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   Marcas en el cuerpo

Tatuajes adolescentes
  Por Rebeca  Hillert
   
 
1.- La paradoja de la marca: Mi interés por el valor y la función de los tatuajes se estampó en uno de los capítulos de El tren de los adolescentes1. Comencé hace unos años esta investigación. Tomé en cuenta la clínica en el consultorio, la música, la literatura, hice entrevistas con jóvenes en la calle. Con ellos mantuve conversaciones que desgrabé con paciencia, para leerlas e interpretarlas.
Una de mis conclusiones desembocaba en la siguiente paradoja: el tatuaje, trazo donde un sujeto cuenta como un Uno2, marca del instante petrificado de habérselo hecho uno, puede instituirse en signo de moda con lo cual aquello que constituiría una marca única y distintiva pasa a ser la marca de un artículo de consumo.
De hecho sigue siendo así. Los sujetos de la adolescencia padecen de esta paradoja. La realizan, hablan de ella. En la vorágine de nuestra época las imágenes para el consumo, arman la emboscada para el trazo único, unario. Ese trazo incisivo en el cuerpo del Otro, esa marca de la falta de Uno en el Otro, algunos imaginan corporizarla escondiéndose de, y en ese mundo del espectáculo.
Me pareció por entonces que eso que llamamos “mundo”, se presentaba cada vez más exhibicionista: como si no provocara tanta extrañeza la ostentación de imágenes donde se muestra que cualquiera puede ser mirado, captado por una cámara fantasma. Mucha gente busca formar parte del paisaje y hacerse ver. Cuestioné por lo tanto una referencia de Lacan en su seminario del ’64: “El mundo es omnivoyeur, pero no es exhibicionista –no provoca nuestra mirada–. Cuando empieza a provocarla, entonces empieza también la sensación de extrañeza”3.
Hoy, gracias a mis lectores y siguiendo la lógica del desarrollo de este análisis, me veo obligada a precisar y modificar mi cuestionamiento a esa referencia. Así avanzo hacia el tren de los adolescentes, revisando mis propuestas.

2.- El tatuaje como objeto: Adelanto algunas conclusiones sintéticamente.
El tatuaje como objeto mirada funciona como si arrancara su poder al imaginario ojo omnividente. Para algunos sujetos de la adolescencia, tatuarse hace de ese cuerpo desconocido que reciben, una piel ilustrada como la de su prójimo.
Tienen el tatuaje como algo propio, único, sin intención de significar. Además, y fundamentalmente, lo que el diseño disfraza con color y forma, resulta aquello que talla y fisura, la totalidad tersa del buen funcionamiento del “mundo”. También funciona en el sentido de quitar al adolescente la posibilidad de completar narcisísticamente a sus seres queridos, rechazando las expectativas ideales.
En el acto de tatuarse algunos adolescentes sacrifican una parte de su narcisismo infantil. Ese sacrificio de una parte de sí, a veces, en el límite, se transforma en ofrenda. Pero en general queda como acto, fallido por cierto, de un sujeto que ahí atraviesa la homeostasis del principio del placer. Provoca a la muerte como pulsión y plasma una forma que imprime la presencia perenne de la muerte. A veces, los diseños del tatuaje se abren hacia el odio, a veces hacia el amor. Sin embargo no pierden esa cualidad de marca de la castración, de insensatez y de lo imposible de significar. Una marca que aunque venga puesta con historia, hay que hacérsela durante el transcurso adolescente.

3.- Sobre algunos dichos: Voy a citar algunos dichos de mis entrevistados, sobre los que baso mis afirmaciones.
Un tatuador chileno me contaba: “Tener un tatuaje es un algo que se siente, es como un ente raro, lo tienes y ya que como ni siquiera lo comentas, llega a ser algo tuyo propio, algo que te acompaña siempre... ya va a ser parte de ti, porque tú elegiste el diseño y porque tú quisiste tenerlo. Me imagino que debe ser quizá como el instante en que una pareja decide: tengamos un hijo. Y ellos lo quieren tener, y lo tienen.”
Subrayo la insistencia del significante “un” en los dichos de mi interlocutor: el tatuaje es un ente que se tiene, se adquiere por decisión en un instante, para tenerlo hay que hacerlo uno y de uno.
En la misma dirección de lo Uno, que no quiere decir nada, comenta uno de mis interlocutores a quien llamé Eduardo: “Yo en una época ‘tenía’ que… quería tatuarme mi nombre, pero ya no. Sigue dándome vueltas la idea. Siempre la tuve”.
Leo en esa vacilación acentuada por los puntos suspensivos, entre una época en que “tenía que” y el enunciado “quería” tatuarse su nombre, acompañado por la sorpresa de reconocer que la idea no lo abandona, la división del sujeto.
Pero en verdad, su dicho fuerte, acentuado, reside en ese tenía, luego corregido. Si tenía que hacerlo para tenerlo... aunque no lo hizo, esa intención pone de manifiesto que el tatuaje no significa más que Uno. Ese Uno no es el otro del espejo.
Lo explico así: este S1, tatuaje previsto, iba a situarse como objeto, en el mismo lugar que en el nudo borromeo de Lacan ocupa el a, cuando separa el goce del cuerpo del goce fálico. Pero no pudo ser. No lo pudo hacer. En cambio, este muchacho optó por tatuarse en la pantorrilla una figura fálica, a todo color: un Ave Fénix. Un diseño que le hizo su primo, personaje idealizado. De este primo afirma: “Los buenos tatuadores cuando te lo ponen te lo ponen bien. Mi primo me dijo: te lo voy a poner perfecto.” Eduardo tenía ese tatuaje para sorprender a las mujeres.

