los dos esperando, pero ¿quién se podía imaginar lo que pasaría? María comenzó a sentir al tratamiento psicológico como una nueva desilusión amorosa, y esto me aterró, ya empezaba a marearse cuando venía para el consultorio, y a mirar con cariño los cuchillos, y a tener ideas compulsivas, esa tarde cinco minutos antes de las 15,30 hs, horario que María llegaría, sentí ese indubitable deseo de convertirme en mujer.

Y este deseo me sorprendió, si bien había estudiado psicología, jamás había entendido, cómo un hombre podía convertirse en mujer, qué deseo tan particular, podría llevar a una transformación tal hasta el punto de crear un nuevo género.
Pero además de este deseo, me sorprendió que cada vez más seguido se escuchara a pacientes y a futuros pacientes pedir por el sexo de sus terapeutas y por características etarias, y hasta fisonómicas.
¿Es qué podían elegir los pacientes el sexo de sus terapeutas?

Siguiendo la misma lógica podrían pedir por una terapeuta joven, morocho, ojos acaramelados, cuerpo no escultural pero no regordete, anteojos que dejen ver que se quemó las pestañas estudiando, y así fue como me pensé cuando el paciente pidió una terapeuta mujer y yo me propuse para la derivación. Si ellos pedían por el género, si ellos demandaban por el sexo del otro, yo podía ofertar, características únicas, una configuración muy especial.
Y ya estaba esperando al nuevo paciente, al que engañaría con mi nuevo peinado, y toda mi vestimenta que seguramente el paciente respondería con un: “estoy conforme” cuando la madre le preguntara por su nueva terapeuta.
Cuando vuelvo a la reunión de equipo y cuento cómo había ido la derivación, ante la curiosidad y seguramente envidia de mis compañeras de trabajo, cuando les cuento como me quedaba el pantalón negro, les referí que me habían pasado cosas novedosas: mis intervenciones tenían una comprensión del género humano que nunca había tenido, y sobre todo había llegado a la comprensión de cuáles eran las demandas de los pacientes de hoy.

Y ahí la reunión explotaría, la admisora me diría que jamás me volvería a mandar los pacientes que le pidieran terapeutas con rodete en el pelo, y mirada circunspecta, y muchos menos, cuando exigieran terapeutas hombres.
Y yo cada vez me pondría peor, porque todo lo que había hecho hasta el momento, toda mi experiencia, todos mis años de ayudar gente, se me venían en contra, y ahora mi deseo de convertirme en el objeto del deseo del otro se volvía siniestro, el paciente no solamente elegía el sexo del analista sino que lo creaba.
Y en ese punto de máxima realización, con mi hábil penetración psicológica, observé que todo había sido un sueño, y que yo seguía siendo el terapeuta varón que siempre fui.
 
 
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