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   Colaboración

Los pequeños oficios de la escritura del psicoanálisis
  Inspiraciones y andamios (segunda entrega) Lo que guardaban los ojos de Freud
   
  Por Jorge Baños Orellana
   
 
Con un escritorio improvisado a partir de dos mesitas de la sala de estar del hotel, Sigmund Freud había recreado la “esquina de trabajo” de Berggasse 19. El respaldo de la silla era incorregible, pero las hojas blancas doble oficio, la estilográfica pesada con émbolo lateral, los lápices de cera de colores y las tiras de papel secante estaban donde debían que encontrarse. Es el verano de 1895, los escasos ahorros, además de los límites impuestos por el sexto embarazo de Martha, la esposa, no permitieron alejarse a más de diez kilómetros de su domicilio. Sin embargo, aunque el paisaje sea el mismo, el punto de vista es bien diferente. Desde la plataforma pastoril de las alturas del Kahlenberg, situado al noreste de los límites de Viena, la ventana de esa casa del hotel de Bellevue ofrece una panorámica visión aérea de ciudad de todos los días. El nombre del hotel es tan obvio como el del camino que conduce hasta allí, Himmelstrasse (calle del Cielo); sabe que ironizará, al respecto, en la carta a Fliess cuya escritura decide postergar para mañana. Ráfagas de cansancio interrumpen la lucidez. Entonces, no es más Sigmund escudriñando en el mapa nocturno, reconociendo en las manchas oscuras las plazas y en los hilos dorados abigarrados el centro gótico; sino que son las luces de Viena mirando a Sigmund. Se restriega los ojos, preparando la última relectura del resumen dirigido a Breuer del historial de Anna Hammerschlag, viuda de Lichtheim. Sabe que después dará una ronda por el jardín y subirá a tientas al dormitorio, observando fugazmente el dormir los niños. Lo que no sospecha es que un par de horas más tarde reaparecerá en la misma sala con todas las lámparas encendidas y los rincones poblados de conocidos, y que con el traje planchado recibirá a los demás invitados al sueño prínceps del psicoanálisis, el sueño de la inyección a Irma. Tampoco sabe –y parece que nunca se enteró, ni siquiera luego de que eso salió publicado– que la herradura titilante de los faroles de los bulevares, persistente en la memoria de los ojos por más que ahora los cierre tenazmente, será el contorno de los esquemas que dibujará dentro de veinte años de lo que pasará a conocerse como la Segunda Tópica freudiana.

Como hemos visto,1 las noticias históricas y la superposición de estos esquemas con los grabados de los manuales de urbanismo dan credibilidad y ponen en evidencia dicha pregnancia. Lo que hay que agregar encuentros singulares, en la práctica de Freud, que machacaron o mostraron otros efectos de esa insistencia. A veces se descuida que el primer esquema de aparato psíquico que se le conoce no es el de La interpretación de los sueños y ni siquiera los del Proyecto de una psicología o la Carta 52, sino el del croquis de su habitación de residente en el Hospital General, enviado en una carta a Martha de 1883. Dentro del planito, el joven médico distingue un flanco Animal, un flanco Vegetativo y se pregunta si en la puerta golpearán o no “las olas de la vida mundana”.2 Mucho más tarde, hacia la fecha de aquellos dibujos de la Segunda Tópica, el arquitecto Ernst Freud contaba con dos recuerdos muy queridos para sus gustos profesionales debidos al trato mantenido con dos pacientes de su padre. Uno, el de las visitas infantiles para recibir los regalos de Navidad de la baronesa Ferstel, nuera Heinrich Ferstel, el más influyente arquitecto de la Ringstrasse; entre sus edificios monumentales, estaban la Iglesia Votiva y la Universidad de Viena. El otro recuerdo, el de la reciente visita a la mansión racionalista levantada por el ingeniero y filósofo Wittgenstein, atendiendo las directrices de Adolf Loos. Fue hecha a pedido de su hermana Margaret que, en ese momento, estaba en análisis. De modo que las contingencias llevaron a Sigmund Freud a tener un conocimiento bastante de primera mano de los creadores y la clientela de la revolución urbana a la que asistieron todos los vieneses.