Ilustro con este comentario la distinción entre el objeto fálico y el a. El tatuaje comentado por un adolescente, nos permite asir de algún modo esta distinción.
Ahora voy a citar los dichos de una jovencita. Me va a llevar a aprehender ese momento de violencia liberadora con respecto a los mandatos del padre. En el libro citado más arriba, la llamé Eleonora. Mientras hablaba con ella del tatuaje sobre su espalda, cubierto siempre con una blusa, se produjo algo nuevo. Copio algunos fragmentos de nuestra conversación: “Y yo siempre fui muy rara, vestirme rara, pensar raro y escuchar música rara, música oscura, que no es muy común para la sociedad. Y en esa época, no sé…me gustaron los tatuajes, me gustó la idea de tatuarme. Lo pensé, en mi casa no me dejaban… a los cuatro meses se dieron cuenta que tenía un tatuaje: me encontró mi mamá en la terraza tomando sol. Y a mi papá por dos años no le pude mostrar la espalda, ahora sí, ahora le digo que me ponga crema en la espalda. El tatuaje fue lo más duro que hice sin permiso en ese momento. Era lo que podía esconder, era algo secreto, era un secreto. Mi mamá lo descubrió, pero no se habló más. Y mi papá sabía pero nunca me dijo nada, nunca existió porque él veía que yo me lo escondía cuando estaba él.” Y concluye: “Después que me pasaron muchas cosas pensé que por algo lo tenía, que algo quería decir en mí. Yo nunca había reaccionado de él.”

En el capítulo aludido, comento ampliamente este dicho, por su sintaxis quebrada: “Yo nunca había reaccionado de él”. El verbo anticipaba un “por” o un “con”: había reaccionado por o con. En su lugar aparece la construcción “de él”, sin la contracción habitual en el habla producida por la elisión, de una de las dos letras “e”. Por lo tanto no hay duda, lo significado se congela en la preposición de, que indica inequívocamente posesión: él algo quería decir en mí, de mí, poseída de él. Quiero destacar que lo tatuado no lo dice, no habla, hay una transformación de un mandato de palabra en un diseño tatuado.
Agrego ahora: esa transformación hace girar al tatuaje entre su función de mandato desafiado a su función de significante: él.
El dragón la posee, pero ella no sabía. Cuando descubre no haber reaccionado de él, ya el tatuaje había dejado de ser lo que era: antes ella podía mostrarlo o hacerlo ver como un secreto, ahora debía ocultarlo. Eleonora registra esa transformación, de cuyos efectos de goce no puede hacerse cargo, porque la culpa (Winnicott me presta este giro), repito, la culpa la autoriza a ser malvada en su vida cotidiana.
No voy a referirme a los detalles de lo que relata de su conducta. Por el contrario, voy a detenerme en las frases que confirman su posesión-posición: “El tatuaje es mío, si no lo muestro, mejor. En un momento me lo hice por la moda, quería mostrarlo, era para diferenciarme, pero ahora ya no, es mío, es parte de mí y pienso que si me ven el tatuaje me ven a mí entera.”

4 - Para concluir: El tatuarse en la adolescencia tiene variadas funciones:
1- Objeto de consumo masivo, que para algunos adquiere con posterioridad valor de marca de iniciación, casi ritual.
2 - Insignia o denominador común para un grupo
3 - Técnica de camuflaje.
4 - Amuleto para conjurar el poder supuesto a un Otro maléfico.
5 - Modo de imprimir la pérdida de un objeto de amor: el padre ideal o la madre de la primera infancia; o marcar un pasaje, o repetir produciendo diferencia, una situación traumática.

Estas funciones con respecto a cada uno de los sujetos de la adolescencia, revisten y disfrazan una realización específica y fundamental: la del trazado hecho por cuenta de ellos, la sustracción en ese cuerpo y sobre ese cuerpo que es otro para el Otro familiar, del Uno del significante asemántico y el a del objeto. A los sujetos de la adolescencia eso les cuesta muchísimo. Cada uno intentará o no hacer ese trazado, con diferente suerte. A veces a través de un tatuaje.

__________
1. G. Díaz; R. Hillert: El tren de los adolescentes, Lumen-Humanitas, Bs. As, 1998, cap. 2.
2. Uno: en la epistemología del psicoanálisis lacaniano se refiere al trazo de lo idéntico que representa lo no idéntico, ya que en la repetición de una marca cada una difiere de la otra; un Uno es la escritura de la función sujeto en el lenguaje; es el trazo de lo que puede faltar en la cadena simbólica.
3. J. Lacan, El seminario. Libro 11, Barral, Madrid, 1974, pág. 85.
 
 
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