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   Colaboración

La declinación del padre: el síntoma, nuestro padrecimiento
  Por Claudio Glasman
   
 
Tengo un padre y un padecimiento:
tengo un padrecimiento.
Tengo un padresimiento
Tengo un padre, si miento
Tengo padre un si, miento
Tengo un padre cimiento
Tengo padre un cimiento
Tengo un padre simiente
Tengo un padre, si miente
Y una madre que decía,
(¿Qué hay Padre de cierto?)
(Que hay un padre desierto)
y una madre que creía
que ese era su único defecto,
Que decía siempre... la verdad
De un fragmento de análisis

“De la autoridad sin límites del Pater familias y del Derecho Romano que le concedían un poder de propiedad sobre la vida y la muerte del hijo, hasta la ‘puesta límites’ y más aún, las limitaciones de los padres de nuestra época, hay un acuerdo casi generalizado, de que se ha producido una caída de la autoridad paterna que algunos han interpretado como una decadencia del Padre. Parece una evidencia: los efectos de esta declinación, entendidos como una degradación tanto de su papel como de su imagen social (y planteadas las cosas así ¿quién dudaría?), han tenido, tienen y tendrán consecuencias cada vez más serias en la constitución subjetiva. Pero aquí las aguas se dividen tanto en los discursos de la cultura, como en el interior del psicoanálisis en la valoración de este proceso. Por fuera, existen autores de mucho peso que celebran este debilitamiento, como formando parte de un movimiento histórico de liberación respecto de la presencia oprimente de un padre- amo y su autoritaria ley, proclamando el advenimiento de una comunidad de sujetos ‘libres’ mas allá de la tiranía de la ley y del padre. En sentido contrario, una corriente ‘conservadora’, propone restaurar la autoridad político-paterna como modo de terminar con la violencia, la anarquía, la disgregación.

En el psicoanálisis reaparecen dichos antagonismos. Desde una cura pensada como ‘restitución paterna’ y su objetivo: restaurar su figura, devolverle su perdida autoridad, reconciliar al hijo, reconocer al padre, corriente que llamaríamos nostálgica, de ideología reparadora, con ciertas reconocibles notas de religiosidad, hasta el extremo contrario donde ‘ir mas allá del padre’ se ha convertido en una consigna que se viene proponiendo como finalidad última de la cura como modo de superar los límites freudianos del tratamiento. No deja de ser una extrañeza que direcciones de sentidos tan opuestos busquen sostén y crean encontrar autorización en la enseñanza de Jaques Lacan. Es posible, es parte de nuestra posición actual que ambas corrientes representan parcial y sintomáticamente –tomando la parte por el todo– lo que sería una bi-escisión inherente al símbolo padre o, dicho en otros términos, a las paradojas de la función paterna como tal. Salir del dilema de estas ‘soluciones sin salida’ supone interrogar lo que hay de malestar del padre en la cultura y lo que del padre hace síntoma en el sujeto en análisis. Dicho de otro modo, interrogar las formas en que los síntomas hoy ‘hacen’ a la función paterna. En definitiva vuelve a hacerse necesario distinguir las figuras, representaciones, los papeles, los roles del padre de lo que llamamos su ‘función’ para intentar trabajar, reabrir una pregunta que sigue siendo urgente por fuera como por dentro del psicoanálisis: ¿qué es un padre?”1

La advertencia sobre la declinación de la familia troncal pensada como la familia patriarcal surgió desde el discurso sociológico; uno de los “padres” de la sociología Emile Durkheim, fue quien dictaminó a partir de sus investigaciones que una de las consecuencias de la modernidad era la desaparición de la “sagrada” figura paterna alrededor de la cual se organizaba, en la gran casa una familia conformada por varias generaciones. La paulatina desaparición de ese modo de organización familiar y su sustitución por una familia nuclear, y en su límite por el “inmoral” concubinato serían, para dicho pensador, las razones de la pérdida de ese papel de contención y verdadera muralla protectora que esa figura familiar tendría contra los peligros sociales de la anomia y unas de sus consecuencias más terribles, el suicidio. El problema surgió cuando nuevas investigaciones sociológicas pusieron en cuestión la idea de que hubiera existido un solo modo de familia tradicional y se puso al descubierto, que en diferentes momentos de la historia habrían convivido en diferentes distribuciones geográficas o sociales diversos tipos de familia. Pareciera ser que el tipo de familia durkheiminiana formaría parte de lo que a partir de Freud los psicoanalistas llaman “novela familiar”. Esta novela genealógica y filial tiene para el “padre del psicoanálisis” por función el intento doloroso y fallido del sujeto neurótico de separarse de los padres como “única fuente de autoridad y fe”. Su contenido fantástico es una extraña duplicación de los padres. Cada sujeto neurótico ha tenido por fantasía ser hijo de otros… padres, y lo llamativo es que éstos serían siempre de origen noble o aristocrático. Incluso no están ausentes en la psicosis verdaderos delirios genealógicos que intentan recomponer las construcciones imaginarias de la neurosis. Estaríamos tentados a preguntarnos si lo que se presentó en su momento como discurso sociológico-científico, no estaba demasiado afectado por un mito individual, una fantasía del sociólogo que mantenía por ideales un tipo de familia noble o aristocrática. No deja de ser una paradoja ya señalada por diferentes autores que Emile Durkhein, judío, científico y progresista, haya elaborado una teo-ría, una teología social, que deja ver sus costados de moral cristiana y conservadora. Parafraseando a Hanna Arendt diríamos que el padre de la sociología no se contentó con investigar la vida social del hombre sino que, siguiendo el ejemplo de Dios-Padre y para su nombre, re-creó la “sagrada familia”.

