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   ¿El inconsciente contra el cuerpo?

La enfermedad del cuerpo en el psicoanálisis
  Por Jorge Mosner
   
 
Tératos: Las afecciones somáticas producen asombro. Decididamente son aterradoras. Son Tératos (el monstruo, lo prodigioso, catastrófico). El estudio de lo monstruoso o anormal se llama teratología. Canguilhem es el autor imprescindible sobre el tema. La palabra teratogénico designa los medicamentos que producen efectos mostruosos. Recordarán, por ejemplo, la talidomida.
La enfermedad destruye el mundo, al otro, que es espejo del propio yo. Quiero decir que uno se ve allí, a sí mismo, en el enfermo, derruido, carcomido... un horror.

El pobre Yo: El yo se genera, pensemos en los bebés del estadio del espejo de Wallon o Lacan, por la imagen anticipada del cuerpo ofrecida por un congénere que es un representante del mundo. Este promete al bebé, recién llegado a este planeta, un cuerpo, le otorga un cuerpo, da cuerpo. Esa es la función que Freud denominó el asistente. Pero perdura latente lo informe, el caos original, ese trozo de carne condenado a muerte si no aparece la salvadora presencia de ese otro, la madre o sustituto, inevitable prótesis de la prematuración humana. Ella le construye el cuerpo al bebé, el yo, que es primeramente el cuerpo, según consta en “Introducción del Narcisismo”. Este congénere primordial es el representante del mundo y le da al yo el universo.
El universo es, psicoanalíticamente, una extensión de este vínculo primigenio. Lacan dice que no hay universo (Aún)1. Quiere decir que el universo es una construcción yoica engañosa, pero necesaria. Pero el yo no hace desaparecer totalmente la informidad, lo caótico. Ese territorio que Lacan llamó imago del cuerpo fragmentado (agresividad en psicoanálisis), y luego abandonará esa noción a favor del concepto de lo Real. Ese horizonte de nada y caos que, en latencia, nos amenaza incesantemente. Ni la eficacia imaginaria, ni siquiera la eficacia simbólica nos protegerá por completo.

Las afecciones somáticas evocan ese caos, el retorno de esa informidad de un modo material, en la carne. Se las denomina psico-somáticas porque los pensadores racionalistas, escindieron las cabezas occidentales con ese guión, psico-guión-somático.
Lo informe o aterrador se vincula con la ruptura del mundo construido con el modelo del semejante, ese o esos que nos esperan a nuestra llegada, arrojados al mundo después de nueve meses de ontogenia. Donde hay un defecto, una discontinuidad en esa construcción, viene la angustia que marca la ruptura de ese mundo, del yo, que es su doble. La angustia es señal de que hay un quiebre del yo, que prefiere la inercia, el principio del placer y la unidad, el uni-verso. Hay un incesante trabajo psíquico para mantener lo informe a raya, para evitar la inundación del caos inciertamente atenuado con la construcción del yo, como precaria unidad. Así el angustiado llanto del bebé en medio de la noche porque perdió el yo. El asistente acude y cesa el llanto, cede la angustia. Se facilitó al bebé el mecanismo especular que le devuelve la vivencia de unidad (eficacia imaginaria). El acceso al mundo simbólico dará mejores garantías, pero no todas, siempre hay algún resbalón: afecciones de todo tipo, encontronazos con lo Real denominados vulgarmente accidentes, y otras plagas.

Enfermedades: En ocasiones la unidad yoica se rompe y sobreviene lo inhumano, aquello a lo que se le salen las tripas, el cuerpo mutilado o abierto, el hachazo en la imagen entera que se desmembra, o quiebra, o supura. Nos horrorizamos frente a algunas cosas del mundo, inmundas, que pierden forma: el vómito, algo que fue un perro en el costado de la ruta. También los excrementos, pues la pulsión anal, la obsesividad y errores etimológicos, propugnan equivalencias entre la escatología referida a los excrementos y aquella de las últimas cosas de la vida, como los frescos de Orvieto. La pregunta obsesiva “¿Dónde va la caca?”, sintetiza la cuestión.
La enfermedad somática quiebra nuestro yo imagen corporal, y nos angustia. Desde esta perspectiva podríamos estudiar lo siniestro2.

