Inicio   |   Login   |   Registrarse   |   Quienes Somos   |   Contacto   |   STAFF     
BOTONERA EN IMAGEN
 
 
 
Facebook Twitter
   Colaboración

Experiencia, estilo y singularidad del analista
  Por José Grandinetti
   
 
Hace algunos días, y teniendo ya decidido que en este encuentro hablaría de algunas cuestiones atinentes al estilo y a la singularidad del analista, participé de una reunión en la que insistió en varios integrantes del auditorio, la pregunta acerca de la experiencia que cada uno de los panelistas teníamos respecto de diferentes cuestiones del psicoanálisis. Esta pregunta por la experiencia incidió de tal forma que me llevó a trazar otro recorrido que el que tenía planeado, sin dejar por ello de lado algunos puntos acerca del estilo y la singularidad del analista, que me propongo conversar con ustedes.

Pero ya que se trata de algunas consideraciones hechas por escrito y para ser leídas aquí, decidí recortarlas para darle lugar a algunas ideas acerca de la experiencia y su posible articulación respecto del estilo y la singularidad del analista.
La mayor dificultad que encontramos al querer situar “un orden de la experiencia” estriba, sospecho, en el usufructo de la inercia imaginaria propia a toda experiencia. Una axiomática de la experiencia tendiente a la confección del gran catálogo de las prescripciones que se pretenden enseñar con el fin inconfesable de hacer de una particular experiencia el signo de una generalización que pone siempre objeciones al desarrollo de otra experiencia. Confronté imaginario de experiencias, lucha a muerte por el reconocimiento y la imposición de cada una de ellas. Diríamos que se trata de una suerte de narcisismo de las pequeñas experiencias.
Sobre este piso y bajo el techo o el yugo de algunos iluminados de la conciencia, enviados del Otro, representantes de Freud o Lacan en la tierra, se manipulan nociones que abortan o anulan las subversiones que esas mismas nociones generan.

La comunidad de experiencia y la corrección de la experiencia que Lacan adjudica al funcionamiento ético entre analistas suelen imponerse en nombre de ciertas pre-claras y avisadas experiencias. Comunidad que se convierte en connivencia, corrección y disciplina en las que se sostienen los ideales de algunas de sus suficiencias.
Si bien es cierto que resultaría altamente dudoso un planteo de autorización que se pretenda por fuera de una comunidad de experiencia, no por ello la institucionalización tan cara al Ejército y a la Iglesia podrán servir de parámetro a sa u otras propuestas.
La experiencia suele instituirse así como un mecanismo de defensa. Posición subjetiva que salva y guarda de la irremediable falta en el Otro, que lógicamente nuclea el transcurrir psicoanalítico de la experiencia del inconsciente.
Las presuposiciones dogmáticas, escribía Bataille, han dado límites indebidos a la experiencia; el que sabe ya, no puede ir más allá de un horizonte conocido. En la experiencia, el sentimiento que tengo de lo desconocido es inquietantemente hostil a la idea de perfección, la servidumbre misma o el deber ser.
El querer hacer valer una determinada verdad en nombre de tal o cual cúmulo de experiencias resulta ser uno de los modos renegatorios del concepto analítico de experiencia, ya que ésta no podría pensarse sin la hiancia en la que, como marca, la castración la determina y ordena.

