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   Fin de análisis

Fin de análisis: ética del deseo, estética del goce
  Por Oscar Lamorgia
   
 
—¿Cuál es el mejor camino que puedo tomar desde aquí? —preguntó Alicia
—Para indicarte cuál es el mejor camino, debo saber hacia dónde quieres ir, dijo el gato
—Yo no sé muy bien adonde quiero ir, dijo Alicia
—En ese caso no importa que camino tomes...
Lewis Carroll
Alicia en el país de las maravillas

0- Puesta a punto. Se ha definido el fin de análisis a partir de Lacan de varias maneras. Veamos algunas de ellas: acteísmo (condensación de acto y ateísmo); saldo cínico; sublimación; atravesamiento del fantasma; goce femenino; analista virtual; etc.
Intentaremos revisar algunas de tales categorías, de manera que su mera repetición ecolálica vea deflacionar su machacante vigor.

I- Deseo<> goce. La concepción que un analista posea acerca del fin del análisis suele decidir el destino de las curas que conduce. Paráfrasis de un postulado que, aludiendo a lo inconsciente, parece ser también de aplicación para un puñado de elementos que por derecho propio supieron alcanzar la dignidad de conceptos. Tal sería, a juicio de este escriba, el caso del fantasma fundamental.
Se ha dicho infinidad de veces que el fantasma ($ <> a) posee una doble función, a saber: sostén del deseo; condensador de goce
Doble carácter que de modo implacable rebate con denuedo cualquier dualismo pedagógico que –cifrado en el forzaje de pares ordenados por relaciones de exclusión– tiende a demostrar cómo deseo y goce se excluirían tan sistemática como ficcionalmente.
El fantasma produce, de un modo ciertamente fallido, una posible dialectización de ambos términos. ¿Acaso el deseo de deseo insatisfecho, no es –por citar sólo un ejemplo- el goce de la histérica?

II- Síntoma y sublimación. El fin de análisis está claramente teñido por las idealizaciones más variopintas. Algunas de ellas, hacen de él un emblema de ascenso en la escala social/profesional. Otros intentan (no siempre con decoro) dar cuenta de un acontecer cuasi-metafísico espolvoreado con sendas pizcas de misticismo y de lánguida bohemia.
Aún así, debo decir que he conocido casos en los cuales, la ausencia de “poses” en el sujeto en cuestión, sumada a las innegables puntadas finales de un duelo –tal vez el más crucial- que habrá de realizar (ya en la más radical e íntima soledad) por aquel que fue y ya no será, explican a las claras a qué se debe que nuestra praxis contabilice muchas más interrupciones que finales logrados.
Si pensamos al síntoma como elemento principalmente situado al inicio de un análisis y a la sublimación en tanto que avatar lindero con su finalización, veremos que la posición del sujeto es en ambos tiempos de la cura, radicalmente diversa. En tanto que a un síntoma se lo suele padecer con cierta pasividad y extrañeza (tierra extranjera interior, Freud dixit), la sublimación requiere de una cierta pasión genitora del acto creador. Nuevo quiasma entre goce y deseo, a saber: Creación y Acto.

La extrañeza respecto del síntoma se contrapone fuertemente a la posibilidad de firmar la creación de un objeto que antes no existía. Se trata, en última instancia, de poder efectuar un pasaje que va del nombre del padre a ser padre del nombre. Claro que con un bucle adicional: El objeto creado, produce al autor. Cuestión que nos aleja de la puesta en ejecución de cualquier recurso voluntarista.
Los efectos terapéuticos del análisis, se añaden a tal proceso como suplementos que adquieren un carácter, en cierto modo, secundario.
Ningún análisis produce genialidad donde no la había, por lo menos en estado larvario.
Si la posición del sujeto es dividida al inicio ($), y también lo es en el final ($), cabría preguntarse por qué llevar a cabo un análisis. O como transcribe Jean Allouch: “Si hubiera sabido que el final del túnel era también la entrada, no hubiera hecho toda la travesía.”1 Sin embargo, es necesario destacar que el sujeto se halla dividido por el significante pero también por el objeto a. De ello se desprende que en el difícil derrotero analítico, el intento del sujeto por hallar un significante que lo represente (ante el Otro), lo confronta con el objeto que causó su división.
En suma, se tratará de curar lo curable y de facilitar una suerte de savoir-faire con lo incurable.
Con las heces pueden hacerse varias cosas. Entre ellas: Maldecir toda la vida por el olor que despiden, o hacer abono para las plantas...
A través de un sencillo gráfico intentaré establecer la lógica del presente planteo:

Ética ............. del deseo (Identificación con la causa)
Estética ......... del goce (Creación)

Existen ciertas intersecciones entre los términos que dan vida a este apartado. Aún así, debemos advertir que la sublimación puede tener lugar sin que el asedio sintomático del que el analizante viene siendo víctima sufra mayores menoscabos.
Por otra parte, un análisis llevado a término en virtud del desamarre de los ideales; de la caída de ciertas identificaciones imaginarias mortificantes; del relevamiento sintomático y de la dosificación de la angustia, bien puede no desembocar de un modo obligado en un acontecer creativo claramente legible por nuestros semejantes.

