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   Colaboración

Algunas notas sobre técnica analítica y ética trágica
  Por Claudio Glasman
   
 
Con Freud después de Lacan. Freud fue el traductor e introductor al alemán de una psiquiatría francesa que había descubierto los teatros de la histeria y los poderes casi mágicos y ensalmadores de la palabra. Por eso sus primeros escritos son de defensa y encomio tanto de la verdad de la histérica, acusada y desestimada por simuladora, como del instrumento de la palabra al servicio de la práctica médica –utilizado por Psiquiatras-hipnotizadores franceses que a su vez eran tildados de charlatanes por los psiquiatras alemanes–. Al mismo tiempo, esto resulta notable, desenmascara la hipocresía de una psiquiatría organicista ante el escándalo que provoca lo que, según sus detractores, pondría en peligro el libre albedrío de los pacientes cuando ellos, responde Freud, no dudan en narcotizarlos con fármacos. Dura respuesta ética que tiene para nosotros enorme actualidad. Podríamos responder hoy a algunos que les parece que el psicoanálisis es demasiado largo, cuando se trata, para los administradores de fármacos, de medicarlos para toda la vida.

Suele repetirse que Freud abandona la sugestión hipnótica porque los síntomas retornaban. Sería más próximo a la verdad si agregáramos que al retornar requerían una repetición del método y que con la repetición se producía un efecto negativo e indeseado. Es que los pacientes quedaban “habituados” al método y a la persona del hipnotizador. Efecto paradójico, una cura que prometía curar no solo síntomas neuróticos sino adicciones como la morfinomanía, la cocainomanía, el alcoholismo, etc., producía una nueva dependencia adictiva, ahora a la autoridad del hipnotizador.

Las razones del acto analítico, es nuestra posición, serán en cada oportunidad inseparablemente éticas y técnicas. Que en castellano “técnica” contenga velado, olvidado, el anagrama de “ética” lo ponemos a cuenta del saber de la lengua. La cura por la sugestión hipnótica se le volvió monótona y violenta, un trabajo de practicón, donde a la variedad de síntomas se respondía siempre con una y misma respuesta. A modo de testimonio podemos recurrir a lo que él mismo relata en el capítulo cuatro de Psicología de las masas y análisis del Yo. Palabras que muestran que dicho abandono fue un verdadero acto ético-técnico de renuncia, en el sentido de “la renuncia pulsional” o lo que hoy llamaríamos con Lacan un sacrificio de un goce del saber que se pretende, esa es la impostura, un saber del goce. Esta renuncia es la que abre al deseo del analista y es la que marca el inicio del psicoanálisis: abstinencia del ejercicio de un poder sugestivo que ante la presencia del obstáculo se vuelve abusivo y violento por impotencia y desconocimiento de los poderes en juego en la resistencia del paciente y que para el psicoanálisis son dignos de “tolerancia” e interrogación.

Dice Freud: “…la sugestión sería un fenómeno primordial. Por tal la tiene en efecto Berheim, de cuyo arte asombroso fui testigo en 1899. Pero bien lo recuerdo, ya en esa época sentí una sorda hostilidad hacia esa tiranía de la sugestión. Si un enfermo no se mostraba obediente, le espetaban: ‘¿qué hace usted, pues? Vous vous contre-suggestionnez!’. Me dije entonces, que eso era una manifiesta injusticia y un acto de violencia. Sin duda alguna, el sujeto tenía derecho a contra sugestionarse cuando se intentaba someterlo con sugestiones. Por eso más tarde mi resistencia tomó el sesgo de una rebelión frente al hecho de la sugestión, que lo explicaba todo, se sustrajera ella misma a la explicación”.

