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   El sacrificio

El objeto del sacrificio
  Por Daniel  Zimmerman
   
 
Lo que está en juego en el sacrificio, nos orienta Lacan, es la captura del Otro como tal en la red del deseo. La ofrenda de un objeto en sacrificio constituye una tentativa para alcanzar la presencia del deseo en estado puro.
Desplegaremos estas cuestiones a partir del cuento “El desperfecto” (Die Panne, 1955), de Friedrich Dürrenmatt. Verificaremos, por esta vía, cómo un sujeto clausura su aproximación a la verdad al remitir a los dioses oscuros la causa de su deseo.

La voz del Otro: Alfredo Traps, es viajante de comercio. De regreso a su casa, su flamante Studebaker rojo sufre un desperfecto que no podrá ser reparado hasta la mañana siguiente. Traps resuelve pasar la noche en el pueblo y solicita alojamiento en una casa vecina. El dueño, un hombrecito ya entrado en años, se alegra de recibirlo: esa noche tiene amigos a cenar y lo invita a acompañarlos. Traps acepta sólo para no ser descortés. Pronto llegan otros tres ancianos vestidos todos de levita dispuestos, como otras veces, a pasar la noche jugando a los tribunales. El anfitrión fue juez tiempo atrás, y sus amigos, uno fiscal, otro abogado y el tercero verdugo. A veces recrean procesos célebres de la historia, pero sin duda lo mejor es cuando juegan con personas de carne y hueso. Queda disponible solamente el papel de acusado. Traps disfruta ese tipo de pasatiempos y acepta gustoso tomar el lugar vacante.
Tanto el fiscal como su propio abogado alientan a Traps a confesar de entrada su delito. El se considera absolutamente inocente; no recuerda haber cometido ninguna acción contraria a la ley. El fiscal inicia una muy cordial conversación que, aunque Traps no lo advierta, tiene un único propósito: anular por completo su palabra. Paso a paso, el fiscal hará de esa charla el instrumento para arrancarle su confesión:
—¿Qué puedo contarles de mí? Empecé mi carrera desde muy abajo. Diez años atrás no era más que un buhonero que iba de puerta en puerta con mi valijita. Y ahora, señores, no es que quiera presumir, pero ¿quién de ustedes tiene un Studebaker último modelo?
—¿Y cómo llegó en su oficio a un puesto tan lucrativo? ¿Gracias solamente a su férrea voluntad?
—Tuve que vencer a mi jefe.
—¿Quiere decir que tuvo que desplazarlo?
—Había que sacarlo del medio, negocios son negocios. Como decimos los de mi oficio, tuve que ponerle la navaja al cuello; claro que estas expresiones hay que entenderlas en sentido figurado.
—¿Y se encuentra bien su ex jefe?
—Murió el año pasado, de un infarto. Tenía 52 años.
—¿Después de que usted obtuviera su puesto?
—Un poco antes.
—Somos muy afortunados; hemos desenterrado un muerto y eso es, en definitiva, lo que cuenta, concluye el fiscal. Y ahora, mi amigo, confiese de una vez: ¿cómo mató a su jefe? ¿No ha comprendido todavía? Se quiera o no, es indispensable confesar; siempre hay cosas que confesar.
—Le aseguro que soy inocente de la muerte del viejo gángster; aunque debo reconocer que al oírlo hablar empecé a marearme.
El fiscal ha logrado despojar a Traps de su palabra; pero lo que él procura verdaderamente es otra cosa. Arrasar la palabra de su víctima está al servicio de imponerle la voz. La voz, ese objeto en el que se manifiesta el deseo del Otro, concurre en este caso a obturar su falta. La táctica implementada por el fiscal se revela entonces como una maniobra para restituir el objeto voz en el campo del Otro.

Saber, goce y verdad: “Lo encantador de nuestra velada”, reconoce el fiscal, “es haber descubierto un crimen perpetuado con tal sutileza que se le escapó a nuestra brillante justicia oficial”. En otras palabras: interrogan lo que escapa al Otro, pero sólo para restablecer su plenitud. En ese recinto gobierna la ley del goce: “Aquí juzgamos sin tomar en cuenta esa porquería de códigos y artículos; nos hemos librado de todas esas formalidades, protocolos y leyes de nuestras salas de audiencia. Más aún: la pena de muerte, abolida por la justicia estatal, aquí la hemos restablecido; la posibilidad de imponerla es justamente lo que convierte al juego en algo tan singular y divertido”. Un derecho al goce que, al comienzo, provoca en Traps un efecto de fascinación: “¡Sin artículos! ¡Qué idea tan temeraria, caballeros; qué montaje estupendo!” Poco a poco se irá develando que la finalidad que subyace a ese montaje escénico no es otra que la de obtener su angustia.

Convirtiendo el azar en propósito, la irreflexión de Traps en premeditación, el fiscal reacomoda los datos aportados imprudentemente por el propio acusado: un jefe con antecedentes cardíacos que explota a sus empleados; absorbido por el trabajo descuida a su atractiva esposa. Traps aprovechó las reiteradas ausencias del jefe para seducirla y se lo contó a un compañero de trabajo sabiendo que divulgaría el chisme. El jefe sufrió un infarto al enterarse. Traps ocupó el puesto vacante y pronto perdió interés en la viuda.

