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   La Celebración

¿De nuevo el año nuevo?
  Por Enrique Loffreda
   
 
La marca de la repetición
El mes de diciembre, además de ser un insistente recordatorio del paso del tiempo, también posee la característica de constituir un espacio privilegiado para la práctica del lugar común. Los no siempre sinceros deseos de felicidad, junto con expresiones sobre el buen fin y el mejor principio alternan con los clásicos comentarios sobre el clima o el aumento de precios en el supermercado, provocando en los discursos ese vaciamiento de sentido tan frecuente en el último mes del año. Es el momento en el cual nos preguntamos: ¿por qué de nuevo el Año Nuevo? Interrogante aparentemente banal pero capaz de abrirse a una pluralidad de sentidos. Cuando una persona mayor se formula esa pregunta, probablemente se relaciona con su angustia por el paso del tiempo y concluye con el inefable: “este año se pasó volando”. Posee un carácter muy diferente si el interrogante lo formula un niño, sorprendido por la repetición de una experiencia ya vivida de la que guarda memoria por el llanto de la tía con una crisis histérica o los gritos del primo quemado por una cañita voladora. Todo eso “ya pasó” y sin embargo volverá a pasar. ¿Por qué de nuevo el Año Nuevo?

Las sociedades modernas, además de su falta de respeto por las culturas primigenias, tienen una particular tendencia a vaciar de sentido ciertos rituales heredados transformándolos en caricaturas siniestras. Las cada vez más conflictivas “fiestas” de fin de año y sus inveteradas disputas familiares constituyen una muestra irrefutable de la degradación sufrida por esta milenaria costumbre de celebrar la finalización y el comienzo de ciclos temporales.
En nuestra sociedad crece el número de personas que lejos de disfrutar, “soporta” las fiestas cada vez más alejadas de sus raíces tradicionales.

En la actualidad es tal el grado de desconexión con el origen de los festejos que pocos recuerdan el motivo de la conmemoración del primero de enero. Todos intuyen un fundamento religioso del que no dudan en el caso de la Navidad, pues el tradicional pesebre con su cuna de paja evoca claramente el nacimiento de Jesús. Tampoco quedan dudas con respecto al feriado de Reyes, en tanto los consabidos tres camellos y sus respectivos jinetes, junto con la imagen del cometa que los guía, marcan el encuentro de los llamados Reyes Magos con el recién nacido. Pero ¿qué festejamos el primero de enero?. Algún aprendiz de Pero Grullo podría decir que se festeja el comienzo del año, tomando el mismo como un acontecimiento universal y natural, sin atender a la compleja trama histórica que determina ese día como comienzo de un nuevo ciclo. El acontecimiento que se conmemora es sin duda algo muy importante pues se ha difundido de manera universal con mucha más fuerza que el 25 de diciembre o el 6 de enero, y sin embargo la causa de la celebración permanece oculta para una inmensa mayoría. Quizá una de las características de nuestra cultura glo-bobalizada sea precisamente el sometimiento a pautas repetitivas sin tener la más mínima idea de la razón de las mismas.

En medio de una discusión familiar al estilo “esta vez no pienso pasar año nuevo con la bruja de tu...” (mamá, tía, suegra, cuñada, etc.), resulta difícil recordar que se conmemora la circuncisión de Jesucristo.
Con el mayor de los respetos por todas las creencias religiosas, no deja de sorprenderme el festejo universal de la circuncisión del fundador de una religión que no circuncida a sus seguidores, y que además sean muy pocos quienes mediten sobre el motivo de la celebración.
Podrá decirse, y con razón, que la fiesta de año nuevo se ha desacralizado y ha pasado a ser un festejo universal y profano, pero puede resultar interesante rastrear las razones de ciertas costumbres heredadas y las diferencias con las otras fiestas religiosas.
El armado del pesebre o la escenificación de la llegada de los Reyes Magos constituyen tradiciones conservadas en los países formalmente cristianos donde se intenta mantener viva la tradición de la Navidad y la Epifanía. Probablemente la dificultad para lograr alguna representación popular que promueva el recuerdo del acto festejado el primero de enero haya contribuido a su escaso conocimiento o quizá cierto pudor logró mantener el motivo de la conmemoración relativamente oculto.

Tradiciones y festejos
Encontramos fiestas de Año Nuevo en todas las culturas, y aún en las más distantes de nuestra época o las más aisladas del planeta existen ciertas semejanzas en sus festejos. En las sociedades primitivas estas celebraciones marcan un corte del tiempo regido en muchos casos por el ritmo de las cosechas; incluso en las regiones donde se cultivaban varias especies vegetales con distintos ciclos, existían varias fiestas de fin de año. Afortunadamente no hemos seguido esta última tradición porque más de un festejo cada doce meses sería un insoportable goce, en el más espantoso sentido lacaniano.

