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   Psicosis y pobreza

Si no te gusta, ya sabés
  Por Élida E Fernández
   
 
“¿No tiene una monedita doña?” “¿No tiene algo para comer?” “¿No tiene ropa que le sobre?” “¿Le limpio el parabrisas?” Como en los cuentos de terror, es imposible huir. Aún cuando agitados damos el portazo, allí está y aparece a nuestra espalda. No sirve apagar el televisor, no escuchar radio, mirar los diarios de soslayo. Nos espera, nos encuentra, nos interpela, nos altera cada día, cada manera de levantarse a la mañana, cada manera de ocupar nuestras noches, cómo caminamos por la calle, qué calles caminamos... si caminamos o no. Se cuela, se filtra, se entremezcla, se agazapa. Lo impregna y lo altera todo. No hay lugar donde se pueda estar amparado, no hay lugar liberado. Nos cambió la escena, nos cambió el mundo. No fue de golpe pero lo vivimos como si lo fuera.

La pobreza es una decisión política de los poderes que deciden nuestros destinos como país. La pobreza es un efecto de la corrupción del poder. Todo esto venía pasando pero ocurrió algo más y fue distinto. Algo que parecía estar de fondo emergió protagonizando la escena: la miseria, el hambre, la indigencia, la corrupción sin velos.
Pero no se enflaquecen sólo nuestros bolsillos: se rompen las leyes, las reglas se disuelven, se vuelven letra muerta, todo parece ser negociable, todo es pasible de ser interpretado a beneficio de las mafias de turno. Nos despoja a todos, nos acorrala, nos enfrenta con lo peor. Nos expulsa aunque nos quedemos, nos arranca los seres queridos, la confianza, las instituciones. Es hora de que nos arranquemos las anteojeras. Nos queda sobrevivir “a la gorra” pero para eso hay que crear algo distinto. Nada queda por fuera de este infierno del que aún no conocemos la salida. Para inventarla es necesario mirar lo que nunca quisimos ver. Es necesario pensar, aunque nos bombardeen la posibilidad de hacerlo. Es necesario intentar comprender para llegar a alguna conclusión.

Los cartoneros, los cadáveres que emergen del río, los secuestros, la policía que mata, el parlamentario que coimea, el gobernador que transa, el saqueo permanente a los proyectos, los niños que se mueren de hambre, los que nacen sin futuro. El mito destruido de la Argentina Potencia, del país rico, del país próspero, del granero del mundo, del “todos somos Maradona”, “todos somos Gardel”.
A cada paso, en cada lugar: la miseria nos toca. No hay Arca de Noé porque se la tragó el diluvio, no hay dios porque si lo hay “por aquí no pasó “, no hay sitio custodiado, porque los custodios son los chorros. Los chorros y la cana se desdibujan, no se diferencian, cualquiera es un ladrón, ya nadie es un señor.

¿Qué nos pasa a los psicoanalistas en estos tiempos de arrasamiento? ¿Cómo altera nuestra práctica la situación del país? Cambiaron muchas reglas que antes parecían inamovibles: por ejemplo el indiscutible cobro de las sesiones cuando el paciente no venía. ¿Qué hacer cuando el paciente de las 19.30 nos llama a las 19 para pedirnos que le cambiemos el horario de la sesión porque en la empresa lo obligan a quedarse después de hora y recién acaban de comunicárselo? ¿Qué hacer cuando nos cuenta que no le queda otra porque el jefe le dice que si no le gusta ahí está la puerta?
Estamos inmersos en esa extorsión. Ni aunque nos dedicáramos sólo a atender a lo que queda de la clase alta, que son los mismos agentes del “si no te gusta ya sabés” y que también llaman para decir que les es imposible concurrir al horario pactado porque tienen que quedarse después de hora. Y el “si no te gusta ya sabés” no es imaginario, aquí y ahora es un dato de lo real y vuelve siempre al mismo lugar.
Cambiaron los honorarios, cambió la frecuencia de las sesiones. Cambiaron los acuerdos. Hay menos consultas, los que consultan pueden pagar menos y lo hacen cuando intentaron sin éxito todas las maniobras posibles para evitarlo, se tomaron todas las flores de Bach, consumieron gran cantidad de ansiolíticos, y/o ya agotaron el cupo de la prepaga, las misas y el apelar a la voluntad.

