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   Investigación y consumo

De la celebridad: cocaína e ideal
  Por Fernando Geberovich
   
 
Bernfeld señala con razón que “al efectuar sus investigaciones sobre la cocaína, Freud siguió por primera vez un camino pro­pio”.1 Fue, en efecto, su primer tema de investigación no patroci­nado por “maestros”, y por lo tanto su primera transgresión de los estrechos límites marcados hasta entonces por su entorno científico.2
Sus investigaciones bibliográficas y la experimentación sobre sí mismo culminaron primero en un articulo publicado el 1° de julio de 1884, “De la coca”3, de lejos el mejor trabajo de la época sobre este producto. Escrito en estilo brillante, hace un repaso histórico de los estudios sobre la coca y luego, con sorprendente entusias­mo, preconiza su uso interno para el tratamiento de numerosas enfermedades, sugiere hipótesis clínicas y teóricas, algunas de ellas todavía válidas en farmacología, y aconseja su utilización en los casos de acostumbramiento a la morfina. Volveremos sobre ciertos aspectos del contenido de este trabajo. Digamos por ahora que, tanto E. Jones como E. Bernfeld, encuentran en él lo que seguirá siendo “un hecho único en las obras de Freud: una notable mezcla de objetividad y especial calor, como si estuviese enamorado de su tema”.4 Esta actitud se trasluce en el empleo ocasional de palabras un tanto inusuales para un trabajo científico. Por ejemplo, en vez de hablar de una dosis de cocaína, habla de un “don” de cocaína (Gabe), o bien menciona “la extraordinaria excitación” que sienten los animales a los que se han aplicado inyecciones experimentales de cocaína.5 Rechaza vehementemente las “calumnias” publicadas so­bre esta preciosa droga6 y se declara “convencido de que ese recha­zo (del que era víctima la coca) es inmerecido”.
Bernfeld observa que aunque se trate de un informe objetivo, semejantes medios indirectos le imprimen una corriente subterrá­nea marcadamente persuasiva; sus cualidades artísticas fueron una de las causas –y no de las menores– del interés que despertó “Über Coca” en 1884 y 1885.8 Era, digámoslo, un articulo mili­tante. Se habría podido afirmar que Freud unía su destino a la cocaína como si debieran hacerse célebres juntos, el objeto y su caballero, el uno por el otro, en un destino indisoluble. Freud ter­mina su artículo con una premonición: “Las aplicaciones basadas en la propiedad anestésica de la cocaína deberían dar todavía mu­chos otros resultados.”9
Sabemos cómo siguió la historia.

No será Freud sino uno de sus amigos, Karl Koller, quien, ins­pirado por “Über Coca”, se hará célebre merced al descubrimiento del uso de la cocaína como anestésico local en oftalmología y en general en cirugía menor. Presentó su trabajo ante la Sociedad Vie­nesa de Médicos el 17 de octubre de 1884, tres meses y diecisiete días después de aparecer el artículo de Freud. Pero, contrariamen­te a lo que Freud esperaba, su defensa de la cocaína, lejos de apor­tarle un reconocimiento del mundo científico, estuvo a punto de ocasionar su definitivo descrédito. En efecto, los numerosos casos de cocainismo que, de 1886 en adelante, generaron una ola de pánico en el medio científico vienés, convirtieron el entusiasmo en repulsión. Freud es acusado, especialmente por Erlenmeyer, y no del todo sin razón, de ser un defensor de la «tercera plaga de la humanidad”.10 Creería uno estar leyendo la intriga de un drama romántico de Hoffmann, por entonces uno de los autores favoritos de Freud. Coca, la amante diabólica, embruja al héroe, lo aparta de su bienamada (Martha, la Ciencia), enciende los fuegos de la pasión y acaba por arrastrarlo a su perdición; o, como en Der goldene Topf hacia un paraíso que es tan sólo una criatura de sueño.

