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   Colaboración

Con brutalidad y sin Ley
  Por Benjamín Uzorskis
   
 
El pueblo de Inglaterra ha sido llevado, en Mesopotamia, a una trampa de la cual será difícil escapar con dignidad y honor. Se lo tiene engañado con un persistente ocultamiento de la información. Los comunicados desde Bagdad están atrasados, son incompletos, carentes de sinceridad. Las cosas son mucho peores de lo que nos dicen, y nuestra administración mucho más sangrienta e ineficiente de lo que se sabe... Tal vez esta inflamación pronto sea demasiada para una cura ordinaria. Hoy, no estamos lejos del desastre.
T. E. Lawrence (1920)

El ataque a la civilización ha sido consumado en Bagdad, con un saldo ominoso de millares de civiles muertos, una cantidad inusual de periodistas, de militares de ambos bandos, de cuantiosas pérdidas materiales en infraestructura e impredecibles en relación con el medio ambiente. La destrucción fue tan planificada que su misma reconstrucción había sido licitada, previamente, por los empresarios ligados al mismo grupo que ordenó la ejecución de esa locura militar. En los finales de las operaciones para derrocar el régimen de Saddam Hussein, las tropas que invadieron Irak protegieron el edificio del Ministerio del Petróleo, pero dejaron librado a la codicia de los saqueadores tanto el Museo Nacional, la Biblioteca Nacional y la de Estudios Religiosos, que conservaban tesoros y testimonios considerados patrimonio de la humanidad, también el Conservatorio de Música que fue arrasado totalmente. También se dice que los funcionarios saddamistas habrían hecho un primer vaciamiento antes de la invasión. Es difícil probar cuánto de supina ignorancia o de desprecio por los bienes de la cultura ha existido en estos hechos, como de complicidad con los traficantes que comercian con esas valiosísimas piezas conservadas desde hace milenios.

El Amo del Imperio más poderoso de la historia se ha manejado con la brutalidad lisa y llana de los tiempos de las cavernas pero empleando los más sofisticados y certeros elementos de destrucción diseñados por la ciencia. Hipócritamente, enunciando el objetivo de eliminar un régimen dictatorial y brutal, que indudablemente lo era, se perpetró una de las acciones destructivas con menor consenso en la historia reciente. La invasión ilegal a Irak, sin la aprobación de las Naciones Unidas, y pese al intento de Europa de plantarse como un polo alternativo pone en evidencia, nuevamente y de modo atroz, lo que Guillebaud ha denominado la traición a la Ilustración1 por el avance de la mundialización de la economía de mercado.

En los finales de la Segunda Guerra Mundial, los norteamericanos no solamente contrataron a los físicos más destacados para conseguir la bomba atómica sino que también utilizaron los servicios de una antropóloga de la talla de Ruth Benedict para pensar en cómo dominar civilizadamente a la los japoneses amedrentados por la destrucción de Hiroshima y Nagasaki.
Estas tropas invasoras, comandadas por un Amo torpe y mesiánico, han abierto en Irak una caja de Pandora pues, como en la ex Yugoeslavia, luego del corte de un régimen dictatorial retornará todo lo reprimido previamente: odios brutales entre grupos étnicos y religiosos, así como también toda la perversión engendrada por el abuso indiscriminado del poder del régimen eliminado. No hay noticias de ningún asesor contratado para pensar en cómo manejar esta explosión en curso. Como lo señalara ingenuamente Umberto Eco: “Es una verdadera lástima que el país más poderoso del mundo gaste tanto dinero para hacer estudiar a sus mejores intelectos y que después no los escuche.”2

Hoy el Amo se cree la encarnación del Bien y tiene la convicción de estar actuando de acuerdo con un mandato divino. El accionar del hijo de George Bush es actualmente la versión más radicalizada de la tendencia mundializada que trata de imponer la uniformidad y el sostenimiento de un pensamiento único tal como lo preconizara Thatcher a partir de 1980, aún antes de la caída del comunismo.
Luego del control militar norteamericano de Irak, las voces pacifistas, hace unas pocas semanas altisonantes en muchas ciudades del mundo, hoy se han acallado. Freud, en 1932, mezclando cinismo y sabiduría, le contestaba a Einstein sobre la razón por la cual nos indignamos tanto ante la guerra: “Creo que la causa principal por la que nos alzamos contra la guerra es la de que no podemos hacer otra cosa.”
Los europeos, críticos de esta acción preventiva antes de la invasión, se han vuelto conciliadores. El ejemplo más patético es el del jefe de Estado de Alemania que públicamente se arrepintió de su posición previa antes del ataque a Bagdad.
Pese a que la invasión es contada como aparentemente triunfal, queda un cono de sombras, como ha sucedido con la batalla ganada en Afganistán. Nada sabemos de los discípulos tan avezados como temibles de la libre empresa de la destrucción: Bin Laden y Saddam Hussein, que bien podrían ser el eje de una renovada pesadilla. Cabe preguntarnos entonces: ¿Han desaparecido en acción como sucede en los filmes norteamericanos? ¿Reanudaron las relaciones carnales, pactando oscuramente con el Amo para salvar sus vidas y cuentas bancarias, y estarían disponibles para nuevas acciones?
Tampoco hay pruebas de las tan temidas armas químicas de destrucción masiva que fueron la excusa de esta invasión. Y si aparecen ahora... ¿Quién podría creer en la seriedad de tal afirmación? La historia contada por los vencedores fue siempre sospechosa.