Cambiaron los motivos de la consulta, pero no me refiero a las supuestas nuevas patologías, porque pienso que no son nuevas, pero sí que se recortan con mayor frecuencia por efecto del aplastamiento subjetivo de los actuales desgarros de la trama social, demandas donde el que llega –en su mayoría jóvenes de entre 20 y 25 años– trae un malestar (llanto inmotivado, ataques de pánico, miedos, ideas de suicidio, extraños efectos en el cuerpo que resisten a cualquier mirada médica) del cual no puede decir nada: les pasa.
Nos miran, relatan lo que les ocurre y se quedan en silencio, esperan que eso que vino se vaya por algún acto mágico de nuestra parte, y que en lo posible sea rápido porque están muy apurados, muy presionados.
Todo lo demás bien, sólo que... llora sin saber por qué y en los momentos más inapropiados, o no puede caminar por la calle o tuvo un ataque de presión que casi se muere.
La palabra escasea, cayó en desprestigio, dejó de escucharse y por lo tanto dejó de hablarse.

Como Freud en los primeros historiales, a veces tengo la sensación de que hay que explicar el dispositivo, invitar a que diga, a que hable y a veces pasar varias entrevistas donde hablamos más que el consultante, haciendo intervenciones, preguntas que muchas veces caen en la respuesta del monosílabo. Y el dolor está, pero no encuentra palabra ni se enlaza ni trae recuerdos hasta que transcurra bastante tiempo y no pocas intervenciones de nuestra parte.
Podemos desempolvar viejos diagnósticos de personalidades narcisistas o acudir a nuevos trastornos de conducta o a buscar la neurosis mal cosida o sin terminar o el fantasma que no llegó a estructurarse... son intentos de nombrar la falta de palabra, el descrédito del decir, el desuso del goce de lalengua, la ineficacia de la ley que ampara y organiza. Son los hijos del Proceso, del capitalismo salvaje en un país latinoamericano que mira a Europa mientras mantiene relaciones carnales con EE. UU., de padres que tuvieron que irse o se quedaron quemando todo libro de tapa roja porque podía ser pensado como subversivo, de padres que pertenecen a la generación que vieron caer estrepitosamente sus utopías. En su mayoría son hijos de padres “psicobolches”, muchos de los cuales se analizaron años... y ese guante nos toca a nosotros alzarlo. Entre tantas utopías, no podemos ignorar que el psicoanálisis fue sostenido aquí como una panacea y el pensamiento psicoanalítico puso a lo inconsciente como causa universal de todos los padecimientos y enfermedades del ser parlante, con total desprecio por todo aquello que no fuera explicado por él. Son, podrían ser hijos nuestros. Jóvenes que hoy se quedaron sin futuro en el país y miran el mapa y tratan de pensarse haciendo carrera en el extranjero que, ya saben, no los espera con un jardín de rosas. Este desgarro atraviesa toda nuestra práctica y no sólo en los consultorios. Los hospitales neuropsiquiátricos donde siempre se juntó la locura y la pobreza, el entusiasmo de los profesionales, la genialidad entre la basura, la creación entre el olor nauseabundo, son hoy una puesta en escena de este momento donde emergen más ferozmente la indigencia, la perversión de las reglas, el desamparo.

Frente a un Estado que entra en cesación de pagos, los medicamentos que deben administrarse a los pacientes internados son, también, además de onerosos, imposibles de pagar. Entonces se vuelve al electroshock. Se trata además de revalorizar su uso, como si no bastara con emplearlo como recurso más barato, hay que justificarlo como la indicación debida. Obediencia debida. No escuchemos al loco, volvamos a hacerlo callar, es más barato o por lo menos más silencioso.
El “si no te gusta, ya sabés” que hoy rige nuestros intercambios por mínimos que sean es el camino del sometimiento y por lo tanto de la imposibilidad de hacer juicios de atribución y de existencia, de pensar y poder por lo tanto hacer juicios de condenación que, como nos enseño Freud, es uno de los caminos para no desmentir, ni reprimir, ni rechazar, esto tan insoportable que reclama de nosotros sin electroshock y sí como sujetos responsables que no abjuremos de nuestra palabra.
Porque... esto no nos gusta y tampoco sabemos –aún– qué hacer.
 
 
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