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La hipocresía: una forma elegante de negar la realidad
  Por Manfredo Teicher
   
 
Es asombroso cómo mentimos conven­cidos de que somos sinceros. Totalmente persuadidos de que decimos la verdad, nos invade una sensa­ción de plenitud, de seguridad; fácilmente convertible en hostilidad, si alguien se atreve a poner en duda, con o sin fundamento, nuestra sinceridad.
Si aún hay alguien que duda de la existencia del inconsciente, ésta debería ser una prueba con­cluyente de la misma. El inconsciente se enoja si alguien se atreve a mostrar lo que se empeña en ocultar. Si la denuncia se produce por un observador externo, se confirma que “es mas fácil ver la paja en el ojo ajeno, que la viga en el propio”. En el que se había producido el ocultamiento, la disociación entre el inconsciente que se quiere ocul­tar y el resto de la persona que no puede dejar de someterse a su autoridad, es un serio contratiempo darse cuenta de lo que sucede en su interior. Si hace un instante creyó ser sincero, lo que significa ser honesto, bueno, querible, tener que cuestionar esto significa te­ner que aceptar lo contrario.

De merecer un justificado premio por portarse bien, se pasa a merecer el desprecio y castigo por mentiroso. Esto que primero suena injusto, lógicamente para la víctima inocente de su propio inconsciente que sería el único culpable, al tener que reconocer que después de todo el incon­sciente es parte de uno, justifica el cortocircuito que se produce en su aparato psíquico. El dueño de casa se siente estafado, engañado y, de yapa, un tonto por no ser capaz de conocer lo que pasa en su propia casa.
Lo que acá estamos describiendo, es parte habitual de la realidad que conforman las relaciones humanas, que parecen deslizarse en un nivel dominado ampliamente por el inconsciente, por lo tanto desconocido para los actores que intervienen en el juego. En ese nivel de la realidad, se comunican inconsciente con inconsciente existiendo un acuerdo tácito universal de negar que se esté jugando este juego. ¿En qué consiste el juego? Una competencia narcisista de todos contra todos. Popularmente llamada lucha por el poder, por el territorio y por el status.

El pacto, por ser tácito, es también inconsciente. Pero es entonces un arma para moverle el piso a cualquiera con sólo denunciar todo esto. O sea, la denuncia rompe un pacto de caballeros.
Ocultar lo que uno piensa y decir otra cosa para quedar bien, suele llamarse hipocresía, un con­cepto que pone las cartas sobre la mesa. Hipocresía denota un acto perverso, malo. Denunciar la hipocresía, que equivale a denunciar un pacto de caballeros, también. No creemos que sea posible eliminar la hipocresía. No podemos imaginarnos la comunicación humana sin ella.
El lenguaje analógico (pre y para-verbal) comunica inconsciente con inconsciente. Aclaremos que puede hacerse consciente. Con el riesgo, o el poder, de romper en cualquier momento el pacto de caballe­ros de mantenerlo a un nivel inconsciente o, por lo menos, callado.

Freud en 1915, a un año de haber comenzado la Primera Guerra Mundial, escribe: “El sujeto forzado a reaccionar permanentemente en el sentido de preceptos que no son manifestación de sus tendencias instintivas vive, psicológicamente hablando, muy por encima de sus medios y puede ser calificado, objetivamente, de hipócrita, se dé o no clara cuenta de esta diferencia, y es innegable que nuestra civilización actual favorece con extraordinaria amplitud este género de hipocresía. Podemos arriesgar la afirmación de que se basa en ella y tendría que someterse a hondas transformaciones si los hombres resolvieran vivir con arreglo a la verdad psicológica. Hay, pues, muchos más hipócritas de la cultura que hombres verdaderamente civilizados, e incluso puede plantearse la cuestión de si una cierta medida de hipocresía cultural no ha de ser indispensable para la conservación de la cultura, puesto que la capacidad de cultura de los hombres del presente no bastaría quizá para llenar tal función.”
(“Consideraciones de actualidad sobre la guerra y la muerte”).
El psicoanálisis rompe el pacto de caballeros. Pretende que el sujeto conozca su inconsciente. Que haga insight. Que asuma la responsabilidad de sus actos.
Realmente ¿uno quiere conocerse? Andar por el mundo sabiendo que uno, en el fondo, es un ser perverso y despreciable y que todos lo son, mejor dicho, lo somos, no es fácil de tolerar. Y como hay un consenso que niega todo esto, con tal insight uno puede sentirse muy solo.

En el mejor de los casos, seguimos siendo toda la vida criaturas caprichosas, arrogantes, prepotentes, intolerantes a la frustración, en el inconsciente. Ese fondo está cubierto por una delgada capa de barniz social que permite, al introducir una imprescindible hipocresía, una convivencia más o menos aceptable, por lo menos para algunos.
Someterse a un análisis, donde otro tiene el derecho de denunciar el “derecho privilegiado” al reconocimiento incondicional que uno pretende de los otros, aunque sea sin saberlo, es una actitud audaz. Lo que coloca en el proceso terapéutico, en primer plano, a la función continente.
 
 
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