El descubrimiento de Karl Koller, el único que prestó algún servicio a la ciencia, probaba que la cocaína podía ser encarada como objeto de investigación y funcionar como modo de realiza­ción de ideales científicos. Pero, para Freud, este objeto debía fra­casar en otra parte; porque al cabo del tiempo, a posteriori, puede decirse11 que Freud probablemente no hubiera podido hacer nun­ca de la cocaína un verdadero tema científico. Lo apartaron de ello los atractivos “mágicos” de esta droga. Actuando como los restos diurnos en la construcción de un sueño, estas leyendas de la cocaína conducen directamente al “núcleo duro”, hasta la roca inclusi­ve, de sus preguntas a la Esfinge: la relación de Freud con el dolor. Dolor tal que, diez años después, él lo identificó y definió eleván­dolo al rango de concepto, al mismo tiempo que abordaba el de duelo: el Manuscrito G y el Proyecto son contemporáneos del ver­dadero comienzo de su autoanálisis, en 1895.
“Hemorragia interna” provocada por la irrupción de canti­dades excesivas hacia Y/ y ø; “la experiencia del dolor” pasará a ser, desde 1920, el “fenómeno especifico” del trauma. Si es verdad “que el dolor deja tras de sí facilitaciones permanentes en Y/, a la manera de un flechazo”,12 las leyendas de la cocaína, al encontrarse con esta facilitación, conectan a Freud directamente con el dolor de sus propios traumatismos. Pero nos estamos anticipando.

Para ordenar y resumir lo dicho, podemos limitarnos a esto: la cocaína, emplazada como objeto de los ideales, entorpeció en rea­lidad su deseo de ser reconocido por los representantes de la cien­cia oficial; tuvo incluso el efecto inverso: lejos de admitirlo como uno de los suyos, lo rechazaron. Devolución al remitente, brusca y sin apelación.
Podría sostenerse entonces que la pregnancia de un dolor inter­no no representable –el dolor psíquico cuyas huellas y “facilitación” averiguaremos más adelante– contaminó la relación de Freud con la cocaína como objeto científico, apartándolo de éste. De no ha­ber sido así, la cocaína lo habría conducido al descubrimiento de la anestesia local, eficaz contra el dolor físico, externo. Sin embargo, éste era precisamente el fin de su investigación hasta entonces, al cabo de una manipulación experimental, literalmente al alcance de su mano.13 Y ese dolor psíquico tenía tan sólo una relación metafórica con el que la cocaína debería vencer “científicamente”.
En este aspecto, la reacción de la opinión pública, que estuvo a punto de costarle su identidad de investigador, no habría hecho más que enunciar una sanción ligada a los orígenes de ese dolor irrepresentable pero desplazada al terreno de la condena moral so­cial.
En la escena de los ideales, la cocaína transforma a Freud de vencedor en perdedor, de héroe en charlatán; ¿qué ocurre con ella como objeto terapéutico en la escena de la cura?
(Auto)curarse