Prefiero estas razones del abandono de lo que podríamos llamar una psicoterapia de masas, ya que son curas de puro prestigio por vías de un saber idealizado y fetichizado. Rechazo ético a hacer lo mismo con todos (los síntomas) y de la respuesta estereotipada de hacer con todos lo mismo (los que están en posición de curar), lo que hoy llamamos estandarización y que Freud nombraba como mecanización de la técnica. Rechazo político del psicoanalista a una violencia ante el no resistente del sujeto-impertinente. No, que Freud reconoce como un derecho. La resistencia de Freud, ante tales abusos, la ponemos a cuenta de una puesta en acto de su deseo. Con la regla fundamental se efectúa un cambio de discurso. Con ésta, que inaugura el psicoanálisis, el sujeto toma la palabra. ¿Pero con qué palabra y con qué sujeto se encuentra Freud? La univocidad de la orden hipnótica, la fijeza de la mirada, los encantos de la voz del hipnotizador, incluso las “palabras para el asombro”, como las llama Lacan, son condiciones de una obediencia que paraliza y anonada al paciente. Freud inaugura el encuentro con un sujeto que despierta a su división, cuestionado por una palabra extranjera, enigmática para el otro y para sí mismo, desgarrado por conflictos y sometido a determinaciones de las que solo conoce sus resultados y sobre los cuales ha perdido unidad y dominio. El síntoma es un infiltrado, que se presenta ambigua y enigmáticamente, como un extranjero interior. Por el síntoma, dirá Freud, el Yo ya no es amo en su propia casa. Por el síntoma el sujeto es desalojado, descentrado. El sujeto no es simple, está afectado de una duplicidad fundamental en cada uno de sus planos. Una novedad subversiva: el síntoma, parte del propio ser, símbolo extraño e irreconocible satisfacción real, es el resultado de una “decisión”, y esta decisión produce un efecto de “escisión del sujeto”. Ni estado (Breuer) ni déficit para la síntesis (Janet). Nace la histeria de defensa luego las neuropsicosis de defensa. Este cambio de nominación instituye y supone la existencia de un sujeto. Sujeto dividido en una experiencia donde sabe y no sabe, quiere saber y no quiere saber, quiere y no quiere, hace y deshace, es violador y violada, se satisface displacenteramente, se quiere y no se quiere curar y todo esto al mismo tiempo en términos tan contrarios e irreconciliables, como mutuamente necesarios. Esta clínica del conflicto llama a otra razón. Nuevamente cuestiones éticas se le presentan a Freud, se ha convocado a un modo extraño, ambiguo, enigmático, equívoco del decir, que realiza, en el sentido de J. Austin y también en el sentido de la realización de la palabra poética y profética, como lo ha señalado M. Detienne, en el mundo de la tragedia griega cuando ésta no es una palabra vana, la bi-escisión del sujeto. Se ha incitado a una palabra que por poética o irónica se torna oracular, opaca y enigmáticamente ambigua con la incomodidad de que no hay adivino, saber constituido, ni código que la comprenda.

Como en la tragedia griega el sujeto aquí está determinado, pero no es el destino, es la estructura la que aquí opera. ¿Pero entonces no parecerá que esta determinación elimina justamente lo que Freud plantea como uno de los horizontes de la cura analítica y es que el sujeto decida y que mientras dure el tratamiento, según dice, debemos respetar su autonomía? Y lo que es una de las paradojas mayores del acto analítico, que es porque respetamos su decisión le solicitamos que mientras dure la cura no decida. Pareciera que tanto la estructura como el destino negarían los que son componentes fundamentales del acto, la decisión y la responsabilidad. Pero no es así, y esto nos obliga a interrogar las relaciones entre decisión y necesidad, entre sujeto y estructura, cuando el sujeto no es el yo y la estructura no es el destino. La escisión entre saber y acto, su no contemporaneidad, el sujeto será el lector de las huellas de pasos que ya ha dado, sin embargo no lo hace menos responsable. Culpable incluso como en la tragedia antigua de actos y palabras que van más acá y más allá de sí mismo. Más acá porque el sujeto es heredero de faltas producidas mucho antes de que venga al mundo (los Ladbácidas, en el caso de Edipo, como los Átridas en el caso de Agamenón, por ejemplo), son marcas, máculas, manchas, de antepasados, de estirpe, filiatorias, y más allá, porque tanto sus actos como sus palabras suelen ir más allá de de cualquier propósito, intención o cálculo. A veces, en términos trágicos, el sujeto está poseído por una cierta ceguera, que los griegos llamaban Até y de la que Lacan se ocupa extensamente en el seminario de la ética como estando en el núcleo mismo de la tragedia de Antígona. Tragedia ésta que muestra como se produce el peor de los males cuando lo que domina es una moral de producir, cueste lo que cueste, avance sobre lo que se avance, “el bien de todos”.