En la clínica: A veces, los pacientes se enferman en el cuerpo. En los artículos técnicos Freud dice que todo lo que acontece en la vida del paciente en el curso de su análisis hace referencia al análisis y al analista. Puede ser una afección intercurrente, esas que Freud decía3 que se reducían cuando el paciente debía pagar la sesión aunque no veniera. Afecciones que atribuimos a un mecanismo histérico, como dolor de garganta. Interpretamos: tiene angustia, o tal cuestión no la puede tragar. Angustia, etimológicamente, viene de “angosto” o “estrecho”. Cuando el paciente nos habla de problemas estomacales o intestinales podemos pensar que es algo que no puede digerir. Cuando el paciente sufre problemas cardíacos sospechamos conflictos de amor, celos, cosas del corazón. Se trata de personas que no pueden expresarse de otra manera. Ejemplos: el padre de una joven de quince años no advierte los efectos de los primeros ajetreos amorosos de su hija, o la traición de un amigo frente a la cual se anestesia. O tiene una fractura ósea: un quiebre en la vida, un quiebre de una empresa.
La afección en el cuerpo es muy ahorrativa, ahorra angustia. La angustia se la regala al analista que deberá saber qué hacer con ella.
Aumentemos la gravedad. Un señor va a cirugía a que le extirpen un trozo del cuerpo, una porción de un órgano. En algún caso el paciente necesitaba sacarse algo de adentro, tan significativo, que se materializa en ese trozo de cuerpo. O una infección: algo se está pudriendo. Y también pueden ser enfermedades autoinmunes ¿masoquismo? Puede ser cáncer, herpes o sida.
Una pregunta que surge relacionada con las enfermedades hereditarias es por qué se desencadenan en determinado momento. ¿Qué es lo que amargó a ese muchacho desencadenando la diabetes, la hiperglucemia (azúcar, dulzura) contra una gran tristeza (amargura)? Puede inferirse que el enfermar es un modo particular de búsqueda de estabilidad. Un intento expresivo, una paradójica curación.

Magia y significación: Advertimos una singular articulación entre la enfermedad del cuerpo y la significación que adquiere para alguien. No soportamos que haya nada que quede fuera del mundo que es mundo de significaciones. Padecemos de compulsión a la significación.
No puedo hacer un diccionario de significaciones, la enfermedad no significa tal o cual cosa a priori, pero inexorablemente encontraremos significación. Freud denominó pensamiento mágico-animista a este determinismo del espíritu. El síntoma, como formación sustitutiva, significa. Y es en sí mismo, una interpretación. El síntoma produce una incógnita intolerable para el yo y lo obliga a instalar una teoría causal. Las teorías sexuales infantiles, nos enseña Freud, son respuestas ya preparadas que intentarán obturar la angustiosa incógnita que el síntoma nos lanza.
La paradoja es que no hay pregunta en lo inconsciente. Así como no hay negación4, por lógica tampoco hay pregunta. Hay sólo afirmación.
Cuando aparece una enfermedad, o un síntoma, nos preguntamos por qué. Surge una respuesta mítica, inevitable por la estructura del mundo humano y el pensamiento mágico. Esto afirma Freud en “Tótem y Tabú”5. El aparato psíquico freudiano, en lo que concierne a lo primario, a lo inconsciente, funciona con leyes de magia y animismo. La respuesta mítica, mágica y animista trae una pizca de verdad. Adviértase que Freud apreció las creencias populares por ser más cercanas a la verdad de lo inconsciente6. ¿Acaso las interpretaciones no develan pensamientos “absurdos”?.

Uno de los destinos del trauma productor de dolor es la enfermedad orgánica. El yo trata de arreglárselas con el dolor de diferentes formas, a veces el dolor puede ser procesado psíquicamente. Se produce neurosis si el dolor es más o menos soportable. La psicosis implica una notoria pérdida de realidad para evitar el dolor. El recurso de la desmentida psicopática y/o perversa tramita por medio de la escisión del yo una historia de muerte y de dolor, que tratará de inocular, de hacer padecer al otro. ¿No será la enfermedad orgánica una fábrica de dolor que conmueve al yo como un intento extraño, desaforado a veces de recuperar una historia de dolor, de relatarla con instrumentos inadecuados, en un código que el mismo yo no puede procesar?
Odios bloqueados, duelos imposibles, traumas propios y ajenos, tragedias ancestrales que se sostienen en un ideal del Yo que, literariamente, llamamos “destino” o la “moira”. Mandatos sacrificiales, muy a menudo atravesando generaciones, que un sujeto debe cumplir aún cuando en ésto le vaya la vida, o al menos un trozo del cuerpo. Algo de ésto se juega en la enfermedad somática.

