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   Fin de análisis

Fin de análisis: en toda historia hay un comienzo
  Por Carlos Gustavo Motta
   
 
1.- Algunas cuestiones preliminares sobre el dolor. En El nacimiento de la clínica Michel Foucault examina el desarrollo de la observación médica y de sus métodos durante medio siglo. Por ello el subtítulo es “Una arqueología de la mirada médica”; aquí el concepto de clínica está tomado en el ámbito de la medicina para indicar cómo el cambio de discurso determina la modificación de la experiencia clínica.
El campo del cuerpo inicialmente subsistió como entregado a la muerte. El cadáver, que permitía el estudio de la anatomía clásica, buscaba obsesivamente la perfección en un dibujo, el detalle que develaba ese objeto de estudio. Cuerpo como objeto, sin alma, descarnado, desvitalizado, sin dolor. Dolor indispensable para saber del ser vivo. Del alma que padece y que expresa su padecer.

Sartre expresaba que no hay más que la verdad del dolor y que “la verdad del dolor es el dolor mismo”. No se trata de un juego de palabras. Todo lo contrario. Es lo verdadero de un sujeto que piensa, ama, sufre, que nace y muere.
No es que la medicina excluyera al dolor de su ciencia, sino que la clasificaba, la ordenaba en entidades nosológicas. Una medicina descriptiva en signos, síndromes y síntomas. Diferencias esenciales para arribar a un diagnóstico posible, un pronóstico probable y un tratamiento a indicar. Pero tal condensación no alcanzó. Había algo en esta lógica que se escapaba a una ciencia que pretende ser exacta. Con el progreso tecnológico se llegaron a establecer nuevos rumbos y continuas aspiraciones. Resultado: mayor rigor científico, aumento de la credibilidad, objetividad aséptica.
Sin embargo, algo sucedía cuando la medicina entraba en el terreno de las enfermedades mentales. Aún con los aportes de Sigmund Freud, Watson y Skinner, las experimentaciones que se realizaban en este campo tenían resultados poco efectivos y demasiado mortificantes para el sujeto. Es el caso de Ladislaus Joseph von Meduna, quien empleaba un tratamiento de shock utilizando alcanfor, el cual con frecuencia producía convulsiones de tal violencia que los enfermos sufrían numerosas fracturas a consecuencia de ellas.1

En 1938, el médico psiquiatra italiano Ugo Cerletti aplicaba shocks eléctricos para lograr conseguir algún tipo de mejora. A finales de 1930 y durante los años 40, el neuropsiquiatra portugués Egas Moniz, impresionado por la desaparición de la agresividad en animales cuyos lóbulos cerebrales frontales habían sido eliminados, realizó en 1935, la primera lobotomía en un paciente humano. Este procedimiento se seguía utilizando en aquellos casos de enfermos que no respondían a otros tratamientos de electroshock. Aunque Moniz ganó el premio Nobel en 1949, por haber desarrollado este nuevo tipo de cirugía, estas operaciones, al ser irreversibles, eran consideradas al menos tan negativas como el mismo desequilibrio mental curado, eran totalmente cruentas y obtenían como resultado un sujeto en un estado cuasi-vegetativo.
Retomaré la frase sartreana, mencionada por Jacques Lacan en su artículo “La Ciencia y la Verdad”2 y atribuida a un “coronado recientemente con todos los honores facultativos” (se trata del mismo Sartre cuando recibió el premio Nobel de Literatura –ver comentario y desarrollo más adelante–).

Señalemos inicialmente, algunas cuestiones que giran alrededor del dolor y la ciencia, y que tienen que ver con la frase en cuestión.
En 1640, el filósofo francés Descartes estableció el concepto de “vía dolorosa”3: una línea directa entre la piel (lugar donde se aplica el estímulo doloroso) y el cerebro (zona donde se percibe el dolor), comparando, además, este sistema con la forma de hacer sonar las campanas de una iglesia: “Al tirar de un extremo de la cuerda, simultáneamente se consigue hacer sonar una campana en el otro extremo de la misma.”4
Con el transcurso de los siglos, la teoría de Descartes fue ganando credibilidad. Entre 1894 y 1895, el físico alemán Max von Frey realizó una serie de experimentos. Primero seleccionó los puntos corporales más sensibles al frío y al calor. Después, colocando una aguja sobre una goma y ajustando la presión para poder ir pinchando, elaboró un mapa corporal, en el que marcó los “puntos del dolor”. Con otra serie, estudió los “puntos de contacto” como así también el tema de los receptores.
De esta manera fue determinando que la magnitud de la sensación del dolor depende de múltiples factores. Por ejemplo, en ocasiones, las personas que poseen una extremidad amputada sufren de dolor en su “miembro fantasma” el cual, como es evidente, carece de receptores nerviosos del dolor.
Desde el concepto de la vía dolorosa al del miembro fantasma hay un arribo de Sigmund Freud en su Manuscrito G5 donde el dolor es un recogimiento dentro de lo psíquico; en el Proyecto de psicología6 lo ubica en el sistema Q; luego, el dolor relacionado como violentos efectos de descarga subrayando el carácter impreciso de elucidaciones metapsicológicas en Más allá del principio del placer7 y finalmente, la aparición del dolor, relacionado con la angustia y el duelo en Inhibición, síntoma y angustia8 donde define que “El dolor es la genuina reacción frente a la pérdida de objeto”. Un Freud solidario al Lacan que se prolonga en el seminario La angustia.
Jacques Lacan, en la referencia encontrada en Escritos, menciona a un filósofo “coronado recientemente”. Se refiere a Jean Paul Sartre, a quien en 1964 se le concedió el Premio Nobel de Literatura (que rechazó). En El Ser y la Nada9 la sección “El Ser para-otro”, el filósofo menciona la relación entre el cuerpo y el dolor. Sartre afirma que la estructura de mi “ser humano” no pueden percibirse en su totalidad sino en relación inseparable con los otros existentes, porque el para-sí remite al para-otro. Se trata, pues, de establecer la existencia indubitable de los otros y mi relación de ser con el ser del otro.

