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   Colaboración

La novela de Lacan (séptima entrega)
  3.Loigny, los caminos a la escuela
   
  Por Jorge Baños Orellana
   
 
“En la escuela laica, el crucifijo y la imagen de la Virgen fueron descolgados; las oraciones piadosas y preceptos de la moral cristiana, borrados de las paredes. El maestro comienza la lección sin invocar el nombre de Dios y los alumnos son reprendidos cuando, por la fuerza de la costumbre, hacen la señal de la cruz. Un comentario acerca de la Declaración de los Derechos del Hombre y elogios al régimen republicano sustituyen las lecciones de catecismo. La anatomía y la geología se dictan sin mencionar al Creador. En nombre de la razón y el sentido común, debemos maldecir estos días de invocaciones funestas que exponen a nuestros hijos a una enseñanza contraria a la tradición francesa, contraria a la religión nacional, contraria a toda sabiduría política”.
Le Monde, 31 de marzo de 1882.


“Muchas veces me pregunté por qué mi padre me inscribió en un colegio religioso. Estas fotos me lo aclararon”, escribe Judith Miller a propósito de la decena de fotografías escolares que pegó en el invalorable Álbum Jacques Lacan, imágenes de mi padre. Desde luego, por mucho que se las mire, no alcanzamos el menor esclarecimiento del porqué de esa preferencia de Lacan, pues la hija es iluminada por el punctum, el pinchazo, el flechazo de algún detalle contingente que esas fotografías producen sólo en ella o, a lo sumo, en escasos elegidos. Punctum. Tal fue el término latino elegido por Roland Barthes para denominar el efecto que a él, hijo único, le habían provocado ciertas fotografías de su madre muerta. Subrayemos que no se lo producían todas las otras que guardaba de ella; el punctum no es una mera proyección en la lámina en blanco, el punctum es del objeto: proviene de tal o cual fotografía, aunque el alcance esté expresamente reservado “para” tal o cual observador. Por eso, porque habría sido inoperante para otros que no fuera él mismo, Barthes descartó incluir una copia de aquellas imágenes marcadas de su madre en la colección de fotos de La cámara lúcida. El punctum, dice, es mathesis singularis, es tyche, es encuentro, es lo real en su expresión infatigable.

En contrapartida, llamó studium a la apreciación sin arrobamiento, al empeño con el que ahora miro el Album Jacques Lacan. Studium es el gusto aplicado que habilita el recorrido de la observación sin oráculo. Por eso, me rindo. Las diez fotos escolares nada me aclaran de los motivos que habrá de tener ese niño orejudo del colegio de curas Stanislas para inscribir a su futura hija Judith en un colegio parecido.
Se sabe que el surrealismo propuso importunar, desguarnecer los placeres del sentido del studium. A través del fotocollage, de la exhibición de objetos bizarros o de encuadres inesperados de objetos convencionales quiso transformar en irreconocible lo visible. Por ejemplo, en “La crisis del objeto”, discurso inaugural de la muestra de la galería Charles Ratton de 1937, André Breton señala, a propósito del Retrato de Ubú de Dora Maar: “Lo que tenemos aquí es una contracción-reconciliación con el propósito de inducir una completa trasformación de lo sensible. Cualquier actitud racional queda despejada, el bien y el mal eclipsan, el cogito es puesto en reserva: se trata del hallazgo de lo maravilloso en lo cotidiano”1.
El Ubú se convierte mascota del movimiento y preside la “Exhibición internacional del surrealismo” de Londres, donde Dora tampoco correrá el velo acerca de qué era exactamente el modelo del retrato. En el diván de Lacan, naturalmente no guardó el misterio; se trataba del feto de armadillo embolsado por los Markovitch en la travesía por el Chaco argentino hacia 1920. Lo llamaba “quirquinchito”, como el curador quechua que se lo había entregado. Apresó el regalo sin asco, librando esos restos de la molienda de las partes duras, practicada como remedio para parturientas demoradas; si bien, un rato antes, había contemplado casi gozosa los golpes hábiles con que en el mortero doblegaban las resistencias de otro quirquinchito. El arco del caparazón, la pirámide lenticular de la cola, las garras afiladas mutaban a la cartilaginosa elasticidad del cráneo del neonato humano.

