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   Colaboración

Psicoanálisis, política e interpretación
  Por Claudio Glasman
   
 
En el principio un deseo: en un análisis, en una reunión de analistas y, ¿por qué no?, en una discusión entre analistas, la condición, en el sentido fuerte, herético o erótico del término, que sostenga y haga posible esta experiencia, esta práctica, este encuentro es la que podría condensarse en la proposición: ¡Qué haya texto!
Que haya texto supone que haya lector, pues sin lector no hay texto. Y el texto del que se trata es el que se va tejiendo, como éste mientras escribo, entre el lugar del que dice y el sitio donde se lee. Al final de una lectura, si el texto hablara, diría: sin usted, lector, no (lo) habría escrito.
Este es el riesgo que debe correr un analista cada vez que se encuentra con una demanda de análisis: su convicción sostiene la acción de la espera, que es una apuesta a la letra, a que haya letra.

Los argentinos venimos padeciendo un estado de desilusión óptica, política. Hemos estado navegado, en un ensueño colectivo que no deja de ser un “gran” sueño. Una mañana de éstas en la radio alguien decía que había que hacerle no sé a quien, un mega homenaje. En la Argentina hemos “disfrutado” el placer de esta ilusión, verdadera “deformación” óptica: Por estar en macros, supermercados, hipermercados, megacanjes, megatlón, hasta el micro, mísero, emprendimiento de los desocupados se llama maxiquiosco, estar, decía, se volvió super star, fantasía o casi delirio de ser por (e)star en algo grande, mundo o asociación internacional, global, mundial. Espejismo inmenso donde nos miramos y donde creímos hablar en general todos un mismo idioma: para peor un lenguaje universal, modo de delirio colectivo que clásicamente llamaríamos megalomanía, algo muy grande... que se nos vino abajo, que se nos cayó y como sucede con los espejos se (nos) hizo pedazos. No fue difícil, entonces pasar al polo opuesto: freudianamente hablando a un delirio de insignificancia tan pobre como consistente como el anterior.
En un movimiento contrario, la práctica cotidiana del psicoanalista está dirigida no a totalidades o universos gigantes o no, no es solo cuestión de tamaño, sino a meros rasgos, extrañezas de la lengua materna: nuestra dirección va entonces en un sentido inverso: gira, en un movimiento de discurso, de lo Uno-universo, a su reverso, lo Otro-diverso.

No es novedad, pero es una verdad tan obvia como olvidada, que la práctica del analista es una práctica de lectura y escritura de mínimos detalles. Eso hizo que alguien alguna vez ubicara a Freud como formando parte de un paradigma indiciario. El psicoanalista sería aquel que se ocupa de reconstruir, conjeturar ausencias, presencia textual de una estructura ausente a partir de la lectura de síntomas, anomalías textuales, indicios, marcas, trazos, huellas.
De este modo el que haya texto se anuda con la definición que hace Lacan en el seminario Los cuatro conceptos del psicoanálisis del deseo del analista como deseo de diferencia absoluta, deseo de desasimiento o separación. Ya que esa diferencia, si el azar interviene y el deseo está en juego, se localiza en la forma del mínimo trazo.
En el rasgo mínimo hay una diferencia “sensible” cuando es leída como tal.
Roland Barthes en un texto sobre la lectura, dice que, ya es casi un lugar común, el momento fecundo de una lectura es aquel en que el lector se detiene y levanta la cabeza. En ese gesto, en esa dramatización de la lectura, él encuentra el momento donde algo sucede, algo acontece. Es allí donde se rompe una continuidad, sueño o espejismo entre el lector y el texto. En el momento en el que hay una detención, hay también el despertar de un pensamiento. Levantar la cabeza puede ser literalmente levantar la cabeza.

Me acordaba de esta cita, y pensé: “me parece una cita justa”. Uno podría tomar la expresión justa, y seguir un cierto recorrido metonímico, que es ajustada, que no es desmedida, que es verdadera, porque hay una relación entre verdad y justo, incluso que, en un cierto sentido, tiene valor de justicia, una cita justa.
Si en vez de usar “justa”, digo que es una cita apropiada, me doy cuenta que me he “apropiado” de la cita. Si yo me apropio de la cita de Barthes y digo que en una lectura, como en un análisis el momento fructífero de una cura es el momento de su detención, porque allí se rompe la continuidad de un discurso, y se hacen posibles algunas consecuencias. Entonces, por haber cambiado una palabra por otra, por haber dicho en vez de justa, apropiada, lo cual me permite apropiarme de una cita, hacer-la mía, y extraer de la cita una cantidad de consecuencias que ahora que las digo, uno puede decir que estaban allí pero no estaban, están porque la he leído. No me he limitado a repetir la cita, sino que le he añadido alguna cosa a partir de mi experiencia de lector-analista. No me he limitado al “como dice...” o “para citar a...” que es un parasitar el texto, cosa que a veces hacemos con Freud o con Lacan. Interpretar es citar pero citar sin interpretar es parasitar y corremos el riesgo, en un fantasma de vampirismo muy extendido, de que el texto o el lector como un pecho o un lactante acaben por agotarse. Citar sin interpretar nos obliga a repetir hipnótica o servilmente los textos.
Entonces digo, que el momento fecundo de un análisis o de una lectura, es el momento en que el análisis se detiene, podría ser que se despierte de un sueño, y uno puede pasarse en un análisis o en una lectura, mucho tiempo en una especie de duermevela, hipnosis del libro o del hablar, y pueden pasar horas o una vida y sin saber qué se estuvo leyendo, qué se estuvo hablando o haciendo. El momento de detención es un instante de despertar.

