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   Marcas en el cuerpo

Ley y marcas en el cuerpo
  Por Laura Rozemberg
   
 
El encuentro con relatos en la clínica de ciertas experiencias de algunos de mis pacientes que fueron devastadoras y arrasantes de su subjetividad, llevaron a preguntarme como propiciar su elaboración, ya que lo relatado por ellos involucraba al cuerpo dejando marcas en él de distintas características.
Muertes, accidentes, violaciones, son situaciones fortuitas o azarosas donde el sujeto no encuentra en principio donde implicarse. Una manera de hacerlo sería tomando el cuerpo como mediación.
Una paciente de cincuenta años, en sus primeras entrevistas, fue víctima del robo de su auto en la puerta del consultorio. Cayó presa de una angustia aguda. Al relatar los avatares de los trámites con el seguro, la policía, etc., asocia una violación que padeció a sus dieciocho años cuando, estando en un auto con un amigo, les robaron y ella fue violada. Al mes de aquel hecho se relacionó de manera casual con un amigo del hermano, quedó embarazada y se practicó un aborto. Al poco tiempo conoció a su marido, le contó acerca de la violación, pero no del embarazo. Esto quedó silenciado hasta el momento del robo del auto, hecho que segregó en ella un monto importante de angustia que la llevó a referirse a esa escena anterior. El encuentro con ese amigo y la introducción de marcas en lo real del cuerpo, le fueron necesarios para subjetivar lo padecido a partir de quedar ella ubicada en fantasías que no son sin articulación con Edipo y castración.

Otra paciente de treinta años que había perdido a su padre a los siete en un accidente, queda “accidentalmente” embarazada y decide abortar. La insistencia del significante “accidente” se marcó de una manera particular en su cuerpo.
Una analizante con varios años de tratamiento, refiere: “nunca le conté que me corto siempre las manos. Los médicos me lo hicieron notar. De chica lavaba vasos en un restaurante familiar, y cuando me cortaba, mis padres no me llevaban al doctor hasta que no cerraban el negocio, y ya era tarde para coserme”. En el análisis no es tarde para intentar cicatrizar de otra manera sus heridas.
Las marcas en el cuerpo, a partir de su lectura en el análisis, permiten producir alguna posibilidad de simbolización, ya que se encadenan a las situaciones accidentales por medio de una muda fantasmatización que incluye al sujeto y que involucra al cuerpo, inscribiendo en él las marcas de una filiación sustitutiva. En estos casos de marcas que van en la línea de la sustitución, el cuerpo “dice”: la marca remite a otra cosa y opera produciendo una pérdida, una cicatriz respecto a lo vivido, componiendo a un padre como ausencia eficaz.

Hay otros casos en que en lo real del cuerpo retorna de una manera restitutiva lo imposibilitado de inscripción. La restitución puede producirse en aquellos casos en que hay una ausencia del significante del Nombre del Padre, o en aquellos donde la eficacia del mismo esta suspendida en su operatividad.
La restitución da cuenta de una marca que “es”, no dice. Sólo a partir de su puesta en juego en un análisis, se puede ubicar su operatividad y si es posible o no su lectura.
En el caso Aimée, de Lacan1, el pasaje al acto de atacar a la actriz y el corte de la piel que queda efectuado, apacigua la persecución que producía en la paciente esa Otra idealizada. Según Chattel2, el velo ausente en ella respecto a su goce femenino por la no inscripción de la función paterna, se restituye en la efectuación del corte que pone en escena la existencia de la piel, de una cobertura.
En las enfermedades llamadas psicosomáticas, la eficacia de la función paterna está suspendida en su operatividad. La intervención en un análisis puede habilitarla a partir de la producción de una novela que aún no esta desplegada.
Es muy interesante el relato de un caso clínico de Diana Rona3 acerca de un niño de 11 años que padecía de soriasis, pero sus padres no consultaban por eso por considerarla incurable. Por otro lado, al padre le molestaba que Mariano, su hijo, se le pareciera, y que lo único que le importara fuera que los objetos que usaba fueran de marca: Nike, Rolex, Lego, etc. La analista comenta: “Nombres propios a falta de uno que lo nombrara”. Por eso le interpreta: “Vos todo el tiempo tenés las marcas en la cabeza”, donándole así un significante para nombrar su soriasis.

