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   Colaboración

Algunas fuentes de lo real en la obra de J. Lacan
  Por Guillermo Raíces
   
 
1.- Consideraciones previas
El lugar que ocupa en las postrimerías de la obra de Jacques Lacan la noción de lo real resulta ser un dato ampliamente reconocido y altamente significativo. Esta certidumbre tan evidente para muchos de sus tenaces lectores no aparece tan claramente percibible al recorrerse los testimonios en torno a los comienzos de su enseñanza.
Afirmar que la noción “ya estaba allí”, por ejemplo en la magistral clase dedicada al “sueño de la inyección de Irma” en su Seminario 2,1 es justificar, según me parece, un corte prematuro en la cristalización de un concepto aun en estado incipiente hacia 1954. Sin embargo no deja de constituir un punto seguro para ilustrar con el horror anonadante del soñante Freud la emergencia precisa de un pico de real en la experiencia clínica. En consecuencia, lo que “ya estaba allí” asoma al encuentro de Lacan de muy diversas maneras y en muy diferentes tiempos, pero siempre ceñido por su fina y atenta lectura. No se lo ve a Lacan buscando intencionalmente lo que implica en tanto goce ese “horror” de Freud, horror que también le ha salido al paso en su lectura del historial del “hombre de las ratas”, pongamos por caso. En este sentido, con sólo perseguirse al significante “horror” en la obra de Lacan podría evidenciarse, en mi opinión, un arco cuyo recorrido desembocaría en la dimensión de lo real en el acto analítico mismo (por ende, algo muy posterior a estos comienzos).

De todos modos lo real aparenta ser al principio una noción difícil de cernir y asimilar por Lacan al rango de la representación conceptual con referencia a la doctrina psicoanalítica. Sin embargo, la acoge prontamente dentro de la articulación de sus “tres registros elementales” diferentes a los de Freud, acompañándole esta estructura hasta su muerte (“Aquí está: mis tres no son los suyos.” Agosto de 1980).2
Así expresado, lo anterior pretende denotar un valor de ensayo útil para indagar por dónde lo real hace irrupción tempranamente en el quehacer de J. Lacan, más allá de que se puedan efectuar las pertinentes verificaciones en sus propios textos. Desde ese punto de vista resulta interesante empezar a estudiar con cierto espíritu crítico cómo se ocuparon del tema aquellos que se vieron incitados (u obligados, por qué no) a discurrir acerca del mismo de manera directa, precisa y particular, no incidental en orden a razones de enseñanza, a la disquisición de un asunto teórico o en la práctica de la discusión clínica.

Un recorrido acorde con la línea enunciada es, según creo, referirme al lugar otorgado a lo real en los diccionarios de psicoanálisis en relación con el tópico de los orígenes de la noción en Lacan. El trato dado ahí a lo real en sí y a los inicios de esta acepción en la obra de Lacan es llamativamente ilustrativo (por comisión o por omisión, como se verá). Así en el célebre Diccionario de Psicoanálisis3 de Laplanche y Pontalis (publicado a fines de 1960) se notará la ausencia de la entrada correspondiente a “real”, o “lo real” como componente del mentado (por ellos) trío que forma junto a lo simbólico y a lo imaginario (a los cuales sí le dedican varias páginas). Es factible que numerosos estudiantes e investigadores hayan recurrido en estos cuarenta últimos años a buscar en este libro algunas precisiones acerca de lo real, sin encontrarlas tampoco en sus reediciones.
Si el citado caso muestra una obra donde está omitido el tratamiento de lo real cuando, por lo contrario, la peculiaridad de este tipo de texto es su “abarcabilidad del saber”, su no dejar nada afuera, la función de todo-en-él que se le supondría al conocimiento enciclopédico, entonces ¿qué hay de las obras que sí han incorporado a lo real en su nomenclatura?
He consultado, hasta el momento, los diccionarios de Elisabeth Roudinesco,4 Roland Chemama,5 Dylan Evans,6 Pierre Kaufmann7 y el local y menos difundido de Américo Vallejo.8 Ellos hacen un lugar a lo real con un tratamiento particularizado donde predomina, claro está, la tendencia de cada uno a puntualizar un recorrido con signo propio por la obra de Lacan. Más allá de felices o equívocas interpretaciones al respecto, es de destacar el valor didáctico de sus apreciaciones y algunas coincidencias en cuanto a los orígenes de lo real en Lacan, así como interesantes indicaciones bibliográficas.

