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   Lectura

Los pequeños oficios, de la escritura del psicoanálisis
  Inspiraciones y andamios (Tercera entrega) Un sueño con cocaína
   
  Por Jorge Baños Orellana
   
 

¿Cuál es el propósito de detenerse en los procesos concretos que animan los escritorios de los analistas? ¿Para qué procurar la descripción precisa, el recuento “materialista” de la inventio (de las inspiraciones y los andamios) de los textos del psicoanálisis? En términos generales, para avanzar hacia una clínica de la sublimación de mayor alcance. Los acercamientos al tema de la sublimación se encuentran en un punto de detenimiento, esquilmados, buena parte de las veces, por idealizaciones cándidas y por un insuficiente conocimiento, de parte del analista, de las internas y los oficios artísticos. El discernimiento entre lo fallido, lo fallado y lo logrado pierde la brújula, con resultados fáciles de criticar y difíciles de prevenir. Mientras estos intentos buscan dificultosamente salir adelante, cabe la esperanza de que algunos capítulos de la cuestión puedan se abordados con una muestra simplificada. Al respecto, creemos en la importancia de circunscribir, como objeto predilecto de estudio, a la gestación de los textos del psicoanálisis. Para examinarlos no es imprescindible aguardar la opinión del pintor, del escultor, del músico o del narrador, ¿quiénes otros, sino los analistas, son sus expertos necesarios? En segundo lugar, y en términos particulares, la curiosidad por nuestra inventio puede que ayude a encontrar, desde la franqueza del dato, dispositivos que alienten positivamente, más allá de los aplausos de compromiso, la transmisión y la producción entre los analistas.

Desde un punto de vista lógico, esta recomendación táctica de avanzar primeramente por territorios familiares es inobjetable; pero las alegrías de la abstracción son efímeras. La cuestión está en comprobar su viabilidad pragmática. Tanto más si nos ceñimos a títulos de calidad, fiándonos en que la visita a la cocina de los textos logrados capacita para emularlos. El dilema es si hay o no, por ejemplo, algún texto de Freud que dé testimonio fidedigno de su propia génesis. No es tan seguro. El mismo comenzaría descartando todos aquellos que organizó a la manera “dogmática”. Como escritor, una de las primeras decisiones que tomaba era la de escoger entre la vía de exposición “dogmática” y la vía de exposición que llamaba “histórica” o “genética”. En junio de 1892, le confiaba a Breuer: “Me atormenta, en efecto, el problema de cómo será posible dar una imagen bidimensional de algo tan corpóreo como nuestra teoría de la histeria. Sin duda alguna, la cuestión decisiva es si habremos de darle una exposición histórica, comenzando con todas las historias clínicas, o con las dos mejores entre ellas, o si no convendría más bien empezar con una enunciación dogmática de las teorías que hemos elaborado a modo de explicación. Por mí parte, me inclino más a esto último, y optaría por distribuir el material de la siguiente manera ...”. En las Algunas lecciones elementales de psicoanálisis de 1933, al otro extremo de sus Obras completas, la clasificación permanece intacta: “Un autor (...) debe hacer claramente su elección entre dos métodos o técnicas. Es posible partir de lo que cualquier lector sabe (o piensa que sabe) y considera como evidente en sí mismo sin contradecirlo ya desde el comienzo. Pronto se presentará una oportunidad para llamar su atención sobre algunos hechos en el mismo campo, que aunque le son conocidos, ha descuidado o ha apreciado imperfectamente. Empezando con ellos, uno puede introducir más hechos ante él de los que no tiene conocimiento y prepararlo así para ir más allá de sus primeros juicios, para buscar nuevos puntos de vista y tomar en consideración nuevas hipótesis. Por este camino se le puede llevar a tomar parte en la edificación de una nueva teoría acerca del sujeto y se pueden conocer sus objeciones a ella durante el curso del trabajo en común. Un método de esta clase podría llamarse genético. Sigue el camino que el propio investigador ha seguido antes. A despecho de todas sus ventajas, tiene el defecto de no hacer una impresión demasiado contundente sobre el que aprende. No quedará tan impresionado por algo que ha visto surgir a la existencia y pasar por un difícil período de crecimiento como lo sería por algo que se le presentara ya hecho como un total aparentemente cerrado. Este otro método, el dogmático, empieza por plantear sus conclusiones. Sus premisas exigen la atención y la fe de la audiencia y en apoyo de ellos se aduce muy poco.”

