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   ¿Qué dice Giorgio Agamben?

Notas acerca de Giorgio Agamben
  Por Pablo Kovalovsky
   
 
Agamben aborda el límite y los alcances de la función del analista al recorrer desde la filosofía y las ciencias humanas los acontecimientos tanto textuales como referenciales del lugar aporético entre lo real y lo simbólico e interrogar desde allí cuál es el espacio que le resta al sujeto para emerger desde ese callejón sin salida en el que la estructura del lenguaje lo sumerge.
Tomaré en forma arbitraria y no sistemática fragmentos extraídos de tres libros que escribió en diferentes momentos de su extensa producción.
En primer lugar leemos en Infancia e historia, publicado en 1978, la línea directriz que lo guía: “la destrucción de la experiencia”. Allí en la página 10 nos dirá: “De allí la desaparición de la máxima y del proverbio: que eran formas en que la experiencia se situaba como autoridad. El eslogan que los ha reemplazado es el proverbio de una humanidad que ha perdido la experiencia”.

Responderá desde la imposibilidad de traducción entre lo semiótico del signo y lo semántico del significado desarrollado en Benveniste. Nada permitiría explicar el pasaje de uno al otro. “Un hiato los separa”. Recupera entonces la pregunta de Saussure: ¿Por qué el lenguaje humano está constituido así, debiendo contener originariamente ese hiato? ¿Porqué hay una doble significación?
La teoría de la infancia permite dar una respuesta coherente a este problema. La infancia sitúa ese sujeto aún por venir, sin palabra: infans. Lo inexperimentable, mudo, deja el mundo de lo inefable y es así desplazado del campo de la mística. Pasaje por el cual define el lugar común desde donde toda experiencia es posible. Este pasaje, exige la caída de la infancia y su captación por el habla. Archiacontecimiento donde se advendría al origen del lenguaje.
La teoría de la infancia como dimensión original histórico-trascendental del hombre es lo que instituye Benveniste como aporte a la estructura saussuriana. Le brinda una temporalidad que una y otra vez, y más allá de la distinción entre lengua y habla en Saussure, actualiza ese originario como experiencia histórica. Dice Agamben (pág. 154): “El tiempo dela historia es el Kairós en que la iniciativa del hombre aprovecha la oportunidad favorable y decide el momento de su libertad. Así como al tiempo vacío continuo e infinito del historicismo vulgar se le debe oponer el tiempo pleno, discontinuo y completo del placer, del mismo modo, al tiempo cronológico de la pseudo-historia se le debe oponer el tiempo cairológico de la historia auténtica”. (Se entiende por “kairós” la dimensión de iniciativa, oportunidad, de libertad).

Vemos entonces desde dónde Agamben abordará la abolición subjetiva y la falta de historización que atraviesa la cultura. Esta se relacionará con la falta de apropiación que deja sumido al sujeto en la in-fancia, vale decir, sometido a la lengua balbuceante sin disponer de la palabra iniciática. Esta lengua se hace por ello “eslogan”. El eslogan es abordado en este texto, según nuestra lectura, como un retorno de esa lengua original, que no cayó, que es universal y no se singulariza en una enunciación que emerja como máxima o proverbio liberador. La enunciación, su posibilidad, es aquello que para Agamben situará al sujeto en una iniciativa liberadora.
Desde el campo freudiano y más allá de los textos acerca del “malestar en la cultura” que abordan de hecho este nudo originario donde el sujeto, para apropiarse de su historia debe ser presa del desgarro que el lenguaje imprime en su ser, es importante desde una perspectiva clínica retomar algunos de los términos con los que Agamben nos convoca. Veremos que esta juntura originaria entre lo real de la lengua y lo simbólico del discurso adquiere otra dimensión en cuanto localizamos los impasses de ese paso en la clínica.