Este apego al saber acumulativo, supuesto siempre a un cronos imaginario de la experiencia, “realiza” ilusoriamente el ideal narcisístico (presunción bovárica del alma bella) de una apropiación de lo real sin ninguna serie de interferencias.
La experiencia se confunde así con la pasión de sentido que define al ser de lo existente, convirtiéndose en algunos casos, tanto en el dispositivo de un análisis, como en los sitios destinados a la enseñanza, en una mostración siempre ilusoria, acerca de la experiencia de la existencia. Experiencia que constituye el argumento en el que se vanagloria el discurso del Amo Universitario al ofrecerse en calidad de universal respuesta. “Logros de una madurez analítica” en la cual se funde el poder destinado a escamotear su impotencia.
Ejemplo y receta, resultarán entonces, la pasta y el alimento con los cuales el Amo Universitario engorda y protege lo imaginario de su experiencia.
Ejemplo que es ejemplar por lo que tiene de receta, receta que al pretender ahorrar a cada quien el gasto libidinal que especifica su cuenta, impide la tarea sublimatoria a partir de la cual el objeto se eleva y el sujeto se juega.
El troquelado en el que habitualmente se presentan ejemplo y receta, indica el sesgo imaginario –aunque pretendidamente simbólico– en el que se supone una experiencia de letra.
La vanidad del ejemplo, encuentra en la receta la ocasión que propicia la seudo-legalidad del ejemplo, mediante la falsa escritura de la receta. Pedantería de la maestría que halla en una noción acomodaticia del acto, de la interpretación o de la transferencia, una coartada aggiomada, donde escamotear sus resistencias; la del analista universitario, se entiende.
La demanda de ejemplos-receta, al igual que su oferta, ya sean estas descaradamente declaradas en nombre de alguna actualización teórica, o en beneficio de la dirección de una cura, sutilmente encubiertas, no dejarán de colocarse como sutura narcisista, esto es, como Santa Receta.

La receta en psicoanálisis, es pre-inscripción, anticipación, enchapado, precipitación obscena, llamado a la imitación, y al reconocimiento de las huellas que el analista recorrió sin poder perderlas.
El ejemplo que la receta acompaña dice claramente que de ese punto de soledad en el que se enuncia la falta, se ha hecho política de la compañía, campaña proselitista, compulsión a hablar, cuerpo de la sabiduría. Es en ese sentido que podemos decir que el ejemplo que la receta resalta tiene, al igual que el fantasma, una función de consuelo, una misión de esperanza. “Entre el mercader, el libertino rico, y el devoto acurrucado a la espera de la salvación, hay muchas afinidades, incluso la posibilidad de estar unidos en una sola persona” (Bataille). Es a ese echarse sobre los hombros las penurias del alma para mostrarle a los otros cómo se anda, a lo que algunos analistas –diarios y canales de televisión mediante– se consagran. Sólo Dios sabrá cuánto goce extraen de una labor tan magna, de una actitud tan sacra. No olvidemos que de esta cara resistencial de la experiencia no participan como ingenuamente se nos hizo creer, sólo los analistas de la SAMCDA (Sociedad de Asistencia Mutua Contra el Discurso Analítico).

La experiencia así entendida tiene un valor especularmente positivo, un plus valor, un cúmulo de goce. Un sedimento ideológico del cual se abreva el goce.
El tiempo del Amo, suele nombrarse como una experiencia capital o un estandarte que mediante el recurso identificatorio suele ofrecerse en garantía. Lacan advierte que se trata de efectos del espejismo en la perspectiva clásica del sujeto unificador, y acentuará que esta suerte de experiencia viene a suscitar su propia ideología, pero bajo la forma del desconocimiento propio a la presunción del Yo.
Amontonamiento de saber que se contrapone y resiste al vacío estallante en el que se produce toda interpretación.
Desde una perspectiva psicoanalítica, interpretación y experiencia, se sitúan como par significante (Sl-S2), atendiendo siempre al efecto de transformación que genera en ambos la diferencia y la oposición. No hay interpretación entonces, fuera de la experiencia del inconsciente, ni experiencia del inconsciente que pueda considerarse analítica sin el cabal descompletamiento de saber que introduce la interpretación. Sólo los clásicos postulados cognitivistas suponen a la experiencia como abastecedora de la interpretación. Abastecimiento que sirve más de complemento a la receta que de razón analítica a la interpretación.
La discontinuidad propia a la cadena significante y la modalidad retroactiva en la que se pulsa el sujeto del inconsciente dan a la experiencia analítica ese sello de equívoco y sorpresa, que si bien no atenta contra la posibilidad de una conjetura, la ubican en las antípodas de cualquier idea capitalista de acumulación.

