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   Inicios en la práctica clínica

¿Qué hacer después de recibido?
  Por Martín. H Smud
   
 
Esta es una pregunta que se realizan todos los estudiantes avanzados o los psicólogos recién recibidos cuando se enfrentan al momento del planteo de la inserción profesional.
Y es hay que tomarse el tiempo para analizarla pues en ella estriban las distintas estrategias que cada uno podrá implementar para su desarrollo laboral pero también para mucho más que eso: el desarrollo de una elección, de un deseo. Lo que dificulta su análisis es que la pregunta acerca del “qué hacer” es una forma fenoménica de la angustia y, colocado frente a ese sentimiento, cada uno se lanza a un camino singular. Ninguna materia de la facultad nos ha aportado herramientas para saber qué hacer frente a ese momento.
La angustia se despliega ayudada por las miles de dificultades que la realidad social y profesional ubica muy obscenamente en el principio del camino. Si no saliéramos despedidos en busca de posibilidades que nos permitan contrastar lo que pensamos que hemos aprendido con la realidad laboral y profesional, podríamos percibir que, con esa pregunta como momento inaugurante, ya hemos entrado a una instancia muy importante de nuestro desarrollo profesional: el tiempo del recién recibido.
Desde hace varios años estoy obsesionado por ese primer tiempo profesional que ya he pasado, y a su análisis dediqué un libro (En guardia. Crónica de una residencia en Salud Mental, Letra Viva, 2000) y varios seminarios que realizo año tras año, pensando, cada vez con nuevos profesionales recién recibidos, las resonancias de esta pregunta.

Me gustaría plantear brevemente algunas cuestiones:
- Aparece la dimensión política con una fuerza que no se había sentido anteriormente; no sólo somos psicólogos y/o analistas y/o terapeutas sino que al salir al campo laboral somos trabajadores de la salud.
- Las características de nuestro campo son de una segmentación y virulencia sorprendentes; ya por salir de un lugar o de otro, hablar de una manera o de otra, pensar las cuestiones con un marco teórico o con otro definimos un grupo al que pertenecemos pero sobre todo un campo al que no pertenecemos, un grupo que nos excluye.
- La llegada al campo laboral sin sentirse autorizado ni en condiciones para realizar el desempeño conlleva, para el recién recibido, planteamientos crudos que ponen en el tapete la difícil cuestión de la salud mental del trabajador de la salud mental. Esto agravado por el hecho de que se le, reserva a los recién recibidos los lugares más inhóspitos del campo laboral. Como hemos escuchado en varias ocasiones: se le “reservan” las primeras trincheras del campo de batalla de la salud mental.
- La formación después de la carrera, imprescindible y necesaria, es un tema delicado pues la continuación de una posición “estudiante” después de recibido sigue cerrando el camino para sentirse capacitado para responder a las demandas nacidas de lo laboral.
Estas son algunas de las cuestiones que se plantean; hay otras, como los lugares adecuados tanto para la formación como para el desempeño laboral habiendo, como hay en la actualidad, tanta ligazón entre ambos y existiendo hasta espacios donde paga más el profesional por su formación que el paciente por el trabajo de aquél.

También se plantea el debate sobre cuánto se puede apostar (y no solamente en tanto apuesta única sino en tanto sustento económico mensual) para lograr el ansiado desempeño laboral, y en esa apuesta está la pregunta, también cruda, que se presenta al recién recibido acerca del trabajo ad honorem, forma usual pero cuestionable, gracias a la cual quienes salen de la facultad comienzan sus tareas laborales.
El tema puede seguir y debe seguir, pues el no planteamiento de estas cuestiones complica aún más las cosas. El recién recibido hará lo que pueda al momento de su salida de la facultad, como hemos hecho todos, pero es posible que la cosa funcione mejor si busca la manera de hablar de lo que le ocurrie. Esa era la sugerencia freudiana acerca de la importancia de entrar al campo de la salud mental desde la posición de la persona acostada en el diván que habla (mirando al techo o a la biblioteca) y cuenta a otro profesional ya no recién recibido las odiseas del camino por el que atraviesa.
Marcelo, un recién recibido, habla de lo que le está ocurriendo: siente que trabajar con gente de edades tan diferentes, de clases sociales tan distintas, de problemáticas tan diferentes le está cambiando no sólo su forma de mirar el mundo sino que le está cambiando hasta la cara. Y lo dice preocupado, el otro día se había visto al espejo y observó que él ya no era igual que antes, algo había pasado en su aspecto.
Hablar de las marcas de esta etapa inaugurante es mucho más que hablar de la tan apasionante (como desquiciante) área de la salud mental; se trata de hablar de lo que nos apremia, de lo que nos pinta la cara, de lo que se mete dentro de los más íntimo de cada uno, de la crudeza de lo imposible de cambiar, de la palabra que se vuelve mágica cuando llega a oídos de ese que viene a vernos, semana tras semana. De eso hay que hablar en el tiempo del recientemente recibido para que la salud mental del trabajador de la salud mental pueda afinarse con la posibilidad de dar una ayuda a quien venga a pedirla.

Para terminar me gustaría contar una anécdota que me hizo pensar en estos temas del final de la facultad y lo que se abre luego.
Hace un año estuve en la presentación de un libro de Marcos Aguinis, El atroz encanto de ser argentino. En esa ocasión él dijo, entre otras cuestiones, que la facultad pública y también la privada eran bancaderos de gente. Ese comentario me hizo acordar otro que había escuchado por 1986 cuando entré al Ciclo Básico Común: “la facultad es una playa de estacionamiento”.
Estos comentarios permiten pensar la función de la facultad en cuanto a lo social. Han pasado quince años de un comentario a otro, de la playa de estacionamiento al bancadero, quince años de un proceso de empobrecimiento general y de fragmentación social. Una playa de estacionamiento es el lugar donde guardamos el coche para que no quede en la calle. Si realizamos la correspondiente analogía con la cuestión universitaria: la facultad ofrece un lugar para que los jóvenes no queden en la calle. Claramente recordamos esos años donde ya se veían venir con claridad las dificultades económicas y la poca posibilidad de absorción laboral de las nuevas camadas de personas que querían entrar al grupo de las económicamente activas.
En cambio, el bancadero es el lugar donde la gente se “banca”. ¿Y qué es lo que se banca? Se bancan, se sostienen unos a otros para no entrar a la marginación, a la exclusión total que sólo, y en última instancia, la soledad y el olvido pueden revestir. El bancadero es un lugar donde resisten los que si no estuvieran allí podrían quedar aún más al margen. Pero habla de un lugar social que ha pasado de la falta de trabajo a la posibilidad de exclusión y abismo para una gran parte de nuestra población. El bancadero es diferente de la playa de estacionamiento. Han pasado quince años entre un comentario y otro. Si los recién recibidos de hace quince años tenían dificultad de inserción profesional en la mercado laboral, los recién recibidos de hoy se deben reunir para gestionar e inventar un trabajo que tiene pequeñas puertas de entrada a descubrir. Se trata de bancarse, con estrategias claras de inserción profesional y conscientes de lo que se enfrenta en tanto salud mental propia y ajena, en ese fundamental momento de estar recién recibido.

Un momento crudo, pero además de todo lo dicho, que apunta a cristalizar una situación con muchas aristas, la salida de la facultad es emocionante. Es el momento donde se puede desarrollar una pasión que nos consume, llevar a cabo un trabajo digno y, sobre todo, una de las posiciones políticas más éticas que nuestra sociedad moderna, neoliberal y “subdesarrollada” ha producido y sigue produciendo en esta, nuestra Argentina de hoy.
 
 
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