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   Colaboración

La intervención analítica en las psicosis
  Por Amelia Haideé  Imbriano
   
 
Medio siglo de freudismo aplicado a la psicosis deja su problema todavía por pensarse de nuevo”.

En relación con el análisis de psicóticos, Freud insistió en sus reservas y Lacan en su prudencia. Para los neuróticos hay una dirección de la cura y para los psicóticos habría un tratamiento posible.

¿Qué puede hacer un psicoanalista frente a un psicótico?: Indudablemente presta su significante, y también su presencia, o sea, su capacidad de soportar la transferencia delirante. Si el sujeto psicótico está tomado por lo pulsional –sujeto de goce–, atrapado por fenómenos de goce que surgen por fuera del desfiladero de la cadena significante, se tratará de obtener un influjo de lo simbólico sobre lo real. No se tratará de la construcción del fantasma, sino de la construcción de la barrera al goce (Sr/a2).
La pregunta por la posición del analista en el tratamiento de la psicosis es hoy más vigente que nunca, es casi una dimensión artesanal la que se pone en juego cada vez en esta experiencia. Es por ello que la posibilidad del analista de ocupar un lugar conveniente en el tratamiento, ha de estar articulada necesariamente a la estructura del saber en juego3. Se trata de un saber conectado al goce, que se expresa bajo la forma del horror que se produce ante la certeza de saber que el Otro goza de él4. La instalación de la función estabilizadora del delirio, cuando puede, no por haber mitigado este horror, conlleva una menor certeza de ese saber. El psicótico tiene un saber constituido, que se pondrá en trabajo, presentando la paradoja de necesitar y hasta de imponer, un testimonio de su certeza. Es en este momento cuando un analista puede ofertarle su presencia. En la clínica de las psicosis es necesario reivindicar el lugar del sujeto, ofertarle una oportunidad justifica la intervención de un analista.
La posición del analista vacilará entre el silencio de abstención cada vez que es solicitado como el Otro primordial que tiene todas las respuestas (negativa a predicar su ser), y el de significante que funcionará como elemento simbólico que a falta de ley paterna puede construir una barrera al goce. Se apuntala así la posición del propio sujeto que no tiene más solución que tomar él mismo a su cargo la regulación del goce. En ese sentido, el lazo analítico puede ser estabilizador, si el analista se ofrece como testigo, secretario, destinatario y garante.
Es una constatación clínica frecuente que el sujeto psicótico trata de crearse un nuevo ordenamiento del universo. En una investigación5 con pacientes esquizofrénicos durante el primer desencadenamiento hemos observado esta particularidad a través de la función del neologismo.

¿Qué espera un psicótico de un analista?: Es una pregunta que confronta a tener que dar razones de hasta qué punto la experiencia analítica puede o no ofrecer “algo” al psicótico 6.
Si nos interesamos por el encuentro con el saber del que da testimonio el psicótico, esto nos permite no considerar a la psicosis en los términos de déficit sino orientarnos en la estructura en la que el sujeto se aloja y toma su lugar. Desde allí, puede un psicoanalista interrogarse sobre cuál es el lugar que puede ocupar.
Lacan nos introduce en la concepción de “maniobra de transferencia”7. El analista estará allí para que “maniobre el goce”, posibilitándose el pasaje de “sujeto de goce”8(sujeto subsumido por la pulsión de muerte desenfrenada) a “sujeto acotado por el significante” (en donde el significante opera como freno a la pulsión de muerte). Se trata de la transferencia de valor del goce al significante, de la instalación de una ortopedia a la falla simbólica, de la construcción de una sutura, y quizás del advenimiento de una suplencia. El analista sostiene el trabajo propio de la psicosis.
En la psicosis hay un saber constituido por lo cual no hay reclamo a un sujeto supuesto al saber, pero presenta la paradoja de necesitar y hasta de imponer, un testimonio de su certeza. El psicótico no espera al psicoanalista en tanto intérprete de su verdad, puesto que ésta ha venido a revelarse inesperadamente fuera de él, desde el exterior, en los fenómenos que señalan el desencadenamiento. La irrupción del significante en lo real viene a sacudir su mundo amenazando una identidad que a partir de ahí se muestra precaria, en tanto que pierde el apoyo en lo simbólico. Determinadas irrupciones expulsan al sujeto de ese marco simbólico que lo sostenía. Se producen defectos en la significación o significación en suspenso. Es por ello que el psicótico puede quejarse de estar desgajado de la palabra, al punto de sentirse amenazado de mutismo. La función de la palabra se le escapa y lo liga enteramente a un campo de lenguaje sin límite, donde puede perderse. Se comprueba clínicamente que cuando la cadena significante se pierde, los afectos que son correlativos se desvanecen y el goce tiende a penetrar dolorosamente en el cuerpo 9. Se revela la falta de un límite estructural, de manera que el significante se desencadena, lo imaginario se disloca y el goce se deslocaliza.10 El lenguaje se desorganiza y tiende a hablar del goce y del sexo (texto habitual de las alucionaciones).

La demanda inicial de un psicótico puede ser “no estar separado de la palabra”. En ese sentido, se le supone al analista, un saber hacer con la función de la palabra. A partir de ahí es cuando el psicótico va a intentar responder con el trabajo del delirio, cuando puede. El delirio es una tentativa de remediar la ausencia de identidad que se ha revelado brutalmente para el sujeto y de cubrir con significaciones las sin razones de un exceso del que no puede salir. Es en el campo de las psicosis donde el goce revela lo que es una excitación ruinosa para el sujeto que desborda el cuerpo y que desborda el campo del significante. En esa coyuntura donde él está sólo para tener que trabajar, es que puede esperar de un psicoanalista que esté de su lado, es decir, del lado del sujeto, del lado de la tentativa de la palabra, porque es para él una posibilidad de sostener su existencia.
La maniobra deberá apuntar a desalojar al psicótico del lugar de ser quien venga a completar al Otro, y poder sostener el trabajo del sujeto en el sentido de correrse de ese lugar en el que está ocupado de tener él que ofrecerse ahí, a veces, al precio real de su vida.
El analista apuntala el límite que el psicótico busca a través de su decir, de esa elaboración, de esa existencia de su decir en la enunciación del saber. Se trata del límite que busca para poner un freno a ese goce que lo aniquila como sujeto. El analista deberá saber esperar que pueda advenir una invención que apuntale al psicótico en su existencia de sujeto, una invención que lo “nombre a”, encontrando un destino, en tanto un destino precisamente es un punto para que la existencia no sea solo un real.

_____________
1. Lacan, Jacques. “De una cuestión preliminar a todo tratamiento posible de la psicosis”, en Escritos, Siglo XXI, Bs. As., 1975.
2. Broca, R. y Imbriano, A. “El sujeto psicótico en el discurso analítico”, en El sujeto de la clínica, Leuka, Bs. As., 1987.
3. Broca, R. y Imbriano, A. Op. cit.
4. Imbriano, A. “Psicosis y acto analítico”. en Testimonios de trabajo. Leuka, Bs. As., 1993.
5. Imbriano, A. “La función del neologismo en la esquizofrenia”, CHS Prémontré y Univ. Kennedy. 2001-2002.
6. Imbriano, Amelia. “Ética de la intervención en las psicosis”, en Revista Documenta Laboris 2. Univ. Kennedy. Bs. As., 1999.
7. Lacan, Jacques. Op. cit..
8. Lacan, Jacques. Intervenciones y textos 2, Manantial. Bs.As. 1991.
9. Maleval, Jean-Claude. Lógica del delirio, Ediciones del Serbal, Madrid, 1998.
10. Ibid.
 
 
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