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   ¿El inconsciente contra el cuerpo?

Cuando el inconsciente impacta al cuerpo
  Por Vera Gorali
   
 
Marcela llegó a la consulta sostenida por dos personas. Apenas podía dar un par de pasos sin apoyo. Su problema orgánico era grave –una enfermedad autoinmune progresivamente invalidante y una gran dificultad para ingerir alimentos, pues corría el riesgo de ahogarse con ellos–. Sin embargo desde el tiempo de entrevistas planteó como conflicto su decepción conyugal y una posición de sometimiento a la demandas, y consideraba vagamente, que ambos tenían alguna relación con su padecimiento físico.
Con esta creencia ejemplificaba la tesis freudiana según la cual un dolor psíquico se puede transformar en un sufrimiento físico.
Ahora bien, podemos preguntarnos cómo tiene lugar esta transformación. ¿Es acaso del orden de una causalidad directa, es decir, cualquier acontecimiento experimentado por el sujeto como penoso se traducirá en un problema corporal?
Para responder a esta pregunta debemos en principio decidir qué noción de cuerpo se ajusta al psicoanálisis, y en segundo término en qué ocasión hablamos de inconsciente cuando pensamos en un padecer psíquico. Pues para Freud la transformación de psíquico en físico tiene lugar cuando una idea acompañada de un deseo divide al sujeto en dos: una parte quiere y la otra rechaza este deseo. Como consecuencia la idea se reprime y se sustituye metafóricamente por una dolencia en la que podemos leer la sustitución porque ésta es significante. Se trata entonces de una escritura libidinal en el cuerpo.

Este cuerpo debe ser entendido en tres registros:
a) El cuerpo imaginario. Es el que le otorga unidad, superficie, es el mismo yo del sujeto.
b) El cuerpo simbólico, recortado por el significante. Es el que se presta a la escritura de los significantes que retornan de lo reprimido, a los síntomas en su vertiente de formaciones del inconsciente.
c) El cuerpo real, hecho de los agujeros pulsionales que persisten pese al esfuerzo de unidad corporal de la imagen, porque no tienen imagen especular.

Ahora bien, la operación descripta en el punto b) es la única de la que podríamos decir, en un sentido muy acotado, que el inconsciente va en contra del cuerpo.
Dice Lacan que entre el significante enigmático del trauma sexual y el significante que lo sustituye y fija en un síntoma que toma la carne o la función considerados como elementos significantes, la significación opaca a la conciencia.
Sin embargo, en otro sentido, el inconsciente sólo es un intérprete de lo que ocurre, responde de esta manera enigmática. No es una sustancialidad, una alforja de sentidos ocultos, sino que se manifiesta y debe ser leído en la exterioridad.
El sueño, por ejemplo, interpreta los signos de las cosas vistas u oídas. Luego el sujeto llena esa hiancia con significaciones.
Entonces, si el analista interpreta y también le da un sentido, el síntoma se volverá más y más resistente.

En esta misma vertiente, en su última enseñanza, Lacan considera que los síntomas representan irrupciones de satisfacción, en un registro que se define por la mortificación significante, por el vaciado de satisfacción libidinal. En lugar del silencio de los órganos se manifiesta un goce, siempre siguiendo los derroteros simbólicos y no orgánicos, que contraviene dicho vaciado.
En este aspecto el síntoma no es una formación del inconsciente.
El síntoma se define en el nudo borromeo ya sea por la intrusión de lo real del goce en lo simbólico o por la irrupción de lo simbólico en lo real.
Así considerado el síntoma no es producto del inconsciente, sino más bien lo que se le opone, lo que impide su funcionamiento en tanto discurso del amo.
En este caso, entonces, el inconsciente es el encargado de reducirlo, pues tiene como efecto un sujeto y como producto también un goce.
El goce del síntoma debe pasar al inconsciente.

Podemos trazar una analogía con lo que ocurre cuando la lesión afecta ya sea el cuerpo imaginario, como en las psicosis o el cuerpo propio –como es el caso de la paciente–, o el cuerpo real, cuando el síntoma proviene directamente de la defensa, sin pasar por el mecanismo de la represión. Es decir cuando el síntoma, como la metáfora delirante, es la solución.
Ahí tenemos una cantidad de fenómenos que incluyen: las disrupciones hipocondríacas, donde pedazos del cuerpo se desgarran sin poder sostener su unidad porque no hay versión del padre que anude los registros; las afecciones llamadas psicosomáticas, como con mucha prudencia puede ser considerada la patología autoimnune, en las que la significación fálica no se produce.
Es una hipótesis de trabajo que la clínica a veces verifica: la elaboración producida en análisis provoca un alivio de esas afecciones, sin que, en principio, ellas sean su objeto.
En estos casos la cura se dirige a la subjetivación y a la producción de lo que llamamos un síntoma analítico, que implique el trabajo inconsciente, justo ahí donde es el mismo rechazado o contorneado, evitado, rodeado.
En algunas ocasiones el tratamiento de las ansiedades permite que se desplace el fenómeno que actuaba como defensa contra la angustia, a la manera de un pasaje al acto, y que el sujeto emerja de su cristalización bajo el significante amo. Es el momento en que una pregunta, o una formación del inconsciente den cuenta de la posibilidad de iniciar el análisis.
 
 
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