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   Inicios en la práctica clínica

Acerca de los inicios de una práctica
  Por José Milmaniene
   
 

Las etapas iniciales del trabajo clínico de un psicoanalista están signadas por el vértigo que genera una decisión que convoca a una práctica que compromete al Ser. Quizás la angustia que nos invade en los momentos inaugurales del ejercicio profesional nos fuerza a tomar refugio en la protección que procura todo encuadre ritualizado. Nos instalamos defensivamente en el marco de una tarea reglada obsesivamente, y la tecnología “psi” acude en nuestra ayuda para evitar el impacto inédito del encuentro radical con el Otro, que nos demanda razones de su padecer. Temerosos de vernos desbordados por el sufrimiento y excesivamente involucrados en la problemática existencial del paciente, creamos una distancia protectora que tiende a “encuadrar” el caso clínico en la teoría. En lugar de utilizar a ésta como un necesario “mediador evanescente”, la instalamos entre nosotros y el caso singular, para alejarnos del temido encuentro transferencial. Tendemos a ritualizar así obsesivamente al “encuadre” y a sustancializar las referencias teóricas para distanciarnos de un encuentro que debe presuponer a la teoría, pero jamás interponerla como un corpus “demasiado” real, que tiende a evitar la emergencia del conmocionante vínculo transferencial. Del “encuadre” elevado a la categoría de instrumento entificado resulta el modo en que la teoría se sistematiza para servir como mecanismo racionalizado y construir un espacio pleno que obture el vacío que debe existir entre el analista y su paciente. El vacío que resulta del entrecruzamiento de las transferencias recíprocas es saturado así con el encuadre y los “objetos teóricos”, que previenen de la angustia generada por el encuentro con el enigma del sufrimiento del Otro.

Dado que el vacío en el que se abisma el analista para ir al encuentro del deseo del paciente se reduplica en su propio vacío existencial, se apela a la mímesis o la identificación con la figura real de algún otro analista y/o supervisor. Se dificulta de este modo la identificación con la función analizante como tal, merced a la incorporación de un modelo que suele tener, sin embargo, un efecto performativo, dado que otorga las primeras identificaciones que podrán devenir en el germen de un estilo propio, a condición de que el analista abandone su captura especular en el estilo del Otro.
Entonces, los primeros momentos del arduo e imposible oficio de analizar suelen estar presididos por la adhesión rígida y acrítica a algún sistema teórico y por una identificación defensiva con un estilo ajeno. Así pues, se tiende a adoptar estereotipos y poses ciertamente impostadas, y se suele perder la “naturalidad” propia de quien se entrega a la seriedad de un juego que supone la necesaria distancia entre la persona “real” del analista y la función que éste encarna en cada momento de su praxis. El temor y la inseguridad vividos en los primeros tiempos del ejercicio profesional suelen abolir la capacidad de ironía y/o humor intrínsecos al análisis, necesarios para que el analista se puede mantener “desalienado” de su función y pueda considerar su misma práctica en su dimensión de simulacro ficcional que contornea lo real informulable del sexo y la muerte.

Los momentos inaugurales de nuestra práctica tensan al máximo la exigencia de sostener el lugar del Sujeto Supuesto Saber, dada cierta habitual insuficiencia teórica, que se expresa en frecuentes déficits interpretativos. No olvidemos que la necesaria destitución subjetiva del analista para ocupar el lugar de semblante del objeto a, debe atravesar la ine-ludible mediación que otorga la presencia de una figura que posea efectivamente un saber consistente, condición para la adecuada instalación de la transferencia y su posterior disolución. Cuando el hiato entre el saber de un analista y la función que éste debe encarnar es demasiado marcado, se producen dificultades en la consolidación de la transferencia y por ende en la dirección de la cura, tal cual lo patentizan los frecuentes extravíos observados en los primeros tratamientos de un analista.

