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   Investigación y consumo

Un infierno de cocaína, ambición, amor y muerte, gestó también el psicoanalisis
  Por Sergio  Rodríguez
   
 
Herr Professor Sigmund Freud, padecía de tantos vicios y virtudes como la generalidad de los mortales. Como muy pocos –algún Aristóteles, Sócrates, Einstein, Dalí, Chaplin, Picasso, Lacan y alguno más– portó un genio que asociado a su valentía para descifrar los mensajes de su inconsciente, le permitió descubrir el psicoanálisis y cercar su propia neurosis. Descubrimiento que ligamos, habitualmente, a cuando su paciente histérica le dijo: déjeme hablar. Freud calló, y se “redujo” a descifrar su relato.
Esto es cierto, pero insuficiente. Hay que agregar al haber de dicho momento fundacional, la atmósfera de la Viena de fines del siglo XIX y comienzos del XX, alimentada por las luces afiebradas y productivas de la cultura occidental de entonces. Recorrían sus calles y bares Nietzsche, Lou Andre Salomé, Rilke, Mahler, Freud, Breuer, Víctor Adler, Lenin y Trotsky exiliados, y muchos otros. Contradictoriamente con esa atmósfera, a Freud se le “burocratizaba” su matrimonio según los hábitos “victorianos”. Se había casado con una mujer de la que había estado enamorado intensamente. De ella ya no esperaba mucho más que la seguridad doméstica y una hija que no deseaba. No deseo que estuvo entre una de las razones que llevaría a dicha hija a transformarse en su analizada. Y por reacción y como pago de deuda (claro que del padre, aunque ella no lo supiera) en su última discípula distinguida. Distinción que pagó, apoyándose en algunos elementos ectópicos y menores de la teorización de su padre. Lo hizo de tal modo, que a la vez que los desplegaba hasta escribir uno de los mejores libros sobre ellos, El yo y sus mecanismos de defensa1, generó uno de los insumos básicos para subordinar el primer gran descubrimiento del psicoanálisis, el Inconsciente, a la vieja noción filosófico, gramatical y psicológica de “yo”. Contribuyó así a una de las peores desviaciones de la práctica clínica que su padre había inventado.

Desde tiempos previos a esos dilemas y aconteceres en la vida de Freud2,, éste consumió cocaína. No se sabe a ciencia cierta hasta cuándo lo hizo. Como preparado industrial extraído de las hojas de coca no llevaba mucho tiempo en el mercado y era poco lo que se conocía sobre sus efectos farmacológicos y tóxicos. Freud relató en sus cartas a Marta Bernays (la que devendría su esposa de toda la vida), los efectos estimulantes que le producía, tanto para la relación con ella como para trabajar y escribir. Lo entusiasmó el descubrimiento de dicho fármaco. Hombre no sólo de pensamiento, también de acción, se lanzó a buscarle efectos médicos benéficos. Intentó curar con él a su amigo Fleischl de su adicción a la morfina. La idea era sencilla, suplantar un fármaco que estimulaba la abulia y el dormir, por otro que inducía taquipsiquia. Tiempo más tarde, en la década del ’60 del siglo XX, la psiquiatría patrocinaría y algunos psiquiatras aún lo hacen, la utilización del Disulfiram con el fin de promover fuertísimas reacciones de tipo alérgico al alcohol. Reacciones que imposibilitan así, el consumo del tóxico mencionado a los alcoholistas crónicos. El efecto que suelen lograr es el desplazamiento de la adicción a alguna otra droga, muchas veces con peores efectos para la persona. En el momento de escribir estas notas recuerdo un brillante folklorista al que le combatieron su alcoholismo de esa manera. Efectivamente se le volvió imposible tomar alcohol. Entonces, desplazó su adicción a los barbitúricos hasta que una sobredosis lo mató. Lo mismo ocurrió con Fleischl que desplazó su antigua adicción a la morfina hacia la cocaína, conocida por boca de Freud. Fleischl murió adicto a esta última. El inconsciente de Freud cargó con esa muerte llevándola como acusaciones de su Superyo durante largo tiempo, como lo testimonió el sueño de “La inyección de Irma”. Pero no es difícil que ese trágico incidente haya sido otra de las razones que empujó a Freud a insistir en el tratamiento por la palabra, descreyendo de los pocos fármacos que asomaban entonces: té de tilo, hidrato de cloral, láudano de Sydenham. Pero no terminó ahí su historia con la cocaína. En ella depositó también expectativas para acceder al dinero y la fama. Investigó febrilmente sus propiedades anestésicas y estuvo cercano a presentarlo para tales fines en las cirugías de ojos. Pero, como diría Fito Paez, “el amor es más fuerte” y ante una oportunidad para ir a visitar a su amada Marta, postergó el final de la investigación. Cuando volvió de la lejana visita, el Dr. Koeller se le había adelantado haciéndose dueño no sólo de la fama, sino también de los jugosos dividendos por los derechos de propiedad industrial. Es algo que don Sigmund no olvidaría y recriminaría a su amada, hasta epistolarmente.
Finalmente, con respecto a aquel pasado. Es evidente que Freud fue consumidor, y en algunos períodos probablemente fuerte, de cocaína; no quedó adicto y pudo desprenderse de la misma. Su llegada, lúcido y ágil mentalmente a la edad avanzada en que murió, es prueba suficiente.