Es significativo que ya en el capítulo VI de La interpretación de los sueños, Freud haya advertido la existencia de estas figuras lingüísticas que se llaman Schlagwort (palabra que golpea). Está allí “lista para ser usada” (bereit-fertig) y es incorporada a la lengua hablada preconciente como un todo, aún cuando el sujeto no sepa nada de su significación. Cabe agregar que en 1915, en su texto acerca del inconciente, las llamará “mestizos” justamente por ese carácter doble. Si bien son partículas lingüísticas preconcientes que circulan en la cotidianeidad del discurso corriente, no son singulares de un sujeto sino que suelen pertenecer a una comunidad de intercambio y son, sin embargo, aquellas que aprisionan al sujeto a la gramática de la lengua, a tal punto que podemos decir que mas que utilizarlas él es usado por ellas.
Ahora bien, aunque cada uno de nosotros está atravesado por los eslogans que, como dice Agamben, destruyen una experiencia del lenguaje como apropiación de la propia historia, cada análisis llega a tocar el lugar originario donde eso se plasmó particularmente para cada sujeto. Allí no se trata de iniciativa liberadora sino tan sólo y nada menos que el estar advertido del eslogan que nos aprisiona como objetos en el campo del Goce del Otro. Que algo se haga signo de nuestra sujeción primordial. No para liberarnos de ello, sino para evitar el infinito omnipotente que se asignaría un sujeto con iniciativa deseante y liberadora. Es a partir del retorno en el análisis de ese signo, que el término “estar advertido” que introduce Lacan, remarca que cabe la posibilidad de localizarlo, eludirlo, no volver a pasar por el mismo camino o pasar de otra manera. Incluimos en este límite hecho de signo, asimismo, la posibilidad del llamado, de hacer signo, de hacer el amor.

Con ello se nos plantea que la operación analítica por excelencia es la posibilidad de detenerse frente al imposible de transformar ese signo en un significante. La opacidad del signo como “algo que se dirige a alguien” (Lacan) depende de aquel que lo lee. Se trata de una lectura cercana a la practicada por los niños y que toma en consideración más el ícono que el índice o el símbolo, para considerar la triada propuesta por Peirce.
Freud en “Construcciones en psicoanálisis” subraya este carácter particular que tiene la hasta ese momento no tratada tarea del analista. Es la de construir, y no la de reconstruir como el arqueólogo. La negación del analizante en tanto pone límite a la propuesta del analista significa el resto de “no dicho” que subyace a toda intervención. A diferencia de la interpretación, el analista anticipa con su acto lo que será el preliminar de todo análisis posible: el marco simbólico que como afirmación hace lugar al sujeto del “no”. Sólo de esta manera, y no con la vertiente del índice como síntoma a perseguir, es posible admitir que los análisis no se transformen en infinitos.

Es justamente en el acentuar tan sólo la función indicial del signo, que excluye la iconicidad imaginaria y lo eleva siempre a la dignidad del síntoma, que podemos retomar en Agamben la trama silenciosa del lenguaje cuando se encuentra con el surgimiento de la palabra. Agamben sucumbe a la versión menos elaborada de la esencia, la “quididad” aristotélica. Lo encontramos en el seminario transcripto y publicado en 1982 bajo el título El lenguaje y la muerte.Un seminario sobre el lugar de la negatividad. Este texto alberga un desarrollo acerca de la negación, donde el trayecto no se priva de trazar los diferentes abordajes del tema, desde Aristóteles en adelante, poniendo especial énfasis en la lectura de Hegel. Según mi lectura, existe una expectativa en el autor acerca de un pasaje sin resto desde la certeza sensible hegeliana, (el “esto”, el “ahí” y lo que connotan los “pronombres personales” de cercanía con la cosa) y la posibilidad de racionalizar, ordenar en un orden de palabra ese “demostrativo”, ese “índice” que nombra la cosa. Si bien remarca la fractura entre el decir y el mostrar, entre la indicación y la significación Agamben, según nuestra lectura, queda atado al mostrar como índice lo cual lo obliga a hacer de ello un paso posible para la significación ya que el síntoma como índice lo es, con lo cual reduce la fractura que intenta sostener. La iniciativa liberadora del sujeto juega aún una motivación deseante en él.