A esa degeneración analítica propensa a las operaciones del Yo –y me refiero: a la suma que hace masa y a la multiplicación que es pasión del sentido– convendrá recordarle la existencia de otra cara de las matemáticas, esto es, la división y la resta que malogran su ilusión.
Poner en análisis el concepto de experiencia implicará una crítica a determinados modos de ritualización social del saber, que tienen a la verdad como convidada de piedra. Espacios de poder donde la articulación singular y el despliegue de las consecuencias que cada analista sostiene y recrea, en esa particular zona que denominamos transferencia, son puestas en sordina o a la espera de una maestría siempre pospuestas.
No olvidemos que la astucia del Yo por obra y gracia de su tela mimética es capaz de reflejar discursos que ni lo implican ni lo atraviesan. El sujeto subsumido por el Yo se llama canalla en Lacan y golfillo en Freud. No será, por lo tanto, extraño descubrirlo de agente en una seudo autorización, como núcleo interesado en el pase, en calidad de Más Uno, o en cualquier “revolucionaria” acción.

Para concluir entonces, y en relación con el estilo, podríamos decir que no es este un punto desde donde por obra y gracia de la identificación a la experiencia, se parte, sino el resultado de una labor, una suerte de “talento”, una alegre sujeción al efecto que el deseo del analista puede producir, a la pérdida capaz de suscitar. A la transferencia que el analista acepta no aislado aunque sí en lúcida soledad. Soledad que implica quedar al margen de todo imaginario de protección burocrática, oponiéndose a través de una labor constante que va a contrapelo de la identificación al Otro y a las tentaciones propias del Ideal. Identificación a lo imaginario de ese Otro real que puede llevar a confundir estilo con personalidad. Sostén de una moral del Otro que anula por las vías del calco toda implicación del analista con esa aspiración propia de lo real. No hay entonces estilo sin cierta renuncia narcisística al Ideal. En ese sentido podríamos decir que el estilo no llama al reconocimiento del Otro, sino que expresa la marca de su inconsistencia. La caída del a.
Estilo que instituye diferencias en oposición a cualquier institucionalización del sentido. Estilo que implica un precio que el analista paga con su persona y no sin cierta constante incomodidad.

________
Leído el martes 10 de junio en el “ Seminario Central ¿Que es el psicoanálisis?”, organizado por la Fundación Centro Psicoanalítico Argentino
 
 
© Copyright ImagoAgenda.com / LetraViva

 



   Otros artículos de este autor
 
» Imago Agenda Nº 194 | enero 2016 | El 25° Aniversario de la Escuela de Psicoanálisis del Borda y Pichon-Rivière 
» Imago Agenda Nº 182 | julio 2014 | La función del hospital en el tratamiento del sufrimiento psíquico 
» Imago Agenda Nº 159 | mayo 2012 | La ocasión de un “encuentro” 
» Imago Agenda Nº 78 | abril 2004 | Ética y poder 

 

 
» AEAPG
Curso Superior en Psicoanálisis con Niños y Adolescentes  Inscripción 2019
 
» Fundación Tiempo
FORMACIÓN Y ASISTENCIA EN PRIMERA INFANCIA  POSGRADO EN ATENCIÓN TEMPRANA CON PRÁCTICA ASISTENCIAL
 
» AEAPG
Maestría en Psicoanálisis / Especialización en Psicoanálisis de Adultos  Inscripción 2019
 
» Centro Dos
Formación clínica en Psicoanálisis  Ingreso Agosto 2018
 
Letra Viva Libros  |  Av. Coronel Díaz 1837  |  Ciudad de Buenos Aires, Argentina  |  Tel. 54 11 4825-9034
Ecuador 618  |  Tel. 54 11 4963-1985   info@imagoagenda.com