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   Investigación y consumo

Freud y la cocaína
  Por Alicia Donghi
   
 
Ir más allá de la difundida concepción que sitúa a las sustancias como causa de las adicciones y desentenderse de tomar todo consumo de drogas como sinónimo de toxicomanía tiene la ventaja de favorecer un acceso sin prejuicios a testimonios, como el de Freud, de su estrecha relación con la cocaína. Desde ese punto de vista, el consumo personal de Freud debe quedar fuera de toda suspicacia. Se inscribe en la más pura tradición experimental en drogas psicoactivas, la del investigador que lo hace en sí mismo; serie en la que se pueden incluir las investigaciones de Moreau de Tours con el ha-schisch hacia mediados del siglo pasado, las pruebas de Gordon Alles con las anfetaminas en 1935 y, más recientemente, las de Albert Hoffman con el LSD. Sus frutos en la literatura no se hicieron esperar con Ch. Baudelaire, Th. DeQuincey, A. Huxley, C. Castaneda, etc. Freud queda también a resguardo, a la luz de avatares similares que han tenido otras drogas, aún las más sofisticadas. Ciclo que tiene el siguiente derrotero: de la difusión y adopción como panacea, hasta el descubrimiento de su nocividad, luego la restricción de su venta y despues prohibición y circulación marginal que genera criminalización y mercado negro. Ese ha sido el destino del opio, la morfina, la marihuana, la heroína, las anfetaminas etc.

A pesar del papel preponderante que tuvo en los comienzos profesionales de Freud esta sustancia, salvo los estudios sobre la cocaína realizados cuando era neurólogo, no produjo después ningún ensayo detallado sobre alcoholismo o drogadicción, sólo fragmentos anexos a otros temas. Por eso circula que Freud mantuvo un “affaire”1 con la cocaína (1884-1885), una década antes del sueño de la inyección de Irma, hito histórico en relación con el descubrimiento del inconciente e inaugural del psicoanálisis, ciertamente. Ignorado por sus más importantes biógrafos al punto que Ernest Jones lo reduce a un episodio para restarle magnitud. Experiencia que para darle el verdadero valor, es preciso contextuarla. Para esa fecha la cocaína no estaba muy difundida en Europa, no así en EE.UU., en donde no sólo no estaba prohibida sino que gozaba de cierto prestigio, tanto en los ámbitos médicos como fuera de ellos. Había obtenido fama de ser un buen digestivo, fortalecer el sistema nervioso, ayudar a no sentir fatiga y, algo inconcebible hoy en día, curar las adicciones. Incluso la Coca Cola y algunos vinos populares la contenían en esa época. Su venta era libre, de fácil acceso y sin receta. Recién hacia 1906 se generalizó la prohibición de la sustancia y en 1912 se firmó un tratado internacional que puso el producto bajo el control policial.

Este singular encuentro de Freud con la cocaína, resulta interesante no solamente cuando se considera el aspecto biográfico de su personalidad, sino también si se tiene en cuenta su influjo directo en el desarrollo del psicoanálisis. Los tres estudios sobre la cocaína constituyen su primer encuentro con la neurosis y su primer fracaso terapéutico. Merecen ser tomados en cuenta bajo ese sesgo anticipatorio, aunque sólo unas pocas páginas en la historia de la psicofarmacología los recuerden.
El ansia científica de Freud lo lleva a experimentar sobre su persona en 1884 y rápidamente completa su primer estudio “Sobre la coca” hacia mediados de ese año. Es curioso que en el mismo texto coincidan la rigurosidad de la ciencia y una apología mágica sobre los prodigios de su acción estimulante y anestésica, digna de un ejecutivo de Wall Street. Esta ambigüedad tamizada por prejuicios de biógrafos e intelectuales dio como resultado divergencias notables. Así como Jones relega su encuentro con la cocaína a un hecho episódico juvenil, casi aislado, Bernfeld y Bick sitúan a sus investigaciones como precursoras de la psicofarmacologia, restando valor a su consumo personal. Sin embargo la correspondencia con su novia, Marta Bernays da cuenta del lugar que Freud le daba a los estados que le producía, le dice en su carta del 2/6/1884: “Y si te muestras indócil , ya veras quien de nosotros es más fuerte, si la dulce niña que no come suficientemente o el gran señor fogoso que tiene cocaína en el cuerpo”2. Parecían en esa época convivir la exigencia de orden científico con la sugestión por sus efectos.

En su segundo estudio: “Contribución al conocimiento de los efectos de la cocaína” (1885), ya se nota un giro más científico, no se ocupa de las reacciones subjetivas que produce, sino de los efectos medidos con aparatos que permiten cuantificar la energía muscular y el tiempo de reacción. Es así que comprueba que los efectos estimulantes de la coca pueden ser producidos por el propio organismo al verificar, que en una persona débil pueden liberar la misma energía de la que dispondría una persona con un mejor estado general. Hay una relación entre esta cuantificación de los efectos y el comienzo de la disolución de su vínculo privilegiado con la sustancia. Ya no es tan necesaria, ni excepcional y puede dudar de una recomendación terápeutica para todos los casos.

