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El ocaso del analista "inhumano"
  Por Héctor López
   
 
En sus textos sobre la fantasía, Freud acentúa la relación que ella tiene con el arte, la literatura, el teatro; si bien es cierto que la fantasía no es social, es sin embargo creadora de cultura.
El énfasis puesto por Lacan en la relación entre el fantasma y el goce parasitario derivó en el descrédito de la función mediadora de la fantasía y en un cierto estilo “poslacaniano” de analizar que podríamos llamar “psicoanálisis performativo”. En él impera la exigencia de que el acto analítico sea un acto puro, sin contaminación discursiva; el corte sin el recurso a la palabra. Todo lo que sea relato (incluso de los sueños), historia, construcción, ficción, es postergado en el análisis, en culto a la sesión breve y en nombre del “acotamiento del goce”.

La infiltración de la cultura posmoderna en esta práctica es evidente; fin de la historia: basta de construcciones freudianas; fin del relato: basta de asociación libre; fin de las ficciones: basta de la interpretación de los sueños y de las fantasías; fragmentación de los acontecimientos: técnica del corte. En fin, el pragmatismo del resultado, no la construcción del recorrido.
Se trata de una clínica que postula como ideal un “analista inhumano” para el cual el precepto de “hacer el muerto” asume la forma siniestra de la “apatía” sadeana. Apatía frente a toda circunstancia y a todo accidente vital del analizante, donde el analista no conoce, no digamos ya su historia o sus sueños, sino que no sabe ni siquiera su nombre.

Lacan no fue del todo inmune a los modelos pragmáticos de la posmodernidad y, según testimonios serios publicados, orientó su práctica en un desconcertante estilo de intervención conductista alejado del procedimiento freudiano.
En el libro en francés aún no traducido al español: El día que Lacan me adoptó, Gerard Haddad describe su análisis con Lacan mostrándolo como un verdadero gurú conductista, aprobando y desaprobando; por momentos aconseja, se enoja, se alegra, y siempre produce la fascinada dependencia hacia un sujeto–analista que poco a poco se convierte en un Dios (sic). A tal punto que al final del análisis, Haddad pasa de haber sido un ateo-marxista convencido, a ser un judío religioso. Pero de todos modos, el estilo trasgresor de Lacan estaba lejos de la apatía inhumana, y más bien cerca del compromiso personal, “vacilación calculada” seguramente, de una pasión “ferencziana”.
Tengamos en cuenta además que Lacan nunca quiso imponer su modalidad como analista. Al contrario, aconsejó “¡Hagan como yo, no me imiten!” Es decir: yo no lo hago con Freud, no lo hagan ustedes conmigo. Esto no es ni más ni menos que seguir el precepto de “Consejos al médico” cuando Freud dice que la técnica es una herramienta que cada cual debe adaptar a su propia mano. En cambio, la razón que se escucha para validar la práctica inhumana es: “lo hago porque Lacan lo hacía”.

Por otra parte, Lacan no es sólo el “último Lacan” recargado. También es el que escribió en la “Dirección de la cura y los principios de su poder”: “la fantasía en su uso fundamental es aquello por lo cual el sujeto se sostiene al nivel de su deseo evanescente.”
¿Qué quiere decir esto? Que el análisis no promueve el “deseo puro” sin fantasma. Por otra parte, en los ejemplos de intervención desconstructivista referidos por sus cultores, es difícil encontrar alguna que no confunda “realidad” con “real”, y que no pueda ser redefinida, en última instancia, como fortalecimiento del yo.
Si bien es cierto que Lacan dijo que el analista debe renunciar a la “relación interhumana, a su calor y a sus engaños”, se refería por cierto a la necesidad del analista de dejar de lado sus propios sentimientos, no a desoír las demandas del analizante. ¿No afirma acaso rotundamente en el escrito citado que el analista debe sostener (apoyar, dice el texto) la demanda del analizante?