2.- Lo real en estado incipiente
a) Una observación de principio:
Es notable como los tratadistas citados se ocupan de lo real en una vertiente que se inclina hacia la sustantivización, en algunos, o la adjetivación, en otros. Destacan su sustantividad Roudinesco, Evans, Kaufmann y Vallejo. Por el contrario, Chemama de entrada lo ubica en calidad de adjetivo, haciendo la salvedad de que a veces se usa como sustantivo masculino. Es curioso, por otra parte, que en las cuatro páginas que dedica al término lo utiliza preferentemente como sustantivo.
A todas luces me parece que la concepción de Lacan pierde eficacia discursiva en tanto adjetivo a favor del término que le toque modificar (por ejemplo en “padre real”). Sin embargo, no pierde legitimidad ese empleo frecuentado por Lacan mismo, empleo que conserva la rigurosidad lógica de la clasificación ni, me parece, lo vulnera su uso de manera redundante en expresiones como “goce real” al tratar de enfatizar un beneficio de significación para el término principal.

b) Las señales de un encuentro:
Se nota como Lacan modula a través de su enseñanza precisiones y transformaciones de la noción, acercamientos, a su vez, no exentos de momentos donde la misma parece disolverse, desaparecer de forma llamativamente abrupta hasta culminar en un decidido encuentro. Así puede llegar a decirse que en los primeros tiempos Lacan no hace distinción alguna entre realidad y lo real9 y que recién a la altura de su seminario sobre la ética de 1964 comienza a despuntar su emergencia conceptual más estricta.

Abonando lo anterior, la lectura de un texto poco frecuentado como es el discurso inaugural de la Societé Française de Psychanalyse, titulado Le Symbolique, l’Imaginaire et le Réel10 y fechado en julio de 1953, haría presumir un cierto “establecimiento fundacional” tanto de la estructura del triple registro como así también de las propiedades que particularizarían a cada una de sus categorías. Por tanto, de arranque, un lugar privilegiado que haría presumir un decir inexcusable acerca de lo real en tanto tal. Pese a ello, se descubre al avanzar en la lectura que Lacan parece renuente a ocuparse por el momento del tema en cuestión. Aún así persiste en destacar la existencia de “una cosa que es evidentemente sorprendente y que no debería escapársenos, o sea, que hay en el análisis toda una parte de real en nuestros sujetos que precisamente se nos escapa; que sin embargo no escapaba a Freud al ocuparse él de cada uno de sus pacientes.” Es llamativa esa “cosa-parte de real-que precisamente se nos escapa”, a la que otorga la propiedad de lo inaprensible y de la que presume (más allá de todo devaneo psicológico con alguna teoría de la personalidad) que se trata de “algo bastante inefable al cual hemos de atenernos en el registro de lo mórbido [...]” Recalca, más adelante, que de ello debe prestarse especial atención en el “registro de la experiencia analítica” con los sujetos que caen por fuera del “registro de lo mórbido” y se encuentran incursos en un análisis didáctico a los efectos de un fin de análisis. No es poca cosa, como se ve, este planteo inicial de Lacan que deja indicios elocuentes para futuras afirmaciones (algunas de las cuales se harían públicas prontamente en el llamado “Discurso de Roma” o “Función y campo de la palabra y del lenguaje en psicoanálisis”). De todos modos, convengamos con Evans que Lacan en este antecedente “eleva lo real al estatuto de categoría fundamental de la teoría” como uno de los tres órdenes intrínsecamente coimplicados.

Podemos ahora estimar a este antecedente también como un hito relevante en su extenso y variable encuentro con lo real en su práctica teórica y en su cotidiana práctica del psicoanálisis. Entonces, es impensable dejar pasar esa fecha de 1953 en tanto y en cuanto el “Discurso de Roma” se erige como un verdadero manifiesto de aquellas ideas críticas que demostrarían su fecundidad al pasar por el cernidor semanal de su enseñanza.
Como dato curioso vale destacar la transformación que sufre la notación literal de los tres registros (transformación que no supongo ingenua ni falta de intención) en una ordenación que se inscribe, ya al principio, como “S.I.R.” en la “comunicación científica” de 1953 anteriormente aludida, hasta llegar al conocido seminario R.S.I. de 1974-75.