Angustiados, entonces, por el “horror de lo real” que despierta el acto analítico, buscamos refugio en el supervisor, a quien se demanda un saber concreto, y una recomendación sobre “qué hacer” con el caso que nos preocupa. Más que escuchar nuestro decir mientras relatamos el decir del Otro a un tercero, buscamos respuestas concretas al modo positivista. Y la transmisión que éste nos procura no la tramitamos simbólicamente, sino que la instrumentamos como mediadores de un decir ajeno, que no logra generar un discurso propio. La naturaleza de las supervisiones tiende a desvirtuarse en aras de un pragmatismo positivista que busca llevar el caso ante Otro, para que éste entienda el enigma del deseo como algo ya dado ahí. Muchas veces se termina aboliendo el decir propio; nos constituimos fallidamente como intermediarios de un saber ajeno, conducta que suele ser percibida hasta por los pacientes mismos, especialmente cuando se producen bruscos virajes en la dirección de la cura luego de alguna supervisión. Padecemos esa especie de extraña sensación que nos embarga cuando carecemos del placer que procura el decir oportuno en la sesión, dado que interpretamos “en diferido”. Conducimos la cura por delegación y nos alejamos así de la esencia de la supervisión, la que consiste en obtener un saber sobre el inconsciente que circula entre el analizando y el analista, más allá de las exigencias concretas de producir tardíamente un decir que debió de haber emergido en el momento irrepetible en el cual fue convocado por las asociaciones del paciente.

De este modo podemos definir el tiempo que transcurre entre el comienzo de la práctica de un psicoanalista y su consolidación como aquel en el cual éste se halla vacilante en la búsqueda de lo que habrá de ser su estilo. Porque la práctica se estabiliza y deja de ser “de los comienzos” cuando uno encuentra su propio e intransferible “saber hacer con”, tarea que habrá de llevar la marca de toda creación singular. En las primeras épocas de nuestro ejercicio nos hallamos embarcados en la búsqueda de las combinaciones que articulen del mejor modo posible las influencias teóricas diversas, los disímiles modelos conceptuales, las variadas filiaciones analíticas, las escuelas contrapuestas y los modos polifacéticos de ejercer y transmitir el psicoanálisis. Navegamos por un universo complejo, nos entregamos a modas pasajeras, adherimos con fanatismo a algún dogma teórico, nos mimetizamos con tal o cual analista, dudamos entre esquemas que se nos imponen pero resultan ajenos a nuestras afinidades o sensibilidad, y nos deslizamos entre cosmovisiones de las cuales compartimos sólo aspectos fragmentarios. Angustiados, buscamos conformar una práctica clínica que resulte la expresión de nuestras convicciones más profundas, y que debe estar basada en lo mejor que tomemos de cada pensador, en una combinación inédita e “inventiva”, que habrá de llevar la impronta de nuestro propio estilo por fin instaurado. Recién cuando afirmamos un estilo propio podemos decir que dejamos la “época de los comienzos” para instalarnos en la dimensión de una práctica que se comienza a fundar en la propia experiencia, y uno se sitúa frente a los antecesores en el saber no como un inseguro discípulo que se identifica miméticamente con ellos, sino como un creador que aporta la originalidad de una combinatoria inédita de todas las influencias que se recibieron durante la formación. No se trata de una creación que deba tener trascendencia teórica, sino de un hacer que se mueva libremente en esa zona inquietante en la que intersectan los discursos ajenos con su apropiación por parte de un analista que se constituye como tal en ese mismo acto. Solo se deja de ser un principiante cuando se consolida un estilo, independientemente del tiempo que se lleve en afirmarlo en el ejercicio clínico. Entonces, ya en posesión de un modo de conducir la cura, desplegamos nuestra tarea con la seguridad incierta que deriva de la conjunción potente del saber teórico con el plus de una experiencia vivida. Nuestro estilo –que es experiencia subjetivada en acto– ya no deviene en un objeto que obtura el vacío que debe existir entre Uno y Otro, sino que constituye un instrumento negativizado que posibilita la emergencia de las palabras que dicen del deseo.

Recuerdo empero los primeros años de mi práctica psicoanalítica con nostalgia. Fueron épocas felices en las cuales me hallaba comprometido visceralmente en la apuesta de constituirme como psicoanalista. Realizaba intensas y entusiastas búsquedas teóricas, y deseaba inscribirme en algún grupo de pertenencia y consolidar mi filiación. Observaba y escuchaba a mis maestros, analistas y supervisores, con el anhelo de fundar mi propio estilo. Actualmente persiste en mí el mismo asombro ante la revelación de la verdad del inconsciente y, debo confesarlo, evoco aún las vivencias inaugurales de todo principiante cada vez que me enfrento a las primeras entrevistas con cada nuevo paciente.


* Médico Psiquiatra y Psicoanalista. Miembro titular de A.P.A. Su último libro es Clínica del Texto. Kafka Benjamin Levinas, Biblos, Bs.As., 2002.

 
 
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