Además de la mítica Patagonia, el Gran Chaco era meca de europeos. Por entonces, Ricardo Güiraldes incitaba al pusilánime Valéry Larbaud a subir al barco con la siguiente promesa: “Compraremos algún cuerito de chinchilla o negociaremos un lote de vicuñas, y si usted lo quiere, se hará regalar alguna preciosa chinita de catorce abriles, tímida como una corzuela, de quien tendrá los huesos menudos, y dócil como los gatos de San Juan, de quienes tendrá los ojos sesgados. ¡Qué bien pondría usted su grande alma de poeta a los pies de esa carne simple!”2

Pero una cosa es escandalizar el studium y otra, mucho más ambiciosa, es moldear fotográficamente un punctum y volverlo accesible a los demás según el antojo del artista. A Jacques Lacan no le parecería factible. En todo caso, eso vendría de prácticas mucho más oscuras, como las de la propaganda fascista, cuya novedad supo advertir, como lo hicieron Georges Bataille y Walter Benjamin. El presentimiento lo tuvo en las Olimpíadas de 1936, cuando conoció personalmente a Göbbels; la conclusión la guardó en el escrito “Acerca de la causalidad psíquica”: “Ya han aparecido por aquí y por allí algunos balbuceos de empresa semejante. El arte de la imagen podrá actuar dentro de poco sobre los valores de la imago”. Aunque vale destacar que, a renglón seguido, cataloga ese peligro como un arcano casi inalcanzable y lo presagia como menos inminente: “Más inaccesible a nuestros ojos, hechos para los signos del cambista, que aquello cuya huella imperceptible sabe ver el cazador del desierto: la pisada de la gacela en las peñas; pero algún día se revelarán los aspectos de la imago.”

Así escribía Jacques Lacan, desde el comienzo, de esa práctica menor que era el psicoanálisis en Francia. Una tercera parte de su estilo apelaba a la contundencia lapidaria y algo extraviada de un predicador de la Corte (“el arte de la imagen podrá actuar dentro de poco”); otra tercera parte, a los incisos y subordinadas de la precaución del científico (“algún día se revelarán”), y la otra, a la astucia sincrética de un jesuita en la China o un banquero en París (al auditorio de psiquiatras de Acerca de la causalidad psíquica de 1946 le habla de etología inglesa, de Descartes y de la cisura calcarina del fusilero de los doctores Gelb y Goldstein; al auditorio de analistas de La agresividad en psicoanálisis de 1948 le habla de Melanie Klein, de Hegel y de los niños transitivistas de la escuela de Chicago y las señoras Charlotte Bühler y Elsa Köhler). ¿Algún otro ex alumno podría representar más fielmente la concurrencia discursiva del Colegio Stanislas hacia principios del siglo XX?

Por argumentos ajenos a la escritura, fue este acoplamiento de coloratura religiosa, ciencia y astucia mundana lo que dispuso favorablemente a su padre para enviarlo allí y no a otro colegio. Es materia de debate si la decisión tuvo como punto de partida el atardecer de Loigny de julio de 1906, donde dejamos detenidos a padre e hijo en la última entrega; pero no deja de ser la más verosímil de las versiones. Al término de un soliloquio interior de varios kilómetros, mientras dejaban atrás aquel panorama siniestro a su sentir, Alfred Lacan habría pasado del anticlericalismo jurado de su infancia a un dictamen favorable al Stanislas que, en buena medida, haría al futuro estilo de Jacques.

Alfred era el único en la familia, y uno de los pocos de su círculo de amistades, en levantar reservas contra la enseñanza de los curas, enseñanza llamada “libre” en oposición a la laica que, desde 1880, la Tercera República venía imponiendo implacablemente. Desde 1880 hasta 1906, las escuelas públicas laicas habían ascendido de 45.000 a 66.000 y las confesionales (o “libres”) descendido de 13.000 a 400, y en el ámbito privado sucedía casi otro tanto. Pero el anticlericalismo de Alfred era traumático, no ideológico. Los años de escuela primaria como pupilo del Petit Séminaire habían desangelado, para él, las intenciones de los curas y le habían dejado un rencor persistente en particular contra la madre. Si en el pasado mes de mayo Alfred había consentido recorrer el Stanislas, sólo se debió a su habitual complacencia. Los interesados habían tramado la visita maliciosamente: mayo era el mes del centenario y el colegio lucía espléndido. Aún así, él supo defenderse. Para no que no se diluya su veneno, pidió visitar en primer término las habitaciones de los pupilos. Dejó de parpadear al reconocer los mismos grandes dormitorios de luces alineadas a los costados del corredor central y, entre las camas estrechas y la pared, las mismas mesitas de luz, el orinal sobre la palangana, la repisa de las dos toallas. La única innovación, un vaso con cepillo de dientes, aunque pocos niños lo habían adoptado. Hasta creyó oler, procedente de las ventanas altas, por donde se inmiscuyen los fríos del toque del Maitines, la ratatouille de los sábados, guiso flotante hecho con las sobras de la semana. Las huellas del lampazo rayaban la cuadra del cuartel en miniatura.

