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   Opinión

A Juan Ritvo, sobre la psicopatología
  Por Ricardo E. Rodríguez Ponte
   
 
Mi querido Juan:
En este preciso momento no sé todavía si, como me invitás a que lo haga, lo que siga a este titubeante inicio se resignará finalmente a entrar en los moldes convencionales de un artículo para Agenda. En todo caso, y por motivos que entenderás en seguida, por un ratito al menos prefiero atenerme al tranquilo tono confidencial propio del intercambio epistolar del que ambos nos sabemos capaces. Es que el miramiento por lo que podrá figurarse (con vos, no necesito subrayar este guiño) el público anónimo al que lo destinaría su final de revista, podría llevar a que en el camino perdiera al interlocutor que lo ha motivado, circunstancia a la que siempre he sido suficientemente sensible, pero a la que me ha re-sensibilizado tu texto, que en el trámite de discutir con las breves y modestas observaciones que me despertó, no pudo o no quiso evitar continuar haciéndolo con el “lacanismo portátil” propio de ese estereotipo de “lacaniano” con quien solés discutir con tanto rigor como ingenio, pero que, más allá de la existencia indudable del referente, no deja de ser uno de tus fantasmas. Ahora bien, como yo no me resigno a entrar sin protestas en esa no por concurrida menos estrecha horma, me tolerarás que añada a las anteriores algunas más que quizá permitan que, atravesando dichos fantasmas, me recuperes como interlocutor.1

A lo mejor, si te hubieras dado un poquito de tiempo... Al fin y al cabo, entre mi mail a Daniel Rubinsztejn en el que formulé —a las apuradas y al margen, pues ni me pasaba por la cabeza la posibilidad de una controversia en forma— mis objeciones a tu artículo publicado recientemente en la revista Agenda, entonces titulado Vindicación de la psicopatología,2 y tu respuesta con el attach de Problemas y controversias 25. El rechazo de la patología rechaza al sujeto,3 ¡no pasaron dos días! Si te hubieras dado ese tiempo que me parece que no te diste, quizá habrías podido ir a ver en qué consistía esa referencia al pasar al Seminario R.S.I., donde el contexto de esa “función de sueño” y de esa “realidad religiosa” te habría indicado en seguida —pues sos un buen lector— que esa arrebatada tirada en defensa del sueño y la realidad religiosa, antes que sostenible o no, no tenía nada que ver con lo que yo decía.

Por supuesto, si fuera necesario, yo podría rehacer con vos el recorrido por el Seminario R.S.I. y algunas clases del Seminario El sínthoma, para mostrarte que lo que estaba en juego en la observación que te hizo saltar no era si hay o no “relación”, ni si ésta, de haberla, es de “oposición suplementaria” o no, “entre el sueño y la realidad religiosa”, sino que lo sostenido por Lacan en ese párrafo que yo citaba parcialmente es que la realidad psíquica tiene una función de sueño, precisamente en la medida en que elide su reducción a tres en el borromeo —ámbito de pertinencia de todas estas afirmaciones—, lo que equivale a decir, puesto que lo real es tres, y no tercero, que no supone para nada lo real del que Lacan se sirve, y subrayo esto último, pues se trata de lo real, una de las dit-mensiones lacanianas, sostenidas en su consistencia triple por el decir de Lacan, y no de ningún real ontológico.
Por supuesto, si también fuera necesario, y por un nutrido juego de citas no obstante tan escuetas como contundentes, me quedaría todavía apoyar la equivalencia que establece Lacan entre la realidad psíquica y el complejo de Edipo, y a partir de ésta, vía la función de suplencia y suplementaria del Nombre-del-Padre, la equivalencia entre la realidad psíquica y la realidad religiosa...

Pero, por supuesto, no me parece necesario, y dejo ese recorrido a tu cuenta. Más cuando me detiene el temor de que, no vos, por cierto, pero quizá sí ese lector anónimo evocado más arriba, quien en principio no estaría en condiciones de distinguir entre el escritor y sus fantasmas, inadvertidamente pudiera terminar situándome entre esos “eruditos en citar y citar y citar...” que como polvo en los ojos le soplaría tu nota al pie número 4.
En su lugar, me atendré a una, que me parece central para una eventual controversia que podríamos sostener en el futuro, extraída de tu propio texto: “Sí; hay realidad psíquica, y yo me opongo al fast-food psicoanalítico que cree que puede, con desprecio, contemplar a la cultura de Occidente desde lo alto de unas pobres fórmulas de lacanismo portátil y declararla muerta. ¡Por favor!”4

Separemos primero la paja del grano. ¿Me querés decir qué tiene que ver la “realidad psíquica” que afirmás con “la cultura de Occidente” que el fast-food psicoanalítico contemplaría con desprecio hasta declararla muerta desde lo alto de unas pobres fórmulas de lacanismo portátil? Y a propósito de esta figura que erigís como una de esas estatuas a las que basta soplar para derribarlas: ¿con quién creías en ese momento que estabas hablando? ¡Por favor!
Ahora sí, tal vez, puedo retomar el argumento. O la realidad psíquica es lo que dice Freud, o estamos ante otro caso de homonimia. Ahora bien, si es lo que dice Freud, es uno de los elementos del par que forma con su inseparable compañera: la realidad material y/o histórica, en una topología esférica en la que el interior psíquico la tiene como su único exterior, por lo que cualquier otra alteridad que se le presente al sujeto (salvo que en la metafórica de la representación que le es inherente no hay lugar para el sujeto del significante) deberá atribuirse a la proyección. Como es más que legible en el texto de 1922, Sueño y telepatía, ahí tenemos una de las razones por las que la concepción freudiana es incapaz de acoger un rasgo radical del testimonio psicótico: un decir proveniente de un Otro que desbarata la dualidad realidad psíquica/realidad material.