Otro dato para tomar en cuenta es el insinuante comienzo de un pensar sobre lo real en 1936, plasmado en “Más allá del ‘principio de realidad’”, al cual Lacan ubica bajo la denominación “de nuestros antecedentes” en la recopilación de sus escritos. Curiosamente ese atisbo prometedor desaparece abruptamente hasta 1953, donde reaparece con la “comunicación científica” que bien podemos denominar ahora “S.I.R.” En ese lapso histórico los acontecimientos europeos mostrarían, según me parece, a lo real en acto (Guerra Civil Española, Shoah, Segunda Guerra Mundial, postguerra) y en el punto mismo donde Lacan pudo leerlo en Freud a través de la pulsión de muerte y en el más allá del principio del placer.
Indagar el inicio de un pensar lo real por Lacan no deja, por otra parte, de verlo insistir en un tema doctrinario que continúa una y la misma insistencia reconocible en el pensar de Freud: el psicoanálisis y su estatuto científico, arco que se tensa en el “campo freudiano” hasta postular una ciencia de lo real.11
Desde aquí y con la intencionada prevención de economizar las referencias a la obra de Freud, es dable encontrar los referentes elementales que permitirían situar aproximadamente el comienzo de ese pensar lo real por Lacan por fuera de Freud, si cabe decirlo. Dichos referentes llevan nombre y apellido y la selección de los mismos ha dependido de la consulta a los ya citados autores de diccionarios enciclopédicos, si bien ceñido este proceder a destacarlos en tanto emergentes en la obra de Lacan. Se trata de Emile Meyerson, Georges Bataille y J.G.F. Hegel.

3.- Los referentes indiciales
a) Meyerson y la crítica al positivismo
Emile Meyerson es citado por Lacan en un artículo publicado en L’evolution psychiatrique durante 1936, denominado “Más allá del ‘principio de realidad’”12. En ese texto de sus “antecedentes” critica a la psicología de la época volcada en su pretendida “cientificidad” al campo imaginario (“antropomorfismo psicológico”, dirá).
En ese sentido, señala, los psicólogos buscan una garantía de esa “cientificidad” en función de lo verdadero en lugar de proponerse hallarlo en función de lo real (más aún, enfatiza esa “sumisión a lo real” que él percibe en Freud). Propone, por su parte, pasar del idealismo al estudio objetivo de los fenómenos. Concepción, esta última, que no oculta su “deuda y su deber” con el “maestro vienés”. Sin embargo, Lacan intenta en este texto avanzar un paso más entronizando un concepto que, al decir de Evans, “estaba difundido entre ciertos filósofos de la época y era la idea central de una obra de Emile Meyerson”.

Roudinesco opina al respecto que “a partir de la década de 1920, después de la revolución introducida en la ciencia por la teoría de la relatividad de Albert Einstein, se transformó la oposición clásica entre lo real dado y lo real construido”. Seguidamente, Roudinesco destaca que “la primera reflexión” de Lacan en coincidencia con el estado de cosas anterior se basó en las tesis de Emile Meyerson sobre la ciencia de lo real. De tal modo es así que la referencia de Lacan en “Más allá del ‘principio de realidad’” se basaría entonces en la obra de Meyerson titulada La Déduction relativiste, de 1925, donde éste sostiene que hay una “similitud perfecta entre los objetos creados por la ciencia y aquellos de los que la percepción por un acto espontáneo, plantea la existencia”.13
Meyerson puntualiza que “lo real de la teoría relativista es, con seguridad, un absoluto ontológico, un verdadero ser-en-sí, aun más absoluto y ontológico que las cosas del sentido común y de la física pre-einsteniana”. Emile Meyerson nació en Lublin (Polonia); estudió ciencia, principalmente química, en Alemania y pasó en 1882 a Francia, donde adoptó esta ciudadanía y se desempeñó como químico. Se caracterizó por criticar “al positivismo en todas sus formas.”14
¿Qué espera Meyerson de la teoría de la relatividad? Recalca que dicha teoría “tiene por objetivo informarnos acerca de la naturaleza de este real.” En ese sentido, Roustang destaca que en La Déduction relativiste varias veces se hace relación expresa a la noción de lo real e incluso se le dedican algunos capítulos. Meyerson levanta una tesis relativa a la “identidad del ser” sostenible entre la filosofía y la ciencia. De ese modo, afirma, mediante múltiples percepciones de un objeto “suponemos que hay ahí un objeto real independiente de ellas”. Aparecería lo real en esa noción, entonces, como el “substrato de los fenómenos”.