El cargo de asesinato pone a Traps de un inesperado buen humor; un agradable estado de ánimo que hace aflorar en él cierta intuición de valores superiores, de justicia, culpa y expiación. Se encuentra feliz de escuchar la verdad, “su orgullosa, audaz y solitaria verdad”. La verdad, concluye el fiscal, es que Traps sedujo a esa mujer con la única intención de arruinar al jefe. Actuó con premeditación y alevosía. Debe aplicarse la pena de muerte. Enfrentado a ese Otro que se presenta completo, Traps se encuentra en la encrucijada de experimentar no su demanda, sino su voluntad. Con el consiguiente riesgo de quedar reducido a su objeto.
El viajante de comercio, continúa el relato, disfrutaba por fin de la posibilidad de ser él mismo entre aquel comprensivo círculo; y la idea de haber cometido un crimen le resultaba cada vez más convincente. Lo conmovía, transformaba su vida haciéndola más compleja, heroica, valiosa. Había planeado y perpetrado ese homicidio, consideraba ahora, no tanto por una motivación profesional o económica, sino para ser un hombre más profundo y esencial, un hombre digno del respeto y el aprecio de esos hombres sabios y eruditos, que conocían los secretos de la justicia. El interrogatorio conduce a Traps a la frontera que se abre entre saber y goce. Y en su desesperada necesidad de saber, lo confunde con el goce del sujeto supuesto saber. El saber no se constituye más que a partir de un resto irreductible al goce. La verdad del sujeto, su singular e indeclinable verdad, se sostiene de aquello que resiste el embate del saber.

Traps se entusiasma; ha entendido al fin lo que significa llevar una vida “auténtica” y esta comprobación le ha permitido “renacer”. El sujeto, sin embargo, encuentra una verdadera renovación en su existencia a partir de su acto. El renacimiento del deseo exige indefectiblemente el atravesamiento de la angustia. El juez pronuncia el veredicto: “En el mundo que recorría velozmente en su Studebaker, y en el que nada le hubiera ocurrido, Traps tuvo la gentileza de visitar a estos cuatro ancianos que han iluminado su mundo con el impoluto rayo de la justicia; una justicia sin duda grotesca, pero así y todo, la justicia”. En nombre de esa justicia, y a partir de su propia confesión, condena a Traps a la pena capital. Nada hay más sublime que la condena a muerte de un hombre, afirma, pero sólo es admisible en forma condicional. Alfredo está ahora a la altura de todos ellos y merece ser admitido en el grupo como maestro del juego. “¡Gracias, querido juez, gracias!”, llora Traps emocionado Todos aplauden y brindan con champán. Traps deja al Otro a cargo de la causa de su división subjetiva. Su demanda queda sometida al deseo supuesto de esos personajes a los que entonces debe seducir. De esa manera, su verdad no puede instalarse más que en un estatuto de culpabilidad.

Un culto del goce: Ya está amaneciendo. Exhausto, Traps se retira a su dormitorio. Se oye caer una silla. El relato concluye: “El juez abrió la puerta y el solemne grupo se quedó petrificado en el umbral: ante el marco de la ventana colgaba Traps inmóvil, una oscura silueta contra el trasfondo plateado del cielo, tan definitiva e irremediablemente que el fiscal tuvo que tomar aire antes de exclamar con sincero dolor, perplejo y abatido:
—Alfredo, mi buen Alfredo ¿cómo has podido hacer esto, por el amor de Dios? ¡Has arruinado la más hermosa de nuestras veladas!”
El juego resulta divertido siempre y cuando no llegue demasiado lejos. Juegan con el sujeto; por lo tanto, la supervivencia de la víctima es crucial. Esos extravagantes viejecitos gozan del cuerpo del Otro, pero sólo en apariencia. Pretenden ser los amos del juego sin advertir que en realidad funcionan como meros instrumentos. Ellos mismos lo han confesado: se declaran defensores de la justicia; auxilian a la justicia oficial con el sólo propósito de restituir aquello que se le escapa. Dicho de otro modo: sirven a la empresa de que el Otro existe; colaboran para obturar, para suplir la falla en el Otro. Aplicados a la tarea de devolver a la justicia su plenitud, dedican su existencia a que el Otro goce. Por su parte Traps, convencido de que el Otro reclama su castración, lleva su sacrificio al extremo de renunciar a lo más íntimo de su ser para quedar reducido a una oscura silueta. Su inmolación lo consagra definitivamente al goce del Otro.

Una avería estructural: El sujeto puede encontrar su esencia solamente como falta en gozar. El desperfecto del Studebaker pone fin al esfuerzo de Traps para hacer de su automóvil un falo y lo confronta con una avería que nada puede subsanar: la imposibilidad de poner en conjunción la imagen narcisista con el objeto de la castración. A la búsqueda de un lugar en el Otro, su veloz carrera no lo distancia de la muerte sino del goce.
 
 
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