Escribir para Gotinga: Del catálogo de sus textos genéticos, La interpretación de los sueños debería ser nuestra primera elección, gracias al capítulo del sueño de la inyección a Irma. Claro que no vamos a confiar ciegamente en la definición de que son textos que “sigue[n] el camino que el propio investigador ha seguido antes.” Freud pudo haber tenido la ligereza de decirlo, pero no de creerlo... Cuando escuchaba a Lichtenberg referir que habían despachado, a la ciudad universitaria de Gotinga, un tomito en octavo menor (16 cm de altura) para recibir de vuelta un robusto libraco en cuarto (32 cm de altura), sabía muy bien de qué reírse. Estaba al tanto de que, para no descuidar completamente el deseo de contundencia del lector universitario, las exposiciones genéticas debía ser algo más que una testificación de lo efectivamente ocurrido. En el libro del chiste, Freud encadena esa historia de Gotinga con la siguiente humorada de Lichtenberg también a propósito de la escritura: “Para dar a este edificio la solidez necesaria debemos proveerle de buenos cimientos, y los más firmes, a mi juicio, serán aquellos en los que una hilada [de ladrillos] en pro alterne con otra en contra.” El niño de la genética no puede ser ni gurrumín ni de pies de barro. Naturalmente, estas astucias de la enunciación amenazan con empantanarnos en la duda metódica o con empujarnos a la conjetura ficcional. ¿Qué ocurrió verdaderamente en la subjetividad de Sigmund Freud el anochecer del 24 y la madrugada del 25 de julio de 1895? ¿Se trató, esencialmente, de lo que cuenta él mismo o de lo que interpreta Jones, o mejor Abraham, o Erikson, o Lacan, o Grinstein, o Stoïanoff-Nénoff, o Rodrigué, etc.? Se diría que estamos, junto a ellos, como el personaje central de El sentido del pasado, la novela inacabada de Henry James: “El joven historiador Ralph Pendrel quería los accidentes inimaginables, las pequeñas notas de verdad demasiado finas para las lentes comunes de la historia. Quería un tipo de prueba para la que siempre faltan documentos, o para el que la mayoría de los documentos, por múltiples que sean, nunca serán suficiente.”
De todas maneras, no pueden desdeñarse los documentos que fueron ganando luz pública. La primera edición del libro de Anzieu sobre el autoanálisis de Freud es de 1959, y la definitiva de 1975; las cartas de Freud con Abraham aparecieron en 1965; las infidencias médicas de Schur, en 1972; la colección no censurada de correspondencia con Fliess es de 1985; los artículos perdidos acerca de la cocaína los encuentra Swales y los edita, con Bryck, en 1973, mientras que la discusión de sus argucias argumentativas la realiza Israëls en 1993; las últimas revelaciones de Forrester, a propósito de Emma Ekstein y Anna Hammerschlag, son de 1992. Muy poco de lo que esto trajo podía adivinarse en 1955, año en que Lacan dio su parecer sobre el sueño de la inyección a Irma. El decía que “este sueño está integrado en el proceso del descubrimiento”, entonces, ¿el panorama más esclarecido que ahora tenemos de la genética de ese descubrimiento, nos permite contrariar o añadir algo a su línea de pensamiento?

She-ho-yen (gran hombre) o She-un-ta (bajeza): En la entrega anterior,(1) se resumió la solución de Lacan. Veamos ahora en qué pudieron condicionarla el desarrollo documental incipiente y la hipocresía de las biografías de Freud de hace medio siglo.
Cuando la historia falta o está censurada, cobra importancia el sustancialismo (v.gr. la única explicación de un gran texto está en la grandeza de su autor) y el sincronismo (no importa mirar hacia atrás, todo está reproducido en el aquí y el ahora). Lacan estaba advertido contra la tentación de sustancializar atributos (en 1953, había hecho un llamado a no cederle el paso: “Un sujeto tiene o no tiene tela ¿Es esa relación real con el sujeto, a saber a partir de una cierta manera y nuestras condiciones para reconocer lo que importa en un análisis? Ciertamente no” ) y estaba en guardia contra las correspondientes psicologías de la inventio; consecuentemente, en la lección 13 del Seminario 2 señala: “Procuraremos situar el sueño de la inyección a Irma como una etapa en el desarrollo del ego de Freud, ego que tiene derecho a un respeto particular, porque es el de un gran creador en un momento eminente (...). ¿Pero es acaso ésta la lección de lo que acontece en el sueño?”. Sin embargo a continuación, y siguiendo a Erikson, explica el desarrollo ese sueño como las peripecias de un sujeto fuerte y de valerosa curiosidad. Entonces, para bien o para mal, la visión otorrinolaringológica de la garganta de Irma se transforma en una pieza épica grandilocuente que trepa a dimensiones bíblicas. El objeto se absolutiza, convirtiéndose en lo indestructible, lo innombrable, lo informe; es lo Real sin mediación o es el instante sobrecogedor y todavía ilegible de la revelación epifántica. Revelación —Lacan usará la palabra media docena de veces— que puede cobrar el aspecto del trueno o de la zarza ardiente, pero que esta vez sería como la del dedo de Dios escribiendo en el muro de un palacio la sentencia mortal del rey. En el sueño, como en la Biblia, las ínfulas del rey (vale decir las de la maqueta del ego) se desmoronan de un golpe: “Es un descubrimiento horrible: la carne que jamás se ve, el fondo de las cosas, el revés de la cara, del rostro, los secretatos por excelencia, la carne de la que todo sale, en lo más profundo del misterio, la carne sufriente, informe, cuya forma por sí misma provoca angustia. Visión de angustia, identificación de angustia, última revelación del eres esto: Eres esto, que es lo más lejano de ti, lo más informe. A esta revelación, comparable al mana, thecel, phares, llega Freud en la cumbre de su necesidad de ver, de saber, expresada hasta entonces en el diálogo del ego con el objeto. (...) Erikson efectúa aquí una observación excelente, tengo que reconocerlo: normalmente, un sueño que desemboca en algo así debe provocar el despertar. ¿Por qué no despierta Freud? Porque tiene agallas.”

