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   Filiación

Hijos y padres
  Por Liliana Donzis
   
 
Sigmund Freud nos enseñó que el mito de Edipo nos dice una verdad siempre a medias, muchas veces imaginaria, que permite al sujeto ubicarse en la cadena de las generaciones. Mientras que en la práctica del psicoanálisis el edipo freudiano señala las incidencias de la lengua y el código del Otro que por vía del trabajo de la pulsión, entre gritos y susurros, envuelve con demandas amorosas u hostiles el cuerpo. El sujeto construye con retazos de saber inconciente, con las marcas que proceden de una transmisión, en ocasiones lograda, en otras fallida, la novela familiar que desplegará como su propio film, su mito individual.

Efectos de estructura en la que no son ajenas las funciones materna y paterna, funciones que no siempre ni necesariamente coinciden con la madre y el padre concretos de la vida cotidiana. Es asi que diferenciamos la persona de la función en la estructura aunque vale mencionar, por otra parte, que la presencia real y las características puntuales del padre y de la madre no son sin consecuencias.
En los últimos tiempos de su enseñanza Lacan se interroga una cuestión crucial:
¿Es o no fundada la relación a los padres? Y agrega: ¿La cadena de las generaciones se detiene en relación al inconciente? Pasa a trabajar inmediatamente y en calidad de respuesta las tres identificaciones que indicó Freud, esta vez orientadas por los cortes en la topología del toro, la identificación primaria o de incorporación que marca en el sujeto su entrada en el orden del lenguaje y la cultura, la identificación al rasgo y la identificación histérica o al deseo. Temática que va directo al corazón de lo que nos ocupa ya que entre padres e hijos una de las vertientes que hacen lazo y enlace son las posibilidades identificatorias pues éstas son uno de los enclaves posibles de la transmisión. Otro de los enclaves es la transmisión de la lengua materna, y ésta no sólo se teje por la via antes mencionada sino que concierne a otra operatoria en la que se tramita la letra: germen de lo inconciente, soporte material del significante y letra que arde como borde de goce. Letra y trazo en los que reside la médula de la compulsión a la repetición. Letra tanto en lo simbólico como en lo real. Letra en la que hace tope el inconciente, en la que se detiene la serie asociativa. Letra que en cada una de sus aristas nos demuestra más de una eficacia en la cura analítica. Pero al mismo tiempo la letra no es sin la transmisión de los parientes próximos, en ella pasan como en una molécula viral los goces, las historias y la memoria sin que sean advertidos, pasan como de contrabando aquello que nos legaron nuestros ancestros, folcklorismo de la vida y de la muerte. Linajes, insignias, padecimientos que provienen desde el fondo del tiempo de quienes nos antecedieron. Letras que asimismo el psicoanálisis nombra como la estofa del fantasma.

En el tiempo de la niñez se ligan elementos heterogéneos que se transforman mutuamente otorgando al sujeto un cuerpo anudado a lalengua. El niño modela y organiza en tiempos melodiosos de voz y de mirada, con la insistencia pulsional que el Otro imprime, el domicilio de los tiempos instituyentes del que se exila, gracias al padre, de la tierra del Otro. Exilio del campo del Otro que sedimenta el advenir del sujeto. Exilio, y habrá más de uno, de la lengua materna que cada quien lleva escrita en los bordes de la superficie del cuerpo. Con los que inaugura, si la fortuna del deseo lo permite, el saber hacer con la palabra.
El lenguaje nos parasita, habitamos una lengua entre otras, esa que nos transmiten nuestros parientes próximos y que sitúa al sujeto en relación a la filiación, la identificación y la transmisión. La lengua de los padres se elonga en la lengua del hijo y en ésta se singulariza y se recrea.
De padres y de hijos. De unos y de otros en la que es imposible escribir lógicamente la relación, pues entre padres e hijos nos encontramos con el límite de lo heteróclito. La singularidad del hijo, en su condición subjetiva, es el límite de la parentalidad. Si la filiación no es ajena a lo pulsional que no es sin el Otro, para la ocasión los padres, lo singular del sujeto es la frontera que hace límite a los padres en la que resiste el trazo como soporte de la diferencia. Si bien hay un tiempo de dependencia estructural y estructurante, tiempo alienatorio necesario, anida en él la separación y la diferencia. Una frase popular ilustra: La manzana no cae lejos del árbol. Un sabio chino Cuf Lu, transformó este aforismo: La manzana no cae lejos del árbol pero siempre es de otro color.

