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   Marcas en el cuerpo

Marcas, huellas, dolor. Estudio preliminar
  Por Carlos Gustavo Motta
   
 
“Me hice el primer tatuaje, sin saber por qué lo hacía. Fue este dragón en el hombro izquierdo, porque representa la fuerza, el intelecto, la sabiduría; luego, me hice en el hombro derecho grabé mis iniciales J. J. y en la espalda me hice este tribal. Quizás hoy a los veinticinco años, si no tuviera ninguno no me importaría, pero ahora que tengo éstos, no puedo parar. El próximo es el del Ying/Yang porque representa el equilibrio.”
El primer tatuaje hizo marca y serie y J. J. no puede parar; tampoco puede detenerse en la mentira que le dice a los otros, ni a su familia que les hace pensar una profesión que no tiene. No puede parar de mentir. Pero esto, seguramente debe ser una primer marca que presenta en el inicio de las entrevistas preliminares.

En Biografía de la piel, Paula Croci y Mariano Mayer argumentan al tatuaje como recorte de la mirada; el objeto que reemplaza las palabras. La gramática del cuerpo que relata una historia contada a través de dragones, tigres, cruces, tribales, iniciales, etc., conforman un diccionario simbólico viviente.
El cuerpo soporta las marcas como un lugar común. Recortan la mirada. Los tatuajes se muestran, se miran, se tocan. Hay detenimiento, fascinación. Por separado no son coherentes, sin embargo, cuando se empiezan a contar cobran un sentido para quien los porta. Es un portador de tatuajes. Un itinerario de lecturas para ser contadas al otro. Son marcas de permanencia.
Por la técnica analítica, la presencia ética del analista, los signos del goce de un cuerpo permiten su abordaje en la clínica. Puede verificarse en ella la escucha privilegiada de los nombres de lo real de un sujeto.
Con sus signos particulares, Lacan lo manifestaba en el Seminario 20 como “la cotorra que se identifica con Picasso vestido”: “En francés, extraño, étrange, es una palabra que puede descomponerse: être - ange. Ser ángel es, después de todo, algo contra lo cual nos pone en guardia la alternativa de ser tan necios como la cotorra”.

Topología y estructura. Compacidad y cuerpo. Intersección compleja. Cuerpo afectado transformado por las estrategias adoptadas por la vida y el pensamiento. Cuerpo dispuesto por la narración. Una modalidad de construcción que a su vez transforma al cuerpo. Obstáculos que no pueden ser resueltos de una vez por todas. “Densa percepción del presente”, decía Foucault.
Reunión de material “vivo”; estudios inacabados; cambios de orientación sobre la marcha; aproximaciones. Todos ellos, no sin consecuencias. Estudios lacanianos en donde el dentro se relaciona con el afuera. Emociones; arrebatos del amor; impulsos; sensaciones.
Movimientos del alma, de la psiqué, tal cual la expresa Freud. Alma atravesada por historias íntimas. Tensiones inconfesables, a veces. Caprichos del deseo; exigencias; agitaciones; aflicciones que surgen de las profundidades. Interior oscuro, laberíntico, misterioso, capaz de relacionarse con los otros.

Sufrimiento, goce, la misma muerte que constituye una serie de inevitables nudos situados como dilemas en la vida y el pensamiento. Acontecimientos imprevistos que se metamorfosean en un vínculo entre lo psíquico y lo somático.
Cuerpos utilizados para el funcionamiento de la sociedad humana. Recurso a la utilización de metáforas que naturalizan instituciones políticas, jerarquías sociales, principios morales. Diferentes usos del mismo órgano, del mismo cuerpo, de similares enunciados que se prolongan en diversas manifestaciones de dominación social o política.
¿Destinos de los cuerpos o del alma? ¿Destino del sujeto o sujeto del destino? ¿Hacer con nuestros intereses lo que se nos venga en gana o saber-hacer-con-eso-algo?
Incluimos en estas cuestiones la falta en ser, ingrediente indispensable para llevar a cabo nuestro deseo. Pero para ello, el psicoanálisis se nos oferta como una herramienta indispensable para que su uso esté no sólo al alcance de la técnica, sino que su ética se encuentre en un preciso por-venir.

