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   Autismo

Matías, capturado por la rueda
  Un niño demoninado ¿
   
  Por Esteban  Levin
   
 
A los niños denominados autistas1 se los diagnostica, clasifica y estigmatiza, a partir de lo que no pueden realizar: no hablan, no simbolizan, no juegan, no representan. Sin embargo, para nosotros, a través de su experiencia no paran ni dejan de decir cosas acerca de ellos.
Matías, es un niño de 4 años que llega al consultorio con cuatro diagnósticos: “autismo”, “retraso madurativo”, “trastorno general del desarrollo (TGD)” y un presunto “espectro autista”. Matías no dirige la mirada. Su aspecto transmite la fragilidad de un niño sufriente. Lo que llama poderosamente la atención es que Matías se encuentra capturado por las ruedas, exclama constantemente “rueda, rueda, rueda” y se queda en la calle observando las ruedas de autos o de camiones. Las señala, las toca, grita “rueda camión, rueda, rueda”. A veces también viene con una rueda de juguete que gira en sus manos, entre sus dedos. “Rueda, rueda, rueda” es la experiencia que Matías no deja de repetir en todo momento.

Cualquier objeto circular lo remite a la rueda y la rueda lo remite a ese círculo estereotipado y sin salida en el cual consume todo su tiempo y su universo. Rueda es un CD, rueda es un aro, rueda es una pelota, rueda es un globo o cualquier cosa redonda que Matías no deja de decir, tocar, mirar. Prácticamente parece absorbido por las ruedas, a tal punto que casi no mira otra cosa.

Cuando, en algún momento, logro capturar su mirada encuentro unos ojos tristes, inseguros, gestos posturales que dramatizan el sufrimiento de un niño que no alcanza a producir más que una sola experiencia en función y ligada a la rueda. No es posible, por lo menos en este primer momento, separar a Matías de la rueda. La imagen corporal que Matías tiene, rueda en la circularidad de la rueda. Construye una imagen en la que se pierde para ser, se refugia en la rueda y en esa circularidad, goza de esa experiencia. La rueda se transforma en una cosa en sí, un sí que no puede diferenciarse. De algún modo un sí sin sí, donde transcurre el existir de Matías. La rueda en sí no se relaciona con las demás cosas ni con otros. La sensación que genera va de sí a sí sin distancia simbólica por recorrer, es una presencia sin representación a imaginar o proponer. Sin embargo, Matías instituye una experiencia con la rueda en la cual genera una imagen real que rueda en la plenitud de sentido, que lo abarca, excede y consume hasta hacerlo girar en la rueda sin fin de un sí sin sí.

¿Matías es la rueda o la rueda tiene a Matías? ¿Cómo constituir un lazo transferencial que dé lugar a una experiencia diferente? ¿Cómo vibrar, resonar, en la experiencia que Matías nos impone?
La existencia de la rueda le permite ser rueda camión, rueda CD, rueda pelota y rodar en un mundo que lo asusta y lo atemoriza, del cual no puede salir. Matías y la rueda, la rueda y él se diluyen mutuamente, se presentan ensamblados. Es difícil imaginarlo sin mirar o referirse a la rueda. Decido introducirme en ese mundo fijo, opaco, cerrado, sensible y sufriente. Miro con él la rueda, la siento, la toco, vibro y comparto esa experiencia. Mirando la rueda del camión estacionado en la vereda, comienzo a hablarle a la rueda: “Hola rueda del camión de verdura, ¿cómo estás?” Cambiando el tono de la voz, como si fuera la rueda, respondo: “Muy bien, ¿y ustedes?”. Lo miro, él me mira y continúo: “Bien, nosotros estamos acá, mirándote. ¿Podemos tocarte? Queremos ver como sos.” La rueda exclama: “¡Sí!, Dale”. Los dos nos aproximamos a la rueda, la tocamos, la olemos, la sentimos. Ella –la rueda a la que doy voz y vida–, se ríe, le da cosquillas y nos dice que le gusta mucho que estemos ahí.

Sorprendidos, seguimos la escena conducidos por el imperceptible y propio ritmo escénico. Entre la experiencia de la soledad y opresión de Matías “rueda, rueda, rueda”, se origina una nueva escena, una leve bifurcación por la cuál, ya no está solo, sino siendo “rueda- camión-auto con un otro”.
Los primeros tiempos del trabajo clínico, transcurrieron en la calle, entre las ruedas, los camiones y los autos que no dejaban de hablarnos, de mirarnos a la vez que los mirábamos, de tocarnos cuando los tocábamos, de olernos cuando los olíamos. En esos intersticios compartíamos juntos un nuevo escenario. Matías registraba lo diferente en esta relación y lo que en ella se producía.
La experiencia compartida del entredós es un prisma, una caja de resonancia del cuerpo donde vibra una sintonía. ¿Cómo no dejarnos desbordar por ella? En esa voz-rueda resuena una vibración, un acento, un ritmo, un timbre, una cierta tonalidad e intensidad que intentamos captar en el espacio clínico y resonar con ella.