Solo agreguemos de la sustancialización que, en el contexto de los escritos sobre cocaína, Han Israëls rescata una inútil pelea entre Vom Scheidt, que afirmaba que: “la manera en que Freud soportó la cocaína indica una constitución psíquica inusitadamente sana (...), dice mucho a favor de la fortaleza del ego de Freud y explica de alguna manera por qué no se enganchó.” mientras que: “Elisabeth Thornton creía que ciertas características de las publicaciones tempranas de Freud, como la prolijidad y la confusión, pueden entenderse como productos propios de un autor que consume demasiada cocaína.”(2)

En cuanto al sincronismo, la mencionada interpretación hiperbólica abre a Lacan la posibilidad de encontrar en este sueño y su interpretación no sólo (no tanto) anhelos y deseos particulares satisfechos, sino la autorrepresentación de los registros: “Esto es lo que trataremos de hacer: tomar el conjunto del sueño y la interpretación que de él realiza Freud, y ver qué significa esto en el orden de lo simbólico y de lo imaginario”. Como el resultado de esa aparición espectral de lo real no puede ser otro que el estallido de las identificaciones imaginarias del ego espectador, eso explicaría —sostiene Lacan— que Freud, en tanto personaje del sueño, quede borrado en la siguiente escena detrás del protagonismo de los doctores M., Otto y Leopold. Es todavía un tiempo de confusión, de ilegibilidad. El mana, thecel, phares aún no significa nada, ni es para nadie; son trazos del enigma absoluto que sólo pueden decir: “Tú eres esto que es lo más alejado de ti, esto que es lo más informe”. Por eso, el diálogo entre los doctores también carecería de sentido, es ruido, “diálogo de sordos”. Hacia el final, la aparición de la fórmula de la trimetilamina en la pantalla del sueño trae, por desenlace, el imperio de lo simbólico: “Así como en la primera parte hay un acmé, cuando emerge la revelación apocalíptica de lo que allí había, también en la segunda parte hay un punto culminante. (...) [Freud] ve impresa en gruesos caracteres, más allá del estrépito verbal [de los doctores], como el mana, thecel, phares de la Biblia, la fórmula de la trimetilamina.”

