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   Autismo

Psicosis en niños desde el psicoanálisis lacaniano
  Por Cecilia Collazo
   
 
Dar cuenta de la apuesta que efectúa la clínica lacaniana en nuestros días, es apuntar y fundamentar una práctica basada en la continuidad, en el cerramiento particular de cada quien a modo de nudo y en el recorrido del síntoma y del goce al final de un análisis.
Pensar a un niño como neurótico o como psicótico, no sólo nos recuerda a las cajas clasificatorias que contienen etiquetas estructurales, sino que, da cuenta también de lo discontinuo, de lo congelado del nombre.
Es por eso que nos resulta más adecuado a los psicoanalistas, nombrar psicosis en niños y no niños con psicosis, o lo que es peor aún, niño psicótico. Pero ¿cómo definir algo de lo psicótico en un niño, algo que está dando cuenta de una especial constitución?
Si lo pensamos desde la enseñanza lacaniana en su última época, nos confrontamos a los registros: R, S, I. Retaceo de imaginario, repudio de lo simbólico y exceso de real. Trabajar en la escucha de los registros, nos permite encontrar los nudos subjetivos que muestran los amarres y desamarres de los momentos lógicos y constitutivos por los cuales va transitando un niño. Pesquisar lo más propio del sujeto, su detalle particular que lo hace único. Qué hace, qué repite, qué goce hay en juego, (¿la mirada?, ¿la voz?). Trabajar con lo real que le hace de tope, haciendo muleta u ortopedia de simbólico, collage con mosaico de lo imaginario. Ese es el trabajo de “la psicosis”, ni del analista, ni del niño; volvemos a repetir, de “la psicosis”; dado que es ella la que trabaja en la cura.

¿Qué hace un analista de orientación lacaniana en el tratamiento con la psicosis en niños?

A modo de diagnóstico:
* Escucha el detalle del niño.
* Lo que repite y su modalidad.
* Qué objeto lleva en el bolsillo.
* A qué distancia mantiene al Otro (con mayúscula).
* Cómo se relaciona con el lenguaje, con el juego, con los objetos en general, y con los pequeños otros.
* Qué relación mantiene con su cuerpo.
* Intentamos puntualizar, entre otras cuestiones, el goce presente.

En la dirección de la cura el analista:
* Disputa el objeto en cuestión.
* Multiplica la transferencia.
* Apuesta al trabajo clínico del “entre varios”; el de los pequeños saberes compartidos.
* La tarea es de “a” a “a” y derriba al A con mayúsculas.
* Se confronta con goce, con el goce en todos sus flancos.
* Apuesta al armado del nudo, qué hace el niño, y a la particularidad que éste conlleva.
* Presta el cuerpo.
* Se barra para hacerle un lugar a la brizna del sujeto.
* Presta nombres, nombres de nombres, que ordenan haciendo velo de lo que no tiene: Nombre del Padre. Y lo acompaña en su versión.

¿Qué hace el niño en el análisis que transita en algo de lo psicótico?

* Consiente (da consentimiento).
* Dice sí, en lugar de quedarse perplejo ante la captura del sujeto, ante un S2 contingente.
* Barra el goce y hace labores para ello.
* Crea un sinthome, que a modo de costura mal hecha, permite una nueva fundición, que conformando una apariencia, sostiene un equilibrio entre las partes.
* Se inventa un nudo, o una versión del padre, o una pere-versión propia.

¿Qué hace la cura? ¿Qué puede un sujeto hacer allí, con su goce?