Nos anima lo corporal, tanto a nivel del aparato fonador como del auditivo donde en una “voz-rueda” resuena el cuerpo como crispación, tensión muscular, estremecimiento psicomotriz, ritmo respiratorio. La voz liga el significante al cuerpo.
Proponemos una disposición transferencial a poder resonar en ese lazo con el otro para, desde allí, desde esa rueda-cuerpo-movimiento, abrir el sentido en el ritmo escénico-pulsional que se produce con el otro. Se trata de que vibre la sensibilidad en el silencio del entredos como producción de sentido a inventar y crear.
Por momentos, la rueda como pura voz parece un murmullo que se mueve en la garganta de Matías, en su cuerpo, en la orilla de sus labios sin siquiera movimiento del aparato fonador, rozando apenas el sentido. La inmovilidad de la boca y la gestualidad impresiona como un impulso de la cavidad sonora que reproduce lo mismo. La palabra-cosa, la agonía de un grito afónico, monotonía de un sonido clausurante de polifonía y, sin embargo, por lo menos para mí, no deja de resonar, vibrar en un eco que me torna sensible a lo imposible de una relación que recién se inicia.

Somos sensibles a la sensibilidad del otro, aunque ella se cierre en sí misma o conlleve, como en este caso, un solo sentido unidireccional, pleno y cerrado. Palpitar ese camino, ese trayecto de encierro y apertura será parte de la ventana, de la rendija que tendremos que encontrar o producir junto al niño.
Al subir al consultorio, Matías agarraba intempestivamente un pequeño aro, lo giraba entre sus dedos, se lo pasaba de mano en mano diciendo “rueda, rueda, rueda” sin detenerse, moviéndose de un lado para el otro. En un momento, toma el aro-rueda y lo apoya en una pared, agarra una tiza y contornea el borde, luego me mira y señala gestualmente la rueda. Ante ello, exclamo con alegría “¡Qué hermosa rueda!”, “¡Qué lindo dibujo!” Matías se sonríe, apoya el aro en la pared y realiza otra vez el contorno.

Desde ese momento la escena se repite por todo el consultorio. Comenzaron a estar dibujadas de ruedas las puertas, las mesas, las sillas, las paredes, el balcón, la heladera, la cocina. Matías llegaba y corría a agarrar el pequeño aro. De allí corríamos juntos a dibujar por todos lados. También dibujaba ruedas en mi ropa y en los juguetes. Compartía esta experiencia, dibujando con él, en cualquier superficie posible o llamativamente imposible, donde quedaba transcrita la rueda, tal vez ya no como objeto, sino como dibujo que deja entrever una cierta distancia simbólica. La experiencia de entredós de garabatear la rueda es resonar el sentido más allá de la significación y de sí mismo, un sentido en el que pueda reconocerse en un espejo diferente.

El interrogante queda planteado, ¿cómo producir una grieta, una diferencia en la identidad de lo mismo, de lo siempre igual, del círculo-rueda? Dibujando ruedas, comencé a agregarle dentro del círculo otros dos y así aparecieron los ojos, después la nariz y la boca. Otros redondeles configuraron el pelo y las orejas. Matías decía “rueda” y yo exclamaba “¡Una cara de nene, qué linda cara! ¡Hola nene! ¿Cómo estás?” Rápidamente Matías dibujaba, contorneaba otra rueda, y al poco tiempo, en ese borde de la experiencia, decía “la cara de nene”.

Ante esta respuesta, comencé a saludar a los ojos, a la nariz, a la boca, al pelo de “la cara de nene” y al hacerlo –bajo la mirada de Matías– inventé una melodía casi natural, una canción de la cara, un ritmo musical de las partes que iba dibujando, de aquellos pliegues que surgían en la rueda-círculo, cuyo despliegue decantaba en la cara de un nene.
La rueda empezó a transformarse en rostro, y en ese devenir nos encontramos haciendo bocas, ojos, narices, caras de nenes o de nenas. Matías, al principio miraba, después hacía alguna parte (los ojos, la nariz, un pelo) y en algunas sesiones, el inconcluso rostro se metamorfoseaba en figura de nene, en rostros dibujados en el devenir escénico compartido.
Matías y Esteban habían dejado de estereotipar. La opacidad del siniestro círculo de la rueda quedaba indefinida, se resquebrajaba en el lazo escénico que la experiencia nos permitía crear.
La creación clínica no puede preverse, surge exactamente allí, en el desvío de lo anticipable, en la bifurcación de lo previsible para dar lugar a otra escena, a un pensamiento diferente, a un salto hacia lo desconocido.
A continuación de estas escenas, Matías se detiene, por primera vez, en los autitos de juguete que hay en el consultorio, los explora, los tira, encuentra las ruedas, hace el sonido de auto y a partir de esa sonoridad construyo junto con él un pequeño y precario esbozo de juego. Llevamos los autos a cargar nafta, a pasar por un túnel, a parar frente a una barrera, a llevarlo al mecánico porque no funciona.