Mientras que, como representación, la cocaína participó en los ideales de Freud hasta 1887, como cosa él la usó para sí mismo al menos hasta 1895. En julio de 1887, incómodo, toma la pluma para defenderla por última vez. Y en julio de 1895 la habría usado nuevamente para su consumo personal, según el informe del sue­ño de la inyección a Irma que obra en la Traumdeutung. Decimos bien “la habría usado nuevamente”, porque después ya no pudo leerse nunca que ésa fuera efectivamente la última vez. Muchos años más tarde denunciará a la cocaína como parásito del pensa­miento, pero jamás lo hizo a propósito de los efectos nocivos que, como objeto, habría podido ejercer sobre él.
Freud cree ver de entrada en la cocaína un medio poderoso para aliviar y hasta suprimir sus propios sufrimientos. Desde sus primeras experiencias, efectuadas sobre sí mismo, adhiere con en­tusiasmo a las tesis de Mantegazza, para quien “la cocaína tiene casi siempre efecto en los casos de trastornos flincionales que hoy reunimos bajo el término de neurastenia”.14 Freud denominaba así a un conjunto de manifestaciones patológicas que por entonces él mismo padecía: estados transitorios de fatiga, apatía, depresión, trastornos digestivos, crisis de ansiedad, síntomas neuróticos que perturbaban principalmente su capacidad de trabajo intelectual.
La cocaína unificaba lo que Freud percibía como sus propios síntomas e inhibiciones, al tiempo que les daba un sentido en el interior de una causalidad biológica que necesariamente había de tranquilizarlo: “En dosis de 0,05 a 0,10 g –escribe Freud15–, la acción psíquica de la Cocaïn. mur. se manifiesta en una jovialidad y una euforia de bastante larga duración, que no se distinguen en nada de la euforia normal de una persona sana. Uno tiene la im­presión de poder dominarse mejor, de estar más fuerte y de poder trabajar mejor”. Y: “Alrededor de una docena de veces controlé so­bre mí mismo esa protección que la coca procura contra el hambre, el sueño y la fatiga, así como ese robustecimiento que ella ejerce con vistas a un trabajo mental.”16

La acción de la cocaína se revela benéfica tanto para anestesiar las necesidades fisiológicas y hacer olvidar los dolores, como para despertar y motorizar el rendimiento físico e intelectual.17 Freud se hacía lenguas de la prodigiosa acción estimulante de la coca. “Todas las opiniones concuerdan en que la euforia despertada por la coca no va seguida de ningún estado de lasitud, de ningún tipo de de­presión. Al contrario...”18 Y más adelante: “Todavía no es posible juzgar con certeza hasta dónde la coca nos permitirá aumentar la eficacia mental. Tengo la impresión de que un uso prolongado de la coca puede aportar un mejoramiento duradero en los casos en que el malestar proviene puramente de causas y fatiga físicas”.19 Y según sus cartas a Martha, la utilizó para calmar su impaciencia por volver a verla, para superar el fastidio de una velada mundana, para apaciguar la ansiedad de ser recibido por primera vez en el circulo de íntimos de Charcot... En síntesis, la cocaína pasó a ser para Freud el antídoto mágico, de un lado para anestesiar todo lo que, de fuente interna o externa, arriesgaba ser un obstáculo que lo alejara del logro de sus ideales, y del otro, para estimular todo aquello que lo acercaba a ellos: ideales que, lo veremos más adelante, pue­den resumirse en una doble representación: la Naturaleza y sus secretos, Amor y Ciencia, Femenino y Pensamiento. Pero este “pro­tector químico de los ideales” se transforma rápidamente en ídolo todopoderoso, como lo atestigua esta carta a su novia: “¡Ten cuida­do, Princesa mía! Cuando vuelva te besaré hasta que quedes toda roja y te atiborraré hasta dejarte bien rolliza. Y si te muestras indó­cil, ya verás quién de los dos es más filerte: la dulce muchacha que no come lo suficiente o el gran señor fogoso que tiene cocaína en el cuerpo. En mi última crisis grave de depresión volví a tomar coca y una pequeña dosis me remontó magníficamente. En la actualidad me ocupo de reunir todo lo que se ha escrito sobre esta sustancia mágica a fin de escribir un poema a su gloria.”

