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   Colaboración

Los pequeños oficios de la escritura del psicoanálisis
  Inspiraciones y andamios (cuarta entrega) El sueño de la historia clínica
   
  Por Jorge Baños Orellana
   
 
¿Qué vigencia tiene la interpretación del sueño de la inyección a Irma propuesta por Lacan en 1955? ¿Qué queda todavía en pie después de casi medio siglo de nuevos hallazgos de los biógrafos de Freud? Por lo que venimos viendo, en lo esencial la interpretación lacaniana resistió bien el paso del tiempo; de todas maneras, hay dos puntos que valdría la pena remozar. Los presentaré abreviadamente, antes de desarrollarlos.
Por un lado, habría que agregarle que esa gran épica de autorrepresentación de los tres registros (con un primer acto de la irrupción de lo real, el segundo del estallido espectral de lo imaginario y el tercero de la instauración acéfala del orden simbólico) tan genialmente revelada por Lacan en el sueño inaugural del psicoanálisis, se emplaza, a su vez, como totalidad dentro de un marco simbólico harto convencional: el de la historia clínica médica. Ciertos requerimientos urgentes del escritorio de Freud, recientemente documentados, hacen sentir, hoy, el peso decisivo que pudo tener ese dispositivo ordinario la noche del 24 de julio de 1895. Por otro lado, cuando admitimos que las reglas sintácticas de la historia clínica médica son la meta-estructura que organiza ese sueño, lo que sigue es que cierta licencia de lectura que se permite Lacan, al hablar del ego de Freud, salta a la vista y queda parcialmente en entredicho. Pasemos al detalle.

Estructuras ready-made. ¿Cuánto vale la meta-estructura de un sueño? Por lo general, nada. Al respecto, la práctica clínica diaria ilustra en abundancia lo anticipado en el penúltimo capítulo de la Interpretación de los sueños: que los sueños son jeroglíficos y que cuando aparecen (casi) ordenados por la sintaxis de un relato convencional, ello obedece a sobornos de la elaboración secundaria. Adepto a la metáfora de la arqueología y al conservacionismo de John Ruskin, Freud comparaba esos jeroglíficos con bloques de mármol de ruinas dispersas y a la elaboración secundaria con la tarea de algún discípulo mediocre de las restauraciones de Villet-le-Duc. Aquí su advertencia: “aquellas veces en que [el sueño] presenta una apariencia significativa, sabemos que ésta debe su origen a la deformación y que su relación orgánica con el contenido interno del sueño puede ser tan escasa como la existente entre la fachada de una iglesia italiana y su estructura y planta.”

Si esta fuese la última palabra de Freud y lo único que encontramos en los consultorios, sería trivial llamar la atención sobre el hecho de que, aún representando —como bien indica Lacan— un drama a escala bíblica de la constitución del sujeto, el sueño de la inyección a Irma obedece puntualmente la perceptiva de la semiología médica. Al diálogo escueto de un primer interrogatorio (“recibimos [a] Irma, a la que me acerco en seguida para contestar, sin pérdida de momento a su carta”), sigue invariablemente el examen físico. Entonces, ya sea individualmente o formando parte de un grupo de interconsulta, el médico procede primero a realizar la inspección del paciente en un sitio bien iluminado (“La conduzco junto a una ventana y me dispongo a reconocerle la garganta [...] Apresuradamente llamo al doctor M., que repite y confirma el reconocimiento”). Continúa con las maniobras manuales de la palpación y la percusión (“mi amigo Leopold percute a Irma por encima de la blusa y dice: «Tiene una zona de macidez» [...] cosa que yo siento como él, a pesar del vestido”), eventualmente seguidas por la auscultación. Concluido el examen físico, debe alcanzar un diagnóstico al menos presuntivo (“M. dice: ‘No cabe duda, es una infección. Pero no hay cuidado; sobrevendrá una disentería y se eliminará el veneno’ Sabemos también inmediatamente de qué procede la infección.”). Por fin, receta por escrito la medicación, evaluando antes la nómina, el motivo, la dosis y la vía de otras indicaciones previas (“Nuestro amigo Otto ha puesto recientemente a Irma, una vez que se sintió mal, una inyección con un preparado a base de propil, propilena..., ácido propiónico.... trimetilamina (cuya fórmula veo impresa en gruesos caracteres). No se ponen inyecciones de este género tan ligeramente... Probablemente estaría además sucia la jeringuilla.”) Ahora bien, no toda fachada obediente a las convenciones es añadidura secundaria. Freud mismo completa ese párrafo acerca de las fachadas de los sueños con esta aclaración: “Sin embargo, hay sueños en los que, reproduciendo esta fachada, sin deformarlo o deformándolo apenas, un elemento constitutivo importante de las ideas latentes llega a poseer por sí misma un sentido.”

