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   Marcas en el cuerpo

El cuerpo de los adolescentes
  Del imperio de lo efímero, a las marcas de lo indecible
   
  Por Oscar Lamorgia
   
 
Es objetivo de este artículo reflexionar sobre ciertas intrusiones que, sobre la superficie del cuerpo, parecen haber ganado terreno en la vida cotidiana de muchos adolescentes. Prácticas como el piercing y el tatoo componen modalidades de ingreso a formas “kelperizadas” de lazo social, el que en rigor, se les muestra por esa vía, cada vez más esquivo. La postmodernidad propone a la adolescencia como modelo social, la forma más pacata de la comunicación demuestra que el hemisferio izquierdo va ganando, el videoclip tuerce diariamente el brazo del diálogo. Consecuencia: los jóvenes se comunican predominantemente por imágenes y por una suerte de cerrado argot, compuesto por un apretado puñado de significantes degradados a su cara signo. Es notable que en dicho argot, los verbos suelen faltar a la cita: “¡Y... con ella, todo bien!”
Una vez más conviene recordar la siguiente paradoja: Una imagen vale más que mil palabras... pero esto no puede ser dicho en imágenes.

Las perforaciones: Agujeros que se efectúan con el fin de incrustar objetos de joyería en diferentes metales. Nuestra cultura occidental conserva aún la práctica del piercing en las orejas con un sentido meramente estético. Algo que parecía ser patrimonio de tribus primitivas, ha ido tomando cada vez más carta de ciudadanía entre nuestra juventud. Algunas de dichas incrustaciones poseen el objetivo de subrayar la belleza, en tanto que otras están al servicio de producir horror y provocación en los eventuales testigos. Sus finalidades parecen dirimirse en términos de: poder, seducción, identificación, prácticas masoquistas, etc.  Se suele transformar este juego de adornos en el cuerpo, en fetiches que representen completud y promueven un goce cada vez más alambicado en las relaciones sexuales. Goce cuya nominación pondera las bondades de los implantes metálicos en lugares estratégicos (pezones, ombligo, glande, lengua, etc), en tanto que potenciadores de las sensaciones obtenidas por los partenaires.

Los tatuajes: Se trata de dibujos que, grabados sobre la superficie de la piel, a instancias de la inyección de colorantes debajo de la epidermis, reproducen por punzadas sucesivas un dibujo o diseño preseleccionado (sólo a veces por el propio interesado). El tatuaje puede obedecer a diversos contextos, a saber: puede formar parte de rituales iniciáticos de pueblos incivilizados, los que estarían al servicio de dar cuenta de la pertenencia a un linaje tribal; perpetuar recuerdos y conjuros; representar la protección de los dioses y/o ancestros y/o entidades superiores... y también ingresar en la moda actual con argumentaciones que suelen ir desde lo más naif, hasta la incorporación sectarizada a determinados grupos cuasi-marginales. Quien se tatúa puede señalar escópicamente su vinculación ante todo aquello a lo que el signo alude. Existen tatuajes que expresan la función preeminente del propio árbol genealógico. Se trata de signos fundamentales que apuntan a unir al individuo con sus propias raíces culturales, étnicas, de grupo, etc.

Las marcas: La marca, contrariamente a lo planteado hasta aquí, connota un modo singularísimo de trazar en el cuerpo algo de lo propio, de hecho, suelen ser autoinfligidas. No es de práctica habitual el “darlas a ver” en forma masiva, como sí sucede en los anteriores ejemplos, aunque puede formar parte de algún ritual marginal como ocurre con los auto-cortes en el ambiente carcelario, a la vez que puede gozar –como práctica– de cierta valoración prestigiada en tanto que denotaría una referencia unívoca la valentía de quien la porta.

La época: Intentar entender la causa de los adolescentes, implica despejar características que responden a diferentes entornos geográficos y epocales. Paso previo a propiciar el arribo a nuestra –tan consabida como desgastada– singularidad del “caso por caso”. 
En nuestra época, los tatuajes y las perforaciones parecen estar llamados a ligarse a rituales iniciáticos vinculados a la sexualidad. A ello se suma que así como la adolescencia era considerada en el pasado una etapa de la que había que salir lo antes posible, y por lo tanto el adolescente tomaba –precipitadamente– emblemas del adulto, hoy la cosa se invierte y comprobamos cómo con cierto patetismo, algunos adultos intentan recuperar (muchas veces a instancias de tatuajes, piercings, implantes, dietas y gimnasios) algo de lo inexorablemente perdido. La socialización de los adolescentes en tanto que actores privilegiados, dejó de estar en manos de padres y educadores, para apoyarse en estrategias de mercado cuyos cañones les apuntan enfáticamente.  El cuerpo de los jóvenes ha sido legitimado por los medios de comunicación, pero subvirtiendo su sentido, instituyéndolo como terreno privilegiado de inscripciones varias. Los adornos a los que acceden, cómo visten su cuerpo y lo exhiben. Esto enmarca ciertas formas de interacción social. Es un mensaje mudo que se expone al Otro para que sea leído. No sería exagerado afirmar que los tatuajes y las incrustaciones nos miran. No nos ven, pero nos miran.

La escopicidad: Si tomamos la puesta en escena perversa. Allí (especialmente en el clásico par antitético estándar voyeurismo-exhibicionismo) el exhibicionista da a ver y al mismo tiempo goza de ser mirado. Cuando estoy mirando, es el genital del otro el que me mira. Al ver el genital del otro, mi visión queda congelada en su desnudez, con lo cual desde ese punto soy mirado. Esto vale también en el caso en el que soy mirado por una incrustación o un tatoo. Si yo miro desde el ojo de una cerradura una supuesta escena, al mismo tiempo (no importa si no me ven) es como que hubiese una focalización de la escena que me deja en el lugar de una mancha, atropellado contra la pared, al punto de no poder dejar de mirar. Soy mirado a pesar de que estoy viendo. Soy mirado por ese punto luminoso que surge de la escena que llega hacia mí, por la desnudez de esa zona en la cual yo poso mis ojos, pero que me mira como si la luz refractara sobre la desnudez de ese órgano y eso es lo que me deja entrampado al punto de no poder moverme, es decir, de quedar colapsado ante la visión que me atropella. Como la liebre encandilada cuando cruza la ruta.

El fin(al): Lo crucial es reconocer el modo según el cual la posición existencial del sujeto se ve afectada –entre otras cosas– por la configuración, funcionamiento y percepción del propio cuerpo. Desde la forma cómo me veo, cómo creo que me ven y cómo soy visto. El cuerpo aparece como el escenario de todas las tensiones, entre lo cultural y lo biológico, pero también entre lo ético y lo moral, entre el deseo y el goce y entre el deber y el placer. La imagen corporal así entendida nos coloca frente al dilema existencial de entender que mi cuerpo es mirado panópticamente, es fustigado por la mirada de un Otro omnivoyeur. Ello lleva a los portadores de tatuajes y perforaciones al establecimiento de un doble juego: por un lado, concitar el interés sobre sí por parte del semejante. Por otro, la convicción de poder escamotear con maniobras distractoras –y aunque más no sea, sólo por un momento– la siempre angustiante mirada de la Mantis.

Bibliografía
Didi-Huberman, G., Lo que vemos, lo que nos mira, Manantial, Buenos Aires, 1998.
Lacan, J., El seminario. Libro 11. Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis, Paidós, Buenos Aires, 1988.
Lamorgia, O., Herejías del cuerpo, Letra Viva, Buenos Aires, 2002.
 
 
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