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Su reinado es el "hogar"-infierno
  Por Isabel Monzón
   
 
“Yo amo”, le decía el marido a su esposa. “Yo amo”, insistía una y otra vez agregando, siempre en tono de reproche: “Amo aunque no me ames, amo por los dos”. Ella creía que, mientras él era el dueño del amor, ella era la culpable de no amarlo. Ambos sabían que, por el temor que él le infligía, para ella era imposible la separación.  Este “Yo amo”, puede ser escuchado por nosotros como “Yo Amo, vos esclava a las servidumbres del Amor.”
“Siempre te voy a estar mirando, siempre voy a estar al final de tu camino”, testimonia otra mujer, citando las palabras de su amante. Esta paciente también me consulta por violencia en la pareja. Podemos escuchar en esa aparente declaración amorosa al Big Brother de 1984, tan maravillosamente intertextuado por Piera Aulaginier en su libro La violencia de la interpretación.

Tirano doméstico:
Mi primer encuentro con el concepto de tirano doméstico fue en el texto Extraviada de Raquel Capurro y Diego Nin. Ellos, a su vez, me remitieron a un texto que ya conocía de Lacan: La familia. Grande fue mi asombro cuando al leer Extraviada1 encontré las similitudes entre el parricidio de Iris Cabezudo en el Montevideo de 1935 y aquel otro asesinato del padre cometido por las hermanas Silvina y Gabriela Vázquez, en Buenos Aires en el año 2000. Ellas, por así decirlo me llevaron a escribir “El Diablo se llama incesto”2 sin conocer aún el texto de Capurro y Nin. Pero más grande aún fue mi sorpresa cuando las psicoanalistas Doris Hajer e Iris Peña, teniendo conocimiento de mi texto para Imago Agenda, me hicieron saber que en “Psicoanálisis y telepatía”3 el padre del psicoanálisis dice: “Un amigo, sin mi previo conocimiento, hizo una vez el ensayo de hacerlo fantasear –Freud se refiere a un personaje muy conocido en Viena, el grafólogo Rafael Schermann– sobre una muestra de escritura de mi mano. Sólo sacó que el escrito procedía de un señor de edad –fácil de colegir– con quien era difícil la convivencia, porque es un insoportable tirano en su casa (Haustyrann). Ahora bien, difícilmente lo corroborarían quienes comparten mi hogar. Pero es sabido que en el campo de lo oculto rige el cómodo principio: casos negativos nada prueban.”

Por otra parte, Freud nos relata que a Rafael Schermann “se le atribuyen las hazañas más admirables. No sólo sería capaz de reconstruir el carácter de una persona a partir de su letra, sino también dar de ella una descripción física y agregar predicciones que más tarde serían confirmadas por la realidad.” Aunque, agrega Freud: “es cierto que la fama de muchas de estas llamativas proezas tiene por único fundamento su propia narración de las mismas.”
 Está claro, nosotros tenemos una ventaja que Freud no tenía: tener ahora en nuestras manos su magnífico trabajo sobre “La negación”, publicado en 1925 y una abundancia de testimonios que confirman la aseveración de Schermann: Freud fue un tirano en su hogar, en donde “domesticaba” a quienes vivían con él. O, por lo menos lo intentaba sin llegar, por supuesto, al terrible e inhumano grado de violencia de Lumen Cabezudo y de Juan Carlos Vázquez.
Visitando el Diccionario del uso del español de María Moliner encontramos que tirano deriva del latín tyrannus, que a su vez deriva del griego: týrannos . Se aplica al gobernante que impone su voluntad a sus súbditos sin sujeción a la razón ni a la justicia y, a veces, con crueldad. Por extensión, se aplica, a veces hiperbólicamente, a cualquiera que somete a su voluntad, poder o capricho a otros: “Ese padre es un tirano”. Se aplica también a vicios, pasiones, etc., que arrastran irresistiblemente a alguien.

Tiranicidio y parricidio

El diablo estaba en papá.
Mamita, mamita, papito ahora va a volver bueno.

Silvina Vásquez

Violeta ha soñado deshacer. Ha deshecho
El horrible nudo de serpiente de los lazos de sangre.

Paul Eluard4

“Ya lo sabes, pronto vuelvo; esta noche te mato a ti y a tus hijos; mañana habla la prensa”, le dice Lumen Cabezudo a Raimunda, su mujer. Era el 12 de diciembre de 1935. Iris Cabezudo corre detrás del padre y lo mata a tiros. Luego declara ante la prensa y la Justicia: “Yo lo maté, era mi padre”. Y su hermano Ariel agregaba: “Si no lo hubiera matado ella, lo hubiera matado yo.”
Es tiempo ya de sumar otra denuncia: cuando el tirano doméstico es eliminado –hecho que los lacanianos antes mencionados denominan “pasaje al acto”– tal acontecimiento intenta poner fin a una serie de violencias cometidas por ese padre y avaladas por una sociedad patricarcal, misógina y falocéntrica. El parricidio cometido por Iris Cabezudo y las hermanas Vázquez es, entonces, también una forma de tiranicidio. Una manera de hacer justicia cuando la familia y la sociedad se vuelven ciegas y sordas ante el sufrir de esas víctimas que luego se transforman en victimarias. Asimismo, el parricidio se hace público cuando la prensa se encarga de ello y cuando, de otro modo, los psicoanalistas y los psiquiatras nos apropiamos del “caso”.

Iris no solamente se declaró culpable sino que además, en el lugar de detención, escribió: “Desde que era niña, en mi casa vivimos bajo la sensación de un profundo temor que nos inspiraba nuestro padre. Últimamente, ese sentimiento se había transformado en terror. Yo no conocí la cordialidad ni la dulzura, ni el abrigo moral que proporciona el hogar. Y esto lo digo en lo que se relaciona y en lo que es consecuencia de la conducta de mi padre [...] Nosotros los hijos, nunca representamos nada ni en el afecto ni en la vida de mi padre [...] a los más chicos los castigaba, pareciendo como que gozaba de hacerlos sufrir.” Y agregaba en su declaración: “Llegué a la convicción más absoluta de que mi padre iba a terminar con mi madre, ya sea matándola o haciéndola morir con los disgustos que le daba.”
Raimunda, madre de Iris, era objeto de malos tratos, humillaciones, y celos enfermizos por parte de Lumen. Luego del parricidio, escribe un texto en el que relata sus veintidós años de matrimonio y martirio, escrito que confirma la declaración de Iris. Ariel, de 18 años, coincide con el relato de su madre y con lo dicho por su hermana: por eso afirma “Si no lo hubiera matado ella, lo hubiera hecho yo”. Ariel destacaba en su declaración un hecho que Iris había evitado decir: la inclinación sexual del padre hacia ella. Al igual que Juan Carlos Vázquez, el tirano se suma al abusador y el crimen que éste comete se vuelve aún más feroz. Delito de lesa humanidad que, curiosamente, no es calificado de “pasaje al acto” por parte de los lacanianos.
Asimismo, Capurro y Nin no consideran el abuso sexual incestuoso como central en el parricidio cometido por Iris, hecho en el que sí insiste la dramaturga Mariana Percovich en su magnífico texto.5

Incesto, parricidio y folie à deux: Nos referimos a vínculos de padres y maridos que enloquecen a sus hijos y esposas de tal manera que los llevan a sentirse forzados, como única salida, a matarlos. Son esos tiranos domésticos los que ejecutan el primer crimen: el asesinato del alma. Logran ese crimen a través de un vínculo que la psiquiatría diagnostica a veces como folie à deux. Viejo término psiquiátrico,6 no habitualmente usado en psicoanálisis y retomado, curiosamente, por el muy moderno y medicamentoso DSM IV. Pareciera que la vigencia nosológica de la folié à deux” tiene relación con la frecuencia con la que se presenta en la clínica. Pero hay un hecho notable: en general los psicoanalistas no tenemos acceso a pacientes que sufren de esa dolencia. ¿O diagnosticaremos de manera equívoca, creyendo que estamos frente a una vulgar esquizofrenia?
El DSM IV me lo confirma: “Existe muy poca información sistemática disponible sobre la prevalencia del delirio psicótico compartido. Aunque es raro en el marco clínico, se ha señalado que algunos casos pasarían desapercibidos. Hay datos que sugieren que este trastorno es algo más frecuente en las mujeres.”
El 2 de diciembre de este año en el diario español El País, Carlos Álvarez-Dardet, catedrático de Salud Pública y director de Journal of Epidemiology and Community Health testimonia: “Cuando Hannah Arendt llegó a su exilio norteamericano, un grupo de periodistas la entrevistó. Uno de ellos, ávido de un titular fácil y sin duda pensando en Adolf Hitler, le preguntó: ¿Quién es para usted el mayor asesino del siglo XX? Ella sin pestañear contestó: “El pater familias”.
Arendt lo sabía, el tirano doméstico utiliza instrumentos de tortura similares a los nazis. Por eso –como diría Marcuse– el parricida es, en última instancia, un libertario.7

Página web: www.isabelmonzon.com.ar

1. R. Capurro y D. Nin, Extraviada. Del parricidio al delirio, Edelp, Bs. As., 1995.
2. “El Diablo se llama incesto”, Revista del Ateneo Psicoanalítico, n° 3, Año 2001.
3. S. Freud, “Psicoanálisis y telepatía”. Escrito en 1921 pero editado recién en 1941. Tal vez la tardanza en editarlo se debió a que podía considerarse como inconveniente para la “empresa” de ciertos psicoanalistas.
4. En su Antología de la poesía surrealista, Aldo Pellegrini relata que en Francia, por los años ’30, Violette Noziéres mató al padre envenándolo con Veronal. Al descubrirse el crimen, dijo que él había querido violarla. El surrealismo hizo de ella una heroína anticonvencional, publicando un famoso volumen de homenaje con textos de casi todos los surrealistas: Violette Noziéres, Nicolas Flamel, Bruselas, 1934. Paul Eluard escribió El atreverse y la esperanza, poema del cual extracté este verso y que puede leerse en mi web.
5. M. Percovich, Extraviada. Una tragedia montevideana, Edelp, Bs. As., 1998.
6. En su ya legendario Diccionario enciclopédico de la psique, Béla Székely define la folié à deux como un fenómeno patológico que se conoció con diferentes nombres: locura inducida o doble, según Tuke, locura simultánea para Régis, locura comunicada o impuesta para Lasége y Fairet, folie induite, según Lehmann. La sugestibilidad, dice Székely, tiene, entre otros factores, una gran participación en la génesis de la folié à deux. Se aplica cuando dos personas estrechamente unidas sufren simultáneamente una psicosis y cuando una de las dos parece haber influenciado a la otra. “Sucede que ciertos pacientes paranoides y rara vez los hipomaníacos no sólo pueden hacer creer en sus ilusiones a aquellos en cuya cercana compañía viven, sino que también los infectan de tal manera que éstos, bajo condiciones adecuadas, continúan ellos mismos la construcción de la ilusión”. (Bleuler, Lehrbuch der Psychiatrie)
7. H. Marcuse, Eros y Civilización, Seix Barral, Madrid, 1968.
 
 
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