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Freud y la emigración
  Por Daniel  Zimmerman
   
 
Afines de 1933, el escritor Arnold Zweig emigró con su familia a Palestina tras haber sido privado de la nacionalidad alemana por el Tercer Reich. Al cumplirse dos años de su estada en Haifa, le escribe a Freud: “En lo que concierne a mi esposa, el trabajo y los chicos ha sido una buena elección, pero mi desempeño en lo cultural y lo político es casi nulo. Sigo siendo un escritor alemán, un europeo alemán, y esto trae sus consecuencias. ¿Pero dónde vivir, si no es aquí? Da casi lo mismo vivir en un lugar u otro cuando no se puede estar en casa”.
Ante tales dificultades, recurre nuevamente a su “querido padre” Freud; tres meses más tarde insiste: “Estoy atravesando una grave crisis. Me resisto a continuar en Palestina. Siento que estoy fuera de lugar. Las condiciones son muy precarias, agravadas por el hecho de que aquí sólo se admite publicar en el idioma nacional; así que estoy obligado a llevar una existencia traducida. ¿Qué debo hacer? ¿Dónde radicarme con miras a permanecer un tiempo prolongado? Mi sentido común me responde: América; pero mi corazón no quiere irse tan lejos. ¿Qué piensa usted?”

Freud le responde enseguida: “No sabía que le resultaba tan difícil soportar su aislamiento. Con el firme apoyo de su arte bien podría estar solo durante cierto tiempo”. Acerca del lugar más conveniente, le advierte: “En cualquier otra parte sería un extranjero apenas tolerado. Todos los países por igual son poco hospitalarios con los extranjeros”.
A Freud no se le escapa que la presencia de un extranjero resulta inquietante para cualquier comunidad. Lo que un ajeno puede aportar de novedoso es visto como una amenaza pues desafía los valores consagrados, pone a prueba los códigos compartidos. “En Palestina cuenta al menos con una seguridad personal y con sus derechos humanos.” Destaca a continuación: “¿Adónde iría, si no? Me permito prevenirle que en América todo le puede resultar mucho más insoportable aún. También allí tendría que despojarse de su idioma; más que de una prenda de vestir, de su propia piel. Mi franca opinión es que, por ahora, debería quedarse donde está”.

¿Es posible llevar una existencia traducida?, se pregunta Zweig; el idioma no es una pertenencia intercambiable, subraya a su vez Freud: interesa al propio cuerpo. Si el hombre se apoya en las palabras para pensar, es en el encuentro entre las palabras y su cuerpo donde algo se esboza. La importancia de la lengua materna trasciende su utilidad para la comunicación. Sus efectos van mucho más allá de una capacidad de enunciar. La manera en que fue hablada, en que fue escuchada, va delineando lo que es propio de cada uno. Todo afecto cobra sentido sobre las huella que la lengua traza. El inconsciente mismo constituye una habilidad, un saber hacer con la lengua. La lengua materna penetra dentro de nosotros y se instala allí “haciendo de cada cual un caso de la gente”, al decir de Ortega y Gasset. Arnold Zweig no aduce dificultades para dialogar en un idioma ajeno. Lo que en verdad se plantea es si la escritura resulta posible por fuera de su lengua de origen. El idioma alemán es parte esencial de su vida y de su destino de escritor. El lugar al que pertenece es su idioma; la lengua alemana es su verdadera patria.
La lengua materna extiende sus raíces bien profundo. De ella depende la animación del goce del cuerpo. Cuando la palabra nos hace reír, es porque ella cosquillea el cuerpo para animarlo con un goce diferente y privilegiado. Adaptarse a un idioma diferente supone un desarraigo que involucra al cuerpo todo, provocando una redistribución en la economía del goce. Cuando en 1932 Arnold Zweig hubo de confrontar el dilema de abandonar o no Alemania, Freud lo disuadió de cualquier “eventual y loca idea” de quedarse. Ahora, lo impulsa enérgicamente a permanecer en Palestina: “estoy más seguro que nunca de que no debe acercarse siquiera a una frontera alemana”, le encarece. De su propia encrucijada de permanecer o emigrar con su familia, Freud es igualmente terminante: “Si supone que por nuestra parte vamos a soportar esta situación mientras nos sea posible, le diré que está en lo cierto. Bien mirado, ¿adónde podría ir con mi dependencia y mi incapacidad físicas? Sólo si un hitlerista llega al gobierno tendré que irme de Viena, no importa adónde”.

Reiteradamente en su correspondencia de aquellos meses Freud expresa su resistencia a dejar Viena. Entre tanto, pone en práctica el remedio sugerido a su amigo en el exilio. En setiembre de 1934 anuncia a Zweig: “Sin saber ya qué hacer con todo el tiempo ocioso de que dispongo últimamente, me he resuelto a escribir algo yo también; esto me ha mantenido ocupado, tan ocupado que, contrariamente a lo previsto, todo lo demás ha quedado relegado a un lugar secundario”.
Se refiere a Moisés, un egipcio, el primero de los tres ensayos que tomarán forma definitiva agrupados en Moisés y el monoteísmo. Al postular como egipcio a Moisés tiene la osadía de hacer un extranjero de quien recibió de Dios las Tablas de la Ley. Extranjero, en la medida que distribuye el goce de manera diferente, desafiando así a sus contemporáneos a reconocerlo como prójimo en lo que toca a su ser y no en lo que atañe a su propia imagen.
 
 
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