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   Foucault 20 años después

Lo que el gesto foucaltiano enseña al psicoanálisis
  Por Martín. H Smud
   
 
El gesto es un movimiento detenido, como una pintura, muestra los deseos de quienes viven en una época. No hay actualidad sino en quien mira esa escena. La descubre, la analiza, escucha sus murmullos tras esa capa de silencio tan parecida a la pulsión de muerte. El gesto convoca a un intérprete. Foucault aprehende cada documento histórico en su gestualidad, cuenta lo que ve pero también imagina cómo, en él, los sujetos intentan decirnos la verdad y muestran, al mismo tiempo, los límites propios de ese dominio.

Siempre había tenido la impresión que el psicoanálisis se quedaba corto en la afirmación de la interrelación entre lo político y lo subjetivo y sólo había demarcado algunos de sus contornos. Lo que Foucault enseña al psicoanálisis tiene fundamental importancia en el entramado de la cuestión política y la subjetividad. El gesto es la articulación que muchas veces nos había faltado entre lo político y lo subjetivo.
Freud investigó el movimiento alrededor de los agujeros erógenos del cuerpo y su inmovilización, en una suerte de contorsión, en el carácter difícilmente analizable pero con una presencia de tal gravedad que todo terminaba cayendo para ese lado. Lacan, en su seminario 10, retomó la separación de “Inhibición, síntoma y angustia” freudiana armando un croquis de tipo escalonado (del tipo “ta-te-ti”) muy esclarecedor y profundamente clínico. Había una posición llamada inhibición, que se ubicaba en la máxima dificultad de movimiento, era donde el deseo estaba señalando su relación íntima con el acto. Y agrega algo muy interesante: “la inhibición es un síntoma puesto en el museo”1.
Ni Freud ni Lacan hablaron del gesto y mucho menos de la gesta que representa todo artículo de museo, ligado a la historia política de cada época; a las demarcaciones, como diría Foucault, del dominio de verdad que produce un sujeto y los límites de su discurso.

El psicoanálisis no ha acentuado la vertiente del gesto que permite pensar al poder que introduce el proceso de normalización con una enorme eficacia subjetiva cuya influencia en las acciones disciplinares son propuestas por los discursos de una época y llevadas a cabo por los individuos que viven en ella.
Esta normalización, sostiene Foucault, es empírica, y para ser más exactos, gestual. Son los límites que se impone al deseo en cada época, entre lo decible y lo visible: la “in-movilidad” del gesto.
Esta es, a mi entender, la “transversalidad” que Foucault mantiene con el psicoanálisis: no es suficiente el análisis del síntoma y el tratamiento de la angustia. El gesto habla del carácter de un época donde queda atrapado el analista tanto como los pacientes. Si no tiene esto en claro, el analista caerá, lo quiera o no, en una disciplina de normalización del sufrimiento psíquico.

La historia de lo que escribo tiene más de quince años. Solamente ahora, mirando para atrás, comprendo los gestos que me aparecieron en la lectura de Foucault. Siempre me acompañó desde mis años universitarios, no se metía de la manera qué lo hacían Freud y Lacan. Siempre aparecía después que hiciera una pregunta, me acercara a sus textos y me sorprendiera de su lectura histórica, su manera de escribir y hasta de las metáforas que utilizaba.
Permítanme un breve pantallazo que también es un humilde homenaje a quien intentó una nueva relación entre práctica social e historia “crítica” de la cultura.
Un día de guardia hospitalaria, recién salido de la facultad, me derivan una paciente y voy a verla al box de guardia. Era una mujer difícilmente diagnósticable, la mezcla de psicología, psiquiatría, neurología, asistencia social, y medicina era tal que todo diagnóstico se volvía una curita frente a la grangrena de lo que decía y, sobre todo, de lo que mostraba. El médico derivante era el clínico de guardia, después de una hora en la que hablo como puedo con la paciente, se acerca y me pregunta qué hacer. Ante mi desconcierto por la imprecisión de mi diagnóstico, dice: “Me había olvidado que lo de ustedes no era ciencia”. Fui a buscar consuelo a las páginas foucaultianas y lo hallé en Las palabras y las cosas en el capítulo décimo: “Las ciencias del hombre”, en la construcción de su “triedro epistemológico”. Ahí Foucault ubica a las ciencias del hombre como tomando modelos de las ciencias empíricas, formales y filosóficas pero definiéndose en su impresición, dice: “la impresión de vaguedad que dejan todas las ciencias del hombre no es más que el efecto de aquello que permite definirlas en su positividad”2. Respiré aliviado ante el desconcierto de mi diagnóstico con esa paciente y las dudas generadas por el compañero de guardia.

