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   Filiación

Alcances y límites de la filiación
  Diálogo sobre la revinculación de padres/madres con jhijos/as objeto de malos tratos y/o abuso sexual intrafamiliar
   
  Por Alicia Ganduglia  y Jorge R. Volnovich
   
 
J.R.V.: La revinculación ha sido un tema tratado en un artículo que has escrito para el libro Abuso sexual en la infancia1 y quería comenzar este diálogo remarcando dos aspectos del mismo con los que adhiero plenamente: a) El maltrato y el abuso cuestionan en forma radical la filiación consanguínea o simbólica como un hecho natural. Ningún lazo biológico, ningún vínculo simbólico de alteridad, ningún parentesco familiar puede legitimar el derecho a la intrusión indiscriminada real o simbólica en el cuerpo y la psiquis de un niño por parte de aquellos que tienen la obligación de protegerlo. En otras palabras: en el campo del maltrato y especialmente del abuso sexual el aforismo “pero es el padre” o “pero es la madre” no restituye nada, antes por lo contrario, implica una mayor responsabilidad tanto psicológica como legal frente al niño. b) Si bien existe tradicionalmente una diferencia entre al maltrato leve, moderado y grave, en el caso del abuso sexual siempre se trata de una cuestión grave, a pesar de que el más grave de los maltratos o de los abusos es aquél que no es escuchado por quienes tienen la responsabilidad social de hacerlo.

A.H.G: Sí, recuerdo mi asombro al escuchar frases del tipo “es el padre/madre que le tocó”, o “después de todo es el padre/madre que eligió para su hijo.” precisamente, de instituciones que se proponen suplir funciones familiares fallidas. Es que uno de los primeros obstáculos que se opone a la reflexión sobre la cuestión de lo que entre nosotros se conoce como “revinculación”, (término que exigiría una precisión mayor)2 es poder deconstruir la asociación entre los vínculos de filiación biológica y la familia que “funciona” o la familia ideal. Algo que sin duda tiene mucho que ver también con la dificultad para creer en al abuso sexual de niños cuando se da dentro del grupo familiar

J.R.V: Concuerdo contigo en que es necesario deconstruir este campo que sitúa en términos radicales los alcances y los límites de la filiación. Sin embargo, me parece fundamental aclarar que dichas reflexiones tienen una base que, en términos generales, se inscribe tanto desde el derecho, la psicología o el psicoanálisis, en el respeto al niño como sujeto de derechos en desarrollo, como lo especifica la Convención de Derechos del Niño. A partir de aquí, nos enfrentamos con los dilemas de la revinculación que afligen a los profesionales y a los jueces lo que te llevó a definirla como, “ una nueva oportunidad pero... ¿para quien?”

A.H.G: En realidad la expresión de “una nueva oportunidad,.. para quién” surge de la lectura de un artículo de Donna Pence3 y no pretendía con ella encuadrar la revinculación como una nueva oportunidad realmente sino, por el contrario, centrarme en el “para quién”. Lo de la “nueva oportunidad” es discutible. El “para quién”, y sigo tu comentario respecto al Derecho, delimita para mí un nuevo obstáculo para nuestra práctica. No creo que el dilema que se le plantea a los operadores judiciales sea el mismo con el que nos enfrentamos los terapeutas en este sentido. En mi escrito, he tratado de alguna forma, de hacer notar que para los psicoterapeutas no se accede a la paternidad o a la maternidad a través del ejercicio de un derecho sino por la posibilidad de asumir una función, y los procesos “revinculatorios” se inician o se deciden o provienen de decisiones judiciales, de cuestiones de Derecho, desde donde nos suelen llamar para intervenir. El considerar las funciones parentales nos ubica más bien del lado del Deber, con el peligro que esto implica de llegar a deslizarnos hacia una normativización estrecha (un deber ser) que desconozca la diversidad de configuraciones vinculares que pueden adoptar las familias de hoy.

J.R.V.: En la práctica, refrendada por centenas de sentencias judiciales, la revinculación parece ser una nueva oportunidad para todos aquellos que han maltratado física o emocionalmente a un hijo/a o han abusado sexualmente del mismo y en segundo lugar para que el niño recupere el padre o la madre “perdidos” como forma de garantía de sus derechos. Sin embargo, mi impresión es que el sentido de la revinculación debería ser entendido como complemento terapéutico para que el niño elabore la situación traumática padecida a partir de una reparación simbólica que lo desculpabilice de haber sido “objeto del abuso deshonesto o del maltrato”, así como de la vivencia del lugar activo que tuvo con su relato en la penalización jurídica del padre o la madre. Esto sin contar la vergüenza y el estigma que, como daños psicológicos, el niño arrastra concientemente o inconscientemente.