El cuerpo es enteramente psíquico. “Así, mi cuerpo es una estructura conciente de mi conciencia..., y sin embargo, el cuerpo es lo que la conciencia es; esta no es nada más que cuerpo, lo demás es nada y silencio.” El dolor rompe ese silencio. Se inserta en una nada hablando. Pero todo lo que se dice sin palabras, al principio es difícil de develar. El dolor aparece por partes, diferentes marcas, diferentes piezas de un rompecabezas que a veces, se puede llegar a construir.
“La ciencia, en la medida en que se refiere sólo a una articulación que únicamente se aprehende por el orden significante, se construye con algo de lo que antes no había nada.”10 Para Lacan, la ciencia es del registro de lo Real (lo desconocido, lo inquietante y siniestro para el sujeto). En la ciencia no hay progreso. Ubicamos aquí lo que creemos puede existir una discordancia, e incluso una falta de sentido.
A veces, se concibe a la ciencia como el mayor de todos los males contemporáneos; otros piensan que el progreso científico y tecnológico ha causado sólo ganancias favorables para la humanidad: tal discordancia intelectual no permite entender que el problema no es uno ni otro sino la cuestión ética del para qué vamos a usarla. Por qué se hace lo qué se hace.

La verdad del dolor es el dolor mismo.
La ciencia que analiza ese dolor es justamente aquella que en griego quiere decir: desatar, desanudar, resolver, disolver, desembrollar.
Reconozcamos la existencia de otras ciencias que están pobladas de fantasmas que petrifican el dolor
¿Cuándo un dolor es petrificado? ¿Qué significa esto?.
Jacques Lacan lo cita en el seminario La ética del psicoanálisis,11 a propósito del mito de Dafne. Dafne fue uno de los fracasos amorosos de Apolo, porque cuando el dios trató de seducirla, Dafne huyó. A punto de ser alcanzada, interviene su padre (Tiresias) quien la transforma en un árbol de laurel (planta a la que alude su nombre). Piensen que Dafne no sale victoriosa. Piensen en el dolor de aquella transformación. Piensen cómo Dafne al huir de Apolo encuentra su destino en el Otro (recordamos que la madre de Dafne es la Tierra). Raíces atrapadas en la Tierra, que se encargarán eternamente de nutrirla. Encuentro del objeto que más vale perder que encontrar.
¿Y en toda esta argumentación, dónde ubicar al psicoanálisis? ¿Qué nos enseña? ¿Cómo lo enseña? ¿Qué esperar?
“A cada instante se manifiesta el malestar de la construcción viviente, el mismo que hace tan difícil para nuestros neuróticos la confesión de algunos de sus fantasmas.”12
Los fantasmas no soportan la revelación de la palabra. En ella radica nuestra praxis analítica.

2.- En toda historia hay un comienzo. Los dioses daban a conocer su voluntad a los hombres por medio de presagios y sobre todo de oráculos. Los más célebres fueron el de Zeus, en Dodona de Epiro y el de Apolo en Delfos, que fue durante mucho tiempo el oráculo más importante del mundo. A él acudían desde todas partes para pedirle consejo y protección.
En la entrada, había leyendas escritas sobre los muros que invitaban a reflexionar: la que más se destacaba era Conócete a ti mismo, sentencia a la que Sócrates había escogido como norma de conducta intentando enseñarles a los hombres el difícil arte de hacerse mejores. En el interior del templo se ubicaba la Pitonisa, sacerdotisa de Apolo, quien a la manera de una psíquica moderna, profería diferentes palabras que eran tomadas por escrito a su vez por otros sacerdotes y luego eran ordenadas en frases llenas de significaciones posteriores.
El oráculo tenía enorme ingerencia, no sólo porque predecía el porvenir sino porque aconsejaba a los hombres en decisiones que debían adoptar. Desde luego se equivocaban pero salían del compromiso gracias a la formulación vaga de las respuestas, susceptibles de interpretarse de varias formas.
Existen diferentes modelos de temporalidad en relación con los procesos psíquicos, desembocando a si la interpretación puede llegar a descubrirse o si crea el pasado del que habla. La interpretación oracular se presenta en su dictamen, como una ruptura en el tiempo, como una reabsorción del peso de los días en un instante de duración trascendente. El oráculo tiene por naturaleza el poder de dar a los hombres la enseñanza que les es apropiada. A partir del momento que hace palabra, la ruptura no es tal. Es eterno hasta su cumplimiento final.