Este muy conocido pasaje muestra que, cuando el objeto de investigación pasa a ser el objeto en el cuerpo, el remedio se trans­forma en sustancia mágica a glorificar, y no podemos menos que constatar un fenómeno de erotización del ideal. La representación se demuestra cosa; el medio sustituye a la meta; la cocaína pasa a ser el objeto y hasta el sucedáneo del deseo, en lugar de ser su motor. Dicho de otra manera, un pase de prestidigitador y concre­tamente, un actuar, hace que la cocaína, inscrita primero como objeto idealizado desde la perspectiva del Ideal del Yo, se revele cosa “idolizada” que debería realizar mágicamente un ideal formal de perfección y, por consiguiente, funcionar como garante imagi­nario, aunque efímero, del Yo Ideal.
Cuarenta años más tarde, Freud dirá que la cocaína fue para él un allotrion, palabra griega que, en los círculos científicos de en­tonces, denunciaba peyorativamente la entrada en escena de un objeto extraño al universo de la ciencia, que se filtraría entre los objetivos intelectuales a fin de desviarlos. En efecto, el Littré (en su edición de 1876) define la allotriologie como el “defecto que con­siste en introducir en un discurso o doctrina ideas ajenas al fondo de éstos”. Sin duda, pero es interesante apuntar que un término vecino, “allotriophagie”, designaba por entonces en medicina la “depravación del apetito que lleva a comer sustancias no alimentarias”...
De la puesta en juego de una representación científica a la in­corporación literal de una cosa todopoderosa, un deslizamiento se produce: el ideal es fagocitado por el ídolo. Aquí la cocaína baliza el camino que arranca de la investidura de los ideales para intentar controlar aquello que, de los límites del cuerpo y de la realidad, revelaría “agujeros” superyoicos en las relaciones de Freud con ellos.

Fragmento extraído del libro Un dolor irresistible. Toxicomanía y pulsión de muerte, Letra Viva, Buenos Aires, 1998.
_____________
1. E. Jones (¿inspirado en Bernfeld?), La vie et l’oeuvre de Freud, París. P.U.F., 1958, vol, I, pág. 90.
2. [N. de A. 1997] Se puede, con un poco de humor, comparar este comentario de Bernfeld sobre Freud y la cocaína con esta constatación clínica: a menudo la droga aparece para el futuro joven toxicómano como su primer acto de independencia, su primer secreto, el lugar donde los padres no han podido seguirlo.
3. S. Freud, “Über Coca”, en Robert Byck, De la Cocaïne, Ed. Complexe, Bruselas, 1976.
4. S. Bernfeld, “Les études de Freud sur la cocaïne”, en Robert Byck, op. cit., pág. 285.
5. S. Freud, op. cit., pág. 89.
6. S. Bernfeld, op. cit., pág. 285
7. Ibid.
8. En su artículo introductorio a la compilación de textos freudianos sobre la cocaí­na, Robert Byck hace una crítica totalmente injustificada de las observaciones de Jones y Bernfeld. No se sabe muy bien qué fundamento tiene esta lectura, salvo quizás el que permite casar a la obra freudiana con la psicoflarmacología... “ya que ahora parece que las teorías psicológicas y biológicas de la enfermedad mental están llamadas a coexistir -escribe. Conviene (sic) particularmente tomar en consideración la contribución biológica de Freud” (en “De la Cocaine”, op. cit., p. 12). ¿Mr. Byck sería entonces un “celestino”? Cf. también la crítica de R. Byck por P. Eyguesier, Comment Freud devint drogman, París, Navarin, 1983.
9. S. Freud, op. cit., pág. 98
10.Después del alcohol y la morfina; según E. Jones. op. cit.. pág. 104.
11. Como lo escriben Bernfeld y Jones, pero sin ahondar en las razones.
12. S. Freud, “Esquisse”, capítulo VI, en Naissance de la psychanalyse, op. cit., pág. 327. “Entwurf einer Psychologie”, en Anfängen..., Frankfurt, Fischer Verlag, pág. 297.
13. Jones señala justamente que así como Freud había tenido éxito cuando sus objetos de investigación (en neurología) necesitaban del ojo (o del microscopio), se llevó desengaños cuando tuvo necesidad de la mano (la manipulación experimental).
14. S. Freud, “Über Coca”, op. cit., pág. 91.
15. Ibid., pág. 86; el subrayado me pertenece.
16. Ibid., pág. 87.
17. Veremos más adelante dc qué modo los escritos sobre la cocaína constituyeron de hecho, el primer modelo económico freudiano dirigido a explicar los efectos de aumento y baja de tensión.
18. Ibid., pág. 88.
19. Ibid., pág. 90.
 
 
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