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   Comentario de libros

El amor: entre obsesiones, muerte y familia
  por Ricardo Estacolchic
   
  Por  Letra Viva
   
 
Ahora voy a insistir sobre esta cuestión de que a veces lo que parece el motivo del rechazo, del disgusto, del fracaso, es justo lo que mantiene unida a la pareja. Es exactamente eso. Tengo un ejemplo muy impactante, que no conozco del diván sino de la vida real pero que he ido siguiendo de cerca porque eran personas con las cuales yo tenía una cierta amistad, no una amistad franca pero tenía un cierto conocimiento de estas personas. Se trataba de dos amantes de lo más apasionados. Tan es así que él, que tenía un trabajo en el campo (estaba en excelente posición económica), era capaz de viajar cientos de kilómetros en poco tiempo con tal de estar una hora con ella y luego volvía al campo volando. El tema era que cada vez que ella decía A, él iba inmediatamente y compraba la cosa. Supongamos que ella dijera me gustaría tener un par de botas, él iba y compraba media docena de pares de botas. Yo pensaba que la mujer se iba a angustiar terriblemente, que hasta corría cierto peligro de enloquecerse porque, verdaderamente, una vez vaya y pase, pero, supongamos que ella dijera voy a juntar plata (porque ella trabajaba) para comprar un acondicionador de aire que, para una pieza normal es de 3.500 frigorías. Entonces él al día siguiente aparecía con un acondicionador que uno tenía frío hasta en la cuadra siguiente, tenía frío todo el barrio. (Les digo a las chicas que no sé cómo se consiguen hombres así, de modo que no me pregunten ni ahora ni después.)

Entonces pasó así, ella estaba tremendamente disgustada con él porque había una cosa sola que él no le daba; no le daba el divorcio, porque estaba casado. Eran peleas frenéticas y tremendas, que duraron muchos años de pasión. Hasta que un día, él aparece en la casa y le dice bien, me separé. Ella tardó solamente dos días en dejarlo. Porque claro, ese era el último don, que seguramente era lo que causaba su deseo, eso que era el motivo del disgusto. Incluso es probable que fuera un deseo que ni siquiera se dirigía a él como objeto sino muy probablemente a la otra mujer, al misterio de la otra mujer
[...]
Me ha ocurrido escuchar cada tanto una cosa así de curiosa, pero esto no es muy común. De escuchar a un hombre enamorado recientemente. Digamos que ha conocido a una chica hace dos o tres días, de la cual ya se siente enamorado. Y me ha ocurrido escuchar que, por momentos, él se olvida del rostro de ella. Es algo que me parece superlativamente interesante porque él sabe que ama a alguien a quien va a reconocer si ve —obviamente— pero no puede retener los rasgos de su cara, y esto le trae angustia porque, en resumen, no sabe a quién se parece esta muchacha. Por momentos recupera esa memoria y, por momentos, la vuelve a perder. Y él va trayendo este discurso —por supuesto, lleno de angustia— que parece ser la señal de que ella está justamente en el lugar de un objeto perdido para siempre, o sea, por estructura. Perdido para siempre por estructura, y esa pérdida retorna justamente con la pérdida de memoria. La explicación más cabal me la brindó un analizante con un sueño. Él sueña que está con su novia y se equivoca el nombre (supongamos que ella se llama Margarita y él le dice Rosita), cosa que de vez en cuando ocurre en la vida real y origina incidentes más o menos divertidos. Es cuando uno se entera de que es reemplazable. Tiene algo de divertido, porque uno se entera de que es bastante reemplazable, no digo al infinito pero bastante. Es como ahora, que está de moda ver el seleccionado, que sale uno y entra otro, basta que tenga la camiseta argentina. Y, entonces, resulta que la chica se enoja (todo esto es en el sueño) y él le dice que no tenía tanto derecho a enojarse porque después de todo se había equivocado solo una vez, no tenés tanto derecho a enojarte, yo me equivoqué sólo una vez. Lo que me pareció fantástico es la respuesta que elabora el sueño de este sujeto, porque la chica le dice no, te equivocaste siempre, siempre que dijiste querida, mi amada, mi amor, siempre te equivocaste. Pero no es que ella diga me dijiste, está tan bien hecho el sueño que ella no dice me, dice siempre que dijiste te equivocaste. Con lo cual me parece que la sabiduría de lo inconsciente ha elaborado una manera de mostrar la equivocación estructural en cuanto al objeto, la equivocación que no depende de un error de persona, sino que es una equivocación —por así decirlo— necesaria en la estructura. Por eso este sueño fue muy ilustrativo. Suele ocurrir que se argumenta la equivocación estructural. En el fondo los malentendidos amorosos son formas de argumentar dramáticamente esta falla de la relación sexual, esa oración lacaniana tan famosa de que no hay relación sexual. Cada uno lo argumenta como puede. Y una de las formas de argumentar esto o de quejarse de esto es quejarse de incomprensión. Es común que las damas se quejen de no ser amadas tal cual son, ¿vieron? Tú no me amas tal cual soy, lo cual es cierto pero esta queja suele olvidar que ella a su vez tampoco lo ama tal cual es sino más bien —como decía Freud— lo ama como posible intermediario de una donación. Donación de la cual el símbolo es el falo, y esto es lo que Freud de vez en cuando llamaba el regalo del padre. De modo que esa queja de no ser comprendida y de no ser amada tal cual es —de parte de ella o de él— es una queja que bueno..., está bien, hay que escuchar pero me parece que va a algo más profundo en la estructura y no tanto en cuanto a una falla de la otra persona en cuanto a amar de verdad o de mentira.
_________
Fragmento del capítulo “El amor: entre obsesiones, muerte, y familias”, del libro Escenas, causas y razones de la vida erótica, escrito en colaboración con Sergio Rodríguez, Letra Viva editorial, 2003.
 
 
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