A su vez, Lacan al referirse en su artículo de 1936 a la “ciencia física” parece señalarla infisionada de ciertas “categorías intuitivas” que responden a la “estructura de la inteligencia” del constructor del objeto de la investigación. Al proseguir comenta que “si bien un Meyerson ha podido demostrarla sometida en todos sus procesos a la forma de la identificación mental [...]”, tanto que “el fenómeno de la luz” y “el átomo de acción” revelan en la ciencia “una oscura relación con el sensorio humano”, así entonces quedaría a la vista “la más inquietante homología con los ejes asignados al conocimiento humano [...]” Se trataría, observa, de un antropomorfismo psicológico en la física. Al respecto, Roustang señala que para Meyerson “la ciencia se aparta de las consideraciones antropomórficas, o sea [y aquí cita a Meyerson] ‘de aquellas en las que interviene la persona del observador, de aquello que se refiere al yo [subrayado mío]’”.
Pero si bien ese real no aparece todavía formalmente discernible para Lacan en 1936 es, por otra parte, algo claramente opuesto al reinado de lo imaginario en la ciencia. Sin embargo, no parece preocuparle tanto el ideal de la objetividad fenoménica, sino la transparencia de ese oscuro real que Meyerson trata de demostrar sosteniéndose en el discurso de la física de su época. Es visible que no deja de interesarse por el estatuto de ese real que maneja la física moderna. Pero de un modo donde el “conocimiento humano”, que hace homología con la física, resulta “irónicamente” contradictorio sino opuesto y más aún haciendo obstáculo a un saber de lo real. Así no parece existir “similitud perfecta” alguna entre el campo del conocimiento “humano” y una ciencia de lo real llamativamente “inhumana”.15

En relación opuesta a las anteriores observaciones, Roustang afirma rotundamente que para Lacan “en esta época lo real es lo imaginario”. Tesis, a mi entender, bastante fuerte frente a considerar que, por ejemplo, en el esquema Rho de “De una cuestión preliminar ...”16 lo real se confunde con la realidad conformada por lo imaginario y también por lo simbólico (como lo destaca Lacan a pie de página en un agregado posterior). Incluso no parece avalar esa opinión las críticas de Lacan a la psicología en el trabajo de 1936 ya mencionado. En el parágrafo titulado “discusión del valor objetivo de la experiencia” se afana, justamente, en mostrar como se arriba en un análisis a la “resolución de una ilusión”: en la experiencia analítica la imagen [la subraya] es asimilada [lo subrayo] regresivamente a lo real, para luego progresivamente ser “desasimilada de lo real, es decir, restaurada en su realidad propia”. Más allá de la interpretación que se otorgue a la expresión “realidad propia”, que bien podría relacionarse con lo propuesto en “De una cuestión preliminar...”, es notable aquí el esfuerzo de Lacan por deslindar al psicoanálisis del reduccionismo psicológico.
Es interesante en este punto y a manera de colofón puntualizar que Roustang piensa sobre la referencia a las nociones de Meyerson que “es probable que [Lacan] no haya renunciado nunca a los principales rasgos que formaban entonces la comprensión de este concepto”. Es decir que por fuera de las contradicciones, transformaciones y aplicaciones de la noción de lo real, Lacan habría mantenido en el panorama del psicoanálisis en tanto ciencia de lo real, los siguientes rasgos: 1) “lo real es un invariante que cohesiona y resiste”; 2) “es independiente del yo y de la conciencia”; 3) “es el ser de todos los fenómenos”; 4) “es racional, y por ello matematizable y tratable lógicamente”.

Una segunda y última parte de este artículo será publicada en el próximo número de Imago Agenda.
 
 
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