A medio siglo del Seminario 2: Hoy estamos en condiciones de ensayar una amplificación de la lectura Lacan. Si él invitaba a “tomar el conjunto del sueño [de la inyección a Irma] y su interpretación.”, agregando que “de este modo estamos en una posición diferente de la de Freud.”; nosotros podemos sumar, a su recomendación, la invitación de tomar la escritura de la Interpretación de los sueños aunque, a primera vista, parezcamos ubicados en una posición diferente de la de Lacan.
¿Cuando se escribe el sueño de la inyección a Irma? Anzieu indica prolijamente que casi tres años separan el sueño (julio de 1895) de la redacción definitiva de su interpretación (marzo de 1898); señala, asimismo, que el sueño de la monografía botánica aparece en el curso de las semanas de esa escritura. Sin embargo, concentrado en buscar si este otro sueño alentaba la rememoración los recuerdos sexuales infantiles o si traía nuevos indicios sobre la hipotética menopausia precoz de Martha, desatendió lo que podía decir de los dilemas de la escritura del psicoanálisis. El caso es que, el 10 de marzo de 1898, llegan unas líneas en las que Fliess cuenta que ya se ha imagina hojeando un ejemplar terminado del libro sobre los sueños y que, alentado por el optimismo del amigo, Freud sueña que encuentra su futuro libro en la vidriera de una librería vienesa. Llama la atención que se trate de una monografía de botánica; pero él lo hojea ensimismado y allí encuentra una hoja despegable con espécimen desecado de la planta investigada. Vale decir que el libro soñado guarda menos parecido con su libro anterior, Estudios sobre la histeria, que con el primero —si merece llamarse así el fascículo de Sobre la cocaína— publicado diez años atrás. ¿A qué se debe la sustitución? El juego de semejanzas no falta: Sobre la cocaína es ciertamente una monografía sobre las propiedades de una planta y, en la vigilia, Freud está con el capítulo que se dedica a presentar un espécimen completo del sueño y su interpretación. Como cuando escribió su monografía botánica, se vuelve a sentir un auténtico precursor; al año siguiente, a punto de entregarla a la imprenta, califica la Interpretación de los sueños como: “mi propio cantero, mi vivero y una nove species mihi “. Y en la asociaciones del sueño aparece Gärtner, quien se calificaba a sí mismo como “el único testigo ocular del nacimiento de la anestesia local”, refiriéndose al día en que ayudó a Carl Koller a ganarle de mano a Freud, cuando verificaron, sobre la córnea de una rana, el único efecto provechoso descubierto a la cocaína. Hay que decir que por más que Lacan interprete, en el sueño de la Inyección a Irma, el intento de Freud de ocultar su calidad de descubridor y de perderse en el anonimato del congreso de sus colegas (“Soy aquel que no desea ser culpable pues siempre es ser culpable transgredir un cierto límite impuesto a la actividad humana y no quiero ser aquél, en mi lugar están todos los otros; no soy allí más que el representante de ese vasto movimiento que es la búsqueda de la verdad donde yo me desvanezco”), lo cierto es que, al menos conscientemente, esperaba lo contrario. Gärten había escrito: “Durante un minuto no pasó nada raro; después vino el gran momento, el momento histórico. La rana permitió que le tocáramos su córnea”,(3) y es verosímil que Freud suspirara a favor de que el mismo cronista, bajo la condición de primer testigo de la aparición pública de su nuevo libro, dijese otro tanto.

Naturalmente, como la planta del sueño, el sueño y su interpretación debían ser convenientemente “desecados” para permitir la exhibición. Se sabe que Freud, por temor al escándalo, había renunciado a incluir otro “gran sueño” que iba a suplantar o a acompañar el de la inyección a Irma. Este requerimiento de respetabilidad podría explicar el esfuerzo del sueño por sustituir un libro por otro. En el escritorio de Freud pesaba, en esas semanas, el ideal del género bibliográfico de las monografías científicas. Había que hacer pasar por un espécimen de esa respetable categoría a un libro sobre los sueños del que eran esperables iguales rechazos de los que había merecido los últimos artículos sobre la etiología de la histeria, calificados por la crítica como “cuentos de hadas”.

Un dato que suele olvidarse, es que la primera mención de la trimetilamina no viene de una conversación con Fliess en julio de 1894, sino de las primeras páginas de Sobre la cocaína (“La fórmula de la cocaína establecida por Lossen es: C17 H24 N04. Debido a su alto grado de solubilidad en agua, las sales que forma con el ácido hidroclorídrico y el ácido acético son especialmente adecuadas para sus utilizaciones terapéuticas. Además de la cocaína, las hojas de coca contienen: ácido cocatánico, una cera especial, y una base volátil de olor parecido al de la trimetilamina.”) (Freud, Sigmund [1884], Sobre la cocaína, Anagrama, Barcelona, 1980, p. 98.) ¿Será que esa esperanza de aceptación estaba presente en la noche de julio de 1895? De ser cierto, el sueño de la inyección a Irma sería un intento de encaminar su propia escritura en vistas del decoro universitario. Esta solución no contradice la de Lacan, sólo que le quita solemnidad hegeliana: la trimetilamina no sería (al menos no exclusivamente) el símbolo de los símbolos, la significación como tal, el umbral de toda representación, la Verdad que habla con “la voz que ya no es de nadie”; sino el simple formulismo, el andamio de la disciplina social, la puesta en género del lenguaje.
Pero no, en el anochecer del 24 de julio, en el escritorio improvisado del hotel Bellevue, Freud garabateaba unos papeles que remitían a otro género, el de la historia clínica médica, la ordalía evidente de lo que soñaría pocas horas después. Por eso, antes de ir definitivamente a dormir, se restregó los ojos, se preparó para la última corrección del resumen dirigido a Breuer sobre el historial de Anna Hammerschlag, viuda de Lichtheim, y pensó en que también se llamaba «Bellevue» el Sanatorio al que su corresponsal había enviado a Anna O. en un final de análisis que, razonablemente, decidieron eludir del relato de los Estudios sobre la histeria.

_____________
1. Cf. la “Segunda entrega” de esta serie en Imago Agenda n° 68, julio de 2003, Buenos Aires, pp. 50-52.
2. Israëls, Han [1993], El caso Freud: Histeria y cocaína, FCE, México, 2002, pp. 100 y 391.
3. Bernfeld, Siegfried [1953], “Los estudios de Freud sobre la cocaína”, incluidos en Escritos sobre cocaína, p. 322.

 
 
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