También en algunas sociedades tradicionales el festejo podía vincularse con alguna hazaña mítica, pero ésta no resultaba ajena a los ciclos naturales pues generalmente coincidía con el ritmo de los cultivos. El comienzo de los períodos anuales regulaba el uso de las reservas alimenticias y la fiesta del Año Nuevo marcaba el momento en el cual se levantaba la veda para el consumo de la cosecha reciente.
Resulta llamativo que el día elegido para el cambio de ciclo en la sociedad moderna no conmemore un nacimiento, ni una mítica acción heroica, ni el comienzo de una cosecha, sino el momento en que se produce una marca de gran importancia simbólica y de tan escaso recuerdo.

El establecimiento de un período anterior y posterior al festejo de Año Nuevo, semejante a un año en miniatura, resulta coincidente en distintas culturas y en la mayoría de ellas los días precedentes y posteriores al cambio de año cumplía la función de representar cada uno de los meses del mismo; al comportamiento del clima en esos días se le atribuía alguna relación simbólica con las lluvias anuales.
En ese período poblado de referencias míticas en las sociedades tradicionales, se daba la difundida costumbre de instaurar cierta licencia para cometer excesos; mientras las mismas trasgresiones en el resto del año podían merecer severas sanciones, en esos momentos las restricciones sufrían un notable debilitamiento. La muerte y la renovación periódica de la vida se desplegaban simbólicamente en este corto lapso de tiempo cargado de connotaciones mágicas.
Los doce días que separan la Navidad de la Epifanía, constituyen una de las tantas similitudes entre los festejos cristianos y las antiguas costumbres y en ellos se verifican los efectos letales de una herencia degradada. Tanto en la espera de la autorización para consumir alimentos como en el permiso para cometer ciertos abusos, no resulta difícil reconocer alguna de nuestras entrañables costumbres. Como todos los años, el cada vez menor numero de personas en condiciones de festejar, esperará las doce de la noche del 24 y del 31 de diciembre para atiborrarse de comida, incluyendo la tendencia a beber de manera descomunal, dejando luego las autopistas convertidas en cementerios de automóviles y personas, momento en el cual se produce, no una renovación de la vida sino del parque automotor. Mientras tanto la indigencia dejará al margen de cualquier festejo al creciente número de víctimas de la hipermodernidad global, y producirá una drástica separación entre los muertos por absurda necedad de aquellos otros que morirán simplemente de hambre.

El sentido del bochinche
En la actualidad todos los festejos de Año Nuevo se desarrollan enmarcados en el fragor de un estrépito fenomenal del cual participa una inmensa mayoría, a pesar de la ignorancia generalizada de los motivos de la batahola.
El bochinche producido en estas fiestas, lejos de ser una manifestación moderna y espontánea hunde sus raíces en antiguas tradiciones.
Los clásicos estudios de J. G. Frazer, Mircea Eliade y otros, corroborados por recientes trabajos de investigación, dan cuenta de una curiosa costumbre en diferentes culturas tradicionales: la expulsión en las fiestas de Año Nuevo de demonios, enfermedades y pecados mediante la producción de ruidos, gritos y golpes. Esta acción propia de pueblos “salvajes” se ha refinado notablemente entre los “civilizados” gracias a la ventaja de poseer una sofisticada pirotecnia. Ya nadie sabe por qué hace ruido pero la represalia de los demonios igual se hace presente de manera sistemática: desarrollando un siniestro plan de venganza, las fuerzas del mal en esos convulsionados días van poblando las salas de guardia con una numerosa concurrencia de tuertos y quemados.

En diciembre del año anterior, en nuestro país, reeditando sin saberlo rituales de tradiciones milenarias, logramos espantar a los demonios inútiles con gran estruendo de cacerolas. Los lugares vacantes fueron ocupados rápidamente por demonios perversos que, para colmo de males son hipoacúsicos; para desalojarlos quizá sea necesario este año un estrépito mucho mayor pero con enorme cuidado, pues debemos protegernos de sus malvadas venganzas.
A pesar del pudoroso olvido de la circuncisión, de los fallidos intentos de espantar a todos los demonios, de las histerias familiares y las cañitas voladoras, levantaremos nuevamente nuestras copas para brindar por la ilusión, siempre desmentida por la realidad, de un año mejor.
Volviendo a los lugares comunes: Feliz año nuevo para todos.

 
 
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