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   La acción analítica

Cuando amar es un obstáculo
  Por Carlos Gustavo Motta
   
 
Conocemos que al principio del trabajo analítico está la transferencia. Es uno de los conceptos fundantes del psicoanálisis. También los que experimentamos su práctica sabemos que es un término cargado de contradicciones. Para Freud, la transferencia posee un funcionamiento paradójico: es el “arma” suprema de la resistencia y también la diosa vengativa que la aniquila. El maestro vienés diferenció tres clases de transferencia emergentes de la situación analítica: la negativa; la erótica y la sensata. Las dos primeras son por igual guardianes de la resistencia. Sin embargo, todas conforman, al decir freudiano, el “campo de batalla” de la transferencia.

De todos los trabajos sobre técnica analítica, “Puntualizaciones sobre el amor de transferencia” constituye parafraseando a Freud, el mejor de esa serie (a la que he hecho referencia en anteriores entregas de Imago Agenda). El artículo es de 1915 y refiere principalmente, al amor que el analizante declara al analista. Si bien Freud destaca que el analista debe reconocer que el enamoramiento está determinado por la situación analítica, resulta útil además, para despejar el concepto de contratransferencia (motivo de un futuro trabajo dentro de esta serie de notas). Freud ubica claramente dos lados, dos aspectos a tener en cuenta, el lado del analizante y el lado del analista.
El amor manifestado por el paciente a la figura del analista se interpreta claramente como una forma de resistencia.
Así la técnica analítica exige que el analista niegue la satisfacción amorosa que en estos casos se requiere, porque el tratamiento debe llevarse a cabo en la abstinencia. El analista debe controlar el amor transferencial, tratándolo como irreal para sí y como una situación propia por la que hay que atravesar en el tratamiento cuyos orígenes deben descifrarse desde el inconsciente, para que contribuya al trabajo de elaboración que implica lo que está profundamente desalojado de la vida erótica del analizante. Este amor manifiesto permite que quede bajo su control lo que lucha por librarse de la represión. De esta manera, Freud recomienda al analista que no sólo debe tener en cuenta los detalles de la técnica analítica en estos casos, sino las cuestiones de la práctica, sujetas por el terreno de la ética. Por mucho que valore ese amor, debería apreciar la oportunidad de ayudar al sujeto en una etapa decisiva de su vida. Lo que debe hacer el analista, cuando se encuentra en tal halagadora situación de que la paciente le declare su amor es... analizar.

Hasta aquí entonces las observaciones freudianas. Veamos un poco más, puesto que por amor de transferencia debemos entender varias cosas. En cualquier dispositivo analítico la cura reproduce las relaciones de objeto de la tríada edípica y por lo tanto es inevitable que así ocurra. Sin embargo en este artículo a Freud lo ocupa ese amor tan irreductible, tenaz, obcecado. Ese amor que aparece en forma súbita, con una particular muestra de intolerancia a la frustración que lo acompaña y que parece asociado a un tipo clínico psicótico, más que neurosis de transferencia. Un amor sintónico con el yo y que no acepta subrogado alguno. Características todas a destacar y, obviamente, a tener en cuenta, motivo de investigación y polémica.

Debemos pensar, pues que hay modalidades de amor de transferencia, de acuerdo a las estructuras clínicas. Una paciente de cincuenta y cinco años, casada hace veinticinco años con un empresario argentino, ahora detenido por numerosos ilícitos comprobados, consultó por ansiedad y depresión, producto de su desamor con su marido, –que lo fecha desde siempre–. A ello se le suma una relación dificultosa con su hija mayor, quien se encuentra diagnosticada con “ataques de pánico” y que a ella todo lo presentado la tiene muy preocupada. Me casé sin amor, me dice. Desde el inicio del tratamiento desarrolló un intenso amor de transferencia, según el cual yo aparecía como respuesta salvadora a su falta de amor. Luego de tres años, la analizante pudo contar una escena de abuso sufrido por su padre pero a partir de esta comunicación, volvió a hacer explícito su amor hacia mí y a pesar de mis estrategias para hacer presente lo que sí amaba de ella y que eran sus asociaciones libres que faltaban, comenzó a cuestionar la figura del analista en sus dichos e intervenciones. Venía tarde a las sesiones o directamente no venía ni avisaba. Ella no comprendía como no podía responder a su amor verdadero. De ser su amor pasé a ser un amor que no respondía. La maltrataba, me dijo en una oportunidad. Su padre y luego su marido la mal-trataron, agregué, en cambio yo la trato.
La oposición significante entre mal-trato y trato nuevamente la alojaron en el dispositivo analítico, sin embargo durante este tratamiento, esta diferencia sólo produce una estabilización de sus estados emocionales, lo cual no es poco y le permite encontrarse haciendo lazo social con otros.

Este análisis me llevó a consultar a diversos autores, más allá de Freud y Lacan, y obviamente, mi propio control del caso. Entre los muchos artículos escritos, encontré un comentario interesante de R. Horacio Etchegoyen al respecto del amor de transferencia bajo la vía erotómana: él afirma que este particular amor “es una fuente inagotable de conocimientos por su complejidad y la sutileza de los mecanismos que lo animan, al par que una dura prueba para el analista, su habilidad y su técnica. Racker comenta el trabajo de Freud y decía que esa gran necesidad de amor que Freud asignaba a estas enfermas, le planteaban el interrogante de cómo podían coexistir el amor y la enfermedad, más aparente que real. Son mujeres que tienen muy poca capacidad de amar”.

Quizás esa poca capacidad de amar es lo que en el fondo, muestre una erotomanía de transferencia, tanto en la neurosis como en la psicosis. Quizás esa “mirada de amor” no sea más que la continuación del maltrato recibido por un objeto de amor. Puesto que todos esos argumentos expuestos del analizante mostrando voracidad, insaciabilidad, exigencias concretas, puro amor, no son más que nada la esterilidad de hacer frente al lazo social, sostenerlo y desplegarlo. La exigencia concreta de ese amor no es más que un argumento para manipular al otro con un grado absoluto de control. La posición con el otro semejante es con o sin amor, pero siempre desde una vía unidireccional, es decir, sin tenerlo verdaderamente en cuenta.
La serie de artículos construidos por Freud se convirtió en un indispensable “manual” del ejercicio profesional. Deberían ser más que eso y encontrar en ellos las maniobras indispensables del analista que se construyen en el caso por caso. No se trata, como afirma Peter Gay, de la última palabra sobre cómo conducir una análisis, ni siquiera la última palabra del propio Freud. Agregaría que son perspectivas que podrían constituirse en referentes para quien se inicia en una profesión, como lo que ella misma es, im-posible.
 
 
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