Comentaré dos pequeños relatos clínicos:
El primero es sobre el trabajo de una niña de 4 años de edad, con diagnóstico de su médico pediatra de Trastorno Generalizado del Desarrollo, según el D. S. M IV, y a quien desde el discurso del psicoanálisis podríamos llamar autista.
Es interesante observar “el saber hacer allí” de la pacientita, en el goce de lalengua. Observación efectuada en un primer momento que al decir de Lacan, en la “Dirección de la Cura”… lo llama “momento de ver”, dentro del nuevo sofisma y apuntando al aserto de certidumbre anticipada de Z.
Z se presenta sin emitir vocablo alguno, no sostiene la mirada, no establece relación con los otros. Deambula sola en los espacios sin conexión aparente, ni con personas, ni con objetos. Se observa que se los lleva a la boca (tipo papeles, revistas, tarjetas plastificadas…). Y sosteniéndolos con los labios, los toma con sus dedos y los hace mover de abajo hacia arriba, incesantemente. Como con una palmada, lo huele, y vuelve a repetir la misma operación. Introduciéndonos en esta tarea, y teniendo en cuenta la observación del “detalle” (rasgo particular de Z), se inicia el planteo de una hipótesis sobre su particularidad, algo de lo singular en ella. Planteada esta hipótesis, se intenta sorprenderla en su operación, para que en su aserto pueda pasar a otra cosa, salir de esa metonimia incesante, para construir con anticipación una certidumbre que le sea fructífera. “Ella como sujeto es ese plástico o papel, que se tambalea sobre su boca”. Nos anticipamos a su acción. Y recordamos los conceptos de mimetismo y vuelta en lo contrario. Un día llega y me encuentro en el consultorio haciendo lo mismo con esos objetos delante de Z. Ella por primera vez, me mira, se sorprende, queda como imantada frente a la imagen. En varias sesiones se repite esto, cuando lo hago yo, ella me mira y deja de hacerlo. En esa oportunidad pasamos a otra cosa. Ella pasa las hojas de las revistas, y yo se las cuento, digo: uno, dos, tres..., después digo: uno, dos,… y Z completa la frase y dice tres,… Repite.
A partir de allí, en las sesiones comienza a canturrear, con laleo incesante, con diferentes sonidos, que no se pueden distinguir como vocablos, como si fueran onomatopeyas, vocales solas, esparcidas por el espacio del consultorio. También y paralelamente a esto, cantamos, ella en su lengua y yo en la mía. Hacemos rondas con las canciones infantiles. Y cuando nos cansamos, paramos. Y Z dice, no, gritando. Mueve con sus manos, las mías, pidiendo más ronda y canciones. A partir de allí observo que cuando se molesta por algo (dice no), entonces la molesto, para que hable; le tiro almohadones, muñequitos, objetos sin peligro físico para ella. Desde allí, repite palabras de las canciones, algunos nombres de los objetos, Pepe (al oso), llama a la mamá (cuando se está por ir), y dice Ceci, (cuando me ve). “Esto es un saber hacer con lalengua” Su decir empieza a ser otro, y su cuerpo cobra otra dimensión, registra las cosquillas, si se cae, le duele, si se la nombra de alguna manera, sutilmente responde (aunque sea con la mirada). Esto es maravilloso y sin más palabras, está allí, para ser escuchado y apreciado. En este momento de concluir es todo cuanto puedo decir, y este cuanto, no es poca cosa en la clínica lacaniana de la psicosis.
El caso de Pedro es diferente, tiene un diagnóstico psiquiátrico de esquizo-paranoia (compartido con el del psicoanálisis). Alucina, delira, funciona en espejo sólo con pares; cuando se intenta, en la cura, entrar transferencialmente y oficiar de par para producir algo allí, es casi imposible.
No se encuentra la forma de andar otro camino que no sea por los pares, sus pares. “Compañeros de escuela o hermanos”. Él me llama por mi nombre de pila y yo lo llamo a él de la misma manera. Intento en sus actividades ser compinche, lo acompaño, pero no alcanza, no deja de alucinar, ni de armarse en espejo en los otros. Más tarde se me ocurre, mientras le guardo sus útiles escolares en la mochila, palmearlo en la espalda y decirle: “¡Amigo!” (con énfasis). Él me dice “amiga mía”, y pronuncia mi nombre también. Desde allí se pueden articular las alucinaciones de Pedro con mi paridad para con él. Me otorga calidad de par. Un par que acompaña e interviene (no intrusivamente) en sus fenómenos. Y que maniobra desde allí.
Multiplicar la transferencia, que ésta no sea masiva, es otra manera. En el ámbito institucional los niños preguntan todo a una sola persona, por ejemplo: “¿qué comemos hoy?”, “¿dónde está el jabón?”, etc.; el reenviarlos a la cocinera que posee ese saber, o a la auxiliar que repondrá el jabón ante sus pedidos, es una buena forma. El acompañamiento de otros profesionales que desde otro saber coartan al gran Otro. Y lo barran, dando lugar para otra cosa. Otra cosa donde alojarse sin ser nada más que objeto. Ejemplo: médico pediatra, profesor de educación física, maestros, fonoaudióloga, asistentes, etc.
La masividad de la transferencia corre por la misma vía gozadora del Otro. Y aquello la escinde.
La cura es “en el entre”; en la juntura, en la hendidura, en lo que no cierra.
El analista apuesta, el niño consiente y trabaja, la psicosis hace el resto, que no es poco. Recordemos la propuesta de Lacan: “no retroceder ante la psicosis”.
Armar algo que puede limitar lo mortífero del goce, del goce de la lalengua, del cuerpo, de la relación con los otros y armar lazos, aquieta los monstruos ocultos y apacigua el padecimiento cotidiano, eso hace una cura.
Y parafraseando algo que me es propio, diríamos: “y si de algo se trata, no es justamente de saber sobre psicoanálisis; si de algo se trata es justamente de no aplastar al sujeto, sino de propiciarnos sencillamente su encuentro”1 y agregaríamos: “Tanto, cuando existe el sujeto, como cuando hay que crearlo”. 
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1. En “¿Qué escucha un analista?” pag. 127 Palabras finales. Cecilia Collazo. Editorial Grama. 2007.
 
 
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