Me doy cuenta que abrevio, pero en Letra Viva me pidieron que el texto no fuera extenso, y además podemos seguirla. Añado simplemente lo que creo que ya te dije una vez, aunque no eras vos entonces el destinatario, pero podrías serlo ahora: no es obligatorio ser lacaniano. Pero ser lacaniano, que no es algo de hecho, sino que resulta de un querer (el famoso y tan poco interrogado “si quieren” del Seminario de Caracas), comporta el peaje de considerar caducas algunas nociones freudianas, en la medida que el pretendido freudismo de Lacan no puede no estar en tensión con el “Freud no era lacaniano” que el propio Lacan señala... ¡y a propósito, precisamente, de la realidad psíquica en la que parece que nos desencontramos! Así que, aunque podemos volver a encontrarnos, y hasta entonces, en lo que a mí respecta, con la realidad psíquica, esa alma envuelta por otra realidad que nunca llega a ser plenamente Otra, nos despedimos de la psiqué de la psico-patología... sin que, al menos por esto, tenga por qué inquietarse esa cultura de Occidente cuya salud te desvela.

En cuanto a la otra mitad de la noción en cuestión,5 para la que yo decía: “no hay patología sin discurso de la norma, es decir, sin función del ideal”, por lo que “cualquier reivindicación de la psicopatología, por ingeniosa que se muestre, nos devuelve a la psicología y a la medicina”, argumento al que le concedés algún crédito... Hasta que el demonio de la anfibología se apodera de la palabra “norma” y te deja a un pasito de hacerle creer al inocente lector que a lo mejor yo soy de los que leen “críticamente a Freud desde una posición santurrona e incluso chambona con respecto a Lacan” (por supuesto, ambos sabemos que no es el caso, pero no está de más advertirle al mismo que en tu texto de respuesta al mío de paso aprovechabas para dirigirte al “lacanismo portátil”)... Así que, sin insistir en esto, ni detenerme, al menos por hoy, en la curiosa homonimia de nuestros, o al menos tuyos, “neurótico”, “perverso” y “psicótico”, con los de la psiquiatría, caigo finalmente en la cuenta del malentendido que te hace concluir en la pregunta “¿Qué tiene de psiquiátrica esta psicopatología?”, a lo que puedo responderte: tal como la argumentaste, nada... ¡pero si no era eso lo que estaba en cuestión! El problema de la psicopatología no es que sea psiquiátrica, es que sea psicopatológica, es decir, discurso médico. ¿Pero acaso no bastaba, como primera lectura de tu texto, la del diseñador de la revista, quien para el diagnóstico en psicoanálisis, título general de tapa que agrupaba los artículos entre los cuales estaba el tuyo vindicando la psicopatología, no encontró para ilustrarlo nada mejor que... un estetoscopio?


1. Este texto responde al que Juan B. Ritvo publicó en el número 75 de la revista Imago Agenda, Noviembre 2003, con el título El rechazo de la patología rechaza al sujeto, en respuesta, por su parte, a un par de observaciones al pasar que, en un e-mail a Daniel Rubinsztejn, yo había formulado al texto que previamente había publicado Ritvo en el número 73 de Imago Agenda, Septiembre 2003, con el título Vindicación de la psicopatología. Gentilmente, Ritvo me remitió por e-mail una primera y casi definitiva versión de su texto, aunque yo esperé a su publicación para redactar esta respuesta. Resuelta finalmente la duda señalada en la primera frase de este párrafo, a determinada altura de este texto, volví para atrás como la tecnología actual lo permite para añadirle el título y casi todas las notas, ésta incluida.
2. A propósito, en tu nuevo texto citás al anterior como Vindicación de la patología. ¿Lap­sus, pasaje por el discurso histérico, o afinamiento de la noción en juego? En todo caso, la patología no necesita vindicación alguna, pues, y en esto es seguro que es­tamos de acuerdo, sobre todo si me permito usar por una vez la homonimia de la que abusás al recordar (¿a quién?) “toda la complejidad de la posición freudiana”, es la condición “normal” del sujeto.
3. Y por supuesto que también estoy de acuerdo con lo que afirma este título, pero no era eso lo que estaba en cuestión. Sino que la psicopatología, porque interviene en la patología, y no puede hacerlo sin darse una posición, ideal, no-patológica, rechaza al sujeto. Volveré sobre esto.
4. Revista Imago Agenda, Nº 75, Noviembre 2003, p. 30. A propósito, compruebo, un poco decepcionado, a partir del texto publicado finalmente en la revista, que era entonces una mera errata, y no el hallazgo poético que mi entusiasmada lectura te atribuía, aquel fast-foot del texto que me enviaste por correo, y que hizo mis delicias por el pie que parecía proporcionar a mi respuesta. Afortunadamente, demoré la redacción final del presente hasta tener el número de la revista en la mano. Pero ahí tenés, quiero decir en las tuyas, de qué eco resulta mi metáfora de la horma en el primer párrafo, pobre sustituto de la elegía que ya te estaba dedicando.
5. ¿Pero verdaderamente se trata de “otra mitad”, quiero decir: acaso no se trata de la, aparentemente, otra cara de una relación moebiana? Más directamente: que la oposición entre la realidad psíquica y la realidad material y/o histórica trae consigo la de lo normal y lo patológico, fundante de la psico-patología. Cf., entre tantos otros, el artículo freudiano de 1924, La pérdida de realidad en la neurosis y la psicosis.
 
 
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