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   Marcas en el cuerpo

La prueba del tatuaje
  Por Martín. H Smud
   
 
El otro día estaba tomando examen en la facultad y se me acerca un alumno e intenta buscar la manera de que le dijera si sus respuestas estaban bien. Hacía calor; en su tríceps derecho se ve un tatuaje llamativo por su colorido. Mientras me hace preguntas buscando que ratifique si estaba bien encaminado, me intereso por sus tatuajes. ¿Habrá más? Intento mirar su otro brazo. Si, del otro lado, había un tatuaje muy reconocible de un equipo de fútbol. ¿Por qué al ver un tatuaje supuse inmediatamente la certidumbre de que había otros?

La acción de tatuarse, hoy en día es una práctica muy extendida pero, a pesar de ello, no olvida una historia donde hubo que quebrar una prohibición: la prohibición occidental de que no te marcarás el cuerpo para siempre. Y es una prohibición que intenta justificarse en argumentaciones lógicas ya que el tatuaje no tiene la posibilidad del desecho, de desecharse. El tatuaje es un hecho sin deshecho. Y por otro lado, la aguja del tatuador enhebra colores en la carne viva, más allá de la epidermis superficial, hay dolor. Además de la prohibición y la justificación están esas preguntas frente al postulante al tatuaje: ¿Y si te duele? ¿Y si te arrepentís?
Hay algo del orden del rito en la acción de tatuarse, hay un hecho que sin deshecho se convierte en un acto, el acto es una manera de cuadrar el tiempo, de crear una simbología histórica.
¿Qué dirían, puestos observar ese tatuaje, los científicos dentro de doscientos años? Esta pregunta, decía el alumno, le hubiera parecido más fácil de contestar que la pregunta del parcial que pedía que relacionara la ciencia con el nacimiento de la Modernidad. El alumno hubiera querido confesarme que le era tan dificil pensar cómo sería visto su tatuaje dentro de doscientos años que cómo era la sociedad en 1637 cuando Descartes publica “Discurso del método”, texto tomado como bisagra y comienzo de la Modernidad.

Cuando observo el tatuaje de su pasión racinguista pienso que ese tatuaje, además de ser una marca histórica, es un símbolo que apunta a lo imperecedero, perdura al sujeto. Ese tatuaje dice que después del parcial seguirá siendo de Racing y aún el día posterior y hasta el último día, será de Racing. ¡Lógico!
Le pregunto, entusiasmado por cambiar la charla que giraba alrededor de sus respuestas de parcial:
—¿Tenés otros tatuajes?
—Si, cinco. Alertado de mi curiosidad y de que yo haya obserbado el escudo tatuado agrega: —Otro en el homóplato y dos en las piernas:
—¿Te vas a ser otros más?
—Seis es mala suerte y siete me parece mucho.
—¿Cómo es eso?
—Par es mala suerte, impar todo bien.
El alumno deja de hablar, estaba con el parcial en las manos pero ya no le daba seguir hablando de lo que había escrito. Agradezco haber cambiado de tema, porque ahora había invertido los roles, me había convertido yo en alumno. Estaba interesado porque no conocía esa superstición numerológica. Antes que se fuera a sentar le pedí si los podía ver, el alumno movió su remera sin mangas y mostró un tatuaje en su homoplato derecho, era un gnomo con la camiseta de Racing, me dio gracia y sonreí:—¿Y los otros?
Además de decirme que los tenía en las piernas, me dijo de manera que sólo nosotros entendimos, por suerte: —¿Querés que me baje los pantalones para que te muestre los que tengo en las piernas?
Había acontecido un cambio. Los tatuajes de su parte de arriba, eran públicos y mostrables, eran su afiliación a una tribu particular, los tatuajes en su parte inferior estaban tapados, implicaban el desafío de intentar verlos.
Se va a sentar, comienzo a caminar unos pasos y vuelvo hacia el alumno ya encaminado a su respectivo banco, tarea dificil porque había que realizar una larga travesía porque los bancos estaban uno encimado al otro, sin pasillos entre medio y la única forma de pasar era o por arriba de los bancos o por las espaldas de los compañeros.
—¿Cómo era eso? Par es mala suerte e impar...
El alumno se detiene donde estaba, trepado a un asiento donde estaba sentada una alumna intentando escribir. Complacido por la pregunta reafirma: —Eso dicen.
La alumna que lo tenía en sus espaldas se mete en la conversación. No estaba enojada por tener ese orangutan pasándole por sus espaldas, todo lo contrario, había observado el interés del docente por la numerología y explicaba que el par era sinónimo de mala suerte y que había que hacerse tatuajes impares. Tanta seguridad llevó al docente a preguntarle a la alumna:
—¿Cuántos tatuajes tenés?
—Siete.
El docente y el alumno se sorprenden de la respuesta. No se veía ninguno. El docente hace un gesto imperceptible, como queriendo preguntar acerca de dónde estaban. El alumno y el docente comienzan a observarla de otra manera buscando algo en ella. El alumno descubre el primer tatuaje, era pequeño, en su media espalda, sólo cuando su remera corta se levantaba siguiendo el contorno de su espalda, ahí había un pequeño animal alado, colorido.
La alumna, que comprende el gesto del docente, que se deshace en el aire, dice: —No se pueden mostrar.

