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  Por Hugo Dvoskin
   
 
I. Lacan sorprende al lector del seminario La ética del psicoanálisis pues inicia su trabajo abordando cuestiones metapsicológicas. Sin embargo, esa vía de entrada responde a una lógica rigurosa: una praxis requiere definir los principios en los cuales se sustenta, y en ese sentido los conceptos que la determinan.
La praxis psicoanalítica se sostiene en la existencia de la hiancia entre percepción y conciencia y su andamiaje conceptual refiere al aparato psíquico que entre esos extremos se monta. La ética, en consecuencia, coincide con el gran descubrimiento de Freud, el inconciente. El inconciente es el nombre que da cuenta de aquello que irrumpe en la conciencia, nombre que desanuda los modelos unificantes y esféricos de la psicología y la filosofía. Si los modelos metapsicológicos freudianos o la topología lacaniana requirieran de alguna necesidad lógica en el campo del saber, la ruptura de los modelos que quedan desarmados para dar cuenta del sujeto sería suficiente. El inconciente es también el nombre de la experiencia que se atraviesa y en consecuencia su existencia misma sólo es pensable en términos de un sujeto “dispuesto” a la travesía que el psicoanálisis propone.
Si la ética del psicoanálisis supone mantener la distancia entre pc-cc, Lacan correlaciona en Los cuatros conceptos fundamentales la del psicoanalista con sostener la máxima distancia entre I(A) y a. Pues nuevamente aquí se trata de interrogar qué habita en ese intersticio, en esa nueva hiancia. Nuevamente nos encontramos con el inconciente.

“El individuo enfermo –subraya Lacan–,tal como Freud lo aborda, revela otra dimensión que la de los desórdenes del Estado y la de los trastornos de la jerarquía.” De modo que el psicoanálisis se propone luego de los problemas de Estado, luego –particularmente– de la promesa de felicidad con que la política nos aturde desde la Revolución Francesa, que aun cuando reiteradamente en desgracia encuentra los medios para renovarse. Dada incluso la imposibilidad conceptual del psicoanálisis para trabajar en el campo de las “ supuestas necesidades”, ya que se mueve en el terreno de la insatisfacción, aquello que eventualmente debería ser satisfecho o garantido por el Estado de Derecho (trabajo, vivienda, alimentación) irrumpe en la clínica bajo el modo de una insatisfacción en la que el sujeto no se encuentra implicado. Allí donde el sujeto cree que encontraría satisfacción si la necesidad estuviera cubierta.
En una inversión regrediente, el psicoanálisis –y los psicoanalistas– se ve convocado y tentado por los distintos campos del saber a abandonar su trabajo de subvertir al sujeto, para transformar a sus conceptos en modos de dar cuenta de las causas de los malestares de la cultura.

Bajo distintas modalidades, ya sea dar cuenta, ya sea calmar o denunciar, el psicoanálisis se pierde en su búsqueda de una cosmovisión, de un intento de proponer un “cómo hacer para que las cosas marchen”, lo que nos aleja del deseo de saber. Al “explicar” la falta de legalidad, la emigración o el fenómeno de las asambleas vecinales o “cómo es nuestra cultura con “categorías psicoanalíticas”, el psicoanálisis responde a la posición del amo y explica la realidad: “Un verdadero amo no desea saber nada en absoluto, lo que desea un verdadero amo es que la cosa marche.”1 Ante la imposibilidad de hacer que la cosa marche, el discurso del amo lo remplaza proponiendo como hacer para que así suceda.
Si el psicoanálisis tiene la posibilidad de subvertir al sujeto, los psicoanalistas corren el riesgo de transformarlo en un burócrata del poder (la buroyocracia). Si la experiencia del psicoanálisis lleva a interrogarse y responsabilizarse por el decir, el intentar responder “a lo social” lleva a “saber qué decir”.