Un sueño masón
Recientemente, el psicoanalista francés Stoian Stoïanoff-Nénoff llamó la atención sobre otro aspecto que traería más agua al molino en relación con la propensión de Freud al imaginario de los constructores. Me refiero a la filiación masónica de la fraternidad judía B’nai B’rith a la que se mantuvo adherido desde los años de las vacaciones pobres. La hipótesis sorprendente de Stoïanoff es que el título, la coreografía y la iconografía del sueño de la inyección a Irma responderían a la jerga y los ritos secretos de la iniciación masónica. Irma, el seudónimo que oculta a Anna Hammerschlag, sería la cifra transliteral de Hiram, Hiram Abiv, el mítico constructor del Templo de Salomón y unánime patriarca de los masones. En el mismo sentido, Anna Hammerschlag habría alcanzado ese protagonismo onírico favorecida por su estado civil de viuda, puesto que “viuda” es la palabra con que los cófrades designan la hermandad. Y si son tres los hombres que aparecen en el sueño, es porque tres son los inspectores que, en la llamada plomada, observan si el candidato reúne méritos para ser iniciado. Sin pasar por alto que el delantal de albañilería o mandil blanco que se recibe en el juramento masónico explicaría la mancha blancuzca dominante en la garganta abierta de Irma.3
Con todo, como si la atara algún juramento, la enunciación de Stoïanoff impresiona como elusiva y hasta evasiva al momento de ampliar pruebas acerca de cómo la escuadra y el compás masónicos habrían regido la conocida importancia del número tres en la estructuración del sueño. Ninguna mención a los tres peldaños, los tres nudos, las tres ventanas, las tres granadas, las tres presidencias y los tres toques de espada que organizan la ceremonia de iniciación. Y ni qué decir de la marcha escandida de a tres pasos con que el hermano aprendiz debe avanzar en el momento de prestar juramento. Freud no pudo haber esquivado esa convención. Por no hablar de cómo debe lucir, ese día, el hombro izquierdo, región singularmente destacada en el sueño. Son silencios que contrastan con el reconocimiento sin tapujo de la deuda de Stoïanoff con Lacan y Anzieu.

Los múltiplos de tres
“Lacan fue el primero en relacionar las estructuras ternarias de los personajes del sueño y las de la fórmula de la trimetilamina, el 4 de noviembre de 1953 en el seminario inédito de estudio de textos de la Société française de psychanalyse. La idea de desarrollar completamente la fórmula y de formalizar por entero el autoanálisis del sueño me pertenece”, advierte Didier Anzieu en El autoanálisis de Freud.4 Es una reunión que continúa inédita, pero las clases del 9 y 16 de marzo de 1955 del Seminario 2 retoman la cuestión y muestran el par de operaciones que hicieron destacar esa analogía: la determinación de tomar el contenido manifiesto y las asociaciones de la vigilia como un todo unificado, y la ocurrencia de que allí donde Freud cuenta “veo la fórmula ante mí impresa en gruesos caracteres”, lo que hay que colocar es la imagen del desarrollo gráfico de la molécula de la trimetilamina. Es decir, un esquema en árbol que tiene como tronco un átomo de nitrógeno y se ramifica sucesivamente con tres átomos de oxígeno y nueve de hidrógeno.
Tampoco en el Seminario 2 se le ocurre a Lacan la idea de Anzieu de colocar los nombres propios de los personajes del contenido y de las asociaciones del sueño en los sitios de las valencias, transformando la molécula en un árbol genealógico o clasificatorio. ¿Se habrá inspirado Anzieu en ese sueño relatado por Ella Sharpe en el que a un niño contempla un árbol genealógico que vincula a distintos personajes de novelas de Jane Austen y, por asociación, a los miembros de su propia familia? Poco importa, el caso es que la solución Anzieu parece culminar la interpretación de Lacan de que, luego de revisar las fauces de Irma, el ego de Freud se anonada y refracta o fractura en sus reflejos, vale decir de sus identificaciones. “Esta descomposición espectral es, a todas luces, una descomposición imaginaria”, dice Lacan.5 “Así, el sueño contiene una representación simbólica de su propia estructura”, refuerza Anzieu.6