En su tercer estudio: “Anhelo y temor de la cocaína” (1887) Freud la defiende de quienes la catalogan como peligrosa y creadora de hábitos –“tercera plaga de la humanidad”, la definió un médico alemán– argumentando con sus propias experiencias y haciendo la salvedad de que sólo produce adicción entre aquellos adictos a la morfina que en sus curas de supresión hacen un mal uso de la cocaína, cambiando una por otra. Aconseja su uso terapéutico en casos de hipocondría, neurastenia y la misma histeria. La disposición de Freud de llevar hasta las últimas consecuencias (como en toda su obra) su interrogación científica lo llevará al fracaso y a una pronta rectificación, de la que el psicoanálisis es deudora. Tope ético ya que deviene culpable: su amigo Fleischl (que ocupara el lugar al que advino luego Fliess) muere de sobredosis, a partir de la recomendación de Freud de tomar cocaína para curarse de su adiccion a la morfina. Dice en el sueño de la inyeccion de Irma: “Por entonces, me administraba con frecuencia cocaína para reducir unas penosas inflamaciones nasales... una paciente que me imitó había contraído una necrosis de la mucosa nasal. La recomendación de la cocaína que yo había hecho en 1885 me atrajo también muy serios reproches. Un caro amigo, ya muerto, apresuró su fin por el abuso de este recurso.”3
Luego de las críticas recibidas por sus estudios, el “cifrado” de sus efectos y la confirmacion del fracaso terapéutico con su amigo, la cocaína deviene contingente. Decae su entusiasmo por la función de los medicamentos en la cura, dirigiendo su atención a los metodos terapeúticos de Charcot (la hipnosis y la sugestión), abandonando la apuesta a la sustancia y a la lesión nerviosa como tangible. Este cambio en el interior del discurso va a terminar de operarse en el sueño de la inyeccion de Irma, como bien lo señala más tarde Lacan (un mensaje de Freud en primera persona) en el Seminario 2: “Soy aquel que quiere ser perdonado por haber osado empezar a curar a estos enfermos, a quienes hasta hoy no se quería comprender y se desechaba curar [...] Soy aquel que no quiere ser culpable de ello, porque siempre se es culpable de transgredir un límite hasta entonces impuesto a la actividad humana [...] No soy allí sino el representante de ese vasto y vago movimiento que es la búsqueda de la verdad.”4

Freud precisa así su relación privilegiada a la verdad del inconciente y triunfa ahí donde el sujeto adicto y él mismo, antes, –por su identificación con la droga– fracasaron. Desde el descubrimiento mismo del psicoanálisis se presenta la incompatibilidad entre la apuesta al tóxico y al análisis. El testimonio del propio Freud con la sustancia nos puede revelar puntos oscuros e inedulibles de cualquier pasaje de una posición a otra. Así como para que un analizante advenga es preciso que el goce del objeto y la culpa concomitante se anuden al surgimiento de la verdad en el campo del Otro, por la inscripción de esos efectos, así Freud hizo este recorrido vía la escritura de los efectos del goce con la cocaína en sus escritos, permaneciendo la culpa contraída en su inconciente. Una década después, el sueño de la inyección de Irma revela en su cifrado ese duelo detenido, y su resolución marca la afirmación del psicoanálisis como discurso.
Los escritos sobre la cocaína adquieren su interés, peso y valor, porque guardan respecto a la invención del psicoanálisis, un lugar de antecedencia que no podría ser reducido a una mera consideración cronológica. Cuando Freud ingiere coca lo hace como consumidor, para obtener una sensación de bienestar. Pero también se encuentra dividido entre la posición del que consume y al mismo tiempo observa la experiencia como investigador. En rigor, en la práctica, la cocaína actúa para Freud como una suerte de “transformador”, capaz de convertir la libido retenida en energía disponible productivamente, en cierto sentido, “un dispositivo químico de sublimación”.5
Retomando la interrogación inicial: la relación de Freud con la cocaína –más bien su caída y su decepción– es lo suficientemente importante como para ponerla, junto a la hipnosis y la talking cure, en la serie fundacional de la técnica analítica. Trayecto que deberá hacer cualquier paciente que del flash inicial con la sustancia y la magia concomitante pase a arrepentirse de su utilización e intentar soportar su abstinencia, lugar que al vaciarse dé espacio a la palabra hasta entonces amordazada por el tóxico, duelo necesario a veces para pasar de ser un alma en pena a tener, tan sólo, penas en el alma.

___________
1. Epílogo de la primera edición en castellano de los escritos de Freud sobre la cocaína: Sigmund Freud. Escritos inéditos, 1977.
2. Freud, S., “Über Coca” en Escritos sobre la cocaína, Anagrama, Barcelona, 1980, p. 106.
3. Freud, S, La interpretacion de los sueños, Amorrortu, Bs. As., 1979, pp. 128-141.
4. Lacan, J., Seminario 2, Paidós, Bs. As., 1983, pp. 258-259.
5. Scavino, R.; Pujo, M., “Freud y la cocaína”, en Psicoanálisis y hospital, N°16.
 
 
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