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   La acción analítica

El capítulo Heimann
  Por Carlos Gustavo Motta
   
 
Continuamos con el desarrollo del concepto de la contratransferencia.
En esta oportunidad les hablaré acerca de una médica y psicoanalista, inglesa por adopción, Paula Heimann (1899-1982) quien afirmaba que en la situación analítica había que desterrar el fantasma del analista inhumano, sin sentimientos y mostrar así la utilidad de la contratransferencia. Heimann creía que el inconsciente del paciente se expresaba parcialmente en la contratransferencia. Esta afirmación se ligaba, en aquella época, (años ’50), con la concepción del análisis como una relación entre dos personas. La idea de que las propias sensaciones pudieran ser desencadenadas desde el paciente y corresponder con la figura del analista fue muy pronto llevada al campo del psicoanálisis aplicado a la casuística.
Su presentación de 1950 (On Counter-Transference) marca el punto de viraje hacia la concepción total, que considera todos los sentimientos del analista con respecto a su paciente como contratransferencia. Ella enfatiza el valor positivo de la contratransferencia como ayuda diagnóstica esencial y también como instrumento de investigación psicoanalítico explicando la contratransferencia como “creación del paciente”. Según Heimann, los sentimientos contratransferenciales se originan en el analista pero como productos del paciente.

La misma Melanie Klein presionó a Heimann para disuadirla de presentar su trabajo en el Congreso Psicoanalítico Internacional de Zurich en 1949. Es comprensible que lo hiciera; sin embargo, Heimann recurrió al uso de una estratagema: afirmó que, en realidad, se sabía que Freud, en relación con el uso de la contratransferencia, había visto las cosas de manera bastante semejante a las que ella exponía, sólo que fue mal interpretado. De esta manera, se refirió a las malas interpretaciones (misreadings) a las que habrían conducido las afirmaciones de Freud sobre la contratransferencia y sus analogías del espejo (“El médico debe ser opaco para el paciente y, como un espejo, no mostrar nada más de lo que se le muestra”) y del cirujano (“deja a un lado todos sus afectos e incluso su compasión humana, y apunta a una meta única para sus fuerzas mentales: llevar a cabo la operación tan correcta y eficazmente como sea posible”).
Heimann se oponía a la imagen de un Freud rígido y sus observaciones acordaban a los que ellos mismos sabían en la intimidad de los círculos institucionales analíticos: el propio Freud había “violado” la regla de abstinencia, suavizaba sus normativas con un sentido a veces soberano de dominio o por razones que él llamaba humanitarias. Renunciaba a sus honorarios cuando los pacientes pasaban por momentos económicamente difíciles. Se permitía realizar comentarios cordiales durante la sesión. Se hizo amigo de sus pacientes favoritos. Llevó a cabo análisis informales en algunos escenarios desconcertantes, como el de Eitingon realizado durante paseos vespertinos por Viena o el de Mahler, incluso (capítulo aparte) el de su propia hija, Anna Freud. Pero en sus artículos sobre técnica, se prohibió el menor comentario sobre estas cuestiones.

En su trabajo de 1949, Heimann presenta un breve ejemplo clínico para ilustrar sus ideas: “Se trata de un paciente adulto que a poco tiempo de comenzar el análisis manifiesta la idea de casarse”. Heimann ve esto como un motivo obvio de resistencia al análisis y como expresión de la necesidad del paciente de actuar fuera del dispositivo sus conflictos transferenciales. Considera que estas actuaciones son frecuentes y que no representan, una vez trabajadas, un obstáculo al tratamiento. Sin embargo, destaca el sentimiento de aprensión y preocupación que surge en ella frente al paciente. Las asociaciones y sueños posteriores del paciente confirman sus temores. El paciente va transmitiendo cómo el casamiento en ese momento, representaba una actuación culposa y masoquista frente a su deseo de recibir el análisis como un objeto protector que diera seguridad y felicidad.
El paciente describe a su prometida como alguien que en una época “la había pasado mal”. Heimann señala cómo empieza a pensar que éste es para el paciente el verdadero motivo de atracción hacia los otros.

Posteriormente, el paciente sueña que “había adquirido en el extranjero un muy buen coche de segunda mano, que estaba averiado. Deseaba repararlo, pero otra persona en el sueño hacía objeciones por motivos de precaución. El paciente debía, como lo dijo, confundir a la otra persona para poder seguir adelante con la reparación del auto.”
El paciente relaciona a la analista con este segundo coche al que hay que reparar. También la analista, como la prometida, es vista como averiada, como una refugiada de la Segunda Guerra Mundial que la ha pasado mal. Heimann señala cómo el sueño la ayudó a entender sus sentimientos de temor experimentados anteriormente y que el asunto era más peligroso que el simple acting-out de conflictos transferenciales.
La confusión del paciente y su actitud de reparación, presentes en el sueño, escondían para Heimann el deseo de que la analista, como la prometida, estuvieran mal y averiadas. En este sentido, el sueño expresaba la reactivación de los impulsos sádicos del paciente, según el patrón de sus ataques anales infantiles frente a la madre. Pero, al mismo tiempo, el impulso a reparar por el casamiento, escondía también sus tendencias autodestructivas que evitaban el análisis.
Veamos finalmente, una supervisión realizada por Heimann, a un analista didacta sobre un caso clínico:

