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   Colaboración

¿Final de análisis?
  Por Manfredo Teicher
   
 
Posiblemente un análisis no termina nunca. Aunque se interrumpa el encuentro entre paciente y analista, el proceso debe continuar con un autoanálisis, para el que el encuentro con el analista debería haberlo preparado. Y el re-análisis es conveniente porque las defensas yoicas rápidamente cierran la brecha que un buen análisis haya podido abrir en la “coraza caracterológica” de alguien.
Y si alguien decide continuar indefinidamente su análisis, tampoco es tan descabellado. La función continente debe ayudar a transitar ese campo de rosas con infinitas y peligrosas espinas (que es nuestra vida social cotidiana) con mayor fluidez. Quizás sea conveniente que, si se decide continuar por mucho tiempo el análisis, no seguir con el mismo terapeuta, para permitir revisar otros elementos de una personalidad, que un mismo vínculo no está en condiciones de realizar. Pero esto tampoco puede afirmarse que sea mejor que mantener un mismo vínculo. ¿Es adecuado mantener un matrimonio por toda la vida? Muchos opinan que sí, pero no todos. A los cincuenta años mucha gente ya se encuentra en el segundo y algunos en el tercer intento. ¿Tiene esto alguna ventaja? Tampoco es muy adecuado hacer esta comparación. Un matrimonio es parecido al vínculo terapéutico, pero no es lo mismo. La existencia de los hijos marca una enorme diferencia.

“En la práctica es fácil decirlo – sostenía Freud en “Análisis terminable e interminable”–. El análisis ha terminado cuando analista y paciente ya no se encuentran en la sesión de trabajo analítico.” Pero enseguida el tema se complica al señalar determinadas condiciones que deberían estar cumplidas.
Si el análisis implica un proceso donde se intenta hacer conciente lo inconciente, Freud habla de “roca viva” o sea, hasta donde el análisis puede profundizar; también aquí el criterio de ambos (analista y analizando) debería ser suficiente. Si el análisis implica levantar la represión sobre la amnesia infantil, para unos significa analizar la sexualidad infantil mientras que para otros (entre los que me incluyo) quiere decir encontrarse con aquél deseo infantil jamás anulado, pero sí controlado para una convivencia relativamente agradable para el sujeto y para aquellos con los que intenta vincularse en distintos grupos de pertenencia.
Tal deseo incluye la sexualidad pero abarca un campo llamativamente mayor. His Majesty the Baby Desea que todo y todos estén a su disposición incondicionalmente para su uso y/o eventual abuso. Y es intolerante con la frustración de tal aspiración. Frustración que rápidamente se convierte en odio destructivo. Un deseo que no desaparece jamás pero que en el mejor de los casos está reprimido en el inconsciente. Mientras luchamos para obtener suficiente poder que permita liberarlo y satisfacerlo.

La historia humana ilustra constantemente tanto el abuso de poder que somete a los que puede, como la violencia destructiva que surge de la frustración. Lógicamente, si, ya se trate de un sujeto o un grupo, éstos han adquirido suficiente poder (o creen tenerlo) como para sentirse con derecho a tal abuso. En tal caso la inteligencia demuestra su capacidad infinita para fabricar los justificativos más descabellados, pero razonables para los dueños del poder, que convierten en justicia el desprecio, sometimiento o muerte, que aplican a sus víctimas. O sea, solemos ser buenas personas mientras no tenemos demasiado poder. Cuando es el miedo el que mantiene el control de ese deseo indestructible. Intuimos ese peligro; la vida social es una selva donde el mensaje de la cultura es ¡sálvese quien pueda y cómo pueda! Por lo que la función continente del proceso terapéutico convierte al terapeuta en un adecuado elemento contrafóbico.
Si el análisis implica una adaptación activa de un sujeto a una realidad (meta terapéutica que postula Enrique Pichón-Riviere) que el contexto socio-cultural le propone, esto debería ser una aspiración posible. A pesar de la dificultad de evaluar qué significa esto. Pero si ambos miembros del proceso (el analista y el analizando) están de acuerdo, esto debería bastar.

Como el analista actúa de superyó auxiliar (o sea, tiene cierta autoridad sobre la escala de valores que deberían regir la conducta de una persona adaptada activamente a su entorno) sería muy conveniente que su “cosmovisión” fuese lo más “activamente adaptada” posible. Viene bien recordar una opinión de Mauricio (el Moro) Abadi: “A mí me viene un sujeto con determinada cosmovisión. Yo trato de darle otra. Espero que le sirva.” Sería conveniente que otros, con los que se vincula el analizando, pudiesen opinar sobre esa “adaptación activa” lograda. Y también sería conveniente que esos “otros” tuviesen un criterio “sano” de lo que implica una “adaptación activa”.
Todo esto ilustra uno de los problemas, no sólo de un final de análisis, sino uno de los tantos que afrontamos constantemente en nuestra cotidianidad. La condición humana crea muy a menudo caldos de cultivo sociales donde esa adaptación activa ofrece serias dudas en cuanto a su significado.

Sea la razón que fuere la que llevó al final de un proceso terapéutico, éste provoca un duelo (que deben elaborar ambos). Cualquier separación puede obligar a elaborar un duelo por la ruptura (amable o violenta) de un vínculo. Y acá se trata de un vínculo donde ambos miembros del mismo, se habían convertido en objetos significativos mutuos. Se ha interpretado la transferencia negativa (maltrato al analista que implica una dosis de desprecio hacia su imagen, hacia lo que dice o lo que hace) como una defensa contra el dolor de la separación. ¿Es el dolor de la culpa por abandonar a “papá/mamá”? No es esto lo que un padre espera de su hijo, sino que se haga cargo de éste en su vejez. En el caso de un terapeuta, quizás espera un reconocimiento especial por “todo lo que le dio”. Que, después de todo, ni es tanto, ni es más que tal tarea impone a quien desea desempeñarla.
¿Hasta dónde es importante en la separación, el factor económico? El analizando se libera de un Superyo, de dar examen ante él y encima se ahorra el costo de las sesiones. Será distinto lo que experimenta un terapeuta que fácilmente puede reemplazarlo por otro, que aquél que no lo pueda; éste intentará retenerlo conciente o inconcientemente.

Algunas reflexiones sobre la “roca viva” o sea, el límite al que un análisis puede llegar en cuanto a su profundización en el inconsciente. Freud menciona la envidia al pene en la mujer y la protesta masculina (la revuelta contra su actitud pasiva o femenina hacia otro hombre). En mi opinión, ambos elementos tienen en común la competencia narcisista (la lucha por el poder) que, cuando podemos, la encaramos todos, un elemento fundamental en cualquier vínculo, pero que muchas veces se prefiere ocultar por las dificultades que tal elemento plantea en la misma relación terapéutica.
 
 
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