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La competencia narcisista, un entrenamiento para la lucha de clases, nuestro juego cotidiano
  Por Manfredo Teicher
   
 
Con la introducción de la tercera herida al narcisismo humano, Freud creó el psicoanálisis. Con sus dos facetas, por un lado, un cuerpo teórico que intenta conocer y explicar la conducta humana y por el otro, un método terapéutico que hoy pretende superar las expectativas de su fundador, ya que muchos psicoterapeutas se atreven a, no sólo enfrentar, sino hasta “curar” con el psicoanálisis a un sujeto cuya conducta es considerada psicótica.
El encuentro con el Inconsciente presenta el serio problema de la angustia que suele surgir en cualquier investigador que se atreve a lo que llamamos insight. Encontrar dentro de sí deseos e impulsos nada elegantes puede superar la capacidad de tolerancia de cualquiera. Y, según esa teoría, defensas como la negación, la proyección y la represión, intentan evitar esa angustia. Pero la tolerancia a la frustración tiene sus límites. Freud ya lo vio al señalar en El malestar en la cultura: “No debe menospreciarse la ventaja que brinda un círculo cultural más pequeño: ofrecer un escape a la pulsión en la hostilización a los extraños. Siempre es posible ligar en el amor a una multitud mayor de seres humanos, con tal que otros queden fuera para manifestarles la agresión… Le di el nombre de «narcisismo de las pequeñas diferencias»”

Podemos definir a los seres humanos como empedernidos deportistas cuyo deporte favorito es la competencia narcisista que, cuando las circunstancias lo permiten, nos sumerge en la lucha por un poder, nunca suficiente. Entre todos y contra todos. Somos buenas personas que denunciamos el abuso de los que detentan el poder... cuando no lo tenemos. Es el lugar del poder el que ilustra la vitalidad de la criatura que alguna vez fue his majesty the baby. Competimos para ganar (someter) y poder desprendernos del molesto barniz social que cubre nuestras intenciones. Competencia que se da tanto dentro del grupo de pertenencia como entre los mismos. En el encuentro cotidiano, la competencia narcisista es un entrenamiento para la lucha de clases, donde todos queremos estar arriba y mantener a otros por debajo.
Las reglas del juego sugieren mantener ese deseo reprimido en el inconsciente.

El inconsciente está reprimido pero continúa siendo eficaz. Freud le puso el nombre de “Narcisismo de las diferencias” a la lucha de clases, al racismo, a la guerra, a los genocidios, consecuencias directas del juego social. Pero también la espiral dialéctica de las artes, de la ciencia, de la tecnología, del deporte, son algunos de sus resultados. La meta es acercarse lo más posible y de cualquier modo, a la categoría de Ricos y Famosos.
La convivencia social sería imposible si diéramos rienda suelta a los deseos que surgen naturalmente en cualquier sujeto humano. Cada uno de nosotros alberga en el fondo de su alma una criatura soberbia, arrogante, prepotente y caprichosa que entiende que es lo más maravilloso del universo, por lo que le corresponde el derecho, de origen divino, de que los demás estén a su disposición incondicionalmente, sea como objeto sexual o sumiso trabajador. Considera que la felicidad de los otros consiste en atender a sus caprichos y merecen ser aniquilados si se niegan a estas demandas. Lógicamente, la prohibición del incesto y del homicidio, no son freno para sus pretensiones. Pero como la vida en sociedad, es una necesidad vital y todos pretenden lo mismo, se hizo imprescindible controlar y limitar las pretensiones de esta criatura. El ser humano aprendió a compartir y a colaborar con sus vecinos, es decir, a ser solidario. La educación forma una parte adulta de nuestra personalidad que está dispuesta a respetar al otro, reprimir esa criatura caprichosa y hacer todo el esfuerzo necesario para ganarse a través del cariño, el estudio y el trabajo, el respeto y el cariño del otro semejante.

Ambas partes de nuestra personalidad – la criatura caprichosa y la que la reprime – mantienen una lucha constante y sin fin. El problema que la sociedad enfrenta sin resultados demasiado alentadores es la necesidad de frenar la hostilidad que la criatura va acumulando por las inevitables frustraciones que debe soportar.
La pulsión de dominio (Bemächtigungstrieb) evoluciona en la subjetividad de cada uno. El deseo de recibir un reconocimiento positivo incondicional, en conflicto dialéctico con el imaginario social (el superyó social) de los distintos grupos de pertenencia en los que un sujeto intenta y logra incluirse, modula su identidad.
Siempre se intenta ocupar una posición superior. Nadie quiere estar abajo.

La inteligencia humana ha creado y desarrollado una ética, con emotivos valores como democracia, libertad, igualdad, fraternidad. Con ella pretende controlar el exceso de lo que podemos entender nuestra herencia animal: la crueldad, el abuso de poder contra el semejante. Según la historia y cualquier noticiero, en esa lucha no es justamente la ética la vencedora.
El psicoanálisis pretende que la gente levante la represión y conozca lo que oculta en su inconsciente, pero para formar su inconsciente el sujeto se ha esforzado lo suficiente como para resistirse a deshacer lo que tanto trabajo le dio hacer. Eso hace comprensible la resistencia al psicoanálisis por más ventajas que este pueda tener.
 
 
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