“El Dr. G. era un psiquiatra experimentado, analista didacta, inteligente, y afectuoso. Él me hizo conocer cómo su paciente había llegado para esa sesión: puntual pero empapado y azul de frío por el mal tiempo. Era una tarde de intensa lluvia helada. El paciente había llegado un cuarto de hora antes a su sesión, (como lo hacía a menudo) pero prefirió caminar por los alrededores, que venir demasiado temprano.
El Dr. G. describió el curso de una sesión, y escuché. Sus interpretaciones eran correctas y se dirigían a la ansiedad y a la inhibición del paciente. Pero el Dr. G. no se sentía cómodo con sus intervenciones puesto que sospechaba que estaba en desacuerdo con ellas y con él. Así que solo le pregunté qué había sentido cuando vio al paciente totalmente empapado y con sus labios morados por el frío. ¡No pensó en ofrecerle al paciente algo caliente para beber! El didacta me confirmó inmediatamente que éste había sido su primer impulso. Y que lo habría hecho con un paciente en su práctica psiquiátrica, pero ahora, como analista practicante, pensó que sólo le estaba permitido ofrecer interpretaciones a sus pacientes.
Es verdad que muchos analistas insisten en que sólo pueden ofrecer interpretaciones. Éste es uno de los tabúes a los que me referí siempre. En una oportunidad escuché decir a un analista que debemos evitar hacer preguntas de manera directa a un paciente, con la esperanza de que la información tarde o temprano siempre llega. Creo que esta clase de manipulación está basada en un malentendido serio. Que la misma pasa por alto la fuerza del inconsciente, del contacto dinámico entre el analista y el paciente, y de sus procesos subyacentes propios de la naturaleza humana que son parte integral del análisis y, que por lo tanto, le otorgan vitalidad.
¿Por qué no puedo ser honesta preguntándole a mi paciente la información que necesito para entender sus asociaciones, si después de todo, él me las puede proporcionar fácilmente? Por supuesto, todos tenemos nuestras propias singularidades, pero los dogmas están en una diversa escala de magnitud. A menudo, puedo desatender mis ideas, pero no así cuando sospecho que son importantes. En tales casos, me ha sucedido a menudo que una expresión somática se atraviesa en mi intención (¡o en forma inversa, han tomado la decisión por mí!) Mi estómago gruñó repentinamente y de manera audible. Si el paciente hizo una referencia a eso, era generalmente fácil mencionarlo y examinarlos con el paciente.
Con esta relación quisiera referirme a otro sin sentido. Por ejemplo, la ecuación ‘cinco horas a la semana son análisis, menos de cinco son pecado’. En esta dirección, recuerdo a Willi Hoffer (que no era un analista salvaje o herético). Él expresó al Comité que discutía los criterios para la admisión de miembros regulares, que conocía a analistas a quienes les alcanzaba con una sola hora semanal para sus sesiones, menos que muchos otros, que tienen sus didácticos cinco horas a la semana....
De todas maneras, volvamos al médico que supervisé. Las interpretaciones que él sustituyó para sus sentimientos naturales de ofrecerle al paciente una bebida caliente, que en realidad era lo que más necesitaba, incluso más allá de sus interpretaciones; puesto que éstas en ese momento, carecieron de vitalidad. Y el médico lo sabía. Para prevenir cualquier malentendido, no estoy diciendo que su falla produjera un daño permanente o que condujera al paciente a un caso de gripe severa. El paciente era un hombre joven que había pasado su niñez temprana en una granja, donde con seguridad se había expuesto al viento y a las inclemencias del tiempo. Lo que me importa aquí es la trasgresión de la naturalidad, la trasgresión del principio fundamental y meta del análisis.
Ambos participantes del proceso analítico buscan y luchan por la verdad, interna y externa. Este reconocimiento de la realidad, a la que por cierto están ligados todos los progresos y posibilidades de felicidad, exige una honestidad natural por ambos lados”

En este fragmento extraído de “Sobre la necesidad del analista de ser natural con su paciente” (1978), Paula Heimann afirmó que mediante la comunicación de un sentimiento que aparece en relación con el paciente, no está ofreciendo declaraciones personales ni tampoco abrumándolo con los propios problemas vitales. Para ella, las recomendaciones de Freud, se refieren a no permitir que el paciente participe en los conflictos personales del analista, aún cuando sea con las mejores intenciones, porque ello confunde o abruma al paciente y le impide encontrar su propio estilo de vida: “La comunicación de mis sentimientos, en violación a las reglas, me pareció algo muy natural”, argumenta Heimann. “Yo misma me sorprendí de alguna manera y posteriormente seguí pensando sobre aquello. La presentación de uno mismo a través de otra persona es una estratagema bien conocida de nuestros pacientes, una solución de compromiso entre el deseo de franqueza y su resistencia, y es algo que habitualmente señalamos a nuestros pacientes. Más tarde, de hecho, busqué formulaciones que omitieran mis sentimientos, pero ninguna interpretación me satisfizo, todas me parecieron algo forzadas. Mi autosupervisión1 no produjo nada mejor. Estoy en contra de que un analista comunique sus sentimientos y deje traslucir su vida privada, pues esto abruma al paciente y lo aleja de sus propios problemas. Mientras yo no encontraba ninguna interpretación mejor que la que le di a mi paciente, reconocí que el comunicarle que yo me estremecía cuando una quinceañera tiene un calibre mental de una mujer de setenta, en realidad no revela nada de mi vida privada, del mismo modo como no lo hace mi afirmación que la paciente está identificada con una muchacha adolescente” 

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1. Las cursivas son mías. La traducción de los fragmentos de Paula Heimann tambíen es mía, así como el establecimiento del texto, puesto que las versiones al castellano que he encontrado no se ajustan a lo expresado por Heimann.
 
 
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