La cura para Freud hace posible una repetición en la cual el sujeto reedita un conflicto que culminó en el acto, la decisión de la represión y es el deseo del analista el que obliga al sujeto a tomar otra decisión. Los términos son de Freud, la decisión nueva, la que lleva a la curación será una decisión obligada y en esto también encontramos un antecedente en los textos trágicos. Ya se trate de Edipo, Agamenón, Penteo, o Creonte, la hamartia, el error trágico, es una decisión obligada pero que no elimina la responsabilidad subjetiva, lo que los filólogos han visto como un esbozo de voluntad en el mundo trágico. El deseo habrá sido de los dioses, pero la mano que actúa el crimen es la del protagonista y en esa mano hay un exceso, una hibrys, incluso un deseo, que actúa como suplemento humano.

¿Otra decisión, pero cuál nos preguntamos? Sobre este punto quisiera añadir a modo de perspectivas para nuevas interrogaciones sobre los horizontes del tratamiento analítico dos citas freudianas que muestran la vigencia de este problema. La primera es de “El yo y el Ello”, está en la nota al pie número dos, y toca este punto crucial, pues el análisis se tropieza con uno de los mayores límites, resistencia del Súper yo, la reacción terapéutica negativa, y la segunda, extraída del capítulo VII de “Análisis terminable e interminable” nos interesa porque incumbe a lo que hoy llamaríamos “las resistencias del analista”. Dice la primera: “Quizá también depende de que la persona del analista se preste a que el enfermo la ponga en el lugar de su ideal del Yo, lo que trae consigo la tentación de desempeñar frente al enfermo el papel de profeta, salvador de almas, redentor. Puesto que las reglas del análisis desechan terminantemente semejante uso de la personalidad médica, es honesto admitir que aquí tropezamos con una nueva barrera para el efecto del análisis, que no está destinado a imposibilitar reacciones patológicas, sino a procurar al Yo, (léase el sujeto) del enfermo la libertad de decidir en un sentido o en otro”.
Lo notable de esta cita donde está en juego la abstinencia del analista respecto a sus tentaciones de ejercicio del poder y como también la abstinencia de plantear cuál es el bien sobre el cual habría que orientar al paciente en sus decisiones, el analizante tendrá que decidir en un sentido o en otro. Ante esa encrucijada lo confronta el análisis. Esta misma dirección es la que toma Lacan cuando define a la ética del analista como la Ética del bien decir a condición de no decir cual es el bien. Esto es lo que distingue a la retórica del psicoanálisis, de la retórica del amo ya sea este antiguo o moderno.
La segunda cita dice: “Parece, pues que numerosos analistas han aprendido a aplicar unos mecanismos de defensa que les permite desviar de la persona propia ciertas consecuencias y exigencias del análisis, probablemente dirigiéndolas a otros, de suerte que ellos mismos siguen siendo como son y pueden substraerse del influjo crítico y rectificador de aquel. Acaso este hecho da la razón al poeta cuando nos advierte que, si a un hombre se le confiere poder, difícil le resultará no abusar de ese poder. (Nota 32. Anatole France, la révolte des anges). Nuevamente acecha como cuestión crucial el abuso de poder.
Y agrega más adelante: “uno no se propondrá como meta limitar todas las peculiaridades humanas a favor de una normalidad esquemática, ni demandará de los ‘analizados a fondo’ no registren pasiones, ni puedan desarrollar conflictos internos de ninguna índole”.

Como en la tragedia antigua, el sujeto freudiano es un sujeto con pasiones, con conflictos que lo convierten en un enigma encarnado y afectado por esa irreductible e irreconciliable duplicidad estructural que hace que Freud diga en las lecciones introductorias, que al final de un análisis el sujeto ha devenido otro y sin embargo es el mismo. Esta “lógica ambigua”, como la llama J. P. Vernant, refiriéndose a la lógica trágica, “es otro y el mismo”, opera un cuestionamiento radical de toda solución simple y universal a los síntomas y demandas actuales como así también ante el malestar en la cultura, esta lógica singular que pone en cuestión el principio de identidad y la existencia del Todo, esta lógica de la falta que Freud nombró castración y que Lacan escribió significante de la falta en el Otro, es la que encontramos en los fundamentos técnicos, lógicos y éticos del psicoanálisis y en el horizonte de la cura psicoanalítica. Como el héroe trágico, que suele ser llamado al comienzo de la obra con los mismos términos que los dioses, el que era casi todo al comienzo de la transferencia termina siendo también al modo trágico un desecho, una nada expulsada, caído al final. Estas son algunas de las enseñanzas del texto trágico que parafraseando a Borges se nos presenta como precursor del psicoanálisis. De un modo dramático, ficcional, una vez más, el poeta, –esta vez trágico–, se adelanta al hombre de “ciencia”, el psicoanalista.
 
 
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