Al final del Seminario 11 advierte que el deseo del analista, y por lo tanto el que está en juego en la transferencia, no es un deseo puro. ¿Por qué? Porque el deseo puro sólo tiene en cuenta el cumplimiento de una máxima que se instituye como absoluta: limpiar al dispositivo analítico de todo residuo de goce del sujeto, hacer también del analizante un sujeto del deseo puro. Cuando se prohíbe el goce fantasmático sin otra elaboración más que el corte, el goce retorna del peor modo; ya no articulado a la fantasía sino como voluntad de goce: al Otro “inhumano” responde en el analizante el deseo masoquista de ser ese “objeto del sacrificio ofrecido a los dioses oscuros” que menciona Lacan en el Seminario 11.
No decimos por eso que el analista sea el complemento sádico de ese goce; su posición también es de obediencia a la función de hacer cumplir la voluntad suprema. Ambos actúan, como los antiguos cruzados, Ad majorem Dei gloriam. La cura sin duda debe producir una profunda modificación en los modos de defensa y de goce fundamentales del sujeto. Lacan habló de “elaboración”, también de “purificación” del fantasma, nunca de su eliminación.

Por eso entiendo que la clínica no consiste en promover lo real, pero tampoco lo simbólico, y menos aún lo Imaginario. La clínica se define por ser clínica de lo nodal, donde la equivalencia entre los tres registros impone simultáneamente: 1. En lo simbólico, el trabajo con el significante: la interpretación. 2. En lo real, el acotamiento del goce de las repeticiones pulsionales: el corte. 3. En lo Imaginario, registro tan importante como los demás: una cierta reconstrucción del sentido, que siempre será fantasmático, pero no ya para mantener al sujeto atado a un goce sin Otro, sino para favorecer, al estilo freudiano, la construcción de un mundo donde encontrar satisfacciones.

Si bien es cierto que la intervención analítica introduce el “sin sentido” que divide al sujeto, se debe tener en cuenta que sans sens sigue perteneciendo al campo del sentido, no sólo como oposición a él sino como producción en un nivel diferente. No debe confundirse con hors sens que arroja al sujeto “fuera del sentido”, al campo innominado de la angustia. Si Lacan dice en el Seminario 21 “nuestro límite es el sentido”, es porque más allá sólo reina la perplejidad, la angustia. Si no trabajamos en la producción de un sentido nuevo, es ley que el sentido de todos modos se reconstruya solo, pero entonces únicamente para favorecer la resistencia del goce.
Esta cuestión se hace más y más crucial en esta época posmoderna donde todo el campo del sentido ha sido arrasado, y donde el sujeto no atina a responder a la pregunta “¿Qué me quiere?” Toda la cultura de hoy nos enfrenta con lo real. Las “nuevas patologías” lo demuestran; son las que implican precisamente una destrucción del fantasma, una caída de lo imaginario, y una inmersión del sujeto en la angustia. Por eso, el fin de análisis además de confrontar al sujeto con lo real de su división, debe reconstruir algo del relato particular que le permita ocupar un lugar propio en la cultura.

Afortunadamente hay ciertos indicios en la cultura y en la sociedad, recogidos y repensados por autores locales y extranjeros (Cf. por ejemplo: E. Grüner, El fin de las pequeñas historias, Paidós, Bs. As, 2002), que preanuncian el fin de la posmodernidad y el retorno a la nueva-vieja época de las ficciones y los grandes relatos. Entonces estaremos a las puertas del ocaso del analista “inhumano” y del redescubrimiento del análisis freudiano.
Para terminar, repetiré una vez más las palabras finales de “Función y campo de la palabra y del lenguaje”, cubiertas hoy de polvo en nombre del “último Lacan”: “Puede también captarse en el final del análisis que la dialéctica no es individual y que la cuestión de la terminación del análisis es la del momento en que la satisfacción del sujeto encuentra cómo realizarse en la satisfacción de cada uno, es decir, de todos aquellos con los que se asocia en la realización de una obra humana.” ____________
Gérard Haddad, Le jour oú Lacan m’a adopté. Mon analyse avec Lacan, Paris, Bernard Grasset, 2002.

 
 
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