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   La acción analítica

La posición de Lacan: deseo del analista (2º parte)
  Por Carlos Gustavo Motta
   
 

En el seminario La transferencia, Lacan dedica una clase, la del 8 de marzo de 1961, a trabajar el tema de la contratransferencia. Dice: “la noción de contratransferencia ha estado presente en el análisis” (pág. 210). Existen respuestas a ciegas de parte del analista, y quizás sean provocadas por su falta de análisis. Son intervenciones fallidas, inoportunas, erróneas. Más adelante (pág. 217): “Desde hace algún tiempo, se admite efectivamente en la práctica que el analista ha de tener en cuenta, en su información y en su maniobra, los sentimientos, no que él inspira, sino que experimenta en el análisis, es decir, lo que se llama su contratransferencia”.

Señalamos el párrafo que se ocupa de Paula Heimann (pág. 218): “Paula Heimann, nos participa de ciertos estados de insatisfacción o de preocupación que ella experimenta. Según ella misma escribe, se trata incluso de un estado de presentimiento. Así se ha encontrado en una situación que, para experimentarla, no es preciso ser viejo en esto del análisis, porque es muy frecuente enfrentarse a ella en los primeros tiempos de un análisis. Cuando un paciente se precipita... a tomar decisiones prematuras, ...ella sabe que es algo a analizar, a interpretar y, en cierta medida, a contrariar. Pero en este caso particular, menciona un sentimiento muy molesto que experimenta y que, por en el mismo textoara ella el signo de que tiene razones para preocuparse especialmente. Y en su artículo muestra cómo este sentimiento le permite comprender mejor y llegar más lejos”.


A continuación menciona al psicoanalista Roger Money-Kirle y su artículo “La contratransferencia normal y algunas de sus desviaciones” (“Normal countertransference and some of its deviations” en International Journal of Psychoanalysis, vol. 37. 1956), que había sido presentado en 1955 en el Congreso de Ginebra. Consideremos en primera instancia, situar lo que propone Money-Kirle. Dice: “El analista está involucrado en el bienestar de su paciente sin quedar emocionalmente implicado en sus conflictos. Implica que el analista posea cierta tolerancia que es lo contrario de la condena, sin ser por ello lo mismo que la complacencia o la indiferencia. La inquietud por el bienestar del paciente se origina en la fusión de dos pulsiones: la pulsión reparadora y la pulsión parental, entendiendo por ésta última, que el analista puede involucrarse por reconocer en el paciente a su niño inconciente. Reconoce su self precoz”. Money-Kirle describe este proceso de esta manera: mientras el paciente habla, el analista puede identificarse por introyección con él y tras haberlo comprendido desde el interior la reproyecta e interpreta. Lacan señala esto como una ilusión de comprensión, teniendo en cuenta que comprender implica el riesgo de identificarse.

Veamos el caso clínico que se encuentra traducido por Vicente Palomera en su presentación sobre “Lacan y la contratransferencia”, publicado por editorial Paidós, en Los diálogos Klein-Lacan.
Se trata de un paciente neurótico, dice Money-Kirle “en el que destacaban mecanismos paranoicos y esquizoides. Llega a una sesión mostrándose lleno de ansiedad por no haber podido trabajar en su oficina. También se había sentido vago e incierto en el camino, como si le pareciera que podía perderse o ser atropellado, y se desprecia a sí mismo como inútil. Recordé una ocasión similar, en la que durante un fin de semana el paciente se había sentido despersonalizado y había soñado con haber dejado en una tienda su equipo de ‘radar’, que no podía recuperarlo hasta el lunes. En esa oportunidad pensé que, en su fantasía, él había dejado en mí, partes de su “yo bueno”. Pero no estaba muy seguro de esto, ni de otras interpretaciones que empecé a dar, y él, por su parte, pronto empezó a rechazarlas todas con creciente enfado. Al mismo tiempo, me insultó por no ayudarlo. Terminada la sesión ya no estaba despersonalizado, sino muy furioso y despreciativo. Era yo quien entonces se sentía inútil y burlado.