Este “pasaje” es inaugurado tan sólo cuando la negatividad “empobrece” al lenguaje y hace aparecer esa verdad que estaba ya ahí. Lo que ocurre es que al ubicar tan sólo esa marca originaria del pasaje como síntoma-índice tapona el hiato que desde la negatividad la constituye. Para ello, el autor recurre tanto a la posibilidad de un rastreo en Heidegger encontrando esa verdad del ser en la negatividad del ser para la muerte; el “Da” como “índice” de ese reencuentro con lo que el lenguaje alberga de mortífero, como la gramática que separa los nombres propios de los comunes; y a autores como Benbveniste y Jakobson en tanto que le dieron un lugar privilegiado a la enunciación como marca de lo sustraído en lo dicho y tan solo “mostrado”.

La propuesta del autor es prolija y exhaustiva. No debemos sin embargo buscar en el texto una teorización de los diferentes retornos que desde la clínica psicoanalítica podemos advertir con respecto a la negación.y de los fenómenos patológicos que de ello devienen. Desde este punto de vista podemos leer a Lacan comentar (¿o discutir?) la lectura que del texto “La negación” de Freud hace el hegeliano Hyppolitte. Lo que retorna de lo que no pasó por la negación es algo así como un chancro en el día de la fiesta en el rostro de la doncella. Presencia de la negación como escena en la escena: acting out.

Para el psicoanálisis hay una Bejahung, una afirmación simbólica inaugural y ninguna negatividad podrá ser constitutiva si no pasa por las vías de esa simbolización primera. Ninguna extracción morderá en el campo simbólico si no hay un campo deseante que la sostenga. La negación no hará signo sino como la calavera flotando fuera de perspectiva en el cuadro Los embajadores de Holbein. El retorno no será sintomático como la filosofía sueña para tapar los agujeros del universo.
Con respecto al último texto a comentar: Lo que queda de Auschwitz. El archivo y el testigo de 1999 Agamben parece haber encontrado un sentido trágico al pasaje arriba citado y su posición se diferencia de la anterior. El testigo se confronta a la imposibilidad de decir mientras que el autor, para lo cual toma referencia a Foucault, construye un archivo pero ya sin sujeto alguno. Se trata de enunciados efectivamente dichos, tal como los describe Foucault en Arquelogía del saber que constituyen un corpus de investigación a partir de enunciaciones, frases, locuciones etc. El testigo solo se subjetiva como tercero (testis: terstis) pero su verdad está en cuestión justamente por ese lugar de tercero. Si como sujeto-testigo pretende, por otra parte constituirse en la memoria de lo acontecido, en tanto memoria sufre una desubjetivación. Sujeto y memoria se contraponen. Desde esta perspectiva parece Agamben alinearse a la propuesta que ya Pierre Aubenque en “Le probleme de l’etre chez Aristote” (El problema del ser en Aristóteles) anticipaba: que el pasaje desde la esencia a la predicación de esa esencia primera es trágica y no sintomática. El paso contiene el imperfecto que lo hace incierto, pero que le otorga temporalidad. En su puesta en escena trágica, la mostración de la negación es en este texto aporética, sin salida. Leemos en este magistral desarrollo una extraordinaria cercanía con la escena. Agamben se mete en el campo de concentración de la mano con Primo Levy. El testigo es el niño del campo, apenas audible, que dice una palabra inarticulable, abismal y oscura, salida de ningún sujeto y que no alcanza a ser el índice de ningún sentido, ni siquiera el del nombre propio del niño desconocido, moribundo. El libro en ese momento nos muestra tan sólo un llamado difuso, indescifrable. Su lectura es cautivante.
Este brillante autor, Agamben, nos sabe llevar casi veinte años después de sus primeros textos, arraigados en la tradición filosófica, a la aporía que tan sólo se advierte con la mostración opaca del horror.
 
 
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