III- Saldo cínico en sentido clásico. Es sabido que la tarea analítica reconoce antecedentes en prácticas y cuerpos doctrinarios que –salvando las distancias- sentaron las bases de un proceder que actualmente es mucho más alambicado, a la vez que pasible de las formalizaciones más diversas.
En tal sentido, podemos encontrar la posición del analista situada a mitad de camino entre las tradiciones de los estoicos y de los cínicos. De los primeros podemos extraer, en principio, dos cuestiones: El lugar del muerto, que Lacan reencontrará (con las diferencias del caso) en el juego del bridge, y también los rudimentarios antecedentes del signo lingüístico saussureano.
De los cínicos, son situables ciertos modos de proceder que propenden al desmontaje de la lógica en la que el analizante se encuentra usualmente entrampado, a través de la producción de incesantes “puntos de quiebre” en la misma.
Diógenes de Sínope es considerado el paradigma de los filósofos cínicos. Las historias que de él se han escrito lo revelan como a alguien que, en estado práctico, hizo de su modelo de pensamiento algo situable en el camino contrario de un saber especulativo. Vale decir que las intervenciones de Diógenes tenían efectos en la vida cotidiana de aquellos que lo encontraban en su camino.
Existen muchas anécdotas que lo pintan de cuerpo entero y a través de las cuales podemos hallar puntos de concurrencia entre su diario proceder y los matices cínicos de la c(l)ínica lacaniana.
Veamos algunos ejemplos de ello:
Diógenes: En cierta oportunidad habiendo sido preguntado acerca de cuál vino era su preferido, respondió: “el ajeno”.
Lacan: “el deseo es el deseo del Otro”.
Ante alguien que mediante la utilización de silogismos pretendía demostrar que el movimiento es imposible, Diógenes comenzó a caminar en su derredor, haciendo caer in vacuo tales disquisiciones.
Lacan: En cierta oportunidad una consultante de Lacan refiere angustiada que su analista anterior acaba de morir. Lacan pregunta si ella tiene movilidad propia y ante la respuesta afirmativa, él toma su abrigo y juntos marchan al cementerio donde en ese momento se efectuaban los oficios fúnebres. De ese modo evitó que se estableciera una imaginaria continuidad que conspirase contra la chance de que el tratamiento con Lacan pudiera funcionar. Para ello, era menester que se produjese la inscripción de la pérdida en tanto tal. La asistencia al cementerio, constituyó (en acto) la primera entrevista con Lacan...

IV- Cinismos de Oriente Medio. El Mulá Nasrudín es uno de los referentes clásicos del sufismo de divulgación masiva. Tan conocido por su ácido humor como por su capacidad de llevar adelante planteos tensados hasta el límite del aplastamiento por el absurdo. Las referencias que de él aparecen, poseen las estaturas cualitativas más diversas, pero conviene acentuar que su decir nunca dejaba al interlocutor instalado en una confortable impavidez. No olvidemos que la intervención en acto, suele apuntar a desmontar la dormidera en la que muchas veces el analizante se apoltrona (o se “endivana”).
Compartamos alguna semblanza:
Nasrudín ya había conseguido ahorrar lo necesario para comprarse una nueva túnica. Lleno de excitación se dirigió a una sastrería. Allí el sastre le tomó las medidas y dijo:
“Regrese dentro de una semana y, si Alá así lo permite, su túnica estará lista”.
Tras contener su impaciencia durante una semana el Mulá volvió a la tienda.
“Ha habido una demora. Pero, si Alá así lo permite, su túnica mañana estará lista”.
Nasrudín volvió al día siguiente. “Lo lamento –dijo el sastre-, pero todavía no está terminada. Intente mañana y, si Alá así lo permite, estará lista”.
Exasperado Nasrudín preguntó: “¿Cuánto demorará si usted deja a Alá afuera de este asunto?”
Lacan: “De nuestra posición como sujetos, siempre somos responsables...”; “El Otro está barrado”, “No hay Otro del Otro, etc.
Considero pertinente detenerme aquí, instante en el cual correspondería comenzar a decir algo en relación con el dispositivo del pase...

1. Jean Allouch, Letra por letra, Edelp, Córdoba, 1993.
 
 
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