Pero hoy, más de cien años después de aquel febril, agraciado y desgraciado itinerario del maestro vienés con la cocaína, ¿qué podemos decir de la misma y de alguna otra conjetura que dicho recorrido nos inspire?.
Lo primero que salta a la vista es que las corporaciones que manipulan el mercado norteamericano, el mayor tanto de tránsito como de consumo, a través de los políticos que defienden sus intereses, demonizan la cocaína y hasta impulsan guerras como la de Colombia o matanzas como las de campesinos en Bolivia. Supuestamente con el fin de impedir su consumo a “jóvenes perdidos”. Pero es sabido que sus mayores consumidores por capacidad adquisitiva, por aceleración de ritmo de vida y por “vicio” nada más, son sus propios directivos, ejecutivos y empleados. Demonizarla la pone de moda. Fue la gran enseñanza que dejó la “ley seca” en las primeras décadas del siglo XX en Estados Unidos. En aquel entonces, la sangre asolaba también las calles de Chicago y de las principales ciudades norteamericanas. La legalización del alcohol no aumentó la cantidad de alcoholistas, simplemente hizo que las mafias cambiaran de ramo. Lo único que logra la sola prohibición de un narcótico es estimular su consumo y hacer de la represión del mismo un gran negocio de los que la producen y la distribuyen y de los que organizan su represión.

Es interesante también observar cómo prende más el consumo de ciertos tóxicos que de otros, según el imaginario de época. La marea anticonsumista, ecologista y hippie de los años sesenta, asentada en fantasías y sueños paradisíacos y humanistas, propulsaba el consumo de alucinógenos: marihuana, lisérgico, hongos. La marea de yuppies y demás subproductos de las bolsas de valores y de la hipomanía corporativo financiera, necesita sentirse “dura” y le mete a la “merca”. Los delincuentes de suburbio y la banditas de barrios pobres, “curten” los mismos semblantes y en consecuencia la misma porquería, claro que mucho más barata y degradada con mezclas diversas. Los ’60 y los ’70 del siglo XX promovían ilusiones. Los comienzos del XXI, promueven a ritmo maníaco: agresividades, rivalidades y afanes de dominio. Advenidos los fracasos: depresiones, histerias y anomias anarquizantes. ¡Finales del menemismo dixit!. No porque sí, el DSM IV rebautizó a la psicosis maníaco depresiva con un nombre más elegante y acorde a la época: “bipolaridad”. Antes comunismo/capitalismo, ahora “joven” Norteamérica con sus virreyes ingleses en Europa vs. “vieja” Europa. Siempre tiene que haber un “otro” siniestro, aunque momentáneamente sea revestido con las caras de fundamentalistas musulmanes de mirada fiera, homicidas/suicidas cargados de bombas, o de cubanos de verba y barba inflamada, o norcoreanos atómicamente amenazantes. Los tóxicos inductores de ensueños y alucinaciones ya no son funcionales. Sí lo son: la cocaína, las anfetaminas, el éxtasis y otras varias, que estimulan a gastar energías locamente hasta que el agotamiento voltee al cuerpo. ¡Gocen: ejecutivos, gerentes, directores, presidentes! Que el Dios oscuro del gran capital se alimenta con fruición de vuestras carnes excitadas. ¡Vayan preparando a sus hijos en los tours por las megadiscos, para que a golpe de agua mineral y de éxtasis adquieran la creencia que el cuerpo no se gasta y que la muerte sólo le ocurre a los pobres y a los que tienen la desgracia de ser capturados por algún “secuestro express” o asalto fallido.