Un tiempo después, caminando por los largos pasillos hospitalarios me pregunté qué estábamos haciendo allí, cómo había llegado el área de salud mental a meterse de esa manera en el campo de la enfermedad y la muerte. No solamente me preguntaba qué hacía un psicólogo en el hospital sino también que hacían los médicos y también qué era el hospital, y cómo había llegado a tener las funciones y organigramas tal como las conocíamos en la actualidad. Fui a leer el El nacimiento de la clínica y otra vez la sorpresa. Contaba que el hospital moderno había nacido de un contrato entre ricos y pobres donde éstos ponían el cuerpo para que investigaran en ellos las posibles soluciones de las enfermedades. Con ese cuerpo los médicos sacarían rédito del orden “del interés objetivo para la ciencia y de interés vital para los ricos... La mirada del médico es de un ahorro bien avaro en los cambios de un mundo liberal”3. Los hospitales, tal como los conocemos nacen en la modernidad madura, en la época donde la ciencia llega al acuerdo de su objetividad cómo valor de consenso. Nace en el gesto de inmovilidad en la misma muerte como lo contó Edgar Alan Poe en el “Señor Valdemar”. En el gesto de un pobre moribundo que muestra en su muerte misma el decurso fatal de la enfermedad. Mediante el método anatomo-patológico, en la camilla de la autopsia, desde el vértice de la muerte se da luz a la salud y la enfermedad. Y esto acontece en una fecha histórica bien definida.

Años después cuando escribía el libro Lengua de mujer decido tomar dos niveles para el análisis de la problemática femenina: el nivel de la vagina y el nivel del clítoris, niveles que intentan “tanto explicar como mostrar, resolver como crear sin perder la brújula del nivel político así como el enigma que representa el otro sexo para cada uno de nosotros”4. Sabía que no solamente tenía que aprehender la dimensión de la vágina como dice Freud como aquel “goce aún desconocido para las mismas mujeres” sino que debía analizar la dimensión propia del clítoris como aquel botón de invervaciones nerviosas donde la Modernidad encontró el mismo centro de la posibilidad de dominio de lo más íntimo del Otro. Si la Edad Media quemaba a la mujer convertida en bruja, la Modernidad fue un cambio “progresista”, se trataba ahora de meterse en lo más íntimo del otro para observar el gesto de goce que marcaba nuestro dominio y nuestro poder. La Modernidad es el tiempo de la ciencia y del clítoris. Se trataba de cómo meterse en los órganos genitales. Foucault da ejemplos, en el libro Los anormales habla del pasaje de la familia extensa a la familia nuclear y cómo se realizó por una preocupación fundamental: evitar que los chicos se masturbaran y dejaran caer “esterilmente” su líquido vital. Las familias, ahora padre y madre, debían preocuparse porque cada nuevo toqueteo hipotecaba la vida de sus hijos y eso conducía a una muerte antes de tiempo, “de tal modo que para evitarlo se hacía dormir con cuerdas atadas a sus manos y otras atadas a las de un adulto. Así, si el niño movía las manos, el adulto se despertaba”5.
El gesto inmoviliza a uno en relación con el otro. Y es el otro quien realiza medidas disciplinarias asustado por su culpa frente al fracaso, la enfermedad y la muerte. Cada época asusta con sus gestos característicos. Y es en un más allá del Edipo donde se construye su usina de rumores que los justifican. El gesto es político, condiciona y construye la subjetividad del mismo modo que recibe formas singulares de atravesamiento.
La particular mirada foucaultiana es vital para los analistas preocupados en los gestos que nunca terminan de ser interpretables.
Esto que escribo acerca del gesto se me hizo evidente leyendo el libro El infrecuentable Michel Foucault. Allí Arlette Farge habla del gesto y dice: “En el gesto se percibe el cuerpo: el cuerpo que rechaza su olvido, no para integrarlo en un lúgubre y demasiado tranquila historia de las mentalidades sino para reinscribirlo en su lugar político”6. El gesto es la inscripción política de la mirada del otro. Una manera de avanzar en el debate acerca de la compleja relación entre subjetividad y política.

Para terminar, Foucault cercano a su muerte, ante una pregunta de un entrevistador dice: “Uno de mis objetivos es mostrar que muchas de las cosas que forman parte de su paisaje no son sino el resultado de algunos cambios históricos muy precisos. Mis análisis muestran la arbitrariedad de las instituciones y cuál es el espacio de libertad del que todavía podemos disfrutar, y qué cambios pueden todavía realizarse”.
________________
1. Lacan, Jacques: El seminario. Libro 10. La angustia, inédito, Clase del 14 de noviembre de 1962.
2. Foucuault, Michel: Las palabras y las cosas, Siglo XXI, pág. 335, México.
3. Foucault, Michel: El nacimiento de la clínica, Siglo XXI, Pág. 127, México.
4. Smud, Martín: Lengua de mujer, Letra Viva, Pág. 13, Buenos Aires.
5. Foucault, Michel: Los anormales, Fondo de Cultura Económica, Pág. 233, Buenos Aires.
6. Arlett Farge: “La historia entre dos orillas”, en Didier Eribon (comp.), El infrecuentable Michel Foucault, Letra Viva/Edelp, 2004, Buenos Aires.
 
 
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