El paciente le muestra al padre su falla en el intento de borrar su origen judío –Mariano es la segunda generación de judíos renegados y primer no circunciso– inscribiendo en su cabeza las huellas del pacto repudiado por su propio abuelo.
En una sesión, el padre comentó: “A veces parece judío, sólo le importa mostrar lo que tiene”, a lo cual la analista respondió: “ No hay peor antisemita que un judío renegado”. El paciente se vio llevado a restituir, en lo real de su cuerpo, los anclajes familiares que habían sido repudiados por su padre. La soriasis desapareció, pero el padre seguía insistiendo en que el chico no se iba a curar definitivamente, mostrando así la necesidad de contar con su hijo para que, con su marca, lo ligara a un a estirpe y a un nombre. Mariano ya no se ocupó de eso.
En relación con las marcas en el cuerpo, es insoslayable pensar el estatuto de los tatuajes. Históricamente, éstos fueron muy usados como signos de pertenencia en las tribus o como marcas de iniciación. En esos casos se trataba de un ritual filiatorio que involucraba al cuerpo en una relación particular con quien lo realizaba, el tatuador, y con la experiencia de dolor que era ineludible. Esto era muy evidente en ciertas tribus, que practicaban escarificaciones-cortes que se rellenaban con materiales que, en contacto con la herida abierta, la infectaban, transformándose en collares o figuras con relieve en el cuerpo.

En la clínica, cada tatuaje debe ser tratado en su singularidad, considerando el momento de su realización y el enigma que invita a su lectura.
Tomaré un caso clínico relatado por Marilú Pelento4, acerca de una consulta hecha por los padres de un adolescente, quien plantea su interés de realizarse un tatuaje que cubra todo su cuerpo, menos la cabeza. La impresión que relata la analista al conocerlo es la de un muchacho a punto de desmoronarse. Aparece un sueño con una persona vestida con un buzo negro, asociándolo al recuerdo de una tía que le había regalado un traje de buzo de goma. Al no tener pileta, se lo ponía y jugaba con él, hasta que su padre se lo arrancó y se lo tiró, aduciendo que así su piel no respiraba y que podría enfermarse del eczema que había tenido a los dos años. Recuerda que a los ocho años tuvo un problema en los testículos y su padre exhibía su cuerpo, mostrándolo como defectuoso. El odio al padre empezó a tener un lugar en el tratamiento y la interpretación del deseo de contar con un vestido-tatuaje que su padre no pudiera desgarrar, hizo caer la necesidad de tatuarse, dando paso al despliegue de cuestiones relativas al inicio sexual.
Este caso me invitó a pensar en cómo la idea de tatuarse intentaba introducir un desdoblamiento de la omnipotencia del padre. A partir de la lectura en el análisis, se pudo tramitar esto de manera que no implicara responder a su padre con el sacrificio de su cuerpo.

En este caso, la lectura de la idea de tatuarse, lo ubica como mediador, productor de una sustitución que introduce la eficacia de la función paterna. No remite a sí mismo y habilita el despliegue de un decir.
En otros casos, las inscripciones en el cuerpo pueden ser pensadas como restitutivas del lazo filiatorio, en estos casos la marca “es”, no dice.
Por ejemplo, una artista llamada Orlan se hace operar para transformar su cuerpo en obras de arte. Durante las operaciones se hace filmar, y así, asistida por la ciencia, intenta disponer de su cuerpo, transformándolo cada vez.
En un libro sobre los tatuajes, se relata la historia de Olmi5, el hombre-cebra. Habiendo despilfarrado su herencia, se convirtió en atracción de circo, se tatuó todo su cuerpo y se hizo implantar colmillos.
En ambos casos, el intento es hacerse hijo de la marca, autofundarse, evidenciando un modo particular de ataque a la filiación. Las marcas son el signo de la inoperatividad o ineficacia de la función paterna.
Un muchacho que pertenece a los llamados “artistas cárnicos, nuevos primitivos o modificados” –quienes se cuelgan de ganchos en su piel por cuarenta minutos y toman esto como una experiencia– expresó: “No tengo ganas de insertarme en un sistema que es una mierda. Quiero ser único”.
Mi pregunta es por qué no es una premisa para este sujeto el ser único, y si en estas llamadas experiencias, de lo que se trata es de un empuje a lo Uno, que lleva al experimento en el cuerpo, y al rechazo de la experiencia, que ponga en juego la división, la castración.

______________
1. J. Lacan: De la psicosis paranoica en sus relaciones con la personalidad, Siglo XXI, México, 1985
2. M.M. Chattel: “A falta de estrago, una locura de la publicación”, en Litoral, n° 17, Edit. Edelp, Arg. 1994.
3. Diana Rona, Conjetural, n°27, Edic. Sitio, Bs.As.,1993
4. Marilú Pelento: “Los tatuajes como marcas”, en Revista de Psicoanálisis, LV1, N° 2, APA, Bs. As., 1999.
5. Andi Nachon, Diego Sasturian, El libro de los tatuajes, Need, Bs. As, 1997.
 
 
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