A.H.G.: Si me permitís, me gustaría a ese respecto aclarar dos puntos: 1) En el momento en que escribí el artículo que mencionás, me interesaban los procesos familiares de desvinculación/revinculación considerando las vicisitudes subjetivas de quienes (niños, madres, padres y abuelos) se encontraban dentro de dispositivos revinculatorios, así como también pensar acerca de sus condiciones de posibilidad o imposibilidad. Qué pide un niño, por ejemplo, cuando expresa no querer llevar el apellido de su padre (en todo caso no sería un niño lacaniano) o cuando pide que se le busque un papá o mamá “bueno” ... Pero no forma parte de mi interés actual pensar, desde la psicología clínica, cómo conducir un proceso de estas características en la práctica. Y lo menciono porque sé que sólo el hecho de conversar sobre el tema puede ubicarme entre quienes están a favor, cuando en realidad el fenómeno tiene matices más complejos que el tomar una posición a favor o en contra. 2) En segundo término, creo que este diálogo me permite señalar algo que quizás no fue suficientemente claro en mi escrito, a propósito del título, que vos mencionaste. El signo de interrogación al final de Una nueva oportunidad... ¿para quién? interroga todo el título, ya que el tema tiene muchos puntos de contacto con las propuestas de olvido y perdón con las que se suelen enfrentar los daños que se producen entre sí los seres humanos en la situaciones de maltrato. Así como lo hacía notar en un comentario sobre el tema4, si en esa zona de intersección entre el tratamiento del ofensor y de la víctima5 reemplazamos “disculpa”6 por “oportunidad”, yo destacaría que esta nueva oportunidad puede ser una experiencia positiva para el niño maltratado siempre que éste la desee y que su deseo sea realista; y que, por otra lado, la valoración respecto a si esta oportunidad que se brinda al ofensor es o no concretada, deberá ser una consideración personal y libre de quien la ofrece (desde esta perspectiva, el niño o su representante). Se trataría quizás, de una nueva oportunidad para la construcción de un vínculo, pero centrada en el niño cuyas necesidades de protección y cuidado fueron subvertidas en el pasaje al acto abusivo, sea éste de la índole que fuere.

J.R.V.: Estoy de acuerdo y creo que ese es el punto de partida: la palabra del niño, que hemos privilegiado como una evidencia de una situación de abuso sexual, también en la revinculación cobra un dimensión relevante. Si el niño quiere o no ver a su padre/madre, si lo dice, cómo lo dice y por qué lo dice son cuestiones fundamentales que hacen a la revinculación. Además, no podemos dejar de mencionar que entre el hecho abusivo y la revinculación suelen pasar muchos años, siendo que el niño reprime y retracta su declaración produciendo una formación reactiva idealizada de la figura ausente. La revinculación no puede quedar atrapada en esa idealización.

A.H.G.: Me interesaría escuchar tus observaciones sobre la cuestión revinculatoria.

J.R.V.: A partir de las supervisiones y procesos en los que me ha tocado participar he podido constatar que: a) la revinculación reabre el trauma original padecido tanto por el niño como por la familia. Toda una serie de emociones y perturbaciones puestas en juego al principio desde la notificación o la denuncia retornan al final en el momento de revincular. Digamos que nos encontramos con el momento de concluir, donde la mirada sobre el pasado nos sitúa reconstruyendo todo el proceso doloroso vivido a veces durante largos años. Mi impresión es que la institución revinculante no puede desconocer esta historia, hacer una negación neurótica de la misma pensando que se trata de otra historia que comienza con la revinculación. b) en varias ocasiones los ofensores han reconocido el hecho hayan o no sido penalizados por el mismo. Sin embargo, existe una gran cantidad de ofensores sobre los cuales se ha generado una fuerte sospecha no suficientemente sustanciada para la justicia y que no han reconocido ningún tipo de responsabilidad. Finalmente existen los padres/madres que no han maltratado ni abusado sexualmente aún cuando los niños u otros adultos lo hayan interpretado erróneamente así. Llamo la atención en la transferencia y la contratransferencia en el proceso revinculante, muchas veces en la sensación de miedo o amenaza que le invade al terapeuta frente a la presencia del padre/madre a ser revinculado. c) proteger al niño frente al maltrato o el abuso sexual separándolo inmediatamente del familiar responsable no tiene su inversa en la revinculación, que es un proceso prolongado que implica a los profesionales de la salud mental así como a los profesionales del derecho y a los jueces. Allí es cuando es notable el esfuerzo y la especialización que los profesionales establecen para la comprensión de esta problemática pues se trata de un campo intensamente subjetivo, lo que en vez de ser descartado, debe ser incluido en todo el proceso revinculatorio. En ese sentido no puede desconocerse la implicación inconsciente de los profesionales a las instituciones, teorías y hegemonías discursivas que los atraviesan, que sólo se vuelven visibles en un trabajo grupal intenso por parte de los que revinculan.