El analista involucrado: Cuando un paciente enferma durante el curso del tratamiento, hay sentimientos de culpa en el analista, “¿qué le hice?”. Los efectos de la acción analítica no son totalmente previsibles. Cuando esa enfermedad artificial, llamada “neurosis de transferencia”, se pasa de rosca y el paciente se agarra algunos de esos males denominados “somáticos”, no se puede sino reconocer también el padecimiento con los ojos y con el dolor.
En los “Escritos técnicos”, Freud dice que todo aquello que ocurre en la vida del paciente durante su análisis hace referencia al analista7. ¿No es posible que una construcción le dé tan en el hígado a un paciente que lo predisponga a una hepatitis o a un cólico?
En nuestro ámbito hablamos de “reacción terapéutica negativa”8. Esta reacción es parte del análisis, muchas veces justo el final, es decir: cuando el paciente parte y se nos parte el alma. Como no quiero hablar tan comprometidamente de mis propios desaciertos, incertidumbres y pesares, les relato brevemente una situación que hube de conocer:
Un paciente adolescente era gordito cuando empezó el análisis con un analista obeso, aumentó su peso considerablemente con el correr de los años hasta aproximarse al peso de su analista. Ahora eran dos obesos. Después de muchos años de análisis se producen disidencias entre paciente y analista. El paciente amenaza con irse del análisis. Mientras debate con interpretaciones retentivas y amenazantes y otros oráculos trágicos que los analistas a veces no nos damos cuenta que proferimos, al paciente le aparecen cálculos en la vesícula. Consulta con diferentes profesionales que deciden la alternativa quirúrgica, coincidiendo con el abandono de su análisis. A este muchacho dejar a su analista le costó un pedazo del cuerpo: la vesícula. Los honorarios del analista eran motivo de cálculos, el analista obeso era una piedra en el camino.9
Freud le comunicó alguna vez a su paciente Kardiner que no se podía pensar que las palabras del analista eran inocuas, todo instrumento de curación también puede hacer daño. El psicoanálisis mediante la palabra, el silencio y el acto, cura; pero también enferma. ¿No puede el analista enfermar a su paciente con lo propio reprimido expresado como fanatismo por un sistema teórico o la tendencia sistemática a observar un fenómeno que “casualmente” lo observa en todos sus pacientes? El analista tiene poder para curar y también para enfermar. Y esto, en determinadas condiciones, puede interesar el cuerpo del paciente, sus células o los intersticios de sus órganos, tal como veíamos que escenas de la vida de los así llamados seres queridos, o misiones ancestrales vía Ideal del yo llegaban a interesar el soma.
Por supuesto, analizando a nuestros pacientes nos curamos, y también nos enfermamos, pues, como dice Freud en “Análisis terminable e interminable”10, pueden ser despertados nuestros perros dormidos. Como les decía, nos podemos enfermar.
Nuestro trabajo es insalubre, quizás por eso debemos cobrarlo bien, pero seguramente la mayor protección la encontramos en el conocimiento de nuestro propio inconsciente, es decir en nuestro análisis.


_________
1. Lacan, Jacques: Aún, Paidós.
2. Freud, S.: “Lo Ominoso”, Obras Completas. T. XVII, Amorrortu.
3. Freud, S.: “Consejos al médico sobre el Tratamiento psicoanalítico”. Obras Completas, T. XII, Amorrortu.
4. Freud, S.: “La negación”. Obras Completas, T. II, pág. 1134, Biblioteca Nueva.
5. Freud, S.: “Tótem y Tabú”. T. XIII, Obras Completas, Amorrortu.
6. Ver “Interpretación de los Sueños”, T. IV, Capítulo II, Obras Completas, Amorrortu.
7. Freud, S.: “Consejos al Médico sobre el Tratamiento Psicoanalítico”, T. XII, Obras Completas, Amorrortu.
8. Freud, S.: “Las servidumbres del yo”, Cap. V de “El yo y el ello”. T. XII, pág. 25-26, Obras Completas. Biblioteca Nueva.
9. En latín piedra es lapis-lapidis, al igual que lápida… hagan sus propios cálculos. A su vez, cálculo significa piedrecita, guijarro.
10. Freud, S.: “Análisis Terminable e Interminable”, T. XXIII, Obras Completas, Amorrortu.
 
 
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