En homenaje a “El sueño del Juicio Final”, llamemos quevediana a esta segunda posibilidad en que la fachada pertenece a la tectónica dura del trabajo onírico. Como se recordará, en su sueño Quevedo oficia de cronista de los acontecimientos de los últimos días: acontecimientos que, naturalmente, cumplen el guión presagiado en el Apocalípsis. El propio escritor justifica la fijeza de esa secuencia sin titubeos: “[del sueño] que yo tuve en estas noches pasadas, habiendo cerrado los ojos con el libro del beato Hipólito, de la fin del mundo y la segunda venida de Cristo, lo cual fue causa de soñar que veía el Juicio final.” En este caso, la sintaxis ready-made viene de un resto diurno inmediato, y si bien no es una añadidura secundaria, tampoco parece, freudianamente hablando, un elemento constitutivo importante de las ideas latentes. Sin embargo, de entre todos los restos diurnos disponibles por el sujeto, los que ganan visibilidad no suelen ser indistintos ni simple argamasa entre los bloques de mármol del deseo inconsciente. Veamos que hay de eso en el sueño de la inyección a Irma, construyendo sus vísperas a la manera de Ralph Pendrel.

El duermevela de Bellevue. Hacia la medianoche del 24 de julio de 1895, Sigmund Freud concluyó un resumen del historial de Anna Hammerschlag, viuda de Lichtheim, destinado a Joseph Breuer. La escena se asemejaba en casi todo a las de la preparación de las decenas de informes sobre la evolución de pacientes histéricas que le había enviado sistemáticamente desde 1889. Pero en esta circunstancia no lo dirigía a Joseph en su carácter de benefactor, consultor y coautor del libro que habían publicado en mayo, los Estudios sobre la histeria. Sino al doctor Breuer, en tanto médico de cabecera y familiar de Anna Hammerschlag. El propósito era ponerlo al corriente de los detalles de las últimas sesiones para que intercediera favorablemente. El médico mayor debía persuadir a su joven nuera política de que la revelación final alcanzada por el analista era acertada, y que una vez reconocida por ella, esa verdad consentida sería la solución para todos sus síntomas. ¿Pero había alguna posibilidad de que el doctor Breuer lo hiciese? ¿La alentaría, siquiera, a retornar a su análisis y a reconsiderar, en términos más ecuánimes, la carta recriminatoria con que había dejado plantado a Freud? Nada era menos seguro.

Aunque se había dejado convencer otras veces, en esta oportunidad a Joseph Breuer le sobraban argumentos para pensar que toda esa aventura de la histeria estaba conduciéndolos a lo peor. Evidentemente, comenzaba a perjudicar su propio prestigio y la consolidación profesional de su protegido, cuyo nombre había comenzado a ganar notoriedad desde la aparición, muy bien recibida, de su libro sobre hemiplejias cerebrales en los niños escrito con Oskar Rie. Las primeras reseñas alemanas estaban, en cambio, destrozando los Estudios. Y, mucho más agobiante, era la otra crítica, la íntima del consultorio. Aun admitiendo que muchas páginas de los Estudios comprendían hipótesis explicativas atendibles e incursiones clínicas prometedoras, era indudable que la mejoría de esos pobres pacientes no había ido demasiado lejos. Incluso entre las paredes de su casa comprobaba cómo los sufrimientos de Anna mutaban sin remediarse completamente. En contrapartida, la carta que ahora Freud repasaba y corregía en la sala en semipenumbra de la planta baja del hotel de Bellevue, no era precisamente un capítulo de repaso de los Estudios. Se trataba de una “solución” distinta para el enigma de la histeria. Una que acababa de vislumbrar, quizás por primera vez con Anna Hammerschlag –si no lo fue con Emma Eckstein, según apuesta Jeffrey Masson–.1 Por el momento, era un pálpito pero de un grado de convicción que lo haría perseverar, en los siguientes dos años, hasta encontrarla (o atribuírsela) a otros diecisiete casos. Sabemos cómo terminará el arrebato. En la cumbre del entusiasmo, Freud concurre a la Sociedad Médica de Viena a declararse descubridor del caput Nili (de la fuente del río Nilo) de la histeria, generando los peores comentarios de su carrera. Suponemos que el historial que redacta esa noche a Breuer no alcanzaba igual triunfalismo, aunque es incontestable que contrariaba la idea central que habían alcanzado juntos en Estudios sobre la histeria.