Llamativamente, en las últimas semanas, el mismo atentado criminal a las Torres Gemelas se ha convertido en el eje de una controversia entre los mismos norteamericanos. Hay quienes afirman que el ataque fue organizado por la misma CIA y el FBI. Hoy se sabe que el ataque a Irak fue planeado previamente al 11-S y que la destrucción del World Trade Center ha sido utilizado meramente como factor desencadenante de la autodenominada guerra preventiva, en tanto se dio, previamente, la posibilidad de catapultar a George W. Bush, desde la mediocridad más patética hasta su instalación como Amo delirante.
Es interesante remarcar en este punto cuánto de los discursos de este Amo se establecen con las características del preformativo3, tal como sucede con el discurso del ceremonial religioso y cuánto puede haber de reencarnación de un fantasma muy caro a los norteamericanos: la locura del capitán Ahab persiguiendo a la Ballena Blanca, representación del Mal, modelo de insensatez que puede haber dejado su huella.4

En relación con las suposiciones de un autoataque al centro mismo del comercio financiero mundial, en aquel aciago 11 de septiembre de 2001, cabe preguntarse cuánto de verdad hay en esa argumentación, en tanto lo sucedido puede pensarse como la siembra de una cosecha... sabida pero no sabida. Basta con ver en Bowling for Colombine la serie de invasiones e intervenciones norteamericanas, las reconocidas alianzas temporarias, tanto con Saddam Hussein y Bin Laden, como para poder advertir cómo se puede producir un inevitable retorno de todo aquel odio que reiteradamente se ha generado. Lamentablemente, sabemos también que cuando el odio vuelve por el camino de la venganza salpica la propia carne. Y es lo que puede estar sucediendo en Medio Oriente en tanto ninguno puede detener la violencia generada desde hace muchas décadas.5
La historia reciente de Irak ha pasado por la dominación de los turcos y la de los ingleses. A un breve período de liberación le siguió el surgimiento de un líder nacionalista pro nazi, defenestrado rápidamente por los mismos ingleses que sin duda cobraron su favor y produjeron sus consecuencias como suele darse con todos los colonialismos luego de su retirada: los hábiles aprendices del Amo, nacionalistas (en verdad personalistas) enfrentados entre sí para apropiarse de los restos que dejó el Imperio. Luego, en 1979, se da en Bagdad la aparición de un nuevo liderazgo encarnado en Saddam Hussein, figura que pivoteó con tanta astucia con el actual Amo-Imperio, al punto que pretendió independizarse del mismo. Saddam modernizó Irak apoyándose en un enorme subsuelo de petróleo, la UNESCO le otorgó el premio Kropesca por su plan de alfabetización y pese a su gobierno tiránico, las mujeres accedieron masivamente al trabajo, entre otras áreas, como profesionales de la salud. Pero Saddam Hussein no escapó a la seducción del poder y es así como se autoentronizó multiplicado en estatuas horrendas, autodestruyendo su propio régimen con el nepotismo. Sabemos que la endogamia puede ser letal. La soberbia pudo haber llevado a Saddam a cometer la locura de invadir Kuwait, hecho que selló su destino porque debió padecer después el embargo de los Estados Unidos con un costo lentamente mortífero para el pueblo de Irak.

Se nos dice que la dictadura de Saddam Hussein ha terminado pero advertimos también que se está definiendo cada vez con más fuerza el poder del Imperio que ataca en su propio interior a las voces disidentes. Y se dan situaciones difícil de entender: el film 11-09-01 que aún se puede ver en Buenos Aires no fue distribuido en Estados Unidos; la película de Michael Moore que realiza una autocrítica demoledora, aunque parcial, de los Estados Unidos ganó el Oscar al mejor documental. Puede ser que no logren controlar todo, que la disparidad cultural de los norteamericanos y del mundo puedan hacer contrapeso al afán de dominio total.
Queda por ver si la Corte Penal Internacional, que deberá hacerse cargo también de los crímenes cometidos recientemente en Irak, podrá hacer valer su autoridad.
En tanto, el manejo político del Amo Imperial en relación con el medio ambiente es coherente: no le importa en absoluto los acuerdos de Kyoto al respecto. Como el animal que se mueve en puro presente, a este Amo no le importa qué sucederá con nuestros hijos ni dónde podrán habitar, ni cuánto oxígeno o agua quedarán disponibles. Pero debemos recordar que los animales no agreden a sus congéneres.
Sabemos que todos los movimientos imperiales terminaron fracasando. ¿Cuál será el invierno de Bush hijo? Al menos podemos seguir sosteniendo que la historia es sin fin, como nuestra posibilidad de reflexionar sobre lo que sucede y nos afecta. No es poco.

Notas

1. J.C. Guillebaud, La traición a la Ilustración, Manantial, Buenos Aires, 1995.
2. La Nación, 24/4/03, pág. 17.
3. L. Gusmán, “Puesta en acto”, en Conjetural, N° 38, Bs. As., 2002.
4. H. Melville, Moby Dick, Biblioteca La Nación, Bs. As., 2000.
5. Tuve la ingenua ilusión de que este acotamiento era posible, pero el rápido accionar de los Halcones, la industria de la guerra y la locura misma no cejan en su empuje hacia la destrucción. (Cf. mi Clínica de la subjetividad en territorio médico, Letra Viva 2002, pág. 72).
 
 
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