Surge un problema: cuando uno levanta la cabeza, el riesgo es que se la corten. No es tan fácil levantar la cabeza, inhibición o síntoma (abundan los vómitos, los dolores de cabeza, las parálisis de cuello, etc), de esto no habla Roland Barthes, pero el lector, psicoanalista o no, pero también el lector psicoanalista está sometido a las coacciones de los grupos y de las lecturas canónicas de lo que se debe leer, de lo que se debe decir, de lo que es políticamente correcto hacer. Entonces, cuando el lector levanta la cabeza, podría ser que se le ocurra una idea que no sea apropiada, que no sea propia, que sea impropia. Seguramente el momento fecundo de una lectura o de un análisis es cuando sucede alguna impropiedad, cuando algo escapa al dominio del que hasta ese momento era o creía ser, es casi lo mismo, el amo del discurso. Si el lector no ha sentado cabeza, puede perder la cabeza...angustia de disgregación, de fragmentación, de castración.
Nos pasa entre analistas, hay un terror pánico a decir algo impropio. Eso produce un efecto de tremendo silencio: se puede hablar lo correcto para no decir nada.
Freud escribe, en 1921 Psicología de las masas y análisis del yo, que es un texto sobre la política, cita a Aristóteles y al animal político, toma nota de las coerciones que sufre cualquiera, lo que él llama un yo-total, un individuo-masa, cierta debilidad mental que todos tenemos cuando nos incorporamos a las masas a las que satisfactoria, institucional o gozosamente nos sometemos: el oligopolio tiene algo de oligofrénico. El problema no es solo como entrar a una masa-institución, que también es un problema, sino como salir algo de ella. Entonces, la constitución del sujeto, requiere de una cierta separación, al menos un aflojamiento de los lazos instituidos, si no un corte, de las ataduras a las que uno advertidamente está sujetado.

Para Freud entonces, decir algo, tomar la palabra, decir algo propio requiere coraje, usa esos términos un tanto épicos o heroicos. También en ese ensayo usa términos como “cobardía”, para nombrar la concesión a los otros y a los amos a los que pertenecemos, palabras, modos de hablar, hasta terminar sacrificando “su palabra más íntima”, por esta necesidad de amor, esta sed de obediencia, “el hombre es un ser de castigo y obediencias”. Aquí está, si no toda la explicación, al menos el resorte nuclear del efecto de homogeneización, de monotonía y uniformidad, que padecemos, lo uniforme no precisa del uso de uniformes, bastan los hábitos.
La política de masas, política del amo, tiene un “horizonte totalitario del ser”, a las demandas del malestar hay un horizonte de respuesta para todo. Brevemente, podríamos decir que la política del psicoanálisis, la que se realiza en cualquier momento del acto analítico, es la que tiene por punto de fuga, un “horizonte deshabitado del ser” o lo que es lo mismo un “horizonte de no respuesta” a la demanda de ser. Otra manera: una respuesta al costado de la demanda, pues el significante-interpretación hace falta, falla a su objeto.

Si Freud descubrió el inconsciente lo hizo “leyendo” en la diversidad de los síntomas el saber de la lengua alemana. Si Lacan hizo avanzar al psicoanálisis, lo hizo sacando consecuencias lógicas o topológicas de lo que no anda en el saber de la lengua francesa. Nuestra responsabilidad, nuestro posible aporte al psicoanálisis solo puede ubicarse en la extracción de consecuencias de lo que los síntomas de nuestros pacientes nos dicen en castellano. El poder del Amo no se funda en la violencia sino fundamentalmente en la servidumbre amorosa. Nuestra lengua contiene el tesoro de haber nombrado como Amo al verbo, al objeto, al sujeto. Esta extraña coincidencia castellana entre El Amo y Lo Amo y el simplemente Amo es tan simple como tan compleja que valdría la pena seguir desplegándola, interrogándola.
 
 
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