Quizás pueda volver a convencerlo, musitó mientras lacraba el sobre. Ya veremos con qué cara vendrá al cumpleaños de Martha pasado mañana. Se restregó los ojos, arqueó la espalda, estiró los brazos y se detuvo a calcular la altura desacostumbrada del techo. Hasta hacía poco, esta sala de estar fue una sala de apuestas. Los candelabros apagados proyectaban sombras, el vestíbulo no se distinguía y desde el jardín, escaleras abajo, llegaba el aroma de las lilas, las acacias y las rosas silvestres (¡claro que se comentaba que el propietario era masón!) mecidas por la brisa nocturna del verano. A los pies de ese cerro, las luces de la ciudad, los reflejos plateados del Danubio. En la lejanía, devoradas a dentelladas por la boca de lobo de la noche rural, las manchas blanquecinas del humo de una locomotora del Ferrocarril del Norte. Al término de la extensa panorámica, se percató de que «Bellevue», el nombre del hotel, era el mismo que llevaba el sanatorio suizo en el que su corresponsal había internado a Bertha Pappenheim, mejor conocida como Anna O. en el primer historial de los Estudios sobre la histeria (Irma, a su vez, es el alias de Anna Hammerschlag en la Interpretación de los sueños).

Era un secreto entre ellos dos, y unos pocos colegas más, que allí donde Breuer había escrito: “El último día [del tratamiento, el 7 de junio de 1882] (...) ella quedó libre de las incontables perturbaciones a que antes estuviera expuesta. Dejó entonces Viena para efectuar un viaje, pero hizo falta más tiempo todavía para que recuperara por completo su equilibrio psíquico. A partir de ese momento gozó de una salud perfecta.”, el mandato de la exactitud le habría exigido declarar: “Una semana después de la gran catarsis del 7 de junio, tuve que internarla por la reaparición agravada de la sintomatología. Primero la derivé de nuevo, por diez días, a la clínica de Inzersdorf, vecina a nuestra ciudad; luego preferí trasladarla al sanatorio psiquiátrico Bellevue, dirigido por los Binswanger en Kreuzlingen. Allí permaneció hasta el 29 de octubre, mejorando de la morfinomanía a la que yo la había inducido accidentalmente al combatir su neuralgia trigeminal. En 1882, cursó en forma incompleta un curso de enfermería, pero entre 1883 y 1887 debí reinternarla tres veces más.”2

Las caras del sueño. Hay un divertido grabado del siglo xix, perteneciente a La vérite des miracles opérés sur la tombe du bienheureux de Pâris de Carré de Montgeron, que nos hace evocar la interpretación de Lacan del sueño de la inyección a Irma. La señorita Fourcroy, sentada cómodamente, muestra la contractura histérica que sufre en uno de sus pies desde hace quince largos meses. Cinco doctores se agrupan, a su alrededor, para interrogarla, inspeccionar y palpar el pie, y conversan entre sí en congreso de sabios. Como en algunos cuadros de San Jorge, en los que el dragón tiene pintados ojos idénticos a los del santo para alegorizar que se trata de una lucha íntima con el monstruo del propio pecado, en el grabado de Carré de Montgeron los cinco doctores llevan un mismo rostro. Siguiendo a Lacan, notamos en la puesta del segundo acto del sueño de la inyección a Irma una tramitación visual de inspiración similar. Las caras de Otto, de Leopold y del doctor M. (con algunos cambios que hacen recordar el aspecto de Philipp, el medio hermano de Freud) no son sino fragmentos del espejo roto de las identificaciones imaginarias del soñante. Las pluralidad de las caras son la espectrometría de un solo ego. Erik Porge resume exactamente el efecto que nos deja la anotación lacaniana: “se asiste en la segunda parte del sueño a la entrada en escena de una multitud de colegas de Freud, cada cual dando su parecer del caso de Irma [...]. En el momento en que el mundo del soñante es sumergido en una suerte de caos imaginario, donde nadie puede decir ‘yo’ [...], el sujeto se presenta simultáneamente en muchos personajes: en el lugar donde el sujeto podría coincidir con un yo, ese yo desaparece.”3 Ahora bien, esta desaparición resulta de una recuento algo tergiversado de Lacan. El insiste con que, luego de la visión de la garganta de Irma, la figura de Freud queda borrada completamente: “se produce un efecto de descomposición del Yo: Freud se ausenta de la escena [...] El literalmente se ha evadido; ha apelado, como Freud mismo escribe, al congreso de todos los que saben. Se ha desvanecido, reabsorbido, abolido tras ellos.”4 Al narrarlo de esa forma y al computar los tres personajes añadidos (o cuatro si contabilizamos a Philipp) como una multitud, Lacan inaugura una vía para hablar de la “inmiscusión de los sujetos” y para discutir pertinentemente a Erikson lo que diferencia una regresión a “un estado anterior del yo” de “una descomposición espectral de la función del yo.”