La heurística de Lacan
Sin embargo, no se trata de un desarrollo estrictamente lacaniano. Lacan atribuye a la presencia de la trimetilamina funciones distintas que la de redundar con letras lo que aparece y evoca en la tragicomedia médica que la precede. El lee allí algo de orden muy general: la trimetilamina es lo que viene para que ese sueño consiga autorrepresentar los tres registros del aparato psíquico que genera todo sueño. Más que la representación simbólica de algo en particular (el catálogo de las identificaciones yoicas o lo que fuere), sería la representación de la posibilidad misma de la representación: “...la voz de nadie hace surgir la fórmula de la trimetilamina como la última palabra de lo que está en juego, la palabra de todo. Y esa palabra no quiere decir nada”.7 Es una fórmula sin sentido, porque acoge todos los sentidos. Lacan lee, además, en su aparición el desenlace de un acto singularísimo. Al tener el talento y el coraje de romper con las grillas de imágenes y de signos que sirven de andamiaje a la experiencia humana de su propia época, “Freud vive en una atmósfera angustiante, con la sensación de hacer un descubrimiento peligroso. (...) El sueño que Freud sueña está integrado, como sueño, en el progreso de su descubrimiento”.8 Y, en esa aventura, la trimetilamina no sólo es el encuentro de la Tierra Prometida (la revelación del sentido de los sueños), también es lo que lo sobrepone al vértigo de ser el primero. Como una ventana abierta súbitamente en una sala oscura, el rostro del que aparece recortado en el marco, está vedado para los que estamos dentro. Lo sabemos responsable, pero el enceguecimiento del contraluz lo enmascara. Pudo ser cualquiera: “En mi lugar están todos los demás. No soy allí sino el representante de ese vasto, vago movimiento que es la búsqueda de la verdad, en la cual yo, por mi parte, me borro. Ya no soy nada. Mi ambición fue superior a mí.”9
Freud no soñaría para revivir o adelantarse impaciente a un evento ofrecido por la agenda de la sociedad, como los de una logia bien vista por las capas profesionales de aquel entonces. Tampoco para refutar payasescamente las habladurías de que no es un médico responsable: “¿Cómo es posible que Freud, quien más adelante desarrollará la función del deseo inconsciente, se limite a presentar, como primer paso de su demostración un sueño enteramente explicado por la satisfacción de un deseo que sólo podemos llamar preconsciente, e incluso completamente consciente?”10 Ni siquiera con el propósito de cumplir algún deseo sexual infantil. Erikson había hecho notar que en el sueño de la inyección a Irma domina una regresión al erotismo uretral; sin negar su incidencia, Lacan dirá que esa interpretación es un mero “pasatiempo psicológico”. Es una afirmación inquietante, pero es lo que él dice: “Cualquiera que sean sus ecos primordiales e infantiles, el verdadero valor de este sueño está en [otra cosa]”. ¿En qué? Dejemos continuar a Lacan: “el verdadero valor de este sueño está en la búsqueda de la palabra, en el abordaje directo de la realidad secreta del sueño, en la búsqueda de la significación como tal. (...) En medio de este caos se revela ante Freud, en ese momento original en que nace su doctrina, el sentido del sueño: la única palabra clave del sueño es la naturaleza misma de lo simbólico.”11 El que Freud llama “sueño paradigmático” es un sueño que, por su carácter fundador, resulta ser la excepción de su hallazgo: la del sentido sexual infantil de los sueños.