d) No existe una revinculación ideal, pero la mejor posible es aquella que se procesa y queda enmarcada en el contexto de un tratamiento. Para ello, es importante hacer notar que denomino “tratamiento” a la práctica que tiene por finalidad la emergencia de fantasías, afectos, palabras no dichas o dichas a medias en el seno de la transferencia. Dicho tratamiento envuelve al niño/niña en forma individual o grupal, pero no sólo a él/ella, sino a la madre y/o al padre sea en forma individual, vincular o grupal. Como las intervenciones terapéuticas vinculares relacionadas al abuso o el maltrato en un dispositivo revinculante o desvinculante no son de la práctica corriente de los profesionales psicólogos o psicoanalistas es necesario que hagamos al respecto algunas reflexiones. D.W. Winnicott, al definir el espacio transicional, nos da una buena medida de lo que podría ser ese espacio revinculatório en transferencia. Mucho más que un espacio entre el uno y el otro, sería un espacio que define al uno y al otro, o sea que es un espacio que se construye a sí mismo y construye la realidad subjetiva tanto del niño como del padre o la madre. En otras palabras, en la revinculación nadie ni nada será lo mismo que alguna vez fue..
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A.H.G.: ...porque la experiencia abusiva, máxime en los casos de incesto, marca un antes y despues irreductible en la vida de un niño o una niña.

J.R.V.: Estas enunciaciones indican que la revinculación pone en escena cuestiones político-ideológico y subjetivas complejas partiendo de la base de que en este campo no hay filiaciones eternas ni condenas a perpetuidad. En otras palabras, la revinculación es un proceso cuya filosofía debe ser repensada. Sin embargo, algo debe quedar claro: no existe revinculación por decreto, mucho menos en los jardines de Palermo.

Notas:

1. J. Volnovich (comp.) Abuso sexual en la infancia, Lumen –Humanitas– septiembre 2002.
2. La variedad de campos semánticos a los que pertenece el témino “vínculo” (desde la teoría del apego, con su implicancia inconciente, hasta la teoría de la comunicación con su concepto del doble vínculo, pasando por la idea de configuraciones vinculares) lleva a que en mi artículo prefiriera los términos tradicionales de “reunificación” o “reintegración familiar”.
3. Pence, Donna. “Family Preservation and Reunification in Intrafamlial Sexual Abuse cases: a law enforcement perspective”, Journal of Child Sexual Abuse, Vol. 2, Nº 2, 1993.-
4. Ganduglia, Alicia H. “Desafío para terapeutas: la disculpa y el perdón en la zona de intersección entre el tratamiento del ofensor y el de la víctima”, Temas de maltrato infantil, n° 9, Diciembre 1999.-
5. Adopto la noción de “víctima” tal como la define R. Perrone pues, en mi opinión, logra superar el carácter pasivo o reivindicatorio con el que a menudo se la connota. Este autor describe a la víctima como al sujeto sometido a una situación de la que desconoce sus condiciones y que resulta en una alteración de su estado de conciencia. Esta característica es, a mi criterio, la que la lleva en la mayoría de los casos a permanecer en la situación de victimización. Ulloa desde otra perspectiva, habla de “encerrona trágica” para referirse al núcleo central del dispositivo de la crueldad. “Esta encerrona cruel es una situación de dos lugares sin tercero de apelación –tercero de la ley– sólo la víctima y el victimario. Hay multitud de encerronas de esta naturaleza, dadas más allá de la atroz tortura. Ellas se configuran cada vez que alguien, para dejar de sufrir o para cubrir sus necesidades elementales [...]depende de alguien o de algo que lo maltrata, sin que exista una terceridad que imponga la ley”.
6. Eldrige, Hilary y Still, Jenny, Apology and Forgiveness in the Context of the Cycles of Adult Males sex Offenders Who Abuse Children, Salter, 1995.
 
 
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