Pero... el alerta ante los fármacos ¿es lo único que podemos aprender de la experiencia de este siglo que pasó y de los albores del que se inicia?
¿La idea de Freud de ofrecerle cocaína a su amigo Fleischl para tratar de apartarlo de la morfina era absolutamente tonta? Hay varios países en los cuales el Estado provee gratuitamente de drogas sustitutas a adictos a otras más agresivas, para facilitarles ir desprendiéndose de ellas. A veces, incluso, aminorando las dosis de las que consumen, para sortear el síndrome de abstinencia en los tratamientos de desintoxicación. Claro que nada de esto resulta sustentable (palabra de moda en la dirigencia política internacional) si tratamientos por la palabra no acompañan el emprendimiento. Y cuando digo tratamientos por la palabra no me refiero sólo al psicoanálisis. Desde los grupos de Narcóticos anónimos, tratamientos de familia y/o de pareja, pasando por hospitales de día y sus diferentes dispositivos hasta el psicoanálisis, son muchas las rutas que se pueden recorrer sin contradicciones. Claro que es necesario observar a todas ellas y muchas veces supervisarlas, desde el psicoanálisis. Lo mismo debe hacerse también, con los tratamientos psicofarmacológicos de diferente orden.

Las últimas investigaciones de algunos neurocientíficos3 generan mejores condiciones de posibilidad para efectivizar uno de los primeros sueños4 del Dr. Freud en los tiempos que consumía cocaína. Soñó con encontrar en las neuronas del sistema nervioso central, las localizaciones de los efectos de lo percibido y su transformación en recuerdos que sólo podían recordarse en circunstancias muy particulares (levantada la represión). O no ser recordado nunca, pero no por eso no producir consecuencias. Lo percibido como presencia y lo percibido como ausencia. O sea lo que genera diferencias de tensión que se vehiculizan a través de las pulsiones que pueden ser satisfechas transitoriamente; y que toman la forma de deseos inconscientes imposibles de satisfacer, pero realizables parcialmente en los fantasmas que los sostienen. Escenas soñadas en ese sueño, fueron “hechas realidad” más de cincuenta años después. Otras lo son en esta última década. Lo que se está encontrando es cómo y dónde se asientan los efectos del significante (en el sentido psicoanalítico) y de lo simbólico en general en el ser parlante. Estos descubrimientos abren nuevas rutas para la colaboración entre psicoanálisis, neurobiología y genética, para llevar adelante nuevas investigaciones que pueden producir cambios fundamentales en el tratamiento de las psicosis, aportándole mucho mayor eficacia. Podrían tornarse ubicables y abordables con otras técnicas y ya no sólo por la palabra, residencias emisoras de alucinaciones en las neuronas.
La vida nos enseña nuevamente, que el infierno puede alumbrar ángeles. Para cual hace falta el coraje de uno de sus principales habitantes, Herr Professor: Sigmund Freud. 
_____________
1 Me refiero al clásico libro de Ana Freud
2 Reconocidos en la mejores biografías de Freud vg. la de Emilio Rodrigué y en re análisis del sueño de “La inyección de Irma”
3 Ver mis artículos “¿Por qué siempre hay lugar para el postre?” en www.psyche-navegante.com Nº 57 y “Acerca de un lugar para el postre” en Página 12 (25 de setiembre del 2003)
4 Sueño que se llamó: Proyecto de psicología para neurólogos.
 
 
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