Razonamientos previos, enunciados que sólo indican la extensión del campo que aún debe seguir siendo explorado, prolongándose en varios ejes a lo largo de los cuales se mueve la investigación habitual, de manera que la consistencia de estos fragmentos reside en una encrucijada de caminos donde las conexiones entre diferentes singularidades – anorexia, bulimia, sida, ciencia médica, etc. – se elucidan desde una perspectiva general. ¿Cuál es la huella característica de la época?
Me inclino a pensar rápidamente en la denominación light, temática que es comentada extensamente en todos los ámbitos intelectuales y que no lo haré en esta oportunidad. Entonces, si no apunto a ello, la huella ¿dónde está?
Es una huella que no deja marcas, una huella como la que descubre Robinson Crusoe en su isla, morada luego del naufragio: él sabe de la existencia de otro, a quien llamará más tarde Viernes, porque ha permanecido un vestigio de huellas de pies sobre la arena.
¿Qué ocurre cuando el mar, en su incensante ir y venir, borre la huella? ¿Podemos afirmar que el sujeto no ha pasado por allí?
Huellas de la época. Haría una precisión, de mi época. Porque cada época también tiene un registro subjetivo. El final de la Segunda Guerra Mundial me lo contaron. Sin embargo, fui un observador asombrado cuando televisaron la llegada del hombre a la Luna. Pude presenciarlo. Aquella huella de Neil Armstrong marcó a la época, no importa si llegó o no verdaderamente.
Poco a poco esas huellas se fueron ensamblando con otras. Desde el hombre en su camino a la Luna hasta un hombre en la Luna. Absorto en sus pensamientos, inerte en su accionar, alienado al consumo, sin lugares y enfrentado al salvajismo de la competencia.

Los temas de sexo, droga y rock and roll fueron premisas absolutamente pueriles frente a la discriminación, los prejuicios, la intolerancia, la insensibilidad social actual. La violencia nuestra de cada día, aquí o en cualquier gran ciudad como Buenos Aires, se repite como en otros No-Lugares, “Aldeas globales” construyendo un Estado redentor, un Estado que nos “salvará” de todos estos males. Estado ideal que aunque propusiera soluciones efectivas, no nos garantizaría que estas huellas de la época no dejen marcas en el sujeto. Huella y marca. Ambas son señales.
La huella se deja en un terreno por donde se pasa o se posa, por ejemplo, la rueda de un carro o cualquier otra elemento.
La marca es otro tipo de señal que distingue a quien pertenece. Por ejemplo, una marca hecha a fuego o una marca al agua, esta última como dibujo visible a trasluz que hacen los fabricantes de papel. Ambas aparecen como distintivos.
El dolor psíquico a veces se enmarca como huella o marca en un proceso verdaderamente complejo y que podemos reconocer al menos, tres momentos precisos, que los he descripto extensamente en mi última publicación Marcas de la época: huellas en el sujeto, me refiero a la ruptura subjetiva, la conmoción propia y la reacción defensiva. Variables que ubico en relación al acontecimiento imprevisto, marca de lo real. Signos particulares del dolor: un dolor propio de la ruptura; un dolor íntimo en el estado de conmoción; un dolor suscitado por la defensa yoica en respuesta a la perturbación.
Obviamente estas variantes son los diferentes matices de un sólo y único dolor que se expresa en un sujeto en las vertientes temporales del instante o de la duración, de allí la articulación que realizo con respecto al acontecimiento, por otro lado, un tema al que se refiere especialmente Alain Baidou.

Freud escribe El malestar en la cultura pocos años antes de la Segunda Guerra Mundial (1930). El ensayo se fundamenta en Más allá del principio del placer donde desarrolla su teoría del goce, que ligado a la pulsión de muerte, nos deja la huella indicativa que ningún ideal de progreso es sostenible, ya que el arma nuclear del sujeto es la pulsión tanática.
No debe sorprendernos que la finalización de esa Segunda Guerra no haya sido la paz sino más bien la inquietante posibilidad de saber que puede existir siempre una destrucción mayor. El acontecimiento mundial del 11 de septiembre de 2001 es un claro ejemplo de ello.
El malestar en la cultura es la corrección freudiana a Psicología de las masas. Sin duda toma en cuenta el poder apaciguador del significante amo, de la cohesión amorosa de la humanidad. Pero observa que, a pesar de ese poder, resta lo que él llama un malestar. El malestar en la cultura es uno de los textos que inspiró al Lacan del Seminario 7, La ética del psicoanálisis como testimonio del fracaso de la identificación significante y de la identificación simbólica para resolver el problema del goce.
El camino de Freud de Psicología de las masas a El malestar en la cultura, es un camino del amor a la muerte; desde la organización de la libido hacia la pulsión de muerte. Tensión en el cuerpo. Marcas significantes. Mortificación. Dolor petrificado.
Psicoanálisis y cuerpo, work-in-progress que no puede concluir, que empieza una y otra vez, con cada relato peculiar, desentrañando cada ficción en el “entre-dos” y que cada uno nos hace llegar la condición de goce, a través de una palabra que por el sufrimiento, comenzó a decir... y nosotros analistas, a escuchar. Destaco “entre” porque crea una im-posibilidad de diálogo, y esto es lo ocurre con cada uno de nosotros, incluso cuando tenemos la oportunidad de leer una comunicación.
Nuevas preguntas. Nuevos avances. Algunos progresos. Estudio preliminar. Aún..., afortunadamente, no somos ángeles.
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