En Matías hay todo un cambio gestual, postural y corporal a la vez que despliega un lenguaje mucho más rico, a veces en tercera persona repitiendo lo que el otro dice. Otras, puede enunciarlo desde él y otras veces vuelve a quedarse fijado en la rueda. Me resulta difícil volver a sacarlo de allí, aunque a partir de la relación y la experiencia que fuimos construyendo, los momentos de juego se van acrecentando y enriqueciendo en cada encuentro.
Dibujamos con tiza una pista, “casa de playa” dice Matías, “¡ah!, qué bueno, se van a pasear a la playa, vamos por la autopista que hicimos”. A continuación, cada uno con su autito va por el circuito que trazamos. En el camino nos encontramos con semáforos, puestos de nafta, “para tomar coca” dice Matías hasta llegar al mar, la arena y la sombrilla.

En todo este despliegue, Matías no necesita estar permanentemente en movimiento. Puede, por primera vez, quedarse jugando. La postura, la gestualidad, la mirada, el rostro, de estar en una posición de tristeza, tensión, alerta e inseguridad se ha transformado, está más relajada. La mirada comienza a sentir la curiosidad, la postura se inclina dirigiéndose al Otro, la gestualidad enarbola un movimiento diferente hacia la escena que experimenta y el rostro destella un brillo que se escabulle tras una sonrisa íntima, entrañable y fundamentalmente cómplice.
Compartir la experiencia del estereotipar, de la reiteración corporal, motriz y postural de lo mismo, para desde ese lazo transferencial, ofrecerle un lugar de diferencia, de apertura estridente, de enlace y desenlace con la experiencia y el cuerpo del otro es una ofrenda, un don de lo que no se tiene. Donar lo infantil para poder armar un lazo con un niño que permanece indiferente al otro y a los otros es parte del camino que proponemos como un modo de relacionarnos con él y generar la intensidad de un acontecimiento, que motoriza el hacer en devenir y crea un lugar de reconocimiento, de identificación que lo articula a otra serie de experiencias significantes donde puede ser otro en la sensibilidad escénica. Si Matías fuera un autista, un TGD, un espectro autista o un retrasado, el presunto diagnóstico devendría pronóstico. ¿Cómo se le habla? ¿Cómo se lo mira? ¿Cómo se juega con él? ¿Cómo se le enseña? Hay muchos métodos que se organizan en función de estos diagnósticos y existen, incluso, instituciones que agrupan a los niños y trabajan en función del estigma designado.

Matías no ha podido constituir su imagen corporal ni el circuito pulsional y es esta dificultad la que nos preocupa como diagnóstico de un sujeto que sufre. Procuramos producir un hueco, una diferencia en la misma rueda, para inscribir en ese pliegue un rostro, un niño y de allí otro recodo a la rueda-auto, a la pista de autos que nos lleva a la playa, al mecánico, al semáforo, a la nafta y a la gaseosa, donde comienza a enunciar la palabra desde una historia que se repite diferente. Se trata de generar en cada caso, en la propia experiencia, una combustión de sentido, un cierto vacío, una revuelta de lo mismo que da lugar a un acontecimiento, a la plasticidad de lo porvenir, al laberinto que, paso a paso, recorremos con Matías.

1. Leo Kaner, a mediados del Siglo XX, a partir de once casos de niños estudiados por él, describió el síndrome de autismo. En la actualidad, esos niños serían denominados de otro modo: “síndrome de Asperger”, “trastorno general del desarrollo”, “espectro autista” o “síndromes inespecíficos”. En la época actual, algunos de ellos “presentan una alienación y pregnancia a las imágenes de las cuales no pueden desprenderse”. Repiten propagandas, fragmentos de películas o personajes televisivos a los cuales quedan adheridos. Sobre esta temática véase Levin, Esteban, Discapacidad clínica y educación. Los niños del otro espejo. Buenos Aires, Nueva Visión, 2003 y Hacia una infancia virtual. La imagen corporal sin cuerpo, Buenos Aires, Nueva Visión, 2006.
 
 
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