Las mánticas “ven”, tienen la experiencia de la unidad esencial de las cosas integrando ese conocimiento que se expone del otro del ser al ser del otro, de tal suerte, que en cierto sentido vive en y de la percepción constante en éste último. Las palabras dichas tienen la capacidad de desarrollar la atención en otro, pero de la misma manera en que un maestro de escuela “educa” las capacidades intelectuales.13
Son palabras que “suenan a verdad”. Verdaderas palabras que embate al sujeto preparado para escucharlas, convirtiéndolas en un acto en el que debe culminar su destino, el cual ya estaría signado anticipadamente. Palabras proferidas por una alteridad en tanto lugar de la verdad, como lugar donde la palabra se sitúa e instala sin lugar a dudas. Palabras que hacen del tiempo una instancia, medible y medida: “no podríamos localizarnos en el tiempo, si no dispusiésemos del significante, que inscriba un recorte válido para todos (segundos, minutos, días, meses, etc.) y que permita al sujeto situarse (antes, después, etc.). El tiempo, en su constitución misma, pasado, presente, futuro, tiempos de la gramática, se localiza en ninguna otra cosa que en el acto de la palabra.14
La importancia del desarrollo del concepto de salud mental, indudablemente alcanza a la medicina: cuerpo y síntoma son los elementos de una bisagra que articulan conceptos observables en la práctica médica y analítica. Partiendo desde Freud, es en el síntoma donde se revela el momento físico de los procesos inconscientes. Toda esta cuestión se revela en el momento mismo de una consulta. “Estoy somatizando” es una frase cotidiana que encierra un saber, que el síntoma hace marca, se expresa en el cuerpo.
El primer momento freudiano, y con las investigaciones de Charcot y Breuer, ubica a un Freud que intenta “levantar” los síntomas. La cura en esa época, es hacer conciente lo inconsciente. Pero esto es insuficiente, porque los síntomas eran sustituidos por otros. Es necesaria la ampliación de la tópica freudiana.
No bastaban los conceptos de los sistemas Preconsciente-Consciente e Inconsciente para la constitución del aparato psíquico. El desarrollo de las instancias Yo-Ello-Superyó se amalgaman con los postulados de la metapsicología freudiana, designando con ella toda descripción de un proceso mental en las tres dimensiones identificadas como dinámica, tópica y económica. A partir de ella, la designación del concepto de pulsión, represión, duelo y melancolía, cobran tal magnitud en la teoría psicoanalítica como sus pilares mismos. Es probable que todo esto sea historia, pero es imprescindible para establecer un retorno a Sigmund Freud propuesto por Jacques Lacan, quien se encarga a partir de 1936 de ordenar los conceptos del psicoanálisis. Incluso necesaria, porque para hablar de un fin debe recordarse que en toda historia hay un comienzo.

3.- Fin de análisis. “El sujeto se realiza como aquél que no espera la ayuda de nadie y que en el orden de las pasiones puede traducirse en desamparo o en desasosiego absoluto por el hecho de no estar más arrumado a nadie”. Tal es el párrafo ahora elegido del libro Biología lacaniana y acontecimiento del cuerpo, de Jacques-Alain Miller.
En ese texto, se realiza un trabajo que se infiere de la expresión freudiana “la roca viva de la castración”. Roca viva. La roca como elemento inerte en oposición a la vida: una tensión en un Uno. Uno frente a la castración, frente a lo intolerable de lo imposible.
Si de un fin se trata, y en relación con la cura, es porque no nos encontramos a hablar con el otro sino somos con-el-otro y comenzamos (¿o continuamos?) a dirigirnos más allá de nuestra comprensión. ¿Operación intuitiva? No. Es la despedida del Otro, sabiendo que no existe y sin embargo, hay. El fin del análisis puede ser un Witz. No nos causa gracia, pero tiene (tuvo, tendrá) un efecto cómico, y cuando ese coro griego relata lo que sucedió, al mismo tiempo nos anticipa que ahora no se repetirá, porque después de todo, con una piedra, con un obstáculo que ha quedado vivo, que se transformó en huella y marca, siempre así advertidos, sabremos que-hacer.
El tú lo has dicho dialectizado al lo he dicho es el resultado de la operación analítica que nos permite hacer algo con eso, y así, de esa manera, un sujeto alcance su propia invención.
 
 
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