Alumno y docente levantan las cejas como queriendo decir “qué lástima que no se los pueda conocer”. La alumna también levantó sus cejas comprendiendo y aceptando la situación. Si se los pudiera mostrar, complacida lo haría a ellos dos, quienes la tenían tan en cuenta en momentos donde debía estar pensando cómo había incidido la llegada de una nueva clase social como la burguesa a la confección del nuevo mundo moderno. Debería relacionar el nuevo confort que daban los adelantos tecnológicos a la población que, por otro lado, además de disfrutar esas nuevas posibilidades debía crear nuevas condiciones de trabajo con más horas y más reglas, y debía marcar las tarjetas de entrada y salida de sus trabajadores.
La alumna estaba agradecida de poder mostrar el erotismo del tatuaje ligado a lo que no se podía ver en su cuerpo pero que estaba ubicado estratégicamente antes de tener que escribir acerca de las marcas que la nueva época hacía tanto en quienes disfrutaban del nuevo confort de los adelantos tecnológicos como de aquellos cuerpos que eran marcados como trabajadores, puestos frente a la máquina y un organigrama de producción intensiva. Burgueses y trabajadores se agregaban a la clase jerárquica de monarcas y padres de la fe. Confección del nuevo mundo moderno en el que aún hoy seguíamos habitando escribía la alumna antes de ser molestada con la numerología de los tatuajes.
El docente pensaba, con su obsesión por conceptualizar, que no eran lo mismo los tatuajes del alumno que los de la alumna; en los tatuajes había una cuestión de género. Los de él eran grandes, apuntaban a la filiación y a cierto desafío; los de ella, eran más pequeños y ubicados en lugares estratégicos para despertar la curiosidad y el anhelo heroico-erótico de la gesta descubridora. Pensaba también que había tres clases de tatuajes: aquellos que ubicaban la cuestión del erotismo; otros que hablaban de la mortificación del destino, como el racinguista que apunta a la afiliación más allá del éxito circunstancial en la actualidad y por último, otros, que son tan indelebles como marcados por una máquina sin tinta, son los tatuajes que ubican a un individuo en cuanto a la producción y al goce de los bienes.

La Modernidad es un tatuaje que llevamos todos y que no nos pregunta si nos dolió ni nos da posibilidad de arrepentinos, es lo que acontece. Es la máquina que describió Kafka, la que rastrilla el cuerpo con una lapicera tipo cutter con tinta indeleble pero invisible a la mirada, es la propia sangre coagulada en el punto de la cadena donde aparece el ser, el sí mismo como desecho de los tatuajes.
A la alumna le gustaría saber qué nota se sacará, había estudiado muchísimo, esperaba que le fuera más que bien. Cuando va a entregar el parcial, se lo da al docente y le dice que espera una buena nota. ¿Cuánto? Nueve.
El alumno pensaba que faltaba poco para entregar el parcial y antes que se aflojaran las tensiones, se acercaría a la alumna a preguntarle que había puesto en el parcial y dónde tenía esos famosos tatuajes.
 
 
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