Toda interpretación supone la violencia de alguna elisión y alguna hipérbole; el problema está en el riesgo de asumir el recuento de Lacan como el único posible. De cumplirse, se amordazan las posibilidades que se abren al incluir la alternativa de que Otto y Leopold no sean ni más ni menos que Oskar Rie y Ludwig Rosenberg, que el Dr. M. no sea otro que Joseph Breuer —como casi todos los biógrafos coinciden con excepciones como la de Emilio Rodrigué que elige a Meynert—, y que el ego de Freud esté apoltronado donde el relato original dice ‘yo’ (“apresuradamente llamo al doctor M.”, “confirma el reconocimiento [mío]”, “yo siento como él”, “sabemos”). Desde luego, esta vía alternativa no abre a ningún sentido de los sentidos, ni al hallazgo del caput Nili del sueño de la inyección a Irma, pero deja entrever algo más acerca del escritorio de Freud.

Si nos atenemos a lo que descansaba sobre el escritorio improvisado de Bellevue: el esbozo de la teoría traumática del origen de la histeria, la carta enviada por Irma y la carta recién escrita a Breuer, resulta bien apropiado que el comentario imbécil del Dr. M. (¿Dr Merde?) sea atribuido exclusivamente al Dr. Breuer, porque eso de que “M. dice: ‘No cabe duda, es una infección. Pero no hay cuidado; sobrevendrá una disentería y se eliminará el veneno’” resulta un ayudamemorias impecable de la idea breuleriana de que la histeria curará luego de sobrevenir una gran catarsis, vale decir, después de una abreación teatral, pero también —como lo sabe cualquier médico— una gran diarrea disentérica... Igualmente feliz resulta que el responsable del casting del sueño haya elegido a dos pediatras como consultores para realizar el examen físico a una histérica mayor de edad, por la mucha agua que arrima al molino de la nueva teoría traumática. Si, como afirmará Freud con todas las letras en 1896: “en la base de todo caso de histeria se encuentran una o varias vivencias de experiencia sexual prematura y pertenecientes a la tempranísima niñez”,(5) entonces tiene sentido recibir a Anna Hammerschlag viuda de Lichtheim, como si se tratase de una del centenar de niñas que, los martes, jueves y sábado de 1886 a 1897, Freud revisaba asistido por Rie y Rosenberg en el servicio neurológico del Instituto Pediátrico de Max Kassowitz. ¿El sueño de la inyección a Irma entendido como primer borrador de la conferencia “La etiología de la histeria”? Puede ser. Ahora bien, si lo que le interesa al lector es aproximarse a cómo se generaron, en Freud, ideas más generales como las de qué es escribir y qué es un escritor, deberá salir del dormitorio matrimonial y atravesar el pasillo del primer piso de Bellevue hasta el cuarto de los niños. Puesto que todo eso empezó en la garganta de Martin.

(*) banosorellana@fibertel.com.ar
(1) Masson, Jeffrey Moussaieff [1984], El asalto a la verdad: la renuncia de Freud a la teoría de la seducción, Seix Barral, Barcelona, 1985, pp. 98 y ss.
(2) El revisionismo del caso Anna O. lo inicia Ernest Jones a mediados de los cincuenta, aunque serán los hallazgos de Henri Ellenberger y Albrecht Hirshmüller, en los setenta, los que aportan la documentación principal. Para un resumen actual de la cuestión, consúltense a Israëls, Han [1993], El caso Freud: Histeria y cocaína, FCE, México, 2002, pp.173-240 y a Borch-Jakobsen, Mikkel, Souvenirs d’Anna O.: Une mystification centenaire, Aubier, Paris, 1995.
(3) Porge, Erik, Se compter trois. Le temp logique de Lacan, Erès, Toulouse, 1989, p. 10.
(4) Lacan, Jacques [1954-55], El Seminario 2: El yo en la teoría de Freud y en la técnica psicoanalítica, Paidós, Barcelona, 1983, p. 241.
(5) Freud, Sigmund [1896], “La etiología de la histeria”, en Obras Completas, t. III, Amorrortu, Buenos Aires, 1981, p. 202.
 
 
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