Freud, médico judío y “padre del psicoanálisis” sin ser tan progresista como su contemporáneo sociólogo, sin embargo subvirtió la concepción del sujeto occidental con el descubrimiento del inconsciente, a tal punto que sus proposiciones teóricas como sus innovaciones prácticas son aún difíciles de admitir entre nosotros. Él encontró que cuando renunció a la psicoterapia por considerarla violenta y monótona y abrió con la regla fundamental al discurso de la diversidad, sin embargo un cierto retorno de violencia y monotonía se producía inexorablemente en el interior de los análisis y esa violencia y esa monotonía tenían un nombre insistente en sus interpretaciones: el padre. Más allá de los cuestionamientos al realismo del padre seductor, el fantasma de la perversión del padre persiste como fantasma típico en la constitución del sujeto y como sostén fantasmático en el sostén del lazo social.

En la obra de Freud, en sus historiales clínicos, en sus construcciones mítico-científicas, el padre ocupa un lugar central: un padre hiperpotente es el padre de la prehistoria de la familia humana, también a veces, de la prehistoria del paciente. Pero en sus análisis abundan padres impotentes, enfermos, empobrecidos, padres de palabras tontas o de faltas a la palabra, verdaderos ídolos caídos que a veces el paciente intenta volver a levantar o que compensa imaginariamente con retornos de ídolos espectrales. Lo que el psicoanálisis ha descubierto en los relatos de análisis es que lo que llamamos hoy función paterna no siempre coincide con aquel que mal o bien sostiene su papel en el seno de la estructura familiar. Así se ha hecho necesario distinguir entre la estructura de la familia, el “ambiente” familiar a los que no le quitamos su enorme importancia y la estructura del sujeto, lo que se ha dado a conocer como complejo de Edipo, y que incluye los síntomas, los fantasmas, obscenos o ridículos, los sueños absurdos, terroríficos o penosos, incluso los fallidos en los que el padre tiene lugar y en los cuales cada sujeto de un modo sorprendente, y las más de las veces inadvertido, enmascarado, se hace, metáfora mediante, de un padre. Distinción difícil a tal punto que cabe recordar los años que le llevó a Lacan el pasaje de su adhesión a las tesis de Durkheim en sus libro sobre los complejos familiares donde proponía al modo del sociólogo e incluso con el uso de algún término de tono jungiano que la “declinación de la imago paterna” era la responsable de la neurosis moderna, hasta su desplazamiento por la revalorización crítica del complejo de Edipo en Freud. A esta revalorización no fue ajena en principio la incidencia en su discurso de la enseñanza de la “Antropología estructural” de Levi Strauss y fueron estos “asuntos de estructura” los que culminaron con la introducción en el discurso del psicoanálisis de uno de sus aportes más significativos: “la metáfora paterna”, sitio en el cual Lacan localizó las carencias del padre y esa función de caída y separación que la metáfora del significante del nombre del padre introduce en tanto función.

Conclusión: Para decirlo en pocas palabras y con un neologismo que nuestra lengua nos permite: Freud, junto al inconsciente, y esa otra escena donde transcurre el deseo descubrió que los síntomas eran la fijación a un padrecimiento escrito en el cuerpo en los que era posible y también urgente y necesario, leer, rectificar, en fin, analizar ¿qué es un padre? O dicho en otros términos la formación del símbolo sintomático es la articulación opaca al sujeto de la pregunta ¿Qué es el padreser? Es en este sentido que consideramos que siguen siendo válidos aquellos versos del Fausto de Goethe que Freud hizo suyos a la manera de un aforismo: “…lo que has heredado de tus padres, conquístalo para poseerlo…”, y a los que valdría agregar lo que le sigue inmediatamente en el poema: “… ya que lo que no se usa es una pesada carga que se lleva…”.

Quizás Lacan estuviera pensando en la misma dirección cuando propuso que no basta con haber tenido un “nombre del padre”, sino que hay que poder-saber-desear… servirse de él. Actos, decisiones, separaciones, caminos de ficción, para no quedar atrapados en la disyuntiva, verdadero callejón sin salida, de un rechazo que lleva a la locura o de un amor servil que arranca y que arrastra del sacrificio lo peor.

____________
1. Estos fueron los términos de una convocatoria a un diálogo que intenté provocar con David Kreszes y que finalmente tuvo lugar en el Centro Oro. A partir de lo que allí “nos dijimos” surgen las consideraciones siguientes.
 
 
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