Posteriormente reconocí mi estado emocional como similar al descrito por él al principio de su sesión. Llegué a sentir el alivio de una reproyección. Para entonces, la sesión ya había terminado, pero él se mantuvo con la misma actitud al principio de la siguiente: es decir, continuaba enfadado y despreciativo. Entonces le dije que en mi opinión él me había reducido al estado mismo de vaguedad inútil por el que él había pasado, y que consideraba que lo había hecho para colocarme ‘en el diván’ haciéndome preguntas y rechazando mis respuestas de la misma manera como lo hacía con su padre. Su respuesta me sorprendió. Por primera vez en dos días, se tranquilizó y se quedó pensativo, y luego dijo que esto explicaba por qué había estado tan furioso conmigo el día anterior:
–Ah ¡Usted me lo dice! Estoy muy contento, porque cuando el otro día me interpretó ese estado, yo pensé que lo que me estaba diciendo hablaba de usted y no de mí.
Lo mismo que en una película en cámara lenta, aquí podemos ver varios procesos distintos, que en un período ideal o normal, deberían producirse con gran rapidez. Creo que empecé, por decirlo así, aceptando al paciente en mi interior, para identificarme proyectivamente con él, en cuanto se puso a hablar de su agudo malestar. Pero yo no pude reconocerlo inmediatamente como correspondiéndose con algo ya comprendido por mí, y por esa razón fui lento en salir de mí para dar una explicación y de este modo aliviarlo a él. Por su parte, él se sentía frustrado por no conseguir interpretaciones efectivas, y reaccionaba proyectando en mí su sensación de impotencia mental, comportándose al mismo tiempo como si hubiese tomado de mí lo que creía haber perdido, el intelecto claro pero agresivo de su padre, con el que atacaba en mí su imponente yo. ¿Cómo corregir entonces, una desviación respecto de la contratransferencia normal?

Para entonces, naturalmente, era inútil intentar recobrar el hilo allí donde lo había perdido primero. Había surgido una situación nueva que nos había afectado a los dos, y antes de que pudiera interpretarse el papel de mi paciente en provocar dicha situación, yo tenía que hacer un trabajo silencioso de autoanálisis que implicaba la discriminación de dos cosas que pueden experimentarse como muy similares: mi propia sensación de incompetencia por haber perdido el hilo, y el desprecio del paciente hacia su impotente yo, que le parecía estar en mí. Habiendo obtenido esta interpretación para mí solo, a continuación pude pasar su segunda parte a mi paciente, restaurando así la situación analítica normal”.
El comentario que realiza Lacan sobre este caso está en relación al llamado vaivén entre la introyección por parte del analista del discurso del paciente. Money-Kirle admite la normalidad de este efecto puesto que la demanda introyectada es perfectamente comprendida, sólo si el analista no comprende, se verá afectado y se produce una desviación de la contratransferencia normal.
Lacan señalará en este capítulo y en el siguiente del Seminario 8, que es preciso que el analista conozca que el criterio de su posición correcta no es que comprenda o no: “No es esencial que el analista comprenda. Es más, hasta cierto punto, puede ser preferible que no comprenda a que tenga demasiada confianza en su comprensión”.
Hay que dar lugar al malentendido.

En la clase del 27 de febrero de 1963, del Seminario 10. La angustia, Lacan se ocupa del concepto de contratransferencia trabajado por Margaret Little en su artículo de 1951 “La totalidad de la respuesta del analista a las necesidades de sus pacientes”. Para esta psicoanalista se trata de elementos reprimidos, por lo tanto no analizados hasta ese momento en el analista. Son elementos que escapan al análisis personal del analista. Para Little el analista debe ser capaz de mostrar y comunicar sus sentimientos a los pacientes. No debe haber distancia entre analista y analizante, son inseparables.
La clase del 26 de marzo de 1963, del citado seminario, Lacan se ocupa de Lucy Tower y de su “Artículo sobre la contratransferencia”, tal es el nombre de la comunicación de la psicoanalista inglesa, quien sostiene que “las principales diferencias giran en torno a considerar al analista como un espejo o bien como un ser humano”. Sostiene que los desarrollos contratransferenciales son naturales, inevitables e incluso deseables en cualquier tratamiento psicoanálitico, incluyéndolos como contraparte de los fenómenos transferenciales. Lacan en esta clase de su Seminario, señala que ella descuidó el deseo de paciente por la contratransferencia y que en este caso, la analista rectifica a partir de un sueño soñado por ella misma, ubicando sin saberlo el pasaje de la contratransferencia al deseo del analista.

Lacan va ilustrando, entonces, de manera diversa una crítica radical al uso de la contratransferencia.
El problema no consiste en saber si hay que considerar la contratransferencia como un obstáculo que el analista debe neutralizar y después superar. No es útil considerar la cuestión desde el ángulo de la comunicación necesaria entre analista y analizante para que éste recupere sus puntos de referencia subjetivos.
Por todo ello, la noción de contratransferencia, para Lacan, carece de objeto, puesto que en definitiva, este concepto señala los efectos de la transferencia que alcanzan al deseo del analista, no como persona, sino en tanto él es puesto en el lugar del Otro por la palabra del analizante, es decir en una tercera posición que hace la relación analítica irreductible a una relación dual.
En el Seminario 11. Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis (1964) Lacan dice que “La transferencia, es un fenómeno en el cual están incluidos conjuntamente el sujeto y el analista. Dividirlo en los términos de transferencia y contratransferencia, por mucha que sea la audacia, la desenvoltura, de las declaraciones que se permiten algunos sobre este tema, siempre es una forma de eludir la cuestión”.
Lacan no niega que el propio analista pueda tener algún sentimiento hacia su analizantes, pero que él mismo, sirva para interrogarse qué lo provocó y qué le provoca, a fin de posicionarse óptimamente en la dirección de la cura.

 
 
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