Lógica de la fórmula, lógica de la solución
Pero la dramaturgia de un descubrimiento no se limita al encuentro de la cosa y a la fuga de la ira de los dioses. Además de ser la fórmula, la trimetilamina es la solución del sueño. Las convicciones de que Irma se curaría por la palabra, de que la cuestión del sexo no será ajeno a ese progreso, de que la propia imagen no siempre representa a la primera persona del singular son algunas de las fórmulas comprendidas en esa fórmula. El enigma que avanza por buscar solución hacia julio de 1895 es, en cambio, el de la conciencia. Desde abril, Freud está embarullado en el Proyecto. Ocurre que la máquina está armada y funciona, pero al precio de sacarse de encima esa pieza. “En efecto, cuando avanzamos hacia la conciencia, estamos obligados a poner la conciencia a la salida, mientras que la percepción, de la que ella es sin embargo solidaria, se hallaría a la entrada.”12 ¿Cómo unir los dos cabos? ¿Es la aparición de la fórmula también su solución? Jean-Michel Vappereau así lo cree: “en este aparato psíquico [de 1895], Freud plantea la cuestión de su cierre, porque como neurólogo comienza a estudiar la cuestión del sistema neuronal. [Pero] las neuronas tienen estructura arborecente y lo propio de un árbol es no comportar circuitos cerrados. Un árbol es una estructura que se abre todo el tiempo, que no cierra nunca. Entonces, Freud [se] plantea la cuestión del cierre del aparato. Ustedes encuentran esta cuestión en el sueño de la inyección a Irma. El sueño termina con la estructura de la trimetilamina que es una estructura química arborecente; es un árbol, como la estructura neuronal, y [debido a que] su deseo es resolver ese problema de manera literal y literaria, él agrega el nombre de la trimetilamina en negrita. (...) En el sueño de Freud de Irma él alucina la estructura del árbol y luego alucina la trimetilamina.”13
¿Pero es esta doble visión de la trimetilamina la solución del enigma? Hablo de solución cabal, a la manera del sueño del anillo aromático hexagonal que tuvo Kekule mientras investigaba la geometría del benceno. ¿O es una figurabilidad insensata que sólo en sueños soluciona el enigma de la vigilia? Además, ¿dónde dice que Freud soñó la fórmula desarrollada y el nombre escrito de la trimetilamina? No faltarían razones para conjeturar que en la pantalla del sueño apareció únicamente la fórmula sintética, (CH3)3 N. Es que hay muchas cosas que Freud no dijo en su interpretación del sueño de la inyección a Irma y, por eso, no cesa de escribirse. En una empresa que pasa por momentos de mayor y menor credibilidad, aunque la potencia heurística de cada aporte no deba desatenderse por culto a la exactitud. Es empinado seguir a Stoïanoff luego de que, a cierta altura, admite que la logia vienesa B’nai B’rith recién fue creada en octubre de 1895 y que la fecha del juramento de Freud es la del 29 de septiembre de 1897. Y nada nos obliga a acordar con Anzieu en que las asociaciones del primer tramo del sueño de Irma arman un trío, puesto que el cuarto elemento, la gobernanta, “es comparsa”. En cuanto a Lacan, él mismo se adelanta a reconocer que: “No sin humor, ni sin vacilación, pues esto es casi un Witz, les propuse ver la última palabra del sueño”.14

Un acercamiento a las inspiraciones y andamios del sueño paradigmático del psicoanálisis conduciría a otros acentos, otros dilemas y a la tentación de otras tergiversaciones. Veamos. Con un escritorio improvisado a partir de dos mesitas de la sala de estar del hotel... 


1. Cf. la “Primera entrega” de esta serie en rev. Imago-Agenda n° 68, abril de 2003, Buenos Aires, pp. 55-60.
2. Comp. de Freud, Ernst; Freud, Lucie y Grubrich-Simitis, Ilse [1976], Sigmund Freud: Su vida en imágenes, Paidós, Buenos Aires, 1979.
3. Stoïanoff-Nénoff, Stoian [1996], Problemas cruciales para el psicoanálisis (Una lectura del Seminario xii de J. Lacan), Nueva Visón, Buenos Aires 1997, pp. 193-219.
4. Anzieu, Didier [1959/75], El autoanálisis de Freud: El descubrimiento del psicoanálisis, 2 vol., Siglo XXI, México, 1979, p. 179.
5. Lacan, Jacques [1954-55], El Seminario 2. El yo en la teoría de Freud y en la técnica psicoanalítica, Paidós, Barcelona, 1983, p. 251.
6. Anzieu, Didier [1959/75], p. 178.
7. Lacan, Jacques [1954-55], p. 258.
8. Op. cit., p. 247.
9. Op. cit., p. 259.
10. Op. cit., p. 231.
11. Op. cit., p. 242.
12. Op. cit., p. 249.
13. Vappereau, Jean-Michel, conferencia inédita del 5 de abril de 2003 en Buenos Aires, ficha de desgrabación no revisada por el autor, pp. 10 y 14.
14. Lacan, Jacques [1954-55], p. 258.
 
 
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