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   Psicoanálisis y Tecnociencia

Psicoanálisis y tecnociencia
  Por Mario Pujó
   
 
Llegado a determinado punto de su desarrollo y próxima en cierto modo a su culminación, nuestra civilización se enfrenta a lo que no sin algún desasosiego experimentamos como un cambio de época: tal la velocidad de las comunicaciones que alcanzan al mundo todo, tal el quiebre de pactos y valores que, por elementales, creíamos establecidos de una vez para siempre. Lo que con cierta frivolidad se ha dado en saludar en el corazón de la metrópoli como el “fin de la historia”, un final que alardea de verse consumado a través de la caída de los grandes relatos, la desaparición de las ideologías, el desdibujamiento de los Estados nacionales y la desestabilización de toda noción hipostasiada del sujeto, nos lleva a interrogarnos por el deseo eventual que porta el logos que rige nuestro tiempo, un deseo que concierne íntimamente nuestro propio devenir como cultura y tal vez incluso como especie.

Dos grandes referencias nos permiten caracterizar ese logos. Por una parte, lo que puede denominarse el capital innegativizable, algo que suele celebrarse como el triunfo de un capitalismo sin rival que encuentra su ícono más nítido en la caída del Muro de Berlín. Por la otra, lo que llamaría el desarrollo de una ciencia extrema, cuyo despliegue irrefrenable torna irrisoria cualquier pretensión de control bioético, y cuyo paradigma podríamos cristalizar en torno a la figura fantasmática y acechante de la clonación reproductiva humana. La manipulación genética parece amenazar nuestra esencia biológica consumando la ausencia de relación sexual que afecta al hablante, al separar la genitalidad de la reproducción a la que se la supone coordinada, haciendo con ello explícito el polimorfismo de la pulsión.

Producto de ese capital y de esa ciencia que avanzan imbricados como una fuerza incondicionada, el desarrollo tecnológico experimenta un crecimiento exponencial cuya incidencia se percibe en los detalles más insignificantes de nuestra vida. Así, el objeto técnico ha pasado a convertirse en un partenaire irrecusable de cada una de nuestras acciones, y su prescindencia deviene una epopeya improbable. Como se constata en gran número de festividades religiosas, resulta más viable la abstención ritual de alimento y agua que el ayuno de la asistencia tecnológica, la cual, una vez automatizada, puede privarse largamente de toda intervención humana.
No sólo dependemos cotidianamente del ordenador, el teléfono, la televisión; esos aparatos proporcionan una inocultable satisfacción, reproducible a voluntad, que pone en evidencia el carácter separable de esos objetos pulsionales que constituyen la mirada y la voz. El así llamado “discurso capitalista” -torsión singularmente eficaz del discurso del amo­- genera en el hablante una ilusión de recuperación del objeto perdido a través de la mercancía, cuyo denunciado fetichismo revela una dimensión propiamente libidinal. No sólo se nos convida a ello; se nos tienta, se nos intima, promoviendo una satisfacción a-sexuada, inmediata y sin imposibilidad que, en los tiempos del Otro que no existe y dada la creciente extensión de la realidad virtual, parece destinada a imponer una suerte de empuje-al-onanismo universal. Cuando la tecnología torna posible la realización del fantasma, la perversión deviene apenas una preferencia de consumidor, propia de un segmento de mercado, algunas de cuyas concreciones irrumpen con escándalo en la realidad cotidiana: turismo sexual, transexualismo, paidofilia, antropofagia (!)... Los noticieros dan cuenta de ello.

Frente a ese inquietante imperativo de satisfacción, al servicio del trabajo silencioso de la pulsión, nuestra práctica asegura en el privilegio dado a la palabra una relación mediatizada, desencontrada, nunca asegurada con el objeto, reclamando la renuncia a sus espejismos y abriendo a la perspectiva de su falta, falta que el acto analítico corrobora. Es en esa falta que reside el valor de una utopía del tamaño de la libertad: no hay ninguna justificación para nuestra “sartreana” existencia, ella es siempre resultado de una elección de la que somos ineludiblemente responsables.

Desde luego, en el discurso que concibe al sujeto hablante como un “hombre neuronal”, las leyes de determinación no dejan lugar a la elección, la falta se diluye, el deseo deviene apetito, y con la lacaniana “insondable decisión del ser” se evapora también todo atisbo de responsabilidad. El cognitivismo, el bioconductismo, la psicofarmacología y las diversas neurociencias se inscriben allí, abriendo a la urgente necesidad de un debate. ¿No representa acaso el DSM IV un ejemplo paradigmático de esa tecnociencia que tiende a cubrir el conjunto de los intercambios sociales, e invade de modo creciente el campo de la salud mental?
En la convicción de que la tecnociencia representa una alteridad con la que el psicoanálisis debe sostener su interlocución actual, anhelamos poder abrir desde esta columna de Imago Agenda un espacio de pensamiento e intercambio que dé lugar a la palabra de los psicoanalistas, sin distinción de agrupamiento institucional, advertidos de que nuestra práctica juega en ello una parte importante de su futuro. Esperamos que estas breves reflexiones puedan servir como una primera aproximación a la complejidad del tema, y servirle, eventualmente, de introducción.
 
 
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