La historia de los padres se peculiariza en cada hijo, Lacan en más de una ocasión nos dijo que se transmite la castración, y ese algo que en la generación posterior se repite o se recrea y se innova.
La sexualidad no es sólo reproducción, en sentido biológico, sino que es también diferencia y resto.Se demuestra en la subjetividad que la metáfora del manzano es eficaz porque encierra tanto lo mismo como lo diferente. El amarre y la libertad. Entre ellos no hay reproducción mimética ni identidad de uno a otro ni repetición indefinida sino transmisión e identificación.
Las nuevas formas parentales, llamadas asi por efecto de la fertilización asistida, alquileres de vientres, bancos de óvulos y esperma. Avances posibles en clonación humana van de la mano con la manipulación de genes. Maniobras científicas que no son sin consecuencias éticas en el lazo social. Desde nuestra perspectiva ¿qué implica para una pareja que una dificultad para la procreación enfrente a un sujeto con un obstáculo en lo real del cuerpo, dificultad que por los efectos producidos afecta la consistencia del cuerpo en lo imaginario y también en la concatenación simbólica?

Cuando una pareja o alguno de sus miembros llega a plantearse la posibilidad de asistencia médica para la fecundación, esto ya implicó un largo tramo de búsquedas y frustraciones. Recurrir a la asistencia externa para lograr la fertilidad se liga no solo a la dificultad que propone el cuerpo sino que también pone en transparencia la lógica amorosa en la que se escribe la sexualidad. La trama pulsional, lo traumático, los temores, las culpas y los resabios de la investigación sexual infantil.
Las búsquedas de una pareja, tanto en el sentido del encuentro con el partenaire como la búsqueda a la que aquí nos referimos respecto a la procreación, no son sin consecuencias: la compatibilidad genética con el partenaire no es la esperada ni tampoco coincide con ésta, pues no es lo mismo amar a alguien que compatibilizar genéticamente con él o ella. La historia del sujeto se pone en marcha y se moviliza en estos casos. Aquello que en otra circunstancia se recibe como un anuncio grato o una sorpresa resulta invadido por fechas y amorosidad sujeta a variables no amorosas pero sí enlazadas a la precisión del reloj, e incluso a la demanda médica.
Podemos preguntarnos con razón qué ocurre mientras tanto con el deseo y qué trámite subjetivo debe efectuar el sujeto, si coincidimos con Lacan cuando plantea que el acto de amor es la poesía. ¿Cuál es la juntura posible entre amor, goce y deseo? El acto de amor es la poesía, no obstante hay un abismo entre poesía y acto. En ese abismo el sujeto aborda la causa de su deseo y el amor es en sí un goce. En el texto conocido como la respuesta de Lacan a Marcel Ritter, plantea que entre el hombre y la mujer, en el uno más uno del amor se interpone una falta, se interpone el objeto que en ocasiones se viste con el deseo de hijo.

Las pulsiones nos requieren en el campo de la sexualidad y es por vía del fantasma que entran por incautación de cada una de las pulsiones parciales al campo imaginario del amor. Es por la función del deseo por lo cual la clave de la relación entre los sexos no concierne al cuerpo en sí sino al cuerpo escrito en sus bordes. El hijo fruto de la cópula amorosa enmascara la no complementariedad de los sexos, escribe en lo real la heterogeneidad y lo heteróclito de los goces. Dicho de otro modo entre hombre y mujer hay algo irreductible: la función fálica y el objeto a. Para el hombre la mujer es un síntoma, es decir una escritura. Para las mujeres el amor se conjuga como falta y tal como lo articuló Freud en esa conjugación puede enlazarse al deseo de un hijo, real del sexo sostenido en el lenguaje y al cuerpo escrito marcado por la letra que la pulsión imprime.
En lo que respecta a la fertilización asistida vale situar las implicancias del sujeto, poner de realce la responsabilidad que la palabra acarrea. La cultura de nuestro tiempo nos reclama una respuesta ética que no se confunda con la cientificidad que ata al sujeto a la oscuridad del sometimiento a la demanda del Otro. Sea éste el discurso de las neurociencias o la biotecnología que pueden forcluir y anonadizar al sujeto.

Ahora bien, el sujeto se soporta en las invariantes de la estructura mientras que la persona no es ajena a la subjetividad de la época y por lo tanto está involucrada en los cambios y transformaciones de la cultura y su malestar. En lo atinente a las nuevas formas parentales debemos notar que la filiación no requiere de una distinción específica, padre y madre son lugares y funciones, se encuentran afectados por la letra enraizada en lo primordial de la experiencia, dejan su traza en la modalidad singular de las marcas de lo familiar y también de lo siniestro pero no implica per se que la fertilización asistida o la adopción sitúen necesariamente modos específicos de transmisión y filiación. No es la sexología, ni sus técnicas lo que está en juego sino lo más visceral de la subjetividad.
La función madre y padre se extrae de la legalidad que conlleva para cada quien el tejido del nombre del padre y el pasaje por la castración. Es en este terreno que surgen los nódulos de la filiación y por ende la ligazón se fundará tanto en el proceso identificatorio como en la transmisión de la lalangue.

Padre y madre, funciones necesarias, son el menú del que se sirve el niño de modo contingente y azaroso. Hacen a la instauración del sujeto para que la transmisión se produzca y una letra pase armando una nueva historia. Advertidos que aquello que no se procesó y no se elaboró en los padres retornará como inhibición, síntoma o angustia en los hijos.
 
 
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