II. Los durísimos años de la Primera Guerra recién habían quedado atrás. El hambre cruzaba Europa, las heridas no habían cicatrizado y las neurosis exigían un tratamiento urgente. Es el invierno de 1919. Freud escribe sobre el masoquismo, un artículo que hoy conocemos bajo el título de “Pegan a un niño”. Al iniciar el tercer capítulo, con la sabiduría y la prudencia que Freud supo tener, escribe: “Uno querría obtener éxitos útiles en el plazo más breve y con el menor trabajo. Pero en el presente el conocimiento teórico sigue siendo incomparablemente más importante para todos nosotros que el éxito terapéutico, y quien desdeñe los análisis de la infancia por fuerza incurrirá en serios errores.”2
Los seis casos que con rigor Freud estudiara durante la guerra, nos han permitido pensar, y decidir sobre interrupciones de tratamiento y finales de análisis. Pero sobre todo, cabe remarcar, desanudar aquellos puntos en que se intersectan sufrimiento y erotismo arruinando la vida de nuestros analizantes.
La respuesta de Freud, contundente, se compadece con la producción intelectual realizada durante los años mismos de la Guerra. Una guerra quizás como pocas, o como ninguna otra, con poderosas armas para el combate cuerpo a cuerpo, con bombas con gran poder de destrucción sin siquiera el alivio de los antibióticos y precarias anestesias. Allí donde el conflicto exterior no podría haber tenido una presencia más acuciante, Freud escribe “Pulsiones y destinos de pulsión” e “Introducción del narcisismo” También se toma el tiempo para escribir “La represión” y Lo inconciente”. En las postrimerías de la Guerra escribe “Duelo y Melancolía”. Textos metapsicológicos que aún hoy iluminan nuestra clínica y a los que aportes posteriores le han dado cada vez más brillo y han transformado en una fuente continua de conocimientos. Textos cuya letra puede sumarse a los textos sagrados, los que requieren de exégetas, y que se han transformado a lo largo de los miles de años de cultura greco-judeo-cristiana en una fuente permanente de consulta sobre nuestra praxis y nuestra ética. Textos que nos orientan en la pregunta que siempre acompaña a quien se ocupa, de un modo u otro, de su semejante.

III. Es enero de 1970. Francia vive aun los coletazos del mayo francés. El mundo está convulsionado; son tiempos de la guerra del Viet-Nam. A Lacan le insiste la interrogación: ¿qué tiene el psicoanálisis para decir de la actualidad?
“Me veo obligado a señalar que no es lo mismo decir que el inconciente es la condición del lenguaje que decir que el lenguaje es la condición del inconciente.”3
Así Lacan acentúa que el inconciente no es condición de la cultura puesto que la cultura se determina en otros lugares. Si la inversión de la fórmula fuera posible, el inconciente –y en consecuencia el psicoanálisis– se hallaría en posición de dar respuestas, de posicionarse como una cosmovisión. “Invertir la fórmula es darle un alcance estrictamente contrario a la verdad, sin ninguna homología con lo que yo expongo.”
Es el riesgoso y tentador paso que va del Discurso del Amo –pensado como reverso del psicoanálisis– al intento de querer dar cuenta del discurso del poder y de otras disciplinas (sociología, economía, antropología) con conceptos psicoanalíticos adecuados.
Adecuar los conceptos del psicoanálisis para abordar otras temáticas es la antesala de adecuar el discurso del psicoanalista a una ideología, a un conjunto de teorías sobre el mundo, a las cosmovisiones propuestas por tantos analistas que tantas resistencias creó al psicoanálisis. De allí, a mi criterio, la importancia de una profundización de la fórmula del inconciente a fin de definir nuestro campo y abrir a consideración del conjunto las vías para operar en otros.
Es que el discurso analítico es cuestionable en tanto tal, en tanto discurso mismo: “Llego a articular esta posición del psicoanalista de una forma que es la que llamo su discurso, digamos su discurso hipotético.” Es en la calificación de hipotético donde puede encontrarse la brújula que orienta. La operatoria de calificar un sustantivo, la de especificarlo, puede afectar al sustantivo de modo tal que llegue a corroer lo que suponíamos era el pivote sobre el cual ese sustantivo se sostenía, afectando su valor de semantema consensuado. A saber, en el caso del discurso, requiere el ser efectivamente pronunciado. Dado que Lacan lo califica de hipotético, pierde su predicación implícita, el ser pronunciado. Ahora bien, si un discurso no se pronuncia, al no encontrarse en el campo de lo “pronunciable” no es un discurso, es una suposición o estrictamente en el caso del discurso analítico es su-posición como analista.
La gravedad de las crisis, la sensación de vivir en terremotos, barcos que se hunden y amenazas del Apocalipsis, nunca han sido buenas referencias para la evaluación, la reflexión y la profundización de los saberes. Por el contrario, son un nombre antiguo aunque siempre moderno de las resistencias al psicoanálisis.
 
 
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