¿Quién garantizaba que el muy emprendedor abad Pautonnier, director del colegio, no iba a pronunciar las arengas ultramontanas, por muy gran profesor de matemática que fuese? Conocía el orden machacón de las razones: Francia había sido y seguía siendo culpable por entregarse a los placeres de la Modernidad. Dios la había castigado con la vara del ejército prusiano. ¿Los soldados alemanes eran más bravos, más ingeniosos que los nuestros? De ninguna manera. Nos vencieron a los franceses únicamente por estar todos educados en colegios religiosos (no importa si dirigidos por sacerdotes o pastores) donde se enseña obediencia, no revolución; fortaleza de carácter, no pérdida de la fe. De allí la derrota de Sedán y la usurpación de Alsacia y Lorena. Afortunadamente, gracias a un sacrificio aislado, el de los zuavos pontificios martirizados en la batalla de Loigny, Francia aún conservaba derecho a la Misericordia. La Providencia pedía, como acto de expiación, la vuelta de los jóvenes al orden de la fe, el retorno al Evangelio y la substitución de la odiosa Marsellesa por el “Sauvez, sauvez la France par votre Sacré-Cœur” como himno nacional. Alfred insistía en que no se trataba de letra muerta, en que los nuevos tiempos auguraban su resurgimiento. Si en 1880, espoleado por el conflicto de Pio IX con el Estado italiano, el Estado francés había lanzado las leyes de educación laica y clausurado los conventos de la “filoxera jesuítica”; en 1904, la carta de Pío X contra la visita del presidente Loudet al rey de Italia acababan de provocar la ruptura de relaciones con el Vaticano, luego, la ley de separación del Estado y la Iglesia, y la aplicación estricta del reglamento según el cual ningún miembro de las congregaciones confesionales podía enseñar en institutos públicos. Por su parte, el Stanislas sumaba un motivo particular para educar a los niños contra las leyes civiles. En 1902, el odiado ministro Émile Combes, un seminarista arrepentido, había arrancado al colegio el privilegio que, por ochenta años, lo situaba en su sitio de excepción: el de ser un establecimiento de administración privada dirigida por una congregación católica (la de los marianos) y, a la vez, como si se tratara de un establecimiento público de elite, contar con estatutos universitarios, vale decir, con el derecho a recibir a los profesores del gran Concurso anual. Como un puesto ganado en el Concurso representaba estabilidad económica y crédito académico, la nueva medida era una seria amenaza a las esperanzas de mantener un cuadro docente prestigioso3.

Pero el resentimiento de Alfred Lacan no era el de un Émile Combes. Habiendo alcanzado el automóvil el poblado de Toury, la memoria comenzó a hacerle caso a las réplicas de los amigos de París. Ciertamente el patrioterismo de la escuela laica no era menos fanático que el del partido de Dios. Recordaba nítidamente cuando, a los nueve años, lo llevaron a ver los “batallones” escolares de los colegios republicanos desfilando, el 14 de julio, alrededor del Palacio Municipal. El redoble de tambores marcaba el paso de las chaquetas de botones lustrados, los pantalones azul oscuro y birretes con pompón rojo, como un ballet de grumetes liliputienses de la Armada. También era cierto que el plantel de profesores del Stanislas se mantenía inmutable después de la jugada de 1902. Ni los viejos famosos habían partido, ni los jóvenes dejaban de solicitar horas; por no mencionar que los de la laica habían fundado un gremio. Hasta Combes había quedado boquiabierto: cuando lo recibieron cantaban la Internacional socialista. La recorrida por los nuevos laboratorios no dejaba tampoco dudas acerca de los afanes científicos del colegio. En no menor medida, a Alfred le había encantado cruzarse con algunos de sus principales clientes en los corredores de la feria del centenario. “Sí, desde luego, mi hijo vendrá al Stanislas”, prometió. Y admiró la picardía de la ingeniería financiera con la que la Sociedad inmobiliaria de padres y egresados había burlado, justo a tiempo, la disolución republicana de la Sociedad de los Marianos. En menos de año y medio, el valor de las cuatro mil acciones de la suscripción de los flamantes dueños del Stanislas superaba convincentemente el precio de lanzamiento. Además, en las ventanitas encendidas del anochecer de Toury acababa de hallar el subterfugio que a su entender hacía falta. Entusiasmado, sacudió a Jacques semidormido, anunciándole: “Irás al Stanislas, pero no como pupilo. Y escucha bien, nos mudaremos justo enfrente del colegio. Te sentarás en la fila de pupitres pegada a la ventana y sabrás que mamá, Madeleine y Pauline estarán siempre mirándote”.

______________
1. Anne Baldassari, Picasso, life with Dora Maar, Flammarion, Paris, 2006, p. 76, y Mary Ann Cows, Dora Marr with & without Picasso, Thames-Hudson, London, 2000, p.79.
2. Ricardo Güiraldes, Obras Completas, carta 22-10-1921, Emecé, Buenos Aires, p. 747.
3. Cf. Mona Ozouf [1982], L’École, l’Église et la République 1871-1914, éd. Points, Paris, 1992 y Georges Sauvé, Le Collège Stanislas: deux siècles d’éducation